Opinión
Del círculo vicioso al círculo virtuoso: la hora del pueblo ha llegado
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6 meses agoon
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Isaías RamosPor Isaías Ramos
En nuestro país, la pobreza no es solo una consecuencia económica: es el resultado político de un sistema estructurado para excluir, saquear y concentrar el poder. Hemos vivido por décadas atrapados en un círculo vicioso de instituciones políticas y económicas extractivas, donde quienes se enriquecen lo hacen a costa del sudor, la dignidad y el futuro del pueblo dominicano.
Este Estado no es verdaderamente democrático ni pluralista: es un Estado corporativo, partidista, clientelar y de privilegios, sostenido por instituciones diseñadas para perpetuar a una élite en el poder. Los partidos políticos —sin distinción de color— se han convertido en empresas familiares disfrazadas de representación. Controlan el Congreso, los tribunales, las licitaciones, los medios y hasta los sindicatos. No rinden cuentas, pero devoran miles de millones del erario. No representan al pueblo, pero legislan en su nombre.
Y cuando el pueblo exige justicia, le dan miseria. Cuando pide oportunidades, le entregan migajas. Y cuando levanta la voz, lo etiquetan, lo excluyen o lo compran.
El problema es más profundo: los sectores estratégicos de la nación han sido entregados al capital privado, mediante estructuras legales que disfrazan el saqueo como desarrollo.
Se han privatizado servicios esenciales —electricidad, puertos, aeropuertos, hospitales y seguridad social— convirtiendo derechos fundamentales en negocios millonarios para élites empresariales y actores políticos.
La energía, la minería que arrasa montañas y ríos, los aeropuertos entregados bajo contratos oscuros, y la seguridad social, con más de dos décadas beneficiando a las AFP y ARS sin garantizar salud ni pensiones dignas: todos son parte del mismo modelo extractivo, encubierto bajo términos técnicos como “alianzas público-privadas”, “fideicomisos públicos” y “concesiones”.
No modernizan la patria: la hipotecan.
Son mecanismos legalizados para robar a la nación, garantizar ganancias privadas con riesgo público y robarle el futuro a generaciones aún no nacidas, endeudándolas sin fin y sin justicia.
Es un saqueo con firma, toga y discurso tecnocrático. Y mientras tanto, el pueblo sobrevive, paga y calla.
En este sistema, el poder no está limitado por la voluntad popular, sino blindado por pactos de impunidad. Las instituciones políticas dominicanas protegen a quienes detentan el poder. En vez de frenar la corrupción, la facilitan. En vez de garantizar justicia, la neutralizan. En vez de promover el pluralismo, lo sabotean.
Y mientras más poder acumulan, más feroz es su lucha por conservarlo. Porque en este régimen, el poder no es un medio para servir al pueblo: es el botín más codiciado. Da acceso a contratos, medios, presupuesto e impunidad.
Por eso los partidos se matan por el poder, pero nunca se enfrentan entre sí para desmontar el sistema. Porque todos, aunque se disfracen de cambio o se “reinventen”, son parte del mismo engranaje.
Sin embargo, la historia no está cerrada. La sentencia del Tribunal Constitucional TC/0788/24, que reconoce el derecho pleno a las candidaturas independientes, ha roto el cerrojo de la partidocracia y ha devuelto al pueblo una herramienta que le habían robado: su soberanía.
Las candidaturas independientes no son una utopía ni un lujo electoral. Son una realidad. Representan la única vía legítima y pacífica para que ciudadanos honestos, sin compromisos con mafias políticas ni grupos empresariales, sirvan a su país sin ser esclavos del sistema.
Y más aún: son el único camino para reconstruir, desde abajo, un verdadero Estado Social y Democrático de Derecho, como manda nuestra Constitución. Un Estado donde el poder sirva a la vida, no a la avaricia. Donde la ley defienda al pueblo, no lo oprima. Donde el trabajo se traduzca en dignidad y el futuro deje de ser una sentencia para convertirse en promesa.
Este es el momento de pasar del círculo vicioso del privilegio, al círculo virtuoso del bienestar compartido.
De instituciones al servicio del saqueo, a instituciones al servicio de la vida.
De la impunidad garantizada, al imperio de la ley.
De una economía que beneficia a diez, a una que dignifique a diez millones.
Y ya está sucediendo.
El despertar ha comenzado y avanza a pasos agigantados por todo el país.
Cada vez más dominicanos se están organizando, formando y uniendo a la única vía legítima, pacífica y constitucional para rescatar la nación: las candidaturas independientes y la plataforma del Frente Cívico y Social (FCS).
Lo que falta no es coraje: es coordinación.
Lo que falta no es pueblo: es un propósito común.
Y ya lo tenemos: hacer realidad nuestra Constitución vigente.
Construir, desde abajo, el Estado Social y Democrático de Derecho que nos prometieron y nos han negado.
Un país donde reine el orden, la justicia y la igualdad de oportunidades para todos, no solo para una minoría privilegiada.
Pero cuidado. No basta con despertar. Hay que tomar partido. La historia nos recuerda que incluso cuando surge un libertador con fuerza para derribar al opresor, el propio pueblo —por miedo o comodidad— puede traicionarlo y entregarlo.
Hoy, las candidaturas independientes son el Sansón del pueblo dominicano. No nacieron del sistema, no obedecen a mafias ni se doblegan ante los privilegios. Son la única posibilidad real, legítima y constitucional de romper las cadenas del saqueo institucional.
Pero si el pueblo no se une —si prefiere seguir atado al yugo partidista— podría repetir el error de entregar a su Sansón, atarlo con sogas nuevas y condenarse a más décadas de miseria.
No traicionemos nuestra única oportunidad.
No entreguemos la fuerza que puede liberarnos.
El Frente Cívico y Social no nació para pactar con los opresores.
Nació para refundar la patria con los principios y valores que le dieron su origen, y devolverle el poder a quienes siempre debió pertenecerle: al pueblo dominicano.
¡Despierta,RD!
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)
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3 días agoon
enero 4, 2026Por Rommel Santos Diaz
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.
La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.
A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.
El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.
Finalmente, en la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una de ayuda y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.
rommelsantosdiaz@gmail.com
Por Nelson Encarnación
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.
Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.
Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.
Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.
Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.
Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.
En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.
Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.
En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.
Por Isaías Ramos
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.
Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.
No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.
La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.
La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.
Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.
Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.
Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.
La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.
Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.
Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.
Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.
¡Despierta RD!
