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Editorial

Otro eslabón más en la cadena de irresponsabilidad que prevalece en el sistema de justicia.

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El Distrito Judicial de Santiago está lleno de fiscales y jueces irresponsables que poco les importa la impartición de justicia, ya que generalmente son cómplices de lo mal hecho.

Todo el que busca resarcir los daños causados y que, por ejemplo, interpone un recurso de amparo o un referimiento, que busca evitar una turbación mayor para las víctimas, termina frustrado porque regularmente los mismos son fallados tardíamente.

Hay casos de referimientos que en el Distrito Judicial de Santiago han sido fallados más de uno y hasta dos años después, cuyas ordenanzas ya no surten ningún efecto porque el caso prácticamente se ha extinguido.

Peor aun cuando se trata de querellas presentadas ante la fiscalía, la cual dictamina el archivo provisional o definitivo de las mismas en franca violación de la normativa procesal que está claramente establecida en los artículos 182 y 183 del Código Procesal Penal y en la Ley Orgánica del Ministerio público.

El problema tiene un alcance tan preocupante que a cualquier ciudadano le pueden violar sus derechos y afectar seriamente su honra y sus propiedades y no hay una respuesta al respecto de la justicia porque  los  jueces  del Distrito Judicial de Santiago parecen tener un consenso para fallar en contra cualquier demanda en daños y perjuicios.

Es un problema tan grave que los dominicanos corren el riesgo de que en la jurisdicción del Distrito Judicial de Santiago se incrementen las vías de hechos, es decir, que las victimas decidan hacer justicia con sus propias manos, todo como resultado del fenómeno de la complicidad, la ineptitud o la negligencia de la justicia y del Ministerio Público.

La explosión hace algunos días de una envasadora de gas en  Licey es un ejemplo muy elocuente del comportamiento de los jueces, porque ante lo que se veía venir los abogados de la alcaldía de ese municipio sometieron un recurso de amparo para que la misma fuera cerrada y chocaron con una sentencia que dictaba lo contrario.

La tragedia y su consecuente luto  hoy los sufren los residentes en la zona donde se produjo la explosión, pero los propietarios de la envasadora y el juez que negó el recurso de amparo duermen y comen tranquilos conjuntamente con sus familias, mientras las victimas tienen que conformarse con su profundo dolor.

En realidad, no hay forma de determinar cuál será la solución al problema que se produce en el Distrito Judicial de Santiago, el cual no puede ser desvinculado de una debilidad estructural y, podría decirse, que hasta integral que sufre la sociedad dominicana como consecuencia de  la existencia de un Estado con muy poco nivel de supervisión, fiscalización y de sanción en contra de los que violan sus mandatos.

Lo ocurrido en el municipio de Licey, donde sus residentes lloran una tragedia que pudo haberse evitado, debe servir de motivación para que las autoridades tomen  cartas en el asunto antes de que la solución al problema pueda llegar demasiado tarde.

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Editorial

La Justicia y la Partidocracia.

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 Nadie en la República Dominicana se atrevería a negar que los partidos políticos lo han contaminado todo, absolutamente todo.

Es un mal general que contrarrestarlo costará mucho esfuerzo y un periodo largo en  el tiempo, pero que su impacto lo destruye todo en  su camino.

Cada día surge una nueva prueba del daño que causan los partidos políticos a la democracia nacional y en consecuencia su descredito alcanza niveles insospechados en la sociedad.

Hace pocos días que hasta el otorgamiento y anulación de una visa hacia los Estados Unidos estaba determinada muchas veces por la contaminación proveniente de la partidocracia, ya que esa es una vía de desacreditar al contrario, cuya revelación vino de la actual embajadora de esa nación en el país.

Pero las cosas son peores de ahí, porque los partidos políticos aparte de ser responsables de la tragedia nacional que conlleva la corrupción administrativa que propician y promueven, también tienen una influencia decisiva en la escogencia de los jueces del sistema de justicia nacional.

Ahí está la explicación de tantas demandas que son declaradas inadmisibles por los tribunales nacionales, porque en realidad se trata de la vía más fácil para quitarse de encima un proceso que podría comprometer el empleo de los jueces.

De manera, que se impone despolitizar el Consejo Nacional de la Magistratura, el cual está dominado por la partidocracia, cuyos postulantes a jueces y aquellos que ya los son y que deben ser evaluados tienen que someterse para ser elegibles al tráfico de influencia y al modo operandi de los partidos políticos.

