La puerta más ancha que se abre en los pueblos para establecer lazos de amistad, de amor, de solidaridad e incluso de gratitud es la educación superior, la universitaria, porque aparte de la formación académica y cultural se produce un vínculo con el lugar donde está ubicado el centro de estudios superiores que sólo la muerte lo puede borrar.
Si una cosa ha sido determinante en la poca o mucha tolerancia de los pueblos haitiano y dominicano han sido los rastros dejados en su clase dirigente por el hecho de que muchos de ellos cursaron estudios en universidades dominicanas, pero esto es válido para cualquier otra nación, no importa que tan grande sea la barrera del idioma.
Los jóvenes dominicanos o de cualquier otro pueblo del mundo si identifican una universidad, así sea asiática, cuyo idioma crea una barrera muy grande por lo difícil de aprender que es, desarrollan amor y un sentimiento muy especial por esos lugares, a tal grado que siempre van a tener en sus mentes y corazones los buenos y malos momentos vividos durante el desarrollo de sus estudios para lograr una carrera profesional.
Los estudios universitarios son uno de los instrumentos para promover grandes lazos de amor, de confraternidad, de solidaridad, de comprensión y de agradecimiento, ya que muchos de los estudiantes extranjeros terminan con el establecimiento hasta de vínculos familiares porque contraen matrimonios en el lugar de donde han ido a prepararse para sobrellevar una mejor forma de vida y contribuir con su patria, su lar nativo.
Cuando un país tiene sus puertas abiertas a la educación superior se proyecta en el mundo como un destino de apoyo y solidaridad para que otros pueblos del planeta tengan acceso a su mayor desarrollo con la exportación de tecnologías y de conocimientos y que salgan de su pobreza o poco desarrollo.
La negación de ese precioso instrumento de promover solidaridad, amor, comprensión y entendimiento es propio sólo de aquellos que tienen como estandarte la irracionalidad, pero además es una forma de vender en este caso en particular al pueblo dominicano como renegador de un derecho que no se le regatea a nadie en el mundo, como lo es la educación.
Pero además quitarles o negarles la visa a los estudiantes haitianos es condenar a ese pueblo a un mayor atraso social y a mayores niveles de violencia y a eliminar las pocas o muchas posibilidades de que pueda superar su pobreza y mantenerse sumergido al margen de la civilización.
Lo otro es que el genio que propuso semejante irracionalidad no se da cuenta que borra de golpe y porrazo todas las muestras de solidaridad del pueblo dominicano hacia el haitiano, lo cual nadie puede poner en duda.
No importa de quien provine semejante propuesta, pero ya sea por falta de raciocinio, nacionalismo pendejo o por una enferma persecución en contra de los haitianos, se constituye en el principal y sino en un importante enemigo de la República Dominicana y del Gobierno de Luis Abinader.
Esa decisión debe ser eliminada en lo inmediato para que las cosas tomen el cauce de la tolerancia y el entendimiento que demanda una situación de un pueblo en la más extrema emergencia.
Dice una famosa expresión que nunca le haga al otro lo que no quiere para tí y se impone al respecto imaginarse el impacto que tendría una decisión de ese tipo por parte del Gobierno de los Estados Unidos en contra de los estudiantes dominicanos que estudian en esa nación?
Las autoridades dominicanas deben meter sus pies en el zapato del estudiante extranjero, pero principalmente haitiano, cuyos sueños son borrados de golpe y porrazo por las desacertadas declaraciones de uno de los funcionarios del gobierno de su país y por una decisión que no merece el más mínimo escrutinio para calificarla como loca y muy mal pensada.
Es importante que quede lo suficientemente claro que no hay mejor ayuda, colaboración o solidaridad con Haití que permitir que los estudiantes de este país hermano se formen y eduquen en las universidades nacionales, cuyas puertas deben ser abiertas de par en par para ellos y para todo el que quiera sin importar su procedencia, porque es un aporte que sólo lo borra la muerte.