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Análisis Noticiosos

El Fraude: Instrumento de Capitalización

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Por José Cabral 

En la República Dominicana se estima que hay un mercado de usuarios de teléfonos celulares sin tarifas fijas que supera los seis millones de personas, lo que motiva a muchas empresas transnacionales a instalarse en el país, sobre todo después que descubren que en éste prácticamente no hay controles oficiales para evitar o disminuir el fraude en contra del consumidor, lo que les permite aumentar sustancialmente sus ganancias.

La situación se torna mucho peor cuando todos los sectores, sobre todo aquellos que representan la llamada clase política nacional y que tienen el control del Estado, fundamentan su movilidad social precisamente en el fraude, entonces las transnacionales, para las que no hay ley en el país, tienen una mejor cosecha y acumulan grandes beneficios.

Lo cierto es que el fraude es una fuente muy importante de capitalización de supuestos inversionistas que llegan a la República Dominicana sin un centavo, pero con el aval de un padrino que tiene conexiones o que ocupa una posición importante  en el Gobierno, cuyo principal recurso es engañar a los consumidores a sabiendas de que no tendrá ninguna sanción en virtud de los niveles de impunidad que prevalecen en el país.

Lo peor de todo que el fraude, como lo hemos planteado en reiteradas ocasiones, es la principal arma de todo el que quiere hacer negocios en el país, constituyéndose en una verdadera cultura, sin que exista la mínima posibilidad de corregir un mal que se convierte en un verdadero obstáculo para el crecimiento y desarrollo nacionales.

El fraude de las telefónicas es uno de los más grandes que se cometen en la República Dominicana, porque si se habla de más de seis millones de usuarios que son estafados de diversas formas, por ejemplo ofertándoles un servicio que no existe, que va desde un internet  que la compañía no está en capacidad de proporcionar, pero que siempre el consumidor debe pagar, hasta  la venta de una tarjeta de llamadas que no bien se marca un número ya queda menos de la mitad del tiempo comprado.

Así de sencillo y complejo es el fraude, porque entonces el cliente que compró una tarjeta de cien pesos no le da valor a la estafa, porque se trata de una cantidad insignificante, la cual no da para nada, pero cuando se cuantifica se está hablando de millones y millones de pesos, sin que el Estado tenga algún mecanismo para contrarrestar a los depredadores de las compañías nacionales y transnacionales que incurren  en la irregularidad.

Por esta razón es que la República Dominicana se ha convertido en el paraíso del fraude, donde todo el mundo quiere ir, porque se trata de dejar hacer, dejar pasar, un principio neo-liberal y de la llamada globalización, el cual es un flagelo, a través del cual la clase politica y falsos empresarios garantizan su movilidad social, convirtiéndose en poderosos económicamente en un tiempo muy corto, de la noche a la mañana.

Esa cultura del fraude que involucra a las  telefónicas y cruza por las generadoras de energía y llega hasta los grandes importadores con la entrada de fulgones por las aduanas sin el pago de los impuestos correspondientes y no se para en los rejuegos de los bancos para  beneficiar a allegados y a los propietarios de los mismos, siempre apoyándose en la misma ilegalidad, constituye la retranca para que la República Dominicana pueda salir del atraso y tener significativos avances en desarrollo humano y en el combate a la pobreza.

El propio Estado es el primero que promueve entre los ciudadanos la trágica cultura del fraude con trabas que sólo se superan cuando el que quiere comenzar un negocio está dispuesto a entrar en ese mundo y poner a caminar el mismo sobre la base del engaño, la patraña y libertad para delinquir.

Lo peor de todo que el ciudadano dominicano se comporta como si eso no significara nada, dado que es parte de la cotidianidad y existe la percepción que si no es así los esfuerzos no tienen buenos resultados en la República Dominicana.

En realidad, el fraude es, sin dudas, la principal desgracia nacional.

