Opinión
Los políticos más caros del mundo
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11 años agoon
Por Andrés L. Mateo
Todo cuanto hoy ocurre en la República Dominicana tiene que ver con la posesión del dinero, y el centro de todos los conflictos económicos y morales atraviesan la figura proteiforme de Leonel Fernández y el PLD.
Cuando Juan Bosch salió del gobierno, producto del golpe de Estado de 1963, dejó una cuenta bancaria que tenía ciento cuatro pesos con cuatro centavos. Al Burt, periodista del diario Miami Herald, publicó entonces una nota conmovido por el hallazgo, y le puso un título desgarrador: “El legado del honrado Juan”. Hacían apenas cinco días que la soldadesca había perpetrado el golpe septembrino, y Al Burt describía la altivez de la imagen del presidente derrocad “Deja el cargo con las manos tan limpias como vacías”-escribió. Luego se cuestionaba si “el legado del honrado Juan habrá abandonado el país junto con él”. Y así fue.
La locura del modelo de honradez que enarboló con su ejemplo, era como llevar el ideal al extremo y ser tragado por él. Juan Bosch perdió el “poder real” con el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, y su conducta filosa como un acantilado le impidió volver a recuperarlo; pero perdió, también, la gravitación positiva de su modelo de vida sobre su propio discipulado. La ética kantiana con la que asumía su práctica política lo hizo un incordio insoportable para los fines inconfesables de esa clase media angurrienta, cuyo sueño verdadero era enriquecerse.
Lo que Juan Bosch no perdió fue la batalla moral. Era un líder nada proclive al dinero, le salía barato a la nación. Contrario a los emergidos de su discipulado, se movía ardiendo en la pasión de desperdigar el bien común. En cambio, ¿cuánto le ha costado Leonel Fernández a este país? ¿Qué carga económica significa para la nación mantener esa estructura de liderazgo peledeísta? ¿Cuánto nos cuestan, en un palé, Reynaldo Pared Pérez y Francisco Javier? ¿Por cuánto nos salen, en una tripleta, Temo Montás, Euclides Gutiérrez y Pote Bonetti? ¿Es soportable la carga indeseada de Félix Bautista y Chío Jiménez? ¿No es apabullante, como una colita, un Víctor Díaz Rúa alborozado con su suerte y sus millones? ¿Cuántos miles millones se diluyen en los veintiocho mil militantes intermedios del PLD que financian las nominillas C y B con fondos públicos? ¿Cuál es la cifra en el presupuesto, en la que se concreta el gasto de la nación en todos los aspavientos de egolatría esparcidos por el mundo por Leonel Fernández? ¿No es la corrupción generalizada el cemento invisible de su liderazgo?
Hace ya tiempo que Leonel Fernández perdió la batalla moral en este país. Su salida del gobierno no encontrará jamás a un Al Burt que le diga “salió con las manos tan limpias como vacías”. Porque la verdad es otra. Pagamos los políticos más caros del mundo, y aun dejando de lado la subjetividad que convierte la historia en una tragedia, ese pago es una estafa.
Los historiadores se interesan cada vez menos por los personajes individualizados, pero aquí no tenemos sucesión de los aconteceres. Como Báez y Santana, como Lilís, como Trujillo, como Balaguer; los goznes de la historia giran alrededor de las personalidades, y los grupos se agazapan tras de ellos con sus intereses. Danilismo y leonelismo están enfrentados, esa es la historia que sale a flote; pero el leonelismo no es Leonel, sino lo que él construyó para los grupos económicos que lo sustentan. Su fuerza es la posesión del dinero proveniente de la exacción del Estado, y su liderazgo sensiblemente menguado. El danilismo es una aspiración.
Tiene el poder del presupuesto público, ha doblegado la entente leonelista en las últimas convenciones internas del partido, pero su única carta es imponerle la reelección al leonelismo. Todo cuanto está ocurriendo hacia dentro del partido que maneja el poder se resume en estas propuestas: Los danilistas temen el regreso al poder de Leonel Fernández, un líder menguado pero con una enorme posesión de dinero y de estructuras del aparato del Estado. El danilismo levanta la alfombra en la que guarda toda la porquería del leonelismo, y se la enseña. El danilismo amenaza. El leonelismo tensa el escarceo.
