Opinión
Cuando la Lay Quiere Callar la Verdad
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8 meses agoon
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Isaías RamosPor Isaías Ramos
No todas las cadenas suenan. Algunas se aprueban en el Congreso.
No todas las mordazas son visibles. Algunas se disfrazan de leyes que, mientras afirman proteger nuestros derechos, en realidad buscan silenciar nuestras voces.
El recién propuesto Proyecto de Ley Orgánica sobre Libertad de Expresión y Medios Audiovisuales es un ejemplo alarmante de esta peligrosa estrategia legislativa. Presentado como una actualización moderna, democrática y garantista, lo que realmente plantea es la creación de un aparato estatal —el INACOM— dotado de poderes desmedidos para vigilar, fiscalizar, clasificar, censurar, sancionar y controlar lo que se dice, se escribe, se transmite y se comparte en los medios tradicionales y digitales.
Esta ley, que en su forma pretende rectitud, en su fondo es un atentado directo contra el artículo 49 de la Constitución Dominicana, que garantiza la libertad de expresión sin censura previa, y que reconoce como inalienable el derecho de cada ciudadano a pensar y comunicar sus ideas sin miedo.
El artículo 49 no deja lugar a dudas. Es claro, conciso, preciso y completo. No requiere desarrollo legislativo adicional para ejercer su fuerza. Lo que sí requiere —con urgencia— es respeto. Cualquier intento de “regularlo” fuera de sus límites constitucionales es, en el fondo, una maniobra para restringirlo y someterlo.
Lo más grave es que esta propuesta no aparece en el vacío. Llega poco después de que el Tribunal Constitucional declarara inconstitucional la Ley 1-24, que otorgaba poderes extrajudiciales a la Dirección Nacional de Inteligencia. Es evidente que estamos frente a un patrón: una voluntad sistemática de esta partidocracia por restringir la crítica, acallar la disidencia y blindarse del escrutinio ciudadano.
La ley que hoy nos presentan habilita sanciones económicas desproporcionadas, impone obligaciones a plataformas digitales que podrían restringir el acceso a contenidos globales, y utiliza términos jurídicos ambiguos como “dignidad” y “moral pública”, dejados a interpretación del poder. Peor aún, centraliza todo este control en un órgano cuyos miembros son designados por el Presidente de la República.
No nos engañemos. Este proyecto de ley de “libertad de expresión” es, en realidad, una trampa disfrazada de derecho. El pueblo debe alzar su voz antes de que se la quiten.
Esto no es regulación. Es dominio. No es democracia. Es control. No es protección. Es una mordaza institucionalizada.
Y lo decimos sin ambigüedad: esta ley es incompatible con un Estado Social y Democrático de Derecho. Un modelo de nación que nuestra Constitución proclama, pero que la clase política rehúsa implementar. En vez de garantizar derechos, los condiciona. En vez de empoderar al pueblo, lo silencia. Y cuando el pueblo empieza a despertar, intenta legislar el miedo.
Lo advirtió Juan Pablo Duarte, padre de la patria y defensor de la voz popular:
“Mientras no se escuche en la República la voz del pueblo, el clamor de la patria, el grito de la libertad, no habrá paz ni tranquilidad en este suelo.”
Y es precisamente esa voz la que hoy se pretende apagar. Una ley que se presenta como garante de derechos, pero que en su estructura busca subordinar la conciencia crítica al poder de turno, no es progreso: es regresión. No es justicia: es silencio institucionalizado.
Frente a esta amenaza, no hay espacio para la indiferencia. Como ciudadanos, tenemos el deber patriótico de rechazar cualquier intento de limitar nuestras libertades fundamentales.
La palabra libre no se negocia. El pensamiento no se regula. La verdad no se censura.
Por eso, desde el Frente Cívico y Social hacemos un llamado firme al pueblo dominicano:
A defender con dignidad nuestra libertad.
A exigir la implementación verdadera del Estado Social y Democrático de Derecho.
Y a entender que la única vía para lograrlo es el empoderamiento ciudadano y la construcción de candidaturas independientes que rompan el cerco del sistema y devuelvan el poder a su verdadero dueño: el pueblo.
Porque no se puede legislar contra la conciencia.
Porque no se puede encadenar la palabra sin asesinar la democracia.
Porque no se puede callar un pueblo que ha decidido despertar.
¡Despierta, RD!
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)
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3 días agoon
enero 4, 2026Por Rommel Santos Diaz
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.
La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.
A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.
El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.
Finalmente, en la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una de ayuda y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.
rommelsantosdiaz@gmail.com
Por Nelson Encarnación
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.
Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.
Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.
Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.
Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.
Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.
En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.
Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.
En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.
Por Isaías Ramos
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.
Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.
No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.
La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.
La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.
Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.
Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.
Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.
La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.
Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.
Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.
Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.
¡Despierta RD!
