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Gobierno carece de políticas públicas para responder a gran deuda social que tiene el país con dominicanos del exterior.

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Por Elba García

Está más que demostrado que la emigración resulta muy positiva para los pueblos de donde se producen, porque la psicología del inmigrante casi siempre tiene la tendencia de preocuparse por su lar nativo y por los suyos.

Un ejemplo que debe tomarse en cuenta a partir de esta reflexión es el comportamiento del dominicano del exterior, el cual se afianza mucho más que cualquier otro compatriota suyo a  su cultura: su música, su idioma, su comida y a otros valores que explican su disposición de remesar, por ejemplo dinero, para mantener a sus familias.

El dominicano del exterior ha sido, sin lugar a dudas, la mejor exportación que ha hecho la Republica Dominicana como bien lo afirmó en algún el momento ese gran sabio de la política y la literatura nacional, profesor Juan Bosch.

La cuestión es que cuando un dominicano se va del país por sus condiciones socio-económicas y por otras razones también piensa más en su país que en su propia vida y a pesar de la discriminación que se produce en su contra por asuntos idiomáticos y raciales se abre paso en el extranjero para buscar su mejoría conjuntamente con la de su familia.

El impacto del dominicano del exterior ha sido tan importante, no sólo en el campo de la economía, sino además de otros renglones, por lo que las comunidades que están asentadas fuera del país son partes del mapa político nacional con la creación constitucional de tres circunscripciones que permiten que siete diputados representen cada cuatro años sus  intereses en el Congreso Nacional y en consecuencia frente al Estado dominicano.

En realidad, no han sido muchos los logros a propósito de ese empoderamiento porque los legisladores escogidos históricamente han seguido el mismo camino que los partidos por los que llegan a la Cámara de Diputados y la preocupación de ellos es prácticamente nula en lo que respecta al desarrollo de una agenda en favor de los criollos que viven fuera y que hacen aportes muy significativos a la vida nacional.

Sin embargo, cada cuatro años se retoma el mismo discurso de crear instrumentos para empoderar en el país a los residentes en el exterior, pero todo se queda en retórica y a pesar de su integración a los éxitos y fracasos del país como si vivieron en su lar nativo, los dominicanos del exterior no tienen nada que exhibir a su favor de las políticas públicas provenientes del Estado nacional, no de los Estados Unidos.

Con el triunfo del Partido Revolucionario Moderno (PRM), que recibió un apoyo electoral histórico, lo que permitió que se alzara con prácticamente todos los cargos electivos del exterior, se repite la misma historia que consiste en el nombramiento de un cónsul que llega, por ejemplo a Nueva York, con el propósito de llenarse los bolsillos sobre la base del cobro de unas tarifas abusivas por los servicios que se ofrecen en el Consulado que opera allí.

Generalmente se extrapola la misma falta de planificación y de un programa de acción en favor del dominicano y sólo se está pendiente de enriquecerse a como de lugar y de la ocupación de los puestos públicos para solo resolver problemas personales, pero no comunitarios.

En estos momentos se han publicado los esfuerzos que hace un grupo de senadores que promueven algunas cosas que redundarían en favor de los dominicanos del exterior y del país, pero no se sabe con certeza que efectos podrían arrojar esas inquietudes, porque las mismas no parten de un plan bien concebido del Estado dominicano, sino de un grupo de legisladores que probablemente sólo persigan algún interés político.

Por el momento las comunidades del exterior siguen huérfanas de protección de las políticas públicas que debieron provenir del Estado, a fin de que su contribución también juegue un papel de grandes aportes en el campo de la cultura y los valores cívicos y democráticos que son el resultado de vivir en una nación donde la fortaleza del Estado hace que el criollo   vea la vida desde una perspectiva diferente.

 Mientras el hacha va y viene sólo falta esperar si los dominicanos del exterior despiertan de su intoxicación con el partidarismo para plantear una agenda que vaya en favor de sus intereses en virtud de que ya cuentan con una población votante que tiene un gran poder en la vida nacional.

