Reportaje A Fondo
La ciudad que le planta cara a la furia de la naturaleza
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6 años agoon
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LA REDACCIÓNEl Departamento de Gestión de Riesgos de Guayaquil, en Ecuador, prepara de manera peculiar a los habitantes del extrarradio para las emergencias. El resultado es una ciudadanía más activa
Guayaquil.-«Nuestro barrio es como una sartén. Hemos sufrido muchísimas inundaciones, ya que el agua llega de todas partes. Estamos en peligro, pero ahora sabemos qué hacer, lo cual puede salvarnos incluso de la muerte». Así de segura se muestra Lorena Lozana Charcopa, vecina de una de las barriadas de la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, de tres millones de habitantes. En 2013, un estudio dirigido por el Banco Mundial y la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) situaron esta urbe en el cuarto puesto entre las urbes costeras del mundo más amenazadas por la subida del nivel del mar, tan solo por detrás de Guangzhou en China, además de Bombay y Calcuta en India.Guayaquil, la segunda ciudad más grande de Ecuador y situada en un delta, sufre la amenaza constante de terremotos debido a su cercanía al Anillo de Fuego del Pacífico, una zona en la que los altos niveles de actividad sísmica son el pan de cada día. Además, los cambios en las condiciones climáticas, como la intensificación de las estaciones de lluvias y la subida del nivel del mar, han incrementado el riesgo de inundaciones.
Desde 1960, la zona del delta del río Guayas ha experimentado una rápida urbanización, especialmente con la ocupación de tierras por asentamientos de auto construcción. Los especuladores a menudo ocupan terrenos, se los venden a unas cuantas familias, y luego presionan al propietario para que los venda porque los han invadido. A diario surgen nuevos suburbios o se expanden los ya existentes, como Nueva Proserpina. Se calcula que un 60% de la población de la ciudad vive en estos barrios, que siguen creciendo cada día sin control administrativo que, sin embargo, también necesitan protección. «Aunque todos los Ayuntamientos de Ecuador han emprendido iniciativas relacionadas con la respuesta a las situaciones catastróficas, solo en Guayaquil colaboramos con los habitantes desfavorecidos de los suburbios, indica Mónica Menéndez, vicepresidenta del Departamento de Gestión de Riesgos de Guayaquil. «Es importante que el sector institucional y el comunitario sumen esfuerzos para poder poner en práctica de manera transversal las políticas de reducción de riesgos en nuestro municipio».
Guayaquil figura en el cuarto puesto entre las ciudades costeras del mundo más amenazadas por la subida del nivel del mar
Para ello, las autoridades desarrollaron un programa junto a la ONG CARE (Cooperativa de Asistencia y Socorro en Todo el Mundo) que dio herramientas para actuar no solo desde las instituciones, sino también a la población de los barrios pobres. «Somos una ciudad grande con un departamento pequeño, así que tenemos que procurar establecer colaboraciones para lograr el máximo efecto», reflexiona Allan Hacay-Chang, nuevo presidente del departamento de gestión de riesgos desde agosto de 2019.
Un ejemplo de los resultados de esta estrategia transversal es la creación de una «sala de incidencias» en la que se recoge y coordina la información de diferentes fuentes mediante un sistema de video vigilancia. Los datos que facilitan el sistema de transporte, la policía, los bomberos y las brigadas de vecinos se unifican para anticiparse con eficacia a los problemas de la ciudad y garantizar la seguridad de la población. La oficina urbana de transporte público también dispone de una de estas salas para controlar y anticipar las incidencias en las comunicaciones. Se han instalado más de 1.100 cámaras por toda el área urbana, y los agentes de policía van equipados con cámaras corporales para facilitar información sobre los problemas de tráfico. La información se comparte con la sala de incidencias, de manera que en caso de catástrofe se pueda redirigir el tráfico y enviar ambulancias y camiones de bomberos.
El Departamento de Gestión de Riesgos no solo forma a las instituciones, como la Policía, los bomberos y la organización del transporte para hacer frente a las emergencias y las catástrofes, sino también a los habitantes de los suburbios. Tras el éxito de un programa piloto que puso en marcha varias brigadas en dos de estos barrios, el Ayuntamiento siguió creando más equipos, y en la actualidad cuenta con 28 grupos activos. Los comités están formados por un equipo gestor, una brigada de evacuación y otra de primeros auxilios. Sus miembros aprenden a reaccionar con eficacia en caso de emergencia e intercambian información con instituciones como el departamento de bomberos, la policía y los hospitales.
