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El partidarismo político tradicional deja secuela de dolor y sufrimiento al pueblo dominicano.

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La semana antepasada fue escenario de un hecho que tiene muchas aristas, pero sobre todo es otra muestra más de lo profundamente contaminado que está el sistema de partidos políticos tradicionales en la República Dominicana.

El asesinato en su propio despacho de Orlando Jorge Mera por un amigo de infancia y quien portaba un carnet como asesor del ministerio de Medio Ambiente, deja claro que los partidos políticos tradicionales son la principal causa de todas las desgracias nacionales.

Estas organizaciones representan la mayor fuente de contaminación del ordenamiento institucional del país y cuyos vicios se pueden observar en todas y cada una de las instituciones públicas de la nación, las cuales también sirven de soporte a la mayoría de las empresas privadas para tener un crecimiento a la sombra del Estado.

La contaminación moral y ética de los órganos y entes del Estado ha llegado tan lejos que son prácticamente generalizados los comportamientos al margen de ésta y de la moral que se supone debe primar en la administración de la cosa pública.

La corrupción generalizada, que llega incluso al sector empresarial y a los medios de comunicación social y que la gente sufre cada día, cada hora, cada segundo, se expresa contundentemente con  el desfalco de los dineros de las arcas nacionales y el tráfico de influencias que daña a toda la sociedad dominicana.

En el crimen de Orlando Jorge Mera parece que ha primado su vínculo desde la infancia con un hombre como Miguel Francisco Cruz, quien tenía como misión buscar permisos y cualquier otro privilegio para beneficiar a personas físicas y morales a cambio de dinero.

Aunque en este caso, para no ser cruel con una persona que ya no puede defenderse, no se puede caer en afirmar lo que solo es una deducción lógica, pero necesariamente  hay que recurrir a la expresión popular que dice  dimes con quién andas y te diré quién eres, porque se debe asumir que la conducta del asesino de recurrir al tráfico de influencias para conseguir permisos a favor de personas físicas y morales, que incluso se dedican a actividades muy cuestionables, viene de hace mucho tiempo, lo cual se supone que conocía Jorge Mera.

Pero que nadie se llame a engaños, porque el país tiene miles de personas que se dedican al tráfico de influencia como el asesino de Jorge Mera, cuyo comportamiento de seguro no desconocía la víctima, ya que los vínculos eran tan estrechos que incluso este asesino confeso financió parte de la campaña para diputado del hijo del ministro de Medio Ambiente.

Sin embargo, un detalle muy importante es que el criminal es dirigente del Partido Revolucionario Moderno (PRM), en cuya organización el principal problema con sus miembros, no solo de la base, sino de su dirigencia media, es que allí se destaca la cultura del dame lo mío, lo cual es una razón más que suficiente para que se produzcan tragedias como la ocurrida.

Este periódico no se atreve a atribuirle la sanidad de que tanto se habla a raíz de la muerte de Jorge  Mera, porque aunque se comparte la tesis de que era un hombre que nunca proyectaba violencia en su forma de hablar, pero sí en algunas de sus acciones, como para despojar de candidaturas a los partidos que participaron en la alianza que permitió que el PRM ganara las elecciones en los comicios del 2020.

Hay constancias de cómo Jorge Mera impuso candidaturas a favor de algunos perremeístas, incluida la de su propio hijo, sobre la base de despojar a miembros de otras organizaciones que eran parte de la alianza electoral y peor aun a través del asesinado ministro se violentó la Constitución de la República y las leyes 33-15 y 1519 del régimen electoral con la imposición de boletas que vulneraban hasta la cuota de género y que algunos de esos casos terminaron en los tribunales competentes.

No se trata de matar dos veces a Jorge Mera como lo ha planteado Guido Gómez Mazara cuando se refería a lo dicho por los abogados del victimario, pese a que el primero que asesinó moralmente a la víctima fue el polémico dirigente perredeísta y ahora perremeísta y exconsultor jurídico del Poder Ejecutivo cuando acusó a éste de haber vendido una propiedad varias veces, lo cual constituye un delito de estafa consignada en el artículo 405 del Código Penal.