Todo continuará. Por ahora no hay amenaza del mundo exterior que impida que esta lucha se desenvuelva sin contratiempos. La oposición es un amasijo indescifrable. ¿Quién paga? Los políticos más caros del mundo son los del PLD.
Por Isaías Ramos
Cada 26 de enero la República Dominicana pronuncia un nombre que no admite trivialidades: Juan Pablo Duarte. Esta fecha no debe servir solo para recordar; debe servir para medirnos.
Duarte no nos dejó una patria para contemplarla desde la nostalgia, sino una República para sostenerla con carácter. Y lo dijo sin ambigüedades: “Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor”. Esa frase no pertenece al pasado; es una interpelación directa al presente.
La liberación que hoy necesitamos no es romántica ni cinematográfica. No es violenta ni ideológica. Es cívica, moral e institucional.
Tiene un propósito concreto: hacer posible el Proyecto de Nación del Estado Social y Democrático de Derecho que nuestra Constitución proclama, pero que aún no logra encarnarse en la vida diaria del país.
Hablar de liberación no es hablar de ruptura; es hablar de rescate. Rescatar la ley como límite real, la justicia como medida efectiva y la virtud pública como norte compartido.
No se construye un proyecto de nación sobre un pueblo resignado. Cuando la ciudadanía se acostumbra a no esperar nada, el problema deja de ser electoral y pasa a ser moral.
Se rompe entonces el vínculo invisible que sostiene toda república: la convicción de que la verdad importa, de que la ley obliga y de que el bien común está por encima del interés del grupo. Sin esa convicción, cualquier “nueva etapa” se vuelve maquillaje: comunicación sin explicación, narrativa sin responsabilidad, poder sin rendición de cuentas.
Por eso, antes de hablar de reformas, programas o candidaturas, debemos atrevernos a responder una pregunta incómoda pero ineludible: ¿de qué —y de quién— debemos liberarnos? No para alimentar odios ni competir por etiquetas, sino para comprender la raíz del problema.
La liberación verdadera comienza cuando entendemos que el principal obstáculo no es una persona, sino un sistema de incentivos que premia el abuso, protege la impunidad y castiga la virtud. Personalizar el problema entretiene; comprenderlo libera.
Debemos liberarnos, primero, de un modelo que ha deformado la idea misma de ciudadanía. Un país no se sostiene solo con obras visibles; se sostiene con carácter colectivo.
La educación y la cultura deberían formar ciudadanos con respeto a la libertad, amor por la patria y responsabilidad ante Dios y ante la historia. Cuando el Estado abdica de esa misión y normaliza el dinero fácil, el vicio y la banalización de la dignidad humana, la sociedad se vuelve más vulnerable a la captura y a la desesperanza. Un pueblo sin brújula moral no pierde el rumbo de golpe: se acostumbra a caminar sin él.
Debemos liberarnos también de la privatización del Estado como botín. Cuando el poder se administra como propiedad y no como mandato temporal, se firman contratos opacos, se desmontan instituciones, se entregan recursos estratégicos sin visión nacional y se gobierna para socios, no para ciudadanos.
En ese contexto, la corrupción deja de ser excepción y se convierte en método; la impunidad deja de ser anomalía y se vuelve garantía. Ninguna República puede sostenerse cuando el presupuesto se percibe como botín y la ley se aplica según conveniencia.
Debemos liberarnos de la lógica del endeudamiento sin transformación y del abandono de lo esencial. Endeudarse no es un pecado en sí mismo; lo destructivo es endeudarse sin resolver lo básico: educación de calidad, salud digna, seguridad ciudadana, servicios esenciales y empleo decente.
Cada deuda que no se traduce en bienestar es una factura moral que se le pasa a nuestros hijos. Y cuando los servicios siguen precarios y la inseguridad se normaliza, el ciudadano entiende que se le exige paciencia, pero no se le entregan resultados.
