Por Elba García
La pandemia de la Covid-19 ha tenido una repercusión con daños cuantiosos a la salud física y mental de la población y de la economía, pero que ahora amenaza con convertirse en un problema político con consecuencias devastadoras para el Gobierno de turno.
En la medida en que la visión no sea lo suficientemente previsora y eficiente por parte de las autoridades nacionales, la pandemia camina a destruir no sólo la economía y la salud física, sino también el estado anímico de la gente, así como proyectar una incapacidad del Gobierno, que aunque se trata de un problema estructural, la población lo atribuya a una ineficiencia oficial que tiene que ver con la inexistencia de un sistema sanitario dotado de las herramientas y los recursos para contrarrestar la enfermedad.
En los últimos días parece habérsele ido de las manos a las autoridades los controles sanitarios recomendados por los organismos internacionales para contener el aumento del contagio del Covid-19, el cual depende fundamentalmente de las políticas públicas implementadas para detener la propagación del virus.
Este descontrol oficial, principalmente en lo referente a su deficiente política comunicacional, ha provocado que la población no esté lo suficiente y oficialmente informada de los alcances que ya tiene el virus en la República Dominicana, cuya proyección siempre será a partir de los niveles de positividad y letalidad que tiene en el país.
Sin embargo, lo que ha causado mayor preocupación en algunos sectores de la vida nacional es lo que parece ser el interés del Gobierno de no ser lo suficientemente transparente en lo que respecta al punto en que se encuentra el avance de la enfermedad a propósito de los rebrotes que se han producido en otros lugares del mundo.
Algunos expertos han coincidido en que el Gobierno ha sido muy flexible con la imposición de medidas más severas para impedir el aumento del contagio, lo cual disparó la positividad aunque no el nivel de letalidad, pero que de ocurrir este último fenómeno podría iniciarse la consolidación de la creencia en la gente de que las autoridades no cuentan con la capacidad suficiente para enfrentar el patógeno.
El virus, que ya ha enfermado a más 80 millones de personas en el mundo, amenaza con expandirse, máxime en el país que no hay una política rígida para combatir el Covid-19, mientras eso ocurre hay quienes apuestan a la eficiencia de las diferentes vacunas que se han creado hasta el momento, pero que en lo que tiene que ver con el país las mismas no estarán presentes en el territorio nacional hasta por lo menos mediado de año a partir de cuando se desarrollará una logística para su distribución y postura.
Ante la situación presentada por la flexibilidad del Gobierno, el Gabinete de Salud ha dispuesto que el toque de queda se inicie precisamente a las siete de la noche como estaba antes y que a partir del primero de enero, que será este viernes, el mismo arrancará a las cinco de la tarde y los fines de semana desde las 12 del mediodía hasta las cinco de la mañana.
Todo ello implica que las autoridades comienzan a responder a una realidad cuyos resultados no sólo terminarían con cuantiosos daños económicos y con la salud en general de la población, sino también con un impacto político que pondría al gobierno como el responsable de la secuela de males provocados por la pandemia.
La clave del curso, no sólo de los alcances del Covid-19, sino también de los tropiezos en la economía, va a depender de que tan bien las autoridades manejen una política comunicacional que se apoye en la verdad y en las reales medidas que se aplican para que la gente no sólo se sienta orgullosa de la gestión oficial, sino además confiada de que el país saldrá a buen camino ante una ola de muerte que abarca todo el planeta.
El Gobierno tiene en sus manos la posibilidad de que la pandemia no se convierta en una crisis de autoridad y política, sobre todo por los altos niveles de manipulación que siempre provienen de la oposición que regularmente está mas interesada en el fracaso del Gobierno que en su éxito frente a una enfermedad que es como un fantasma que nadie sabe por dónde viene su próximo ataque.