En política abundan los imprescindibles, y en esa situación se encuentra Estados Unidos. Se acercan las elecciones presidenciales con dos candidatos que presentan serios problemas, y que un amplio segmento de la ciudadanía no quiere; pero ahí están, insisten.

Donald Trump es histriónico y opera a partir de decir a viva voz lo que quiera, sea verdad o mentira (más lo segundo). Así ha logrado desarrollar una masa de adeptos incondicionales que lo apoyan ciegamente.

Presenta su cruzada reeleccionista como una necesidad para restaurar la grandeza de los Estados Unidos. Make America Great Again (MAGA) es su lema y movimiento.

Su fortaleza física y oral, a pesar de sus 78 años, le dan ventaja en la contienda, y con un discurso díscolo y altisonante atrae a resentidos y aguerridos.

La tradición en la política estadounidense es que el presidente derrotado en la búsqueda de la reelección abandona la política electiva. No Trump.

Llegó a la Presidencia en el 2020 precisamente por ser temperamentalmente lo opuesto a Trump. En el terror de la pandemia, un amplio segmento del electorado buscaba un presidente sopesado, no el histrionismo de Trump.

Una vez en el poder, Biden también comenzó a creerse imprescindible para salvar la nación del mismo Trump. Craso error.

En el 2020 Biden era la opción demócrata con mayores posibilidades de triunfo porque aglutinaba distintos segmentos del electorado del Partido Demócrata y lo expandía, no así en el 2024. Su deterioro físico y mental por la edad y la fragmentación de su coalición electoral, sobre todo por el conflicto israelí-palestino, lo debilitan.

Posicionado como imprescindible para supuestamente salvar la nación de Trump, Biden insiste hasta el momento en mantener la candidatura presidencial, incluso después del pésimo desempeño en el debate con Trump el pasado jueves 27 de junio, donde los signos del deterioro físico y mental fueron muy evidentes.

La incertidumbre se adueña pues del escenario electoral estadounidense, sea que Biden mantenga su candidatura o no.

En la República Dominicana abundan los presidentes que se creen imprescindibles.

Joaquín Balaguer fue un sempiterno candidato presidencial con su Constitución de 1966 que estableció la reelección indefinida. Se presentó como candidato en todas las elecciones dominicanas entre 1966 y el 2000, excepto en 1996 que se lo prohibieron mediante una reforma constitucional.

En este siglo XXI, los tres primeros presidentes cambiaron la Constitución para poder presentarse a la reelección, ya fuera de manera consecutiva (Hipólito Mejía y Danilo Medina) o posteriormente (Leonel Fernández, que había acumulado tres gobiernos). Actualmente el cuarto presidente, Luis Abinader, toca otra vez el clarinete de la reforma constitucional sin saberse aun exactamente para qué.