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Editorial

Detengamos los antivalores que amenazan nuestra vida de nación.

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Resulta contraproducente y destructivo para cualquier sociedad, no importa su nivel de desarrollo, cuando sus puntos de referencias son aquellos que se fundamentan en el engaño, la mentira, la munipulación y la estafa.

Y lamentablemente en las naciones sub-desarrolladas la gente que busca el poder usa como su principal arma la retórica, revestida de mucha demagogia, pero sin planes de desarrollo a largo plazo.

Sin planificación, metodología de trabajo, constancia, consistencia y persistencia muy difícilmente se puedan lograr las metas,  siempre a partir de saber diferenciar un proyecto personal o individual y otro de carácter colectivo.

Este último es el que debe primar en los que escogen la política como una forma de aportar a la sociedad para dejar un buen legado, pero que lamentablemente ya eso no ocurre en el país, porque esta bella actividad ha sido monopolizada por los más corrompidos y los que no creen en valores, sino en la mercancía llamada dinero.

Esto  pinta un cuadro muy peligroso para la República Dominicana, porque cuando se evalúa el discurso de los actores de la vida partidaria nacional se llega fácilmente a la conclusión de que el mismo carece de contenido y cuando no se repiten muchas mentiras como una forma de proyectarse como lo que no son.

Obsérvese que ese discurso no bien esos personajes llegan al poder cambian radicalmente y lo que estaba bien desde la posición ya no es posible o está mal desde el Gobierno, cuyo mejor ejemplo es el partido oficial.

Es un detalle que retrata de cuerpo entero el mundo de la política partidista, cuyo principal agravante tiene que ver con que ponen vieja a la gente con promesas que nunca serán cumplidas porque las mismas no forman parte de sus convicciones.

Desde esta perspectiva se hace prácticamente imposible que la gente más necesitada pueda tener la seguridad y la certeza de quién será su salvador en función de una administración pública más decente, eficiente e idónea.

Este periódico considera que los partidos políticos, sobre todo los tradicionales, son la principal causa de la desgracia nacional, porque no sólo manipulan los recursos públicos a favor de particulares, sino que también imponen falsos valores que desnaturalizan las buenas intenciones ciudadanas y en consecuencia los cambios vistos desde los intereses de todo el pueblo dominicano.

Las esperanzas no son muchas en el futuro inmediato y mediato con los referentes que existen en la actualidad, cuyo cuadro sólo podrá cambiar cuando salgan a la superficie nuevas propuestas nacionales inspiradas en lo preconizado por los prohombres nacionales  que forman parte de la historia nacional.

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Editorial

Debe Evitarse el Pesimismo.

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La conducta de los actores de la vida política nacional proyectan cada día de que las cosas saludables para la nación no son posibles desde la perspectiva de los intereses que representan.

No es cosa de ahora la expresión que dice que los partidos tienen un discurso cuando están en la oposición y que lo cambian cuando llegan al gobierno, lo cual tiene su explicación en el hecho de que todo el que va a la administración  pública llega con un proyecto personal, individual y generalmente no ve, no oye y su entorno es sólo aquel que promueve una repartición abusiva del patrimonio público.

Este detalle es común a todos los partidos que se crean con el único fin de favorecer a sectores muy concretos de la sociedad, los cuales van desde los grupos económicos hasta individuos que tienen una visión mafiosa del Estado.

Ahí está la explicación de que cualquier proyecto que pueda servir para sanear o sanar la sociedad dominicana, se queda estancado en los intereses que representan los legisladores, quienes también llegan a su curul a través de las mismas plataformas que han creado toda una cultura de la corrupción y de la impunidad.

Nadie en su sano juicio puede pretender que la lucha en contra de los depredadores del Estado es una tarea fácil y lograble en un tiempo relativamente corto, porque es un problema profundamente cultural, que podría decirse que forma parte del ADN de los dominicanos.

Sin embargo, el ciudadano dominicano debe dotarse de mucho optimismo y convertir de esa manera esta condición para tener la fuerza necesaria para echar en el lugar más idóneo a los que promueven situaciones que sólo podrían generar un pesimismo que se traga la sociedad.

Desde esta perspectiva, el dominicano que ama su patria debe crear las herramientas que estén a su alcance para preconizar y promover los cambios que sólo son posibles a través del poder que otorga el Estado y cuyo control proviene de la  participación política con vocación de servicio.

Los dominicanos no deben llenarse de ilusiones de que del actual Congreso Nacional van a salir aprobaciones que vayan más allá del endeudamiento externo y de todos aquellos proyectos que buscan transferir el patrimonio nacional a los grupos económicos, a cuyos principales representantes muy poco les importa el sufrimiento del pueblo dominicano.

La ley de extinción de dominio y el nuevo Código Penal perdurarán por años en el Congreso Nacional, a menos que no se consense su aprobación a partir de una mutilación que en vez de hacerle bien al país, causa más daños.