La población es la que mejor conoce los peligros a los que está expuesta cada zona. «Muchos de nosotros no teníamos ni idea del riesgo que suponía construir nuestra casa aquí. Con la formación hemos aprendido lo que puede pasar», dice Patricia Martha Gribalda Ruiz, presidenta del comité de Nueva Proserpina. Además de esto, parte del programa de capacitación consiste en cartografiar los distritos para indicar las zonas de riesgo. La cartografía se elabora en colaboración con los vecinos del barrio. A partir de estos mapas se instalan las señales de evacuación. Además, gracias a los equipos ha aumentado el control de la población del distrito, «Las brigadas también comprobamos dónde quieren construir los recién llegados e impedimos que lo hagan en las zonas calificadas de alto riesgo», completa Cecibel Vivero Macías, también de las brigadas.
Estamos en peligro, pero ahora sabemos qué hacer y eso puede salvarnos incluso de la muerte
El Ayuntamiento ha entregado diferentes materiales que incluyen uniformes, gorras y una mochila con instrumental de primeros auxilios. Distintos miembros de los equipos declaran que así se sienten dignificados. «Cuando camino por mi barrio con la gorra y la mochila me siento orgulloso. Antes parecía que no era nadie; en cambio, ahora soy importante porque he ido a clase y he aprendido a salvar vidas», explica uno de ellos. Otra consecuencia indirecta es una mayor cohesión social. Los miembros de las brigadas no paran de repetir lo gratificante que es trabajar en colaboración y cuánto refuerza los lazos en el barrio. Jaime Criana Luna cuenta por qué se unió a la brigada: «Personalmente, es una oportunidad de aprender algo nuevo con lo que pueda ayudar a los demás. También me gusta porque he hecho nuevos amigos. Ahora formo parte de un grupo».
La sensación general es que, gracias a las brigadas, la ciudadanía se ha vuelto mucho más activa. Menéndez, la subdirectora del Departamento de Gestión de Riesgos, explica que los grupos pasan por diferentes fases y que, a menudo, se convierten en algo más: «Primero tienen que aprender a organizarse, para lo cual hacen falta meses de preparación. A continuación, empiezan el programa de capacitación en el que les enseñan cómo actuar en situaciones de emergencia. Intentamos darles apoyo y vemos cómo se convierten en organizaciones políticas que aprenden a luchar por sus derechos y tomar decisiones también en otros terrenos».
Lorena Lozana Charcopa confirma que la comunicación mejora y que los miembros de las brigadas se benefician de ello en ámbitos no relacionados directamente con los equipos de salvamento. «Estamos en contacto directo con el Ayuntamiento y le solicitamos también cosas como un campo de fútbol o el alcantarillado. Yo puedo llamar directamente, presentarme como miembro de una de las brigadas y nuestros problemas se resuelven mucho más deprisa».
La estrategia incluyente del Departamento de Gestión de Riesgos de Guayaquil aumenta la capacidad de recuperación de la ciudad y empodera a la población pobre no solo para que responda de manera adecuada a las catástrofes, sino también reforzando la comunicación y haciéndola participar en los procesos de toma de decisiones.
elpais.com
Reportaje A Fondo
Otras vez injerencia de Trump en Latinoaméricana, ahora es en Guatemala.
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7 días agoon
marzo 3, 2026La embajada estadounidense afirma: “No vamos a tolerar que haya contaminación de narcotraficantes y crimen organizado” en la designación de nuevos funcionarios de la Corte
En lo que parece ser una razón más de indignacion de los paises latinoamericanos, según una publicaciñn del periódico El Pais de España, la cual es reproducida inextensa por este diario, el presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, informó este martes de que su Gobierno consultó con el Departamento de Estado de los Estados Unidos sobre una supuesta injerencia en la elección de dos magistrados, entre ellos la Fiscal General del Ministerio Público (MP), Consuelo Porras, quien, según la información del mandatario, sería nombrada para ocupar una silla en la Corte de Constitucionalidad (CC), el máximo tribunal del país.