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Posición de R.D. sobre Venezuela es acomodamiento a su condición de sometida a nuevos requerimientos de Trump.

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Lo planteado por el Gobierno de Luis Abinader de que no comparte la elección de Delcy Rodríguez como presidenta transitoria de Venezuela tras el apresamiento de Nicolás Maduro,  revela que República Dominicana quiere incluso superar lo impuesto por Estados Unidos, pero siempre ajustada a los intereses de la potencia del norte.

La realidad es que la pregunta que se impone es y hasta dónde y quién ha dicho que el país tiene la facultad de objetar a una mandataria provisional escogida por el órgano competente y supuestamente sugerida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque el restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas conlleve algunos requerimientos democráticos.

Sin embargo, la posición dominicana implica la violación del derecho internacional, entre los que se encuentran el de soberanía y autodeterminación de los pueblos, así como la Carta de la ONU.

Evidentemente que el ingrediente introducido por el Gobierno dominicano resulta gracioso para los intereses foráneos que convergen en Venezuela, máxime los que están asociados a los Estados Unidos.

La contradicción dominicana con lo planteado en la Organización de Estados Americanos (OEA) y su práctica en política exterior, ya que el presente Gobierno siempre se inclina por la intromisión en los asuntos internos de otros países, no deja la naci0n buen parada en la comunidad internacional.

Resulta poco entendible que la República Dominicana no haya apoyado abiertamente la incursión ilegal de Estados Unidos en Venezuela, pero que preste su territorio para el apoyo logístico de la acción.

Es una especie de doble moral, pese a que en su lugar debió mantener una posición aparentemente neutral, aunque de cualquiera manera ya estaba involucrada en una intervención armada que viola los principios fundamentales del derecho internacional

De lo que no queda ninguna duda es que el crédito internacional en política exterior del país ha quedado seriamente comprometido con una causa de la que ha sido una víctima en una diversidad de ocasiones como en el 1916 y el 1965.

La verdad que pretender una conducta diferente de la nación frente a la irracionalidad de Trump sería mucho pedir, sobre todo cuando otros países pertenecientes a la Unión Europea y otras superpotencias como Rusia y China también son tolerantes con la agresividad e intromisión del principal imperio del mundo.

 No obstante, desde cualquier perspectiva que sea vea el asunto la conclusión no puede ser otra que en la situación pesa más el miedo que la vergüenza y la dignidad del pueblo dominicano.

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La República Dominicana inhabilitada en política exterior en el nuevo escenario imperial de Trump

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La República Dominicana con una ocupación militar parcial de Estados Unidos, se proyecta como una presa sin libertad para expresarse libremente en política exterior.

La ocupación militar, aunque sólo se observa en el Aeropuerto Internacional de las Américas, abarca otros entornos que no son necesariamente visibles.

Pero la agresividad o poco disimulada intervención, deja el país y de igual modo a prácticamente toda Latinoamérica, a merced del capricho y la voluntad de los intereses de la nueva cara del imperio.

La República Dominicana ni por asomo se atreve a pronunciarse libremente sobre política exterior sin que esté a tono con la linea trazada o impuesto por la administración Trump.

La pregunta que subyace es si ese nuevo cuadro no implica también un trastorno del régimen legal, porque se podría estar en un escenario en el que los derechos fundamentales pasen a un segundo plano en el que el Estado Social Democrático de Derecho sea una expresión vacía y sin sentido.

Por razones geopolíticas y factores muy particulares, el país se asoma a un resquebrajamiento del proceso de constitucionalización del derecho a nivel interno y retroceder  la nación a épocas ya superadas.

