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Opinión

El arbitraje internacional es la salida más idónea al conflicto dominico-haitiano.

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Por José Cabral

Son variados los argumentos sobre el daño que podría causar la construcción de un canal que abastecería 48 mil tareas de tierras en Haití y que amenazaría la supervivencia del rio Masacre.

De acuerdo a los expertos, el canal afectaría severamente a los habitantes de la región y muy principalmente a la Laguna Saladillo.

El caudal del río Dajabón o Masacre sólo alcanza un pico máximo en cuatro meses del año en épocas de lluvias, pero que luego sólo se aproxima a un metro cúbico por segundo, por lo que el canal que se construye en el lado haitiano supera la supervivencia del afluente aguas abajo del punto de conflicto.

 La Laguna Saladillo sería la principal perjudicada porque si se desviara el rio y si el canal absorbe tres metros cúbicos por segundo y lo que el mismo lleva es un metro cubico, automáticamente se va a desviar.

De manera, que, según los expertos, si se produjera la alteración del curso natural del rio, impactaría el caudal de la Laguna Saladillo, que es una área protegida y reserva de vidas silvestres, que comparten ambos países por estar en la zona limítrofe de la comunidad de Carbonera.

De acuerdo a lo que se ha establecido, un detalle trascendental es que el mismo está regido por acuerdos internacionales, ya que las aguas ya han sido distribuidas a productores de ambos lados de la frontera.

La pregunta que se impone es por qué el Gobierno dominicano no tomó medidas antes de que explotara la crisis, porque se ha dicho en reiteradas ocasiones que ese proyecto viene de hace varios años.

Esto no tiene otra explicación que el síndrome de la improvisación que tanto se ha abordado, lo cual genera la falta de implementación de políticas estratégicas para que cosas como éstas no ocurran, pero esta debilidad no es tan fácil de erradicar de la sociedad dominicana porque tiene raíces profundamente culturales.

De cualquier manera, lo que se impone es recurrir a un arbitraje internacional, sobre todo ante la existencia de acuerdos en esta materia, a fin de que haya una salida armoniosa al problema, aunque de antemano Haití es la victima frente a la comunidad internacional y ello constituye un elemento de preocupación ante la salida técnico-científica que demanda el diferendo.

Si a esta particularidad se le suma el hecho de que el Gobierno ya tiene un sello de anti-haitianismo, lo cual representa un gran escollo, sobre todo por el manejo torpe dada a la situación del hermano país, entonces cualquiera podría ser pesimista con la posibilidad de que pueda llegarse a un acuerdo razonable al respecto.

Sin embargo, el hecho de que el presidente Abinader vaya a estar  presente en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y también  el primer ministro haitiano, aunque ello no crea ninguna expectativa de solución, porque ya las autoridades de la hermana nación han dicho que no pueden hacer nada al respecto, porque la obra la levantan personas que ellos no controlan, lo cual sólo es creíble ante la situación de ingobernabilidad que allí se vive, pero ofrece la oportunidad de involucrar en el problema a la comunidad internacional.

Todo el mundo sabe que la afirmación del primer ministro haitiano luce como una contradicción en razón de que un contingente de oficiales de la Policía del vecino país llegó a la zona de conflicto aparentemente para darle apoyo a los gestores del canal.

Lo cierto es que la ONU tiene en las manos una papa caliente que puede resolver con una buena gestión, lo cual requiere que se cree una comisión técnico-científica imparcial que pueda dar un veredicto creíble y que sea respetada por ambas partes.

La pregunta que asalta a cualquiera es quién hará cumplir lo dictaminado, porque cualquier decisión debe ser aplicada a través de ambos gobiernos y las autoridades haitianas han dicho que no pueden hacer nada al respecto, lo cual indica que habría que pedir la intervención de la comunidad internacional para la ejecución de lo acordado.

Los artículos 8,9 y el 10 del Tratado de Paz, Amistad y Arbitraje del 1929 habla muy claro al respecto y en consecuencia no hay otra opción que el arbitraje internacional, cuyo respeto de la decisión tomada debe ser por ambas partes, tal y como está consignado en el acuerdo, el cual establece un mecanismo idóneo para resolver conflicto como el surgido ahora con el referido canal.

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Opinión

La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)

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Por Rommel Santos Diaz

 Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones  de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre  8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de  niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.

La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.

A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.

El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.

Finalmente, en  la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una  de ayuda  y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.

rommelsantosdiaz@gmail.com

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Opinión

Los políticos profesionales no roban

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Por Nelson Encarnación

El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.

Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.

Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.

Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.

Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.

Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.

Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.

En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.

Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.

En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.

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Opinión

Honrar la Constitución o perder la República

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Por Isaías Ramos

Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.

Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.

No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.

La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.

La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.

Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.

Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.

Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.

La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.

Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.

Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.

Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.

¡Despierta RD!

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