“Nos hemos enterado de que se está intentando aparentar que la Embajada de los Estados Unidos está pidiendo el voto a favor de candidatos que no son íntegros, como Roberto Molina Barreto y Consuelo Porras”, dijo Arévalo en una conferencia de prensa y en un comunicado emitido más tarde por el Gobierno. “Esta situación es altamente irregular y preocupante. Acciones como estas son incongruentes con el excelente estado de las relaciones entre nuestro Gobierno y el de Estados Unidos. Por ello, hemos comenzado las consultas con el Departamento de Estado para aclarar esta situación”, informó el mandatario.

Consuelo Porras en Guatemala, en septiembre de 2025.Congreso de Guatemala
Guatemala deberá designar este año a los nuevos magistrados de la Corte para el periodo 2026-2031. Para integrar ese ente, el Congreso, el Ejecutivo, la Corte Suprema de Justicia, el Colegio de Abogados y Notarios y la Universidad de San Carlos, la principal del país, votan a lo interno para nombrar a un magistrado titular y un suplente eligiendo así cinco magistrados titulares y cinco suplentes que dirigirán esa Corte.
Las declaraciones del presidente surgieron luego de que uno de los candidatos que apoyaba el Ejecutivo a través de su bancada oficial y de diputados aliados, Rony López, actual magistrado suplente de la CC, quien ha denunciado al MP por seguimiento y amenazas, perdió los votos y en su lugar comenzó a correr el rumor de que el actual magistrado de la CC, Roberto Molina Barreto, sería reelecto.
Molina Barreto fue candidato a la vicepresidencia en 2018 con Zury Ríos, la hija del fallecido dictador Efraín Ríos Montt, acusado de haber cometido un genocidio contra las poblaciones indígenas de Guatemala. Además, ha sido criticado por sus fallos judiciales en los que anuló la condena por genocidio contra Ríos Montt, por fallar a favor del expresidente condenado por corrupción Otto Pérez Molina y por beneficiar al líder del Barrio 18, Aldo Ochoa.
Medios locales, que han documentado dos lobbys pagados por políticos de oposición y algunos empresarios de la élite guatemalteca, atribuyen el apoyo de la mayoría de diputados y de la embajada de Estados Unidos a favor de Barreto debido a ese cabildeo. La embajada estadounidense en Guatemala no respondió a las consultas sobre la denuncia del presidente. John Barrett, encargado de negocios de la embajada, dijo en la red social X que “como ya hemos declarado, las elecciones de segundo grado son procesos guatemaltecos que tienen sus normas y reglas, y vamos a respetar estos procesos, pero no vamos a tolerar que haya contaminación de narcotraficantes y crimen organizado”.
Reportaje A Fondo
Una segunda vida para los disfraces de Carnaval: la idea de Río para que los residuos de la fiesta no acaben en el vertedero
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3 semanas agoon
febrero 17, 2026El proyecto ‘Sustenta Carnaval’ ha recuperado casi 70 toneladas de los vestuarios que se usan en el Sambódromo, reduciendo emisiones e integrando a población en riesgo de exclusión social
Río de Janeiro.-En la bella canción del sambista carioca Martinho da Vila llamada ‘Para tudo se acabar na quarta feira (Para que todo se acabe el miércoles)’ el compositor exalta, con cierta melancolía, a los artesanos del carnaval, esas personas anónimas que trabajan todo el año “empeñadas en construir la ilusión” para que después, todo se termine el Miércoles de Ceniza. El carnaval es, por definición, la fiesta de la alegría efímera, pero en el caso del Sambódromo de Río de Janeiro, con sus monumentales desfiles, esa fugacidad tiene un coste ambiental considerable. En las noches en que reinan las escuelas de samba, desfilan decenas de miles de personas vestidas con aparatosos disfraces, unos 100.000 cada año. Su vida útil es lo que se tarda en cruzar el gran estadio del carnaval durante el desfile, menos de 90 minutos. Hasta hace pocos años, después de brillar bajo los focos y los aplausos muchos de ellos acababan en el vertedero. Para luchar contra ese problema ambiental y convertir el residuo en oportunidad, hace unos años surgió el proyecto ‘Sustenta Carnaval’.