Debemos liberarnos, además, del desprecio al mandato constitucional y de la manipulación de nuestra identidad. Defender la identidad nacional no es odiar a nadie. Es exigir que el Estado cumpla su deber: aplicar la ley con justicia, sin discriminación, proteger la convivencia y garantizar derechos sin sacrificar soberanía ni dignidad.
Como advirtió Duarte: “Todo poder dominicano está y deberá estar siempre limitado por la ley y ésta por la justicia”. Ese principio no es una cita ceremonial: es la columna vertebral del Estado Social y Democrático de Derecho.
La pregunta decisiva, entonces, no es si debemos liberarnos, sino cómo hacerlo sin caer en el odio, el caos o el caudillismo. La respuesta exige madurez histórica y una secuencia clara: verdad, para nombrar la captura sin maquillajes ni excusas; conciencia, para entender que la resignación no es prudencia, es rendición; organización cívica, para convertir la indignación en criterio y el criterio en disciplina colectiva; y proyecto, para asumir el Estado Social y Democrático de Derecho como norte compartido, no como decoración constitucional.
La liberación sin proyecto se convierte en rabia. El proyecto sin liberación se queda en papel. Por eso, la tarea de esta hora histórica es doble: despertar la conciencia colectiva y, sobre esa base, construir un Proyecto de Nación que haga realidad la Constitución en la vida diaria.
En esa dirección, el Foro y Frente Cívico y Social continuará trabajando en todo el territorio nacional para elevar el estándar del debate público, formar ciudadanía y articular voluntades alrededor de principios verificables: verdad, legalidad, transparencia, mérito, justicia y responsabilidad.
En el natalicio de Duarte conviene recordar otra de sus exigencias, sencilla y decisiva: “Trabajemos por y para la Patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos”. Si asumimos esa obligación, la liberación deja de ser consigna y se convierte en tarea histórica compartida.
Despierta, RD!
No para odiar.
Para asumir.
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia ( 3 de 3 )
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3 días agoon
enero 25, 2026Por Rommel Santos Diaz
La Asamblea podrá tratar de resolver por sí misma la controversia o recomendará otros medios de solución, incluida su remisión a la Corte Internacional de Justicia de conformidad con el Estatuto de esta.
En virtud de lo anterior, es posible afirmar que existe un vínculo normativo según lo previsto en el segundo párrafo del Artículo 119. Según esto, solo las controversias que no estén relacionadas a las funciones judiciales de la Corte podrían ser dirimidas por la Corte Internacional de Justicia.
Este tribunal actuará sólo en caso que dicha controversia haya sido remitida a su jurisdicción como resultado de una recomendación de la Asamblea de los Estados Parte de la Corte Penal Internacional. Solo en ese caso la Corte Internacional de Justicia podría conocer y resolver una controversia relativa a la interpretación o aplicación del Estatuto.
Esta disposición concuerda con lo dispuesto en el Artículo 36 del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia que extiende su competencia a todos los asuntos previstos en los tratados vigentes como es el caso del Estatuto de Roma.
Conviene subrayar que no se trata de una relación de superposición de un tribunal en relación al otro, sino más bien de una relación de coordinación entre los distintos tribunales internacionales.
Sin embargo, si bien la relación en el ámbito normativo entre ambos tribunales tiene por objeto garantizar la seguridad jurídica, en el ámbito jurisprudencial el funcionamiento de ambos tribunales puede concluir en posiciones disímiles. En este punto cabe precisar que la Corte Internacional de Justicia, sin ser un tribunal de derechos humanos, ha abordado en su jurisprudencia distintos temas relevantes para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Penal Internacional.
Por Oscar López Reyes
Décadas atrás, los homosexuales se regodeaban a escondidas, y ahora se exceden en su lucimiento en la descubierta y una nueva generación ha optado por incursionar en los mass-media. Una porción de ellos se encopetan en el tobogán televisivo, mimados en la piltrafa lingüística del chisme y la intriga quebradiza de la privacidad, en tanto que un número apreciable estudia en las escuelas de comunicación social.
El programa de esa estirpe podemos denominarlo El Trineo no apto para niños ni adolescentes, por el uso y abuso del discurso carnal en la tiniebla de la ironía, el humor y la tropelía a la intimidad y honor en la tele y las caricaturas sobre la diversidad erótica y el cambio de sexo biológico en la serie de ciencia ficción difundida por Nefflix.
