Por José Cabral
New York.-Desde hace muchos años se habla del empoderamiento económico, comercial y político de la comunidad dominicana radicada en New York, pero esa realidad no se refleja en la superación de los niveles de pobreza que se observan entre los criollos que viven en la gran urbe.
Nadie puede poner en duda el crecimiento cuantitativo y cualitativo de la comunidad dominicana de Nueva York, cuya mayoría se ha hecho ciudadana de los Estados Unidos, lo cual teóricamente la inserta en la política de esta nación, pero no implica necesariamente la adquisición de una mejoría de sus condiciones de vida.
La cuestión es que el grueso de los inmigrantes dominicanos son de primera generación, cuyo casi (50%) cincuenta porciento no habla inglés y los cuales son personas sin ninguna formación académica y en consecuencia sus empleos no superan un monto que puede ser una vía para disfrutar de condiciones de vida más óptima.
Ello deja claro que independientemente de los pequeños programas sociales que vienen a través de sus funcionarios electos, como resultado de su empoderamiento político, no significa necesariamente un cambio en las condiciones de vida de los criollos que residen en esta nación.
Tanto es así que son muy altos los números de los que se acogen a la asistencia social y muchos de ellos tienen que apelar al fraude para justificar una ayuda del gobierno local, estatal o federal.
Sin embargo, la actividad comercial, la cual se refleja a través del control de bodegas, supermercados y compañías de cargas, así como el surgimiento de inmigrantes dominicanos de segunda, tercera y hasta de cuarta generación ha colocado a los criollos en un progreso que los impacta positivamente en lo referente a su poder adquisitivo y de mejoría de sus condiciones de vida.
Un avance que no se ve a simple vista es la enorme cantidad de dominicanos, si los vemos a partir del ius sanguinis, que estudian en diferentes universidades de la unión americana, como Columbia y Harvard, dos de las más prestigiosas de mundo.
Entonces, en ese orden el ejército de hombres y mujeres dominicanos plantea un cambio radical en lo que respecta con la mejoría de las condiciones de vida de los criollos, ya que también ello impacta a sus familiares que son inmigrantes de primera generación.
No obstante esta realidad, podría constituir una amenaza para el segundo renglón más importante de la economía dominicana como las remesas, porque el inmigrante de segunda, tercera o cuarta generación ya pierde muchos de sus vínculos con el país por haberse borrado los lazos familiares.
Pero si el Estado trazara un plan estratégico para fortalecer los lazos entre el dominicano del exterior y los que viven en el país seguramente ello podría garantizar el flujo económico que viene de ellos, tal vez no mediante la remesa, pero sí del turismo interno, amén de los beneficios que esto implica en el orden cultural con la extrapolación de valores cívicos y democráticos.
Sin embargo, no parece tan fácil que un aspecto profundamente cultural pueda tener cabida en una sociedad como la dominicana donde impera la improvisación y la falta de planificación estratégica.
Lo peor de todo esto es que esa cultura del subdesarrollo está presente en la comunidad dominicana del exterior, donde la politiquería criolla tiene una presencia muy importante, incluido el clientelismo, como una fuerte expresión de la corrupción.
La pregunta clave para entender y plantear soluciones a los niveles de pobreza del criollo del exterior consiste en soluciones sobre la base del Estado dominicano cuando se sabe que éste no está en capacidad de afrontar sus debilidades en el campo nacional, lo cual explica una retórica basada en la percepción y no en la realidad.
Además, debe tomarse en cuenta que mientras éstos tienen que pagar altas tarifas para la expedición y renovación de una libreta de pasaporte y cuyos recursos van a los bolsillos de los actores de la partidocracia, podrá pensarse que el dominicano de segunda, tercera y cuarta generación podría no tomar en serio cualquier pretensión o ensayo de transparencia en la sociedad dominicana.