La sede de la organización está en la zona portuaria de Río, a pocos pasos de la Cidade do Samba, el gigante recinto donde se construyen las carrozas y se confeccionan los disfraces del carnaval. Aquí el almacén es menos opulento, pero igualmente colorido: montañas de disfraces se acumulan en el suelo y suben varios metros hasta casi tocar el techo en algunos puntos. Son los restos de los carnavales de otros años, que tras pasar por aquí tendrán una segunda oportunidad: los clientes de a pie más creativos pueden llevarse piezas tras un módico precio en función del peso, pero además hay convenios con agrupaciones carnavalescas con menos recursos o incluso con ayuntamientos de otras ciudades que buscan organizar un carnaval más económico. También se donan a escuelas públicas, o se alquilan a compañías teatrales y rodajes de cine. La idea es reciclar de todas las maneras posibles. De momento, en los últimos cinco años, los impulsores de la idea ya han salvado de la basura 66 toneladas.

Jean Michel Santos, en Río de Janeiro, el 27 de enero.Leonardo Carrato
Pululando entre esta marea de sombreros, faldas, plumas y todo tipo de tejidos aparece, siempre sonriente, Jean Santos, el coordinador técnico del proyecto. Recuerda divertido la aventura del primer año: “Fue un test, alquilamos un camión y recolectamos tres toneladas. Las colocamos provisionalmente en mi casa y en casa de una amiga, fue una locura”. En realidad, las propias escuelas de samba recopilan sus propios disfraces para reutilizar lo que se pueda al año siguiente (tras un minucioso trabajo de descarte, reconversión, pintura, tinte, etc).
No obstante, muchas no tienen los recursos ni la logística necesaria para movilizar camiones, personal y almacenes y acaban desechando parte de sus disfraces. Durante años, muchos quedaban acumulados al final del Sambódromo durante horas, pero generaban problemas incluso de seguridad, porque se generaban auténticas montañas que dificultaban la salida del recinto de los componentes de las escuelas, un flujo continuo que dura toda la madrugada durante cinco noches consecutivas.




El proyecto ha sido premiado incluso en el Reino Unido y ha logrado la certificación ISO20121, por su minucioso trabajo para mitigar la huella de carbono de estas piezas. Se sabe que la industria textil es de las más contaminantes del mundo, y según estudios de ‘Sustenta Carnaval’ un kilo de un estos disfraces generalmente sintéticos y procedentes de China o India ha supuesto, a lo largo toda su trayectoria, la emisión de 47,2 kilos de CO2 equivalente. Por eso estiman que con todo lo que se ha reusado hasta ahora se ha evitado la emisión de más de 3.115 toneladas de CO2 en a la atmósfera.

Pero la preocupación no es sólo ambiental, sino también social. En el almacén de Río trabajan personas en riesgo de exclusión social y parte de los disfraces son transformados en carteras por mujeres inmigrantes y vecinas de una favela de la ciudad de Niterói. En el propio almacén de la organización estos días se imparten talleres de reciclaje de disfraces y accesorios.
‘Sustenta Carnaval’ cuenta con el apoyo de la Secretaría de Medio Ambiente del ayuntamiento de Río y de la Liga Independiente de las Escuelas de Samba, pero faltan recursos. Santos explica que el sueño que acarician ahora es poder construir un entresuelo para ganar espacio y clasificarlo todo. Además, así también podrían impartir clases continuamente. “Nuestro sueño es que las personas que trabajan todos los años en el carnaval puedan hacer un curso y certificarlas como profesionales. Hoy en día ya hay cursos de posgrado en temas de carnaval, pero sobre todo en el mundo académico. La gente que está en la base no está certificada, nuestra idea es revertir eso”, dice optimista. Mientras tanto, una vez termine el carnaval, la rueda volverá a ponerse en marcha: será hora de hacer espacio para otra veintena de toneladas y de ir pensando en cómo aprovechar esa infinidad de posibilidades.
elpais.com
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Centroamérica: incertidumbre, violencia criminal e intervencionismo
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2 meses agoon
enero 6, 2026En este momento, Centroamérica experimenta el descalabro de las frágiles democracias electorales que se habían logrado

Históricamente, Centroamérica ha sido dominada por cuatro grandes tendencias: la violencia política, el intervencionismo extranjero, la desigualdad económica y social, y la ausencia de regímenes democráticos. Es decir, de regímenes estructurados en torno a un Estado de derecho más o menos viable, instituciones legítimas y, sobre todo, una administración capaz de gestionar lo público con eficacia y eficiencia.