En lo que respecta a la muerte de Jorge Mera debe decirse que el mismo hecho de que hubiera tanta tolerancia con un hombre que traficaba con la posición que exhibía mediante un carnet otorgado por el mismo ministro, deja una serie de interrogantes.

Habría que preguntarse si Jorge Mera no sabía que este amigo suyo se dedicaba a hacer negocios y a prometer licencias a cambio de dinero, lo cual podría despejar muchas dudas en torno al desenlace que han tenido los reclamos de un perremeísta como el asesino de que hizo campaña electoral  a favor de las actuales autoridades y que no ha sido recompensado.

En la misma situación hay muchos miembros del partido de gobierno que se sienten engañados porque durante la campaña electoral se les prometieron cosas y de las que han renegado sus compañeros que hoy ocupan posiciones públicas, mientras favorecer a sus allegados.

La violencia producto de promesas no cumplidas podrían generar otros actos de hechos parecidos al que terminó con la vida de Jorge Mera, aunque vale decir que este funcionario parece que había entrada en un proceso de rectificación de sus errores ante la vigilancia que mantiene la sociedad dominicana por los tantos engaños que se han producido en su contra.

En realizad, no se puede descartar que en los días por venir se puedan producir otros hechos de violencia a lo interno de los partidos políticos tradicionales, principalmente del PRM, porque ante la miseria y las precariedades de sus dirigentes y miembros la única solución para ellos a los problemas económicos que les aquejan es un nombramiento en el Estado.

Lo grave del problema es que los partidos tradicionales solo forman a sus miembros para buscar ventajas personales, las cuales generalmente van en contra de los intereses de las grandes mayorías nacionales.

El agravamiento del asunto tiene que ver con el hecho de que no se trata de algo fortuito o circunstancial, sino de una cultura que está muy asentada en la conciencia de la mayoría de los ciudadanos dominicanos.

El asesinato de Orlando Jorge Mera sí es el resultado de la voluntad individual de un hombre que vive del tráfico de influencia, pero principalmente  de una formación  y una cultura que se expresa con una conducta irracional y violenta de los miembros de los partidos políticos tradicionales, incluido, naturalmente el PRM, cuando no reciben lo suyo, lo que dicen pertenecerle.

Naturalmente, no hay nada que justifique lo ocurrido, ya que nadie tiene el derecho de quitarle la vida a otro, pero los hechos se explican por quienes son sus protagonistas y la formación que éstos tienen para afrontar cualquier situación que se les presente.

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IA entra a justicia dominicana: entre la eficiencia tecnológica y el desafío de preservar el criterio humano

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El uso de herramientas inteligentes comienza a transformar procedimientos judiciales y la práctica jurídica en República Dominicana. La promesa es una justicia más rápida y eficiente, pero su expansión abre interrogantes sobre privacidad, transparencia, responsabilidad, debido proceso y el papel insustituible de jueces y abogados.

Por Elba Rosa García 

La inteligencia artificial dejó de ser un asunto reservado a especialistas en tecnología para entrar en uno de los espacios más sensibles de la vida democrática: la administración de justicia.

República Dominicana comienza a experimentar esa transformación. Herramientas capaces de procesar grandes cantidades de información, asistir en la elaboración de documentos y automatizar determinadas tareas ya forman parte de iniciativas desarrolladas dentro del Poder Judicial.

El cambio promete eficiencia, pero también plantea una pregunta que trasciende la tecnología: ¿hasta dónde debe permitirse que la inteligencia artificial intervenga en procesos donde están en juego derechos, patrimonio, libertad y decisiones que pueden modificar la vida de una persona?

La IA ya está entrando a los tribunales

 En julio de 2026, el Poder Judicial informó que avanza en la incorporación de soluciones apoyadas en inteligencia artificial con el propósito de optimizar la gestión judicial, fortalecer la transparencia y facilitar el acceso de los ciudadanos a los servicios de justicia.