Ese bamboleo de imagen y sonido retrotrae a los viejos bares cabareteros sin decoraciones, mesas y sillas cojas y arqueadas, en continuo empinar de copas de ron y cerveza baratos en pasavasos chatos, letreros con faltas ortográficas, olores penetrantes y música de doble sentido, trenzada por anfitrionas que pronuncian palabras sucias subidas de tono.
Los espectáculos que escenifican los gais en la vida cotidiana son llevados a la televisión, donde solo producen programas de cocina, farándula, moda y estilismo, pero jamás educativos ni científicos. En vez del aprovechamiento didáctico y de fomentar el pensamiento crítico, se inflan pletórico en pequeñas bolsas hinchadas de morbo e injurias.
¿Son estas apreciaciones un gazapo? Los espacios audiovisuales ejercen una influencia muy poderosa en el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños y adolescentes (formación de carácter), que suelen imitar -parcial o totalmente- los mensajes orales, la voz, los gestos, los comportamientos y valores transmitidos por ciertos personajes, que se convierten en sus referentes y modelos.
Habitualmente, perjudican la evolución del lenguaje de los receptores, su concentración, rendimiento académico y capacidad para diferenciar entre materialidad y fábula. En su núcleo central, pueden ser tanto rentables (de un lado) en la eficacia y adversativos en la nocividad (del otro) en las conductas de riesgos, como el sexo, las drogas y la violencia.
No por casualidad, los gais, lesbianas, bisexuales, trans, intersexuales, queer y otras orientaciones de la comunidad LGBTIQ+ han decidido trotar en los medios de comunicación, para enfocarse en un mercado cautivo del círculo del espectáculo, en virtud de que a través de esta almohadilla alcanzan objetivos específicos, en el lomo de una sociedad propensa a la recreación, la fama, el dinero y las loas.
Vanidosos y presumidos intocables, audaces en el arrebato de su nerviosidad y narcisistas obsesivos por la belleza, la fantasía, la acequia y las galas despampanantes, como dicta su estructura cerebral, presagiamos que en los próximos años disminuirá la presencia de hombres especialmente en la teledifusión o “caja tonta” que, conforme con el libro La Información en Televisión. Obsesión Mercantil y Política (autoría de Mariano Cebrián Herreros, profesor de la Universidad Complutense de Madrid), “las presiones comerciales convirtieron la noticia en un espectáculo para entretener”, y en una “espectacularización para captar audiencias”.
Más de 100 homosexuales están insertos actualmente en programas de farándula y modas de la República Dominicana, y otra cantidad similar estudia comunicación social en universidades (son tratados con respeto e igualdad por profesores y alumnos), que se empotra como una de sus carreras predilectas. La matrícula de mujeres en esas unidades académicas escala más de un 80% de los alumnos.
¿Es dable aceptarlos como guías sociales, orientadores de ciudadanos o, simplemente, para musitar o duchar en el entretenimiento?
No, a los gais pervertidos en la madriguera de la obscenidad y la difamación, que difieren –en cierto contexto y perspectiva- de icónicos filósofos y pensadores, geofísicos y astronautas, inventores y descubridores, neurocientíficos y psiquiatras, matemáticos y músicos, historiadores y antropólogos, literatos y humanistas de la comunidad LGBTIQ+, que transmitieron un legado intangible de vida útil para futuras generaciones.
Pasemos a justificar la postura crítica a gais desaforados, cimentados en dos instituciones que son ejemplos de disciplina: las Fuerzas Armadas y la Iglesia.
Las Fuerzas Armadas de diferentes litorales separan de sus filas a los soldados que son atraídos por el mismo sexo.
¿Es correcto …? Sí, por estas tres razones:
1.- Cuando integrantes de un cuerpo armado se enteran de que un compañero o superior es un desviado sexual, comúnmente se le pierde el respeto.
2.- Un uniformado policíaco o militar puede enamorarse de un subalterno y, por tanto, se quiebran la disciplina y la autoridad. O se debilita el frente de guerra.