Con excepciones, tales tendencias suelen acompañarse de algunos factores inexorables: el militarismo, la corrupción y la exclusión de la mayoría de la población, ya sea por razones étnicas, sociales, económicas o políticas. Y aunque fueron brevemente neutralizadas tras la firma del Plan de Paz de Esquipulas II (7 de agosto de 1987), en las últimas dos décadas Centroamérica ha iniciado un proceso de involución que recuerda -pero todavía no sobrepasa- los horrores de la década perdida de los años 1980.
En efecto, Centroamérica logró reencauzar sus esfuerzos de reconstrucción y reconciliación de forma gradual durante el decenio de 1990, mismo que produjo elecciones libres en todos los países, el relanzamiento del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y lo que parecía ser una etapa de estabilidad. Pero, lamentablemente, todo aquello se volvió un espejismo.
Ya para inicios del siglo XXI empezaron a despuntar nuevas, y a reverdecer viejas, disfunciones en toda la zona. Ello fue resultado de una combinación de factores como la reaparición de poderes fácticos, en particular el crimen organizado; el gradual debilitamiento de las democracias electorales; el lento proceso de reactivación económica prometido pero no concretado por el libre comercio; la inconclusa transición hacia modelos de gobierno y de sociedad más inclusivos, y el abandono del desarrollo sostenible como concepto guía del sistema regional. Pronto afloraron nuevas formas de violencia y represión, y se iniciaron masivas olas migratorias hacia Estados Unidos. En pocos años, Nicaragua cayó presa de una dictadura atroz gracias al llamado Pacto Ortega-Alemán (2000), Honduras experimentó un nuevo golpe de Estado (2009), se produjeron un sinnúmero de eventos como el asesinato de periodistas y dirigentes ambientalistas y sociales, y aparecieron poderosas redes de narcotraficantes y renovadas tensiones geopolíticas. Estos elementos configuran hoy una región que en poco tiempo, y pese a la masiva ayuda recibida de la Cooperación Internacional, ha sucumbido ante los avatares de su propia historia.
Acabar con las guerras domésticas -y particularmente con el terrorismo de Estado- fue uno de los logros más notables del Procedimiento de Esquipulas II. Sin embargo, desde entonces Centroamérica ha sido víctima de “otras violencias” no menos graves y dolorosas. Quizá la mayor de ellas sea la resultante de las acciones del crimen organizado y ordinario, cuyas raíces en el área eran de larga data, pero que se aceleraron y profundizaron como resultado de una triple coyuntura: el descalabro institucional de las democracias electorales a partir del año 2008; los rápidos cambios acaecidos en la producción, la comercialización y el control de las redes de del narcotráfico internacional, y el aumento y diversificación de los flujos de cocaína proveniente de Colombia, resultantes de las nuevas condiciones domésticas en ese país (acordadas en el plan de paz de 2016).
Ello vino acompañado de un incremento de otras formas de crimen organizado no menos perniciosas, como la trata de personas, el tráfico de armas, los diversos tipos de contrabando (oro, bienes culturales y naturales, cigarrillos, cosméticos y licores, entre otros) y el fenómeno de las pandillas o “maras”, que impusieron un virtual “estado de sitio” en amplios espacios urbanos del llamado Triángulo del Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras). Las extorsiones, secuestros, estafas cibernéticas y, más recientemente, el aumento de los femicidios y los actos de violencia contra otras poblaciones en condición de vulnerabilidad son también expresiones de una realidad que afecta a todas las sociedades centroamericanas.
El miedo y la zozobra que acompañan siempre a la violencia, y en particular a la violencia criminal cuando esta se entroniza y produce una percepción generalizada de inseguridad e indefensión, han traído como consecuencia el retorno de las propuestas de mano “super dura”, que se han posicionado como “únicas e idóneas” para neutralizar tales fenómenos. Ese fue el caldo de cultivo que permitió el arrollador triunfo en el Salvador del presidente Nayib Bukele, quien fue capaz de someter a las “maras” de su país por medio de políticas represivas ampliamente apoyadas por la población. Si bien el costo de esas políticas en términos de libertades públicas y calidad democrática ha sido devastador, las mismas han catapultado a Bukele como líder internacional de un “modelo” de Estado que repudia a la democracia liberal y propone sustituirla por un régimen autocrático unipersonal.
