La democracia representativa, que ha fracasado en prácticamente todo el mundo, deja sus secuelas en la República Dominicana, donde el ciudadano ha elegido durante décadas a quienes deben velar por sus intereses en el Estado, pero que las cosas no ha sido como deben ser.
Históricamente ha quedado demostrado que esta fórmula y modelo de democracia no constituye la más idónea para tener el control total del Estado, porque los llamados representantes no necesariamente defienden los intereses de quienes los han llevado a las posiciones que ocupan en la administración pública.
Lo que se estila regularmente es que diputados, senadores, síndicos, presidentes y las demás autoridades se inclinen por defender los intereses de aquellos que no tienen nada que ver con los del pueblo dominicano, como los que provienen del bajo mundo.
La cuestión es que desde que los funcionarios electos se juramentan en el cargo ya no les importa para nada el destino que tome el país por sus malas acciones, como ocurre en la actualidad con el PRM y Luis Abinader.
El problema es tan grave que el propio partido de gobierno promovió el ascenso a la administración pública de capos de las drogas y riferos, lo cual no es exclusivo del presente Gobierno, sino de todos los anteriores, encabezados por el PLD y la Fuerza del Pueblo.
Este problema tiene una trascendencia que deja claro que la conducta de todos los actores del sistema de partidos obedece al mismo criterio, convirtiéndolos en uno único, cuya diferencia sólo consiste en el color de la organización y el nombre de los protagonistas, pero con igual visión frente al patrimonio público.
Un buen ejemplo se puede encontrar en cómo el PRM y Luis Abinader embaucó a los dominicanos con la promesa de un cambio, que si ciertamente ha ocurrido ha sido para peor y para más sufrimiento de la población.
La deficiencia es tanta que en el presente gobierno de Luis Abinader puede considerarse uno de los peores ensayos en esta materia de la democracia dominicana, cuyo fiasco incluye una gran cantidad de “folklóricos” que creen tener las condiciones para dirigir un país que se dirige hacia la debacle.
En pleno siglo 21 el dominicano se levanta de su cama sin agua potable para higienizarse, sin energía eléctrica y cuando la hora del almuerzo llega no son muchos los que tienen la comida segura por las alzas constantes de los precios de la canasta familiar, mientras el presidente se mueve como zombi por todo el territorio nacional prometiendo lo que no puede cumplir.
El cuadro sólo pinta la posibilidad de que un “auside” aparezca en el escenario nacional, ya sea para bien o para mal, pero al votante no le queda otra opción que jugársela para tratar de buscar una solución de una democracia representativa que sólo sirve para la corrupción y la depredación de todo el patrimonio público.