Entre las iniciativas anunciadas figura una implementación piloto de Microsoft Copilot en la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia y en determinadas áreas administrativas y de apoyo a tribunales.

De acuerdo con la institución, estas herramientas permiten apoyar tareas repetitivas, asistir en la redacción jurídica y facilitar el análisis de información legal. El Poder Judicial sostiene, sin embargo, que la tecnología debe funcionar como instrumento auxiliar y no sustituir la función jurisdiccional ni el criterio humano.

Ese último aspecto constituye probablemente el punto central de la discusión.

Una cosa es ayudar al juez y otra decidir por él

La inteligencia artificial puede localizar información en segundos, organizar documentos, comparar grandes cantidades de datos y generar borradores. Pero administrar justicia no consiste solamente en procesar información.

Juzgar supone interpretar normas, valorar pruebas, ponderar derechos, motivar decisiones y comprender circunstancias humanas que difícilmente pueden reducirse a una operación matemática.

El debate ya ha llegado al Tribunal Constitucional dominicano.

Durante el Congreso Mundial de Derecho Constitucional de 2026, el magistrado Amaury A. Reyes Torres abordó el impacto de la inteligencia artificial en la función jurisdiccional y sostuvo que una decisión producida mediante IA generativa no puede considerarse final sin revisión o confirmación humana. También llamó la atención sobre cuestiones como la trazabilidad, la protección de información sensible, el uso ético y la denominada “caja negra” de determinados sistemas tecnológicos.

La reflexión revela que el problema no consiste simplemente en determinar si la justicia utilizará inteligencia artificial.

La cuestión verdaderamente importante será establecer qué puede hacer la IA, qué no debe hacer y quién responde por sus resultados.

El riesgo de una justicia de “caja negra”

Cuando un juez dicta una decisión, debe explicar jurídicamente las razones que sustentan su conclusión.

Pero ¿qué sucede cuando un sistema informático recomienda un determinado resultado y no puede conocerse claramente cómo llegó hasta él?

Ahí aparece uno de los grandes problemas jurídicos de la inteligencia artificial: la explicabilidad.

En un Estado de derecho no debería bastar con afirmar que un algoritmo produjo determinado resultado. Cuando una decisión afecta derechos, la persona necesita conocer las razones, cuestionarlas y disponer de mecanismos efectivos para impugnarlas.

El debido proceso, la tutela judicial efectiva, la igualdad y la seguridad jurídica adquieren así una dimensión tecnológica que hasta hace pocos años parecía lejana.

Los abogados tampoco quedan fuera de la transformación

El cambio no se limita a los tribunales.

Los abogados ya tienen acceso a sistemas capaces de resumir expedientes, estructurar argumentos, comparar documentos, preparar borradores contractuales y asistir en investigaciones jurídicas.

Utilizadas correctamente, estas herramientas pueden ahorrar tiempo y permitir que el profesional concentre mayores esfuerzos en el razonamiento jurídico y la estrategia del caso.

Pero existe una frontera que no debe perderse de vista: la inteligencia artificial puede asistir al abogado, pero no asumir su responsabilidad profesional.

Una respuesta generada automáticamente puede contener errores, omitir elementos relevantes o presentar como cierta información que no ha sido debidamente comprobada. En materia jurídica, un dato incorrecto puede comprometer la defensa de una persona o la credibilidad del profesional.

Por eso, verificar las fuentes, comprobar la jurisprudencia y revisar personalmente cualquier documento producido con asistencia tecnológica se convierte en una nueva obligación práctica del jurista contemporáneo.

Privacidad y expedientes judiciales

Existe otro problema menos visible, pero igualmente importante: los datos.

Los expedientes pueden contener información financiera, familiar, empresarial, médica, penal o patrimonial. Introducir indiscriminadamente esos datos en plataformas tecnológicas externas podría generar riesgos de confidencialidad y protección de información sensible.