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Análisis Noticiosos

La Pérdida de la Cultura del Trabajo

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Por José Cabral

Un fenómeno muy preocupante que se produce en la República Dominicana tiene que ver con la pérdida de la cultura del trabajo.

Aparentemente hay un relativo cumplimiento con las obligaciones laborales cuando se trata de una empresa con altos niveles de organización y supervisión.

La pérdida de la cultura del trabajo puede ser demoledora para la micro, pequeña y mediana empresa, en las que no hay forma de que se respete el contrato laboral entre empleados y empleadores.

La desaparición de la cultura del trabajo en el país representa una crisis muy profunda debido a la precariedad laboral, la informalidad y la pérdida de incentivos para el esfuerzo formal.

La pérdida de la cultura del trabajo está asociada a una serie de factores como los bajos salarios y que un empleo no garantiza la salida de la pobreza, según los estudios económicos al respecto.

Sin embargo, la razón principal, siempre de acuerdo a lo que puedo observar, obedece a la crisis de valores que impacta a la sociedad dominicana.

Hay una tendencia muy acentuada a no cumplir con la responsabilidad asumida, es decir, que se observa una negación de la gente a asumir sus obligaciones.

Inclinarse por la vida fácil es una percepción ciudadana que tiene que ver con la crisis de valores que procura la búsqueda de ingresos sin hacer ningún esfuerzo, cuyo ejemplo más contundente es la famosa “botella” a nivel estatal, la cual es estimulada por el clientelismo que promueven los partidos políticos.

Lo otro que explica el fenómeno es que la gente ha aprendido a reclamar sus derechos sin cumplir con sus deberes.

Es una percepción generalizada, la cual va de lo pequeño a lo grande y lo contrario, pero no parece que haya una respuesta a la vista por tratarse de una realidad en la que el Estado no hace ningún esfuerzo planificado para combatirla.

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Análisis Noticiosos

La burocracia vuelve a representar la comedia triste de la entrega.

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Por Nelson Valdez
Asistimos, con el alma acongojada pero erguida en el patriotismo más puro, al espectáculo de unos ministros que celebran como proeza histórica el servilismo diplomático.
Han acudido presurosos a firmar el despojo de la entraña nacional, ofreciendo en bandeja de plata las riquezas del subsuelo patrio a la insaciable voracidad del coloso del norte.
Aquellos minerales que la Providencia depositó en la tierra dominicana para sustentar el porvenir de la República son hoy entregados con pasmosa ligereza, a cambio del aplauso efímero de una legación extranjera.
Nos dicen, con el descaro propio de la retórica oficialista, que este marco de cooperación protegerá nuestros «intereses nacionales». ¡Qué colosal impostura! La historia enseña con claridad meridiana que los imperios no reconocen socios, sino vasallos.
Mientras la diplomacia norteamericana asegura su hegemonía tecnológica y la seguridad de sus cadenas de suministro sin arriesgar un solo ápice de su suelo, la patria de Duarte y Luperón aporta la materia prima, asume las heridas ambientales y se conforma con el papel humillante de proveedora subordinada.
Se firma a espaldas de la soberanía popular un pacto que hipoteca el patrimonio de las futuras generaciones bajo la excusa de alineamientos geopolíticos que en nada benefician al campesino ni al obrero dominicano.
El suelo que pisamos no es una simple mercancía en la mesa de negociación de los poderosos. Las tierras raras del sur no pertenecen a una administración ni a una casta de diplomáticos encumbrados; pertenecen a la historia, al honor y al destino de la nación dominicana.
Ceder la llave de nuestras riquezas estratégicas a una potencia imperial bajo la vestidura de un «acuerdo de confianza» no es diplomacia activa: es una capitulación moral, un acto de indignidad que profana la memoria de los libertadores y reduce la soberanía nacional a una simple nota al pie en la agenda de Washington.

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Análisis Noticiosos

El orgullo de ser dominicano bien valorado, da seguridad y confianza.