El que crea en algo contrario que sea bendecido por su ingenuidad y falta de realismo, porque en la República Dominicana los intereses particulares pesan más que los colectivos y cualquier otra muestra de aparente buenas intenciones podría ser parte de la demagogia a que tienen acostumbrados a los diferentes sectores que conforman la vida nacional.

 

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Editorial

No es algo fruto de la casualidad, sino de una violencia estructural y una  cultura ancestral.

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Desde hace mucho tiempo que este periódico ha sido un crítico de la conducta de los partidos políticos tradicionales, porque son los principales promotores de la violencia estructural y la desigualdad social y económica entre los diferentes sectores que conforman la vida nacional.

Los partidos tradicionales son los principales protagonistas del combate al avance institucional y de la decencia que debe primar en la vida pública y privada de la nación.

Hoy se puede asegurar que tenemos un Estado totalmente contaminado, cuyo fenómeno va desde el Poder Legislativo, hasta el Ejecutivo y el Judicial, lo cual se constituye en una amenaza para el estado de derecho y la democracia.

Un hecho que debe servir de punto de referencia fue el asesinato del ministro de Medio Ambiente, Orlando Jorge Mera, el cual cualquier persona puede atribuir a un fenómeno individual, pero éste en realidad es fruto de un cuadro social y político que no es para menos.

Un cuadro de violencia asociado a los tantos engaños, a las frustraciones de la gente, al alto costo de la vida, a la falta de empleo y a una multiplicidad de factores que llevan al ciudadano a exhibir un nivel de irracionalidad realmente preocupante.

Obsérvese, que el crimen proviene de una persona de su entorno familiar, pero sobre todo de la misma parcela política, lo cual indica que los partidos tradicionales deben plantearse iniciar un proceso de formación de sus miembros en valores cívicos, democráticos y en vocación de servicio.

Con la muerte de Orlando queda claro que los partidos políticos tradicionales son la gran desgracia nacional, porque no escatiman esfuerzos para promover privilegios y prebendas a favor de determinados grupos de la sociedad, algunos de los cuales vinculados al bajo mundo.

En este hecho que ha conmovido a todo el país no sólo debe verse como el resultado de la actitud violenta y la avaricia del asesino, sino también por el poco compromiso de los partidos con los mejores intereses nacionales.

Es verdad que nadie es responsable de los hechos comete una persona de forma individual, pero el peligro de lo ocurrido es que cada día se observa que la gente de este partido se ve involucrada en una serie de hechos bochornosos como resultado de que han sido formados para servirse, no para servir.

La violencia promovida por los propios partidos tradicionales ha implosionado y sus consecuencias dañan toda la sociedad, porque otro ejemplo a tomarse en cuenta en este contexto es lo ocurrido en Santiago Rodríguez con otro bárbaro que lleva alrededor de siete hechos de violencia y todavía ocupa una posición en el Gobierno, todo por el apoyo que le proporciona el Partido Revolucionario Moderno (PRM) de esa jurisdicción.

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Editorial

Cuán difícil es cambiar las conductas que están asociadas a una cultura ancestral.

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En la República Dominicana los buenos temas y que implican mejorar las condiciones de vida de la población van y vienen, pero sus resultados no pasan de una simple aspiración.

Son décadas de repetición de temas de una gran trascendencia nacional, pero los resultados siempre son los mismos, porque éstos provienen de una clase política formada para mentir y crear ilusiones en la gente.

El buen tema del momento es recurrir a la energía renovable ante la carestía del precio del barril de petróleo en los mercados internacionales, como resultado de la guerra que se escenifica en Ucrania.

Pero todo lo que se pueda decir es sólo con motivo de las circunstancias y no porque el tema sea el resultado de la elaboración de un plan para cambiar el país.

Se trata de politiquería y engaños de los que controlan el Estado, aunque los promotores de sueños están plenamente seguros de que lo que dicen sólo persigue crear falsas expectativas, pero no soluciones.

Hablar en estos momentos de energía renovable genera una buena aura, muchas ilusiones, pero parece un tema que no encaja en la cultura de la improvisación que caracteriza al criollo, donde se dice de todo, pero que no se cumple nada.

La energía renovable fuera una solución ideal, no sólo para combatir los precios del petróleo, sino también para, sino eliminar, por lo menos disminuir los altos niveles de contaminación como consecuencia de los efectos invernaderos que tiene su origen en el uso de combustibles fósiles.

Sin embargo, pasaran muchos años y se verá que el discurso se repite y se repite hasta el cansancio y luego desaparece como arte de magia del escenario nacional.

Exactamente como pasa con todo lo que no tiene un origen que provenga de la planificación y de un plan nacional a largo plazo para que las próximas generaciones puedan contar con una nación mínimamente habitable.

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