Por Rafael N. Fernández
En Santiago de los Caballeros, la esclavitud se viste de coches tirados por caballos.
Los caballos tiran de los coches bajo un sol que quema el asfalto.
Lo que para muchos dominicanos y turistas es “pintoresco”, para el caballo es una práctica insoportable y una condena injusta.
Los caballos viven una vida miserable bajo el calor el extremo, jadeando, sedientos y a veces ni suficiente agua reciben.
Trabajan jornadas excesivas, sufren latigazos y hasta heridas cuando se niegan a seguir caminando.
Lo peor es la falta de libertad, pues nacen, crecen, enferman y mueren tirando de carruajes y sin poder correr libres en un pastizal, sin elegir qué comer, sin poder simplemente ser caballos.
Decir que es tradición no hace que sea correcto, la ignorancia ha disfrazado de cultura lo que en realidad es explotación.
Justificar el sufrimiento animal porque “es una tradición” es la misma lógica que ha sostenido la esclavitud a lo largo y ancho de la historia.
Una tradición no puede estar por encima de la vida y la dignidad de seres que sufren y que no pueden defenderse de sus verdugos.
En 1889, en Turín, Friedrich Nietzsche presenció cómo un cochero golpeaba brutalmente a un caballo y corrió angustiado hacia el animal, lo abrazó y lloro desconsoladamente por su angustia, tiempo después sufrió el colapso que marcó el final de su vida pública.
Mientras otros pasaban y miraban la escena indiferentes, Nietzsche miro en aquel animal a un ser que sufría, que no podía defender y que no podía defenderse.
La indiferencia no debe ser la respuesta ante el maltrato animal, el accionar que atormenta la existencia de esos tristes caballos debe ser detenido, hay que hacerle un alto a la crueldad, es un delito que debe cesar.
¿Cómo es posible que aún poseamos un nivel de ignorancia tan grande que veamos el sufrimiento de un animal como algo normal y para colmo llamarlo “tradición”?
¿Hasta cuándo tienen que seguir padeciendo?
Lo más indignante y terrible es que, tanto el gobierno central como el municipal, se hacen de la vista gorda y prefieren mantenerse al margen; les resulta más barato no intervenir que enfrentar la realidad y buscar otras alternativas económicas para los cocheros.
El silencio del poder sostiene por tradición una práctica que es una maldición para los pobres caballos y una vergüenza para la sociedad dominicana.
Acabar con la esclavitud animal no es dejar sin trabajo a los cocheros, es reemplazar los coches tirados por caballos por carruajes eléctricos y, a la vez, crear refugios o santuarios naturales para que los caballos puedan sentirse en paz, descansar, y vivir la vida que nunca han podido vivir, porque la ignorancia humana se la ha arrebatado.
Un pueblo que se dice civilizado no puede medir su progreso en edificios y avenidas mientras ignora el sufrimiento de seres indefensos que transitan contra su voluntad cada día por sus calles.
Santiago se llama “de los caballeros” y se supone que ser caballero es proteger al más débil, y mientras haya un caballo jadeando bajo el sol, con la mirada cansada, sin agua y sin descanso, ese nombre será una ironía, la esclavitud animal es un absurdo que debe ser eliminado de nuestra sociedad.
Estar a favor de la abolición de la esclavitud animal, es estar a favor de la verdad y de la razón.
No podemos decir que somos buenas personas si nos empeñamos en mantener una tradición que es sinónimo de crueldad para seres tan nobles, indefensos e inocentes.
Rafael N. Fernández (Escritor y poeta dominicano)