3.- Una gran parte de estas personas rinde culto a la promiscuidad, lo que entraña un riesgo físico, mental, emocional y social.
¿Prejuicio? o ¿discriminación?
El homosexualismo no camina por los predios de la normalidad, sea una condición o una patología. Las investigaciones científicas no concuerdan sobre un origen único, y lo atribuyen a componentes biológicos, hormonales, ambientales y epigenéticos. Respecto a esta última marca, que acumula el mayor porcentaje de aceptabilidad de maestros, que señalan que no se borran correctamente los andrógenos que protegen el feto de la madre, y que ese cambio sin alteración del ADN incide en la masculinidad o feminización, igual que los niveles de testosteronas durante la gestión y el desarrollo del cerebro.
Según otros estudiosos de este fenómeno, no es generada por “un gen gay”, por factores hereditarios, alteraciones hormonales ni por otros de orden biológico. La ubican en la esfera psicológica o emotiva, específicamente en los hábitos neuroinfantiles.
El ex director del Instituto para la Sanación Marital (Filadelfia, Estados Unidos) y experto en tratamiento a sacerdotes que han cometido abusos sexuales, el psiquiatra Richard Fitzgibbons (1958-2024), sitúa los orígenes de la homosexualidad en la envoltura, durante la infancia y la adolescencia, de la soledad y la tristeza, en los profundos sentimientos de ser inadecuado, en la falta de autoaceptación, la desconfianza y el miedo, el narcisismo, los intentos de evadir un excesivo sentido de responsabilidad, los traumas en la infancia y los enfados excesivos.
En tanto que otros especialistas en la materia buscan la causa en los complejos de inferioridad, la falta de madurez o ruptura familiar, y definen a los gais como obsesivos, ansiosos, compulsivos y depresivos, no obstante “aparentar jovialidad y alegría”. Y afirman que esta patología se cura.
¿Debemos aceptarlos como guías y como orientadores…?
Siempre hemos enfatizado y reiterado que la televisión es un lenguaje imitativo, condicionante y moldeable. Los telespectadores reproducen, como aprendizaje deducido o mimético, los códigos conductuales empaquetados en los mensajes: cantan los trozos musicales más pegajosos, relatan las escenas más intensas y animadas, y emulan o copian los gestos de figuras-prototipos de los espacios televisivos.
¿Y la prevención?
En una sociedad fundada en principios humano-sociales acendrados y con medios de comunicación autorregulados en la decencia y el pudor, un segmento de los gais se empaca en una relajada nocividad encubierta. En colectividades permisivas, como la dominicana, apenas podemos aspirar a que sus programas sean difundidos en horarios no aptos para menores. En México la clasificación de los contenidos engloba cinco tramos: 1) AA (para todo público e infantiles), 2) A (para todo público, con violencia de fantasía y comedia), 3) B (para mayores de 12 años, con violencia moderada), 4) B-15 (para mayores de 15 años con supervisión), y 5) C y D (para adultos).
En torno al impacto de la televisión y la violencia en niños y adolescentes, la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) y la Academia Americana de Psiquiatría de la Niñez y Adolescencia enjuician que los padres pueden protegerlos del exceso en la televisión y prevenir sus efectos dañinos, como el estereotipo racial o sexual; establecer controles y límites en el tiempo frente a los programas que ven, apagarla cuando aparecen escenas ofensivas y propiciar que jueguen con amigos, la interacción familiar en un diálogo abierto y receptivo, el estudio y la lectura.
Los niños, adolescentes y la familia urgen ser protegidos en este ciclo de suspensión anímica, casi paranormal, que luce un lance postrero. Esa trilogía aulla por la innovación espiritual y la docilidad en la decencia, que puede ser impuesta por las entidades profesionales de la comunicación y los propietarios de medios, corresponsables de que estos no sean templos de conversión para caminar hacia la información, la educación y la sanidad protectoras.
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El autor: expresidente Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), vicepresidente de Asoc. Escuelas de Comunicación Social (AdecomRD), presidente Asoc. de Profesionales de Relaciones Públicas (Asodoprep) y columnista de decenas de digitales.
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25 de enero de 2026.
