Opinión
De crisis a oportunidad: El renacer democrático como respuesta
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12 meses agoon
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Isaías RamosPor Isaías Ramos
En República Dominicana, la democracia ha sido, por décadas, una ilusión que oculta un sistema diseñado para servir a unos pocos. Detrás de su fachada cuidadosamente construida se oculta una estructura que beneficia a las élites políticas y económicas, relegando al pueblo al papel de espectador de su propio destino.
Sin embargo, una luz comienza a brillar en este horizonte de inequidad: la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que habilita las candidaturas independientes. Este fallo no es solo un cambio técnico en el sistema electoral; es una chispa que puede encender la llama de un verdadero renacimiento democrático.
La gran paradoja de nuestra nación es evidente. Durante décadas, hemos experimentado un crecimiento económico dinámico, pero este progreso no se ha traducido en justicia social. Mientras unos pocos acumulan riquezas, la mayoría enfrenta un sistema político que perpetúa la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades.
Las políticas sociales, lejos de ser soluciones estructurales, han sido insuficientes, víctimas del clientelismo y la improvisación. El entramado institucional que perpetúa esta desigualdad necesita ser transformado desde sus raíces.
El pueblo dominicano ha sido testigo del saqueo sistemático de sus recursos, de la manipulación de sus instituciones y del secuestro de su soberanía. La Junta Central Electoral, el Congreso y el Poder Judicial han sido cooptados por una minoría que gobierna a espaldas de las verdaderas necesidades de la población. Este sistema no es democracia; es una oligarquía disfrazada que desprecia al pueblo y utiliza las instituciones como herramientas de opresión.
Este miércoles, en Arroyo Vuelta y comunidades vecinas de Sánchez Ramírez, Barrick Gold y el sistema político que nos gobierna mostró su desprecio por nuestra gente. Con el respaldo de fuerzas policiales, la empresa minera desató una brutal represión contra quienes defienden su tierra y su dignidad. Líderes comunitarios, incluyendo al párroco local, fueron maltratados y agredidos en un acto criminal que hiere no solo a esas comunidades, sino a toda la nación.
Este atropello es una muestra del Estado corporativista que padecemos, un sistema que prioriza los intereses de las grandes empresas sobre los derechos del pueblo y que viola los principios de nuestra Constitución. Mientras saquean nuestras riquezas naturales, nos dejan un pasivo ambiental inconmensurable y convierten nuestras instituciones en herramientas de opresión. Este acto es inaceptable y exige la atención inmediata de todos los sectores de la sociedad.
A pesar de este panorama desolador, hoy se abre una oportunidad histórica. La sentencia del Tribunal Constitucional ha puesto en manos del pueblo una herramienta para luchar contra este sistema corrupto: las candidaturas independientes. Este es el momento de que los verdaderos líderes emerjan, hombres y mujeres con vocación de servicio y un compromiso inquebrantable con la justicia, la igualdad y el progreso colectivo.
El Frente Cívico y Social (FCS) representa la esperanza de un cambio real y profundo. Nuestro compromiso no es solo denunciar las injusticias del pasado, sino construir un futuro en el que cada dominicano y dominicana pueda vivir con dignidad.
Abogamos por una República verdaderamente soberana, donde el poder resida en el pueblo y donde las instituciones sirvan a su propósito original: garantizar el bienestar colectivo. Pero entendemos que no basta con criticar; es necesario actuar.
Por eso, hacemos un llamado a todos los sectores de la sociedad: jóvenes, trabajadores, campesinos, empresarios comprometidos, académicos y líderes comunitarios. La unidad nacional es la clave para romper con este círculo vicioso de corrupción y desigualdad.
El FCS propone un nuevo contrato social basado en los principios de nuestra Constitución: un Estado Social y Democrático de Derecho. Esto significa construir un país donde cada ciudadano tenga acceso a educación, salud, trabajo digno y justicia. Un país donde la riqueza se distribuya de manera equitativa, donde el desarrollo humano sea la prioridad y donde el bienestar del pueblo esté por encima de cualquier interés privado.
No podemos esperar que las élites renuncien voluntariamente a sus privilegios. Ya hemos visto cómo reaccionaron ante la sentencia del Tribunal Constitucional, mostrando su verdadera cara: la de autócratas que temen perder su control.
Pero el poder de un pueblo decidido es imparable. Desde el FCS hacemos un llamado a todos los dominicanos y dominicanas: únanse a este movimiento. Participen en las asambleas comunitarias, apoyen las candidaturas independientes y exijan una transformación profunda en nuestras instituciones. Este es el momento de demostrar que la soberanía reside en el pueblo, que juntos podemos construir un país justo, equitativo y solidario.
Este es el momento de cambiar nuestra historia, de transformar el dolor en fuerza y la indignación en acción. Que esta sea la chispa que encienda la llama de un renacimiento democrático. Juntos, construiremos una patria digna para todos.
¡Despierta RD!
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)
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3 días agoon
enero 4, 2026Por Rommel Santos Diaz
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.
La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.
A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.
El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.
Finalmente, en la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una de ayuda y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.
rommelsantosdiaz@gmail.com
Por Nelson Encarnación
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.
Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.
Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.
Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.
Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.
Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.
En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.
Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.
En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.
Por Isaías Ramos
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.
Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.
No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.
La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.
La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.
Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.
Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.
Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.
La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.
Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.
Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.
Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.
¡Despierta RD!