Precisamente por ello, el Poder Judicial ha señalado que sus proyectos se desarrollan bajo criterios de seguridad, gobernanza tecnológica, trazabilidad, transparencia y supervisión humana.

La transformación digital de la justicia tendrá que avanzar, por tanto, acompañada de reglas estrictas sobre qué información puede ser procesada, dónde se almacena, quién puede acceder a ella y durante cuánto tiempo permanece disponible.

Los deepfakes: un nuevo desafío para la prueba

La inteligencia artificial también introduce dificultades fuera de los sistemas institucionales.

Hoy es posible generar o alterar imágenes, voces y videos con niveles crecientes de realismo. Una grabación que parece auténtica puede haber sido manipulada; una voz aparentemente perteneciente a determinada persona puede ser artificial.

Las consecuencias para el proceso judicial son evidentes.

La autenticidad, integridad, cadena de custodia y valoración de la prueba digital adquieren una importancia creciente en un entorno donde ver o escuchar algo ya no necesariamente significa que haya ocurrido de esa manera.

En junio de este año, el Poder Judicial recibió una misión de asistencia técnica vinculada con la Unión Europea para analizar la actualización del marco normativo dominicano frente a la inteligencia artificial y los delitos tecnológicos. Entre los fenómenos mencionados estuvieron fraudes, extorsiones, suplantaciones de identidad y deepfakes.

El Derecho comienza a correr detrás de la tecnología

La velocidad de la innovación presenta otro desafío.

La tecnología evoluciona en meses; las leyes necesitan discusión, consensos, aprobación y aplicación.

En la nueva legislatura iniciada en agosto, el Congreso dominicano mantiene entre su agenda diferentes reformas y proyectos vinculados con justicia, ciberseguridad e inteligencia artificial, en momentos en que esta última impacta áreas como educación, salud, empleo, seguridad y servicios públicos.

Regular demasiado pronto o con excesiva rigidez podría limitar innovaciones beneficiosas. Pero llegar demasiado tarde podría dejar a ciudadanos e instituciones sin respuestas claras frente a nuevos riesgos.

El equilibrio será complejo.

La tecnología debe servir a la justicia

La inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria aliada para un sistema judicial que necesita rapidez, organización, accesibilidad y reducción de tareas repetitivas.

Pero eficiencia y justicia no son necesariamente sinónimos.

Una decisión puede producirse rápidamente y ser injusta. Un algoritmo puede procesar miles de casos y reproducir errores a gran escala. Una herramienta puede aumentar la productividad y, al mismo tiempo, generar riesgos para la privacidad.

Por eso, la transformación que comienza a experimentar la justicia dominicana no debería medirse exclusivamente por la cantidad de procesos que logren automatizarse.

El verdadero indicador será determinar si la tecnología contribuye a ofrecer una justicia más rápida sin hacerla menos humana; más moderna sin hacerla menos transparente; y más eficiente sin debilitar las garantías fundamentales de quienes acuden a los tribunales.

La inteligencia artificial llegó al Derecho y difícilmente retrocederá.

Ahora corresponde al Derecho establecer sus límites.

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Motoconchismo en República Dominicana: entre el sustento de miles de familias y el desafío de la seguridad vial

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Una actividad que resuelve necesidades de transporte y genera ingresos, pero cuya informalidad y elevada exposición a los accidentes obligan al país a replantear su regulación

Por Elba García

Para una parte importante de la población dominicana, el motoconcho representa mucho más que una motocicleta estacionada en una esquina esperando pasajeros. Es fuente de ingresos, transporte rápido, conexión entre comunidades y, en numerosos sectores donde el transporte colectivo resulta insuficiente, una alternativa prácticamente indispensable.

Sin embargo, detrás de esa utilidad social y económica existe una realidad preocupante: la motocicleta ocupa un lugar central en la grave problemática de seguridad vial que enfrenta la República Dominicana.