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Por José Cabral

Hace ya muchos años fuí testigo de varios anécdotas que deben servir para algo a cualquier persona, no importa de que país sea.

En un lugar en Nueva York llamado Merchant, donde se vende vinos y cigarros y se toca Jaz, compartía con unos amigos, entre ellos había varias muchachas colombianas y una de ellas me pregunta que si soy dominicano y le responde que sí.

Y de inmediato me narra que su hermana más joven, quien se encontraba también en el lugar, tenía un noviazgo con un joven dominicano, pero que esa relación le había traído muchos problemas a la familia, porque su papá entendía que la misma no debía existir.

Me decía la joven que su papá siempre decía que lo menos que él debía hacer era estrangular a su hija por mantener una relación que podía terminar en procreación con una persona de una baja procedencia.

Pero la historia se repite unos años después en la calle 50 y la quinta avenida de la ciudad de Nueva York cuando me decía otro señor que conoció una muchacha tan hermosa y educada de apellido Trujillo que nadie podía pensar que fuera dominicana.

Evidentemente que ambas narraciones tenían su explicación en que la mayor parte de la inmigración dominicana hacia los Estados Unidos, que es el escenario analizado, procedia en ese momento del campo y cuya formación académica y cultural es muy pobre.

Además, por un asunto cultural, la mayoría de los dominicanos radicados en Nueva York proceden de barrios muy pobres o del campo de la región del Cibao, cuyas características y acento es, podría decirse, la representación de un regionalismo que se expresa a través del uso de la i para hablar.

Naturalmente, las razones que tienen que ver con que mucha de nuestra gente no haya tenido la oportunidad de cursar estudios universitarios y de tener una buena formacion cultural son parte de las deficiencias que se observa en el Estado dominicano.

De cualquier manera, la imagen de cualquier gentilicio se complica o deteriora cuando una buena parte del grupo étnico de que se trate se ve involucrado en actividades que nadie quiere para su familia, aunque, naturalmente, ese no sea el caso de lo planteado en este comentario.

Hay que decir que los propios colombianos se vieron en una situación indeseable cuando la época de Pablo Escobar que un pasaporte de ese país era prácticamente una ofensa a nivel internacional.

La enseñanza que quiero dejar con estas narraciones es que el orgullo de ser dominicano es algo que no se negocia, pero el mismo está determinado por la imagen que se venda en la comunidad internacional.

Y para sentirse orgulloso de la dominicanidad hay que partir, principalmente, de que sea un país en el que la dignidad humana sobresalga sobre la mayoría de los derechos, pero además que quien la representa sea gente con la decencia y un comportamiento acorde con los tiempos de las sociedades civilizadas.

Ciertamente que las democracias han fallado, sobre todo por el comportamiento de los partidos políticos y si bien hay que combatir ese mal y buscar la sustitución ahora y para siempre de esos actores de la vida nacional, pero cualquier solución al respecto no puede ser peor que lo que existe y sobre la base de lesionar el orgullo de ser dominicano.

Con esto quiero decir que en aras de preservar el orgullo nacional, se debe procurar llevar a la direccion del Estado a personas que, no sólo sean éticas y defensoras del interés nacional, sino también que coloquen en la cima, si es posible, la imagen del gentilicio por tener una conducta en el contexto de una sociedad civilizada.

Hay una expresión popular que dice que es muy importante guardar bien las apariencias, lo cual es aplicable en estos momentos en la República Dominicana, pero que ello no sea una causa para dejar de gestionar la salida del poder de los que han dañado gravemente la democracia, aunque, naturalmente,  sin apoyarnos en ciudadanos que, aunque tienen el derecho constitucional de elegir y ser elegido, pero que  su comportamiento lo descalifica para representar a todos los que tenemos un criterio muy claro del orgullo de ser dominicano y lo que ello implica para la economia y toda la vida nacional.

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