La tolerancia que prevalece en la sociedad dominicana con el consumo y tráfico de drogas proyecta en el horizonte una realidad triste y que carcome los cimientos de la nación.
Nuestros jóvenes se consumen frente a un cuadro frustratorio y caracterizado por la incapacidad del Estado para contrarrestar un mal que amenaza con dejarnos sin esperanza.
Son miles los jóvenes que si no están inmersos en el consumo de drogas, viven en el limbo social por carecer de un empleo o de alguna seguridad social que les permita sobreponerse a un panorama cuyos resultados no son otros que convertirlos en guiñapos humanos, que no servirán absolutamente para nada.
Es un peligro que se extiende por barrios y municipios del territorio nacional, donde los jóvenes deambulan por sus calles como zombis sin que nadie tome en serio el fenómeno, el cual está asociado a la utilización de la República Dominicana como puente y ya como mercado de las drogas que vienen de Sur americana y México.
Sin ninguna duda ahí está parte de la explicación del crecimiento de jovencitos involucrados en la delincuencia callejera, cuya mayoría son adictos a algún tipo de estupefaciente y generalmente no cuentan con dinero para comprarlo y no tienen otro camino que asaltar y matar a sus víctimas.
Otro perfil que se observa como un componente del consumo de drogas es la vocación más sanguinaria de los que cometen robos a mano armada para poder satisfacer su adicción.
Es un cuadro que no deja libre de delincuencia a los más recónditos pueblos de la República Dominicana, donde el consumo de drogas era una tendencia prácticamente nula hace algunas décadas.
El peligro que se cierne sobre el país es mucho mucho mayor si se parte del hecho de que el Estado no está en capacidad de diseñar y ejecutar planes en lo que respecta a políticas públicas, porque los órganos con la responsabilidad de enfrentar el flagelo son parte del problema.
El país del futuro se desmorona por la indiferencia y la incapacidad oficial para asumir su responsabilidad ante un mal que ya pasa de lo delincuencial a lo clínico o ambas cosas a la vez, cuyas secuelas son realmente terribles para el país.
Hoy son miles los jóvenes atrapados en una adicción y un narcotráfico que sólo deja un olor a sangre y muerte, mientras los que están supuestos a enfrentar ese cuadro juegan con los números y con una prosperidad que sólo existe en su cabeza.
El futuro del país es arrasado por una adicción que sumerge a nuestros jóvenes en una vida desgraciada y apartada de condiciones materiales que garanticen un cambio para bien de un país donde la miseria es el mejor punto de referencia.
Salvemos nuestros jóvenes para salvar el país!!!.