El motoconchismo se encuentra así entre dos realidades difíciles de separar. Por un lado, proporciona sustento a miles de trabajadores y facilita la movilidad de ciudadanos; por otro, su crecimiento desorganizado, la informalidad de una parte del sector y el incumplimiento de las normas de tránsito aumentan los riesgos tanto para conductores como para pasajeros y peatones.

Un país sobre dos ruedas

La magnitud del fenómeno puede apreciarse observando la composición del parque vehicular dominicano. Al cierre de 2025, la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) contabilizaba 3,846,694 motocicletas, equivalentes al 57.9 % de los 6,640,871 vehículos registrados en el país. En apenas un año, la cantidad de motocicletas aumentó en 314,727 unidades, un crecimiento de 8.9 %.

No todas esas motocicletas están destinadas al motoconcho, naturalmente, pero las cifras permiten dimensionar hasta qué punto este vehículo se ha integrado a la movilidad cotidiana de los dominicanos.

En barrios urbanos, municipios y comunidades rurales, el motoconcho llega allí donde muchas veces no lo hacen los autobuses, carros públicos o corredores organizados. Permite recorrer distancias cortas con rapidez y, para muchas personas que no poseen vehículo propio, constituye la forma más inmediata de llegar al trabajo, la escuela, un centro médico o una parada de transporte colectivo.

Esa flexibilidad explica parte de su permanencia y expansión.

Fuente de trabajo y supervivencia

El otro rostro del motoconcho es económico.

Para numerosos trabajadores, conducir una motocicleta para transportar pasajeros constituye una oportunidad de obtener ingresos sin depender de un empleo asalariado tradicional. En una economía donde la informalidad laboral continúa teniendo un peso significativo, la motocicleta se convierte en una herramienta de trabajo relativamente accesible.

La actividad también produce un movimiento económico indirecto: talleres de reparación, venta de repuestos, neumáticos, lubricantes, combustible y otros servicios relacionados dependen en alguna medida del enorme universo de motocicletas que circula diariamente.

Por eso, cualquier política pública destinada a enfrentar los problemas del motoconchismo debe evitar una simplificación: el motoconchista no puede ser considerado únicamente como un problema de tránsito. Es también un trabajador y un prestador de un servicio que responde a una necesidad real de movilidad.

El precio humano de la motocicleta

Pero los beneficios económicos y sociales conviven con una realidad dramática.

El Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT) informó en julio de 2026 que durante 2025 fallecieron 2,992 personas en siniestros de tránsito en República Dominicana y más del 65 % de las víctimas eran motociclistas.

La cifra no significa que todas esas víctimas fueran motoconchistas, pero demuestra la vulnerabilidad extraordinaria de quienes utilizan motocicletas en las vías dominicanas.

El problema tampoco se limita a las muertes. El Plan Estratégico Institucional 2025-2028 del INTRANT señala que entre 2021 y 2024 se registraron 473,850 personas lesionadas en accidentes de tránsito, una carga considerable tanto para las familias como para el sistema sanitario y la economía nacional.

Cada accidente grave puede representar hospitalización, cirugía, rehabilitación, incapacidad laboral, pérdida de ingresos y, en los casos más extremos, la muerte de quien sostiene económicamente a una familia.

Informalidad: el gran desafío

Una de las principales debilidades históricas del motoconchismo ha sido la informalidad.

Paradas improvisadas, motocicletas sin las condiciones adecuadas, conductores sin la documentación requerida, ausencia de identificación uniforme y poca capacitación vial han dificultado convertir esta actividad en un verdadero servicio organizado de transporte.

En 2026 las autoridades intensificaron las acciones para cambiar esa realidad.

Entre el 3 y el 24 de junio, el INTRANT y otros organismos estatales intervinieron 488 paradas de motoconcho en diferentes puntos del territorio nacional como parte de un proceso de regularización. Las jornadas incluyeron levantamiento documental, fiscalización y depuración de operadores.

