Opinión
El otro viaje
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13 años agoon
Por Andrés L. Mateo
Las lluvias, el informe de prensa que traen los diarios ayer dando cuentas de que veinticinco dominicanos fueron sorprendidos llegando en yolas a Puerto Rico, me hacen regresar el pensamiento a otras circunstancias históricas y otras realidades.
Es cierto que los dominicanos vivimos una historia circular, regresando de tiempo en tiempo al mismo punto de partida, pero también es cierto que esa circularidad podemos vivirla al revés. Tal es el caso de los viajes del exilio económico de los dominicanos a Puerto Rico, que nadie se imaginaría, a esta altura del juego, que alguna vez acontecía en sentido inverso. Incluso, en las discusiones teóricas de los políticos e intelectuales del siglo XIX, algunas propuestas de regeneración social incluían políticas de inmigración que estimulaban la presencia puertorriqueña en nuestros campos y ciudades como una estrategia de desarrollo. Las angustias de los pensadores dominicanos del siglo XIX nunca terminarán de ser discutidas, porque esa circularidad angustiosa que nos marca vuelve a reintroducir los problemas como si el tiempo no hubiera pasado. A veces nos da la impresión de que no hemos salido todavía del siglo XIX, aunque las circunstancias de este exilio económico han variado en contra nuestra.
En la selección de pensamientos de Ulises Francisco Espaillat, que publicaría Emilio Rodríguez Demorizi en el 1962, con el nombre de “Ideas de bien patrio”, aparece una propuesta para estimular la inmigración puertorriqueña hacia República Dominicana. Espaillat piensa en Higüey, y ardiendo en ideas de salvación dice: “Yo tengo la vista fija para el caso en Puerto Rico. Su inmediación a nosotros y en particular a Higüey hace que casi no cambien de clima los cultivadores a quienes la pobreza estimule a salir de su país y el ofrecimiento de terrenos le convide al nuestro”.
Como el viaje hoy se realiza al revés, y Espaillat escribe a finales del siglo XIX, parecería mentira que alguna vez “mojaítos” fueran los puertorriqueños. Pero así ocurrió, y ya en las dos primeras décadas del siglo veinte, la presencia puertorriqueña era considerable. En la literatura de ficción hay testimonios de que esa inmigración quedó, como la nuestra ahora, entrampada en las circunstancias de la vida social, y se veía forzada a metamorfosear su identidad como un gesto desesperado de sobrevivencia. El puertorriqueño de la novela “Over” de Marrero Aristy, perdido en las miserables condiciones del central azucarero, sueña al revés lo que el dominicano inmigrante usurpa hoy de la cultura puertorriqueña. Porque, dado que el dominicano ocupa un lugar vulnerable en ese diálogo problemático entre dos comunidades que comparten coordenadas geográficas similares, la manera de violentar esa frontera interna es objetivándose en el otro.
Libros como “Retrato del dominicano que pasó por puertorriqueño y pudo emigrar a mejor vida a Estados Unidos”, de Magali García Ramis, o la obra teatral de José Luis Ramos Escobar, “Indocumentados… el otro merengue”, explicitan con claridad las mortificaciones que obligan a la doblez de tener que fundirse en la simulación. “Encancaranublado”, el libro de relatos de Ana Lidia Vega, es el viaje antillano (solidaridad caribeña de haitiano, dominicano y cubano “mirados” por una puertorriqueña) hacia el desdoblamiento, iniciado a modo de inventario de todo lo que se abandonaba, inexorablemente ligado al sueño de la mejoría económica, pero subsumido sin remedio en el abandono de la identidad.
Si el pobre de Ulises Francisco Espaillat pudiera escaparse del absoluto de la muerte, y ver cómo la clase dirigente dominicana ha fracasado estrepitosamente en la aplicación de sus “Ideas de bien patrio”, hasta el punto de que el viaje de la inmigración puertorriqueña que él soñó de allá para acá, se ha convertido en un estigma indeleble para los dominicanos: “mojaítos” “sobrevivientes del Canal de la Mona”, etc. Y esa vida de peripecias y muertes que su condición de ser dominicano le depara, se ve ya de forma tan natural que, frente a la tragedia recurrente, nadie recuerda que al encaramarse en una yola para desplazarse a Puerto Rico, lo que el dominicano realiza es un acto de exclusión social, una elipsis de su propia condición, por la que los grupos dirigentes de la sociedad nunca han dado la cara.
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)
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4 días agoon
enero 4, 2026Por Rommel Santos Diaz
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.
La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.
A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.
El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.
Finalmente, en la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una de ayuda y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.
rommelsantosdiaz@gmail.com
Por Nelson Encarnación
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.
Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.
Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.
Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.
Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.
Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.
En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.
Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.
En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.
Por Isaías Ramos
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.
Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.
No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.
La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.
La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.
Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.
Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.
Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.
La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.
Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.
Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.
Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.
¡Despierta RD!