Por qué no cambiar la conformación del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) para que sus miembros provengan de las universidades pública y privadas, el Colegio Dominicano de Abogados, la Suprema Corte de Justicia y de jueces de carrera con largos años de ejercicio.

De no ser así, muy difícilmente podremos mejorar el Estado Social Democrático de Derecho como lo consigna la constitución de la República, porque la manipulación de la designación de los jueces, sobre todo para buscar impunidad, contamina y daña todo el sistema público del país y destruye la democracia.

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Editorial

El informe de Transparencia Internacional no ayuda a la democracia nacional.

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Los dominicanos somos los mejores testigos del deterioro que sufre la confianza pública por las graves violaciones a la seguridad jurídica y el criterio con que se maneja la partidocracia.

Decir que el país tiene una buena imagen en el  combate de la corrupción administrativa, es pretender tapar el sol con un dedo, porque los casos de este tipo generalmente quedan en la impunidad.

El problema tiene una envergadura que asusta, porque no hace muchos días que se repitió la historia de que primero cualquier aspirante presidencial tiene que verse involucrado en escandalosos actos de corrupción para que la misma tenga alguna legitimidad.

Esa historia lamentable acaba de repetirse con Gonzalo Castillo, quien fue absuelto de los cargos que pesaban en su contra por la comisión de no cualquier sustracción de dinero del patrimonio nacional.

Pero lo propio se repite constantemente, dado que el Ministerio Público sólo pretende buscar sanciones penales para los casos que tienen importancia mediática, ya que este órgano del Estado en la práctica no tiene ningún nivel de eficiencia, cuyo rol es fundamentalmente politiquero.

Es decir, que hablar de transparencia en la sociedad dominicana es una aspiración que todavía falta un largo camino por recorrer, dado que desde la propia Presidencia de la Republica se producen fuertes y preocupantes atentados a la seguridad jurídica, pese a que se quiere pregonar lo contrario.

Basta con revisar los desacatos que se producen al sistema de justicia constitucional, los cuales tienen como protagonistas a los órganos del Estado, pero preocupantemente al propio presidente de la República que viola la Constitución de la República cuando le viene en gana.

Transparencia Internacional antes de emitir su informe debió consultar los archivos del Tribunal Constitucional para que entonces emitiera una valoración más acorde con la realidad, lo cual conoce muy bien su dependencia nacional como lo es Participación Ciudadana.

Es una insensatez y una desproporción afirmar que el país está bien en transparencia pública y en el combate a la corrupción cuando todo el mundo sabe que la impunidad es un elemento con raíces culturales y que es promovida por los que tienen el control del Estado.

La falta de transparencia, la poca confianza pública y carencia del respeto a la poca seguridad jurídica que prevalece en el país son de las falencias a combatir para el logro de una mejor democracia.

 Por qué nos meten gatos por liebres, aunque no hay que escudriñar mucho para encontrar la respuesta.

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Editorial

Un problema que habla muy mal del país.

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La República Dominicana atraviesa por un trance muy peligroso que tiene ver con que quien tiene que velar por el respeto del orden jurídico nacional es el primero que lo viola.

Son numerosos las veces que Luis Abinader incurre en el mismo problema, lo cual implica que o no tiene claras sus funciones y responsabilidades o sencillamente de que se está frente a un gobierno irresponsable.

El país lleva años montado en el mismo caballo, ya que los niveles de ignorancia y de improvisación del presidente Abinader dejan la sensación de que el orden legal es lo que menos importa.

La gravedad de este problema tiene un impacto en la comunidad internacional en razón de que las normas del derecho interno tienen una conexión determinante con aquellas provienen del derecho externo.

Este comportamiento del presidente Abinader no sólo compromete la responsabilidad civil y penal del Estado, sino que la imagen del país se deteriora que deja mucha incertidumbre y amenaza la seguridad jurídica y en consecuencia renglones de la economía nacional como el turismo.

De manera, que la conducta del presidente no sólo representa una amenaza en contra de la imagen del país, sino también atenta en contra del progreso económico y social.

El presidente debe detener en lo inmediato la violación de la jerarquía jurídica, cuyo lugar cimero ocupa la Constitución de la República, la cual es permanentemente violada por decretos emitidos por el jefe del Poder Ejecutivo.

Lo planteado en este editorial puede parecer una irreverencia en contra del presidente Luis Abinader, pero es que su comportamiento no es para menos.

En lo que respecta a este caso no queda otra expresión que se ajuste más al comportamiento indicado que aquel que dice que el presidente tiene más miedo que vergüenza, porque su proceder indica que le importa poco lo que la gente pueda pensar de él.

Es un caso tras otro.

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