La pregunta que se impone es si prevalecerá en el mundo el pregonado derecho internacional cuando las instituciones que lo enarbolan pierden autoridad moral frente a las violaciones provenientes de potencias como los Estados Unidos que ya ni siquiera guarda las apariencias

El problema, que tiene una dimensión mundial, pero impacta más severamente a los países del tercer mundo y que propicia la posibilidad del surgimiento de regímenes de fuerza, aunque con simulaciones democráticas.

La preocupación tiene que ver con el hecho de graves violaciones del derecho internacional en una época en que éste forma parte consustancial del derecho interno y entonces qué se puede esperar como resultado.

El retroceso de la línea trazada por Donald Trump representa una amenaza mundial contra los logros del derecho contemporáneo, no sólo en favor de las personas físicas, sino también de los Estados más pequeños y débiles.

Hay precedentes en esta materia cuando predominaba en el mundo el llamado constitucionalismo clásico, que dio paso a dictaduras como las Adolfo Hitler en Alemania y la de Benito Mussoline en Italia, cuyos resultados fueron realmente catastróficos para la humanidad.

La interrogante que permanece en el nuevo panorama mundial es si va a pesar más el miedo que la vergüenza y la dignidad de los pueblos del mundo.

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Donald Trump cumple su sueño de ser dictador aunque sea por un día.

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Por Elba García

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cumple su sueño de ser dictador hemisférico, aunque sea por un día.

La vocación dictatorial de Trump se ha expresado con mayor contundencia tras la entrada ilegal en territorio venezolano y apresar al jefe de Estado de ese país Nicolás Maduro y su esposa  Cilia Flores.

Tras este acontecimiento en momentos que se habla de la época del derecho constitucional, el cual incluye el derecho internacional, Trump ha anunciado su pretensión de convertir a Venezuela en una nueva colonia del imperio norteamericano.

El gobernante de los Estados Unidos ha adelantado que busca manejar la riqueza petrolera de Venezuela, una de las principales del mundo.

Pero la violación de Trump llega todavía más lejos al advertir a los demás países latinoamericanos a verse en el espejo de Venezuela.

Tromp hizo una alusión directa contra el presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien dice podría correr la misma suerte de Maduro.

Anteriormente lo hizo con Brasil a propósito de la condena por conspiración del expresidente Bolsonoro.

Pero de igual modo se ha comportado con Honduras, donde en sus recientes elecciones presidenciales auspició uno de los candidatos y presionó con advertencias de actuar duramente contra los que estén en contra de sus designios.

Al fin impuso su voluntad, sin que haya reacción fuerte de rechazo a la vocación imperial del presidente de Estados Unidos.

No sé entiende por qué los países latinoamericanos no se unen en un bloque para rechazar la política de dominación y dictatorial de Donald Trump.

Incluso en el rechazo a la violación del derecho internacional por parte de los Estados Unidos pueden incluirse los países de la Unión Europea, que son permanentemente asediados y amenazados de imponerles aranceles y otros castigos como parte de la vocación dictatorial del mandatario norteamericano.

El chantaje de los Estados Unidos incluye también el otorgamiento de visados para ingresar al territorio de la potencia del norte.

La conducta de Trump es como si su administración haya borrado del mapa la supuesta clase gobernante que existe allí.

El problema se torna tan grave que la violación de derechos no solo se produce en Estados Unidos, sino en todo el mundo que parece haber retornado el derecho constitucional clásico, que fue sustituido por el derecho constitucional moderno en que los Estados grandes aplastan a los pequeños.

La época Trump prácticamente ha borrado el legado establecido por Estados Unidos a través del derecho constitucional difuso y sobre el equilibrio de los poderes.

Lo sorprendente de la era Tromp es que hasta la Suprema Corte de Justicia de los Estados  Unidos luce sometida a una cierta tolerancia del jefe de Estado de la potencia del norte.

Si la mayoría de los países no reaccionan a la política represiva y de dominación de Trump difícilmente pueda sobrevivir el sistema democrático, lo que puede crear serias tensiones y confrontaciones sociales y políticas en todo el planeta.

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