Uno de los resultados destacados por la institución fue el incremento de 107.5 % en la emisión de nuevas licencias categoría 1 para motocicletas, al pasar de 1,843 en marzo a 3,824 en junio de 2026.

La tendencia evidencia que la fiscalización, cuando está acompañada de mecanismos que permitan cumplir la normativa, puede conducir progresivamente hacia la formalización.

Seguridad ciudadana y confianza

La regulación tiene otra dimensión: la seguridad del pasajero.

Quien aborda un motoconcho entrega temporalmente su seguridad a una persona que muchas veces desconoce. De ahí la importancia de establecer mecanismos efectivos de identificación de los operadores y de las motocicletas utilizadas para prestar el servicio.

Un sistema organizado permitiría saber quién conduce, si posee licencia vigente, si la motocicleta está debidamente registrada y si cumple con los requisitos establecidos por las autoridades.

Eso protegería al pasajero, pero también al propio motoconchista responsable, porque contribuiría a diferenciar al trabajador formal de quien utiliza una motocicleta al margen de las normas.

El casco no puede ser opcional

La transformación del sector tampoco puede descansar exclusivamente sobre operativos policiales.

Debe acompañarse de educación vial permanente y de una cultura de prevención. El uso correcto del casco protector tanto por el conductor como por el pasajero, el respeto a los semáforos, la prohibición de circular en sentido contrario, el control de velocidad y la eliminación de maniobras temerarias tienen que convertirse en prácticas habituales.

El motoconchista profesional debería asumir que transportar una persona implica una responsabilidad adicional: no solamente llegar rápido, sino llevar al pasajero seguro hasta su destino.

De igual manera, los usuarios deben comprender que aceptar viajar sin casco o con un conductor que viola reiteradamente las normas también los coloca innecesariamente en peligro.

¿Eliminar o transformar?

Plantear la desaparición del motoconchismo no parece responder a la realidad social dominicana.

La actividad cumple una función que el sistema de transporte público todavía no ha podido sustituir completamente, especialmente en sectores periféricos y comunidades donde las rutas tradicionales no llegan con suficiente frecuencia.

El desafío consiste entonces en transformar el motoconcho informal en un servicio regulado, identificable y seguro.

Esto requiere registro de operadores, licencias correspondientes, motocicletas en condiciones técnicas adecuadas, uso obligatorio de equipos de protección, capacitación periódica, organización de las paradas y una fiscalización que sea constante y no solamente producto de operativos ocasionales.

También supone incorporar al propio sector a las soluciones. Las asociaciones de motoconchistas pueden desempeñar un papel importante en la organización de paradas, identificación de conductores y promoción del cumplimiento de las normas.

Entre necesidad y transformación

El motoconchismo dominicano refleja, en cierto modo, las contradicciones del sistema nacional de movilidad.

Surgió y se expandió porque había una necesidad. Generó empleos porque había personas que necesitaban trabajar. Creció en numerosos lugares porque el transporte convencional no podía responder completamente a la demanda.

Pero aquello que nació como una solución espontánea necesita evolucionar.

República Dominicana no tiene que escoger entre proteger el trabajo de los motoconchistas o garantizar la seguridad vial. Ambas cosas pueden y deben coexistir.

Formalizar el sector, capacitar a sus trabajadores y hacer cumplir la ley permitiría conservar sus beneficios económicos y sociales mientras se reducen sus consecuencias negativas.

El verdadero problema, por tanto, quizás no sea la existencia del motoconcho. El problema es permitir que un servicio utilizado diariamente por miles de ciudadanos continúe funcionando sin alcanzar los niveles de organización y seguridad que exige una sociedad moderna.

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República Dominicana crea empleos, pero la informalidad sigue siendo el gran desafío del mercado laboral

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Por Elba García

El aumento de la población ocupada convive con una informalidad de 54.1 %. El desafío nacional ya no consiste únicamente en generar puestos de trabajo, sino en conseguir que más empleos ofrezcan productividad, estabilidad y protección social.