En este momento, Centroamérica experimenta el descalabro de las frágiles democracias electorales que se habían logrado. Este proceso de deterioro ha sido resultado de las disfunciones propias de regímenes políticos que, en distintas proporciones y formas, han tenido como características comunes la ausencia de políticas públicas inclusivas, el consecuente aumento de la desigualdad y la pobreza, una masiva corrupción y el ya mencionado aumento de la violencia criminal. Todos estos fenómenos han producido, más recientemente, el surgimiento de liderazgos populistas que, emulando a otros en América Latina, Estados Unidos y Europa, proponen soluciones “contra la dominación de los de siempre” (a quienes se señala como beneficiarios de la corrupción), y de un entramado presuntamente cómplice de estos, conformado por medios de comunicación, poderes judiciales, partidos políticos, agentes legislativos y algunos sectores económicos privados.
Además del caso salvadoreño ya mencionado, hay dos ejemplos muy claros (aunque también muy distintos) de esta tendencia. El primero, de perfiles decimonónicos, es la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, que desde 2018 domina al país a sangre y fuego a través de mecanismos de represión que recuerdan los peores días del somocismo, e incluso los superan. Estos mecanismos, algunos tipificados como crímenes de lesa humanidad por el Grupo de Expertos sobre Derechos Humanos de las Naciones Unidas, incluyen -además de asesinatos, torturas, desapariciones y persecución de medios y periodistas independientes– el destierro, las expropiaciones arbitrarias y la eliminación de la nacionalidad de quienes el régimen considera enemigos. El segundo caso, sorpresivo y para muchos inaudito, es el de Costa Rica. Allí gobierna, con amplio respaldo popular, Rodrigo Chaves, un exfuncionario del Banco Mundial, quien fue electo en 2022 con una propuesta antisistema. Neoliberal en lo económico y conservador (aunque laico) en lo social, Chaves ha satanizado los entendimientos políticos predominantes en el país desde 1948, promovido la confrontación entre el Ejecutivo y los demás poderes de la República (incluido el Tribunal Supremo de Elecciones), deteriorado la libertad de expresión y de prensa, alimentado deliberadamente la polarización social y, últimamente, deslegitimado la institucionalidad judicial, que es la única que hasta ahora ha impedido el éxito de su proyecto político.
Los tres países restantes también discurren por sendas complicadas. En Guatemala, el gobierno del presidente Bernardo Arévalo, desde antes de su toma de posesión (2024), libra una batalla sin descanso contra el llamado “Pacto de Corruptos”, un conglomerado de poderes fácticos que buscan afanosamente su caída por medio de permanentes conspiraciones que involucran a la Fiscal General y a jueces corruptos del Poder Judicial. En Honduras, la presidenta Xiomara Castro -quien fue electa con altas expectativas tras dos mandatos de un presidente que terminó indultado por Trump luego de haber sido condenado en los tribunales estadounidenses por narcotráfico- hoy propone anular los últimos comicios generales (noviembre de 2025) en medio de un proceso electoral de gran opacidad, persiguiendo fines de muy dudosa naturaleza. Mientras tanto, en Panamá el clima político y social se ha enrarecido en la administración de Raúl Mulino, un presidente que fue electo como sustituto del candidato de su partido, el expresidente Ricardo Martinelli, quien fue encontrado culpable de corrupción e inhabilitado por la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Supremo Electoral para ocupar cargos públicos.
Todo lo anterior se produce en un contexto de reconstitución hegemónica de los Estados Unidos, cuyo gobierno ha retomado su dominio histórico, basado en al menos dos ámbitos: el enfrentamiento con China y el apoyo público -e incluso la interferencia abierta en procesos electorales internos- a los gobiernos y líderes dispuestos a cumplir con sus designios en la zona (especialmente en temas migratorios y de inversiones en sectores estratégicos como las telecomunicaciones y la minería, de combate al narcotráfico y de cooperación militar). Además, buena parte de los gobiernos centroamericanos se han sumado a la diplomacia estadounidense en los foros multilaterales, alineándose en temas como el apoyo a Israel, las críticas a la Agenda 2030, el cambio climático, la invasión rusa a Ucrania, etc. Ese sometimiento, sin duda, recuerda al predominante durante la Guerra Fría.
La democracia vive hoy horas oscuras en Centroamérica, horas que, pareciera, no serán más luminosas en el futuro previsible.
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