La República Dominicana continúa mostrando capacidad para generar empleos, pero detrás de las cifras positivas del mercado laboral permanece una realidad que condiciona la calidad del crecimiento económico: más de la mitad de los ocupados continúa en la informalidad.

El Boletín Trimestral del Mercado Laboral del Banco Central correspondiente a enero-marzo de 2026 sitúa la proporción de ocupados informales en 54.1 % y la de formales en 45.9 %. El dato obliga a mirar más allá del número total de personas con trabajo y preguntarse por la calidad, estabilidad y protección asociadas a esos empleos.

Una economía que recupera dinamismo

El debate adquiere mayor relevancia en momentos en que la actividad económica dominicana muestra señales de recuperación. El Banco Central informó que el Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) creció 6.4 % interanual en junio de 2026; durante abril-junio la expansión promedio fue de 5.0 %, y en el primer semestre el crecimiento acumulado alcanzó 4.5 %. Construcción, minería, zonas francas y servicios estuvieron entre las actividades de mayor dinamismo.

Ese desempeño confirma que crecimiento y generación de actividad productiva están presentes. Sin embargo, el reto consiste en lograr que una mayor proporción de ese dinamismo se traduzca en empleos formales y sostenibles.

Tener trabajo no siempre significa tener protección

La informalidad es un fenómeno más complejo que el simple hecho de trabajar por cuenta propia. Desde la perspectiva del desarrollo, plantea interrogantes sobre protección social, estabilidad de los ingresos, productividad, acceso al crédito y capacidad de trabajadores y pequeños negocios para incorporarse plenamente a la economía organizada.

Por eso, una política laboral moderna no puede limitarse a contar cuántas personas están ocupadas. Debe observar también bajo qué condiciones trabajan y qué posibilidades tienen de progresar.

El pequeño negocio también enfrenta barreras

La formalización tampoco puede abordarse únicamente desde la fiscalización. Para muchos pequeños negocios, el tránsito hacia la formalidad implica costos, trámites y obligaciones que pueden resultar difíciles de asumir. El desafío de las políticas públicas es conseguir que formalizarse represente una ventaja real: acceso a financiamiento, capacitación, mercados, protección y oportunidades de crecimiento.

Una estrategia efectiva necesita combinar simplificación administrativa, incentivos, educación financiera, productividad y cumplimiento de las obligaciones legales. Perseguir la informalidad sin comprender sus causas podría terminar debilitando a unidades productivas que generan sustento para miles de familias.

El desafío de los jóvenes

Para los jóvenes, la discusión tiene una dimensión adicional. El primer empleo suele ser la puerta de entrada a la experiencia, al crédito y a la independencia económica. Cuando esa puerta conduce principalmente a ocupaciones precarias o informales, el país corre el riesgo de reproducir durante años una estructura laboral de baja productividad.

La formación técnica, la educación vinculada a las necesidades productivas y las competencias digitales serán cada vez más importantes ante la transformación tecnológica del mercado de trabajo.

Crecer no será suficiente

La República Dominicana necesita continuar creciendo. Pero el desarrollo no puede medirse únicamente por la velocidad de expansión de la economía. También importa la capacidad de ese crecimiento para elevar la productividad, los ingresos y la seguridad económica de las familias.

La informalidad de 54.1 % registrada en el primer trimestre de 2026 resume uno de los grandes desafíos pendientes. El país ha demostrado que puede generar actividad económica; la próxima tarea es conseguir que una mayor parte de esa actividad se convierta en oportunidades formales, productivas y sostenibles.

La verdadera medida del progreso no estará solamente en cuántos dominicanos trabajan, sino también en cómo trabajan, qué protección reciben y qué posibilidades tienen de construir un futuro mejor.

FUENTES DE REFERENCIA

  • Banco Central de la República Dominicana, Boletín Trimestral del Mercado Laboral, enero-marzo de 2026.
  • Banco Central de la República Dominicana, “Economía dominicana registra expansión de 6.4 % en junio 2026”, 23 de julio de 2026.

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