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Editorial

El poder, los indultos y el petróleo: una peligrosa contradicción en la política de Trump

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La política exterior de una potencia no se mide únicamente por los acuerdos que consigue, sino también por la coherencia entre los principios que proclama y las decisiones que adopta.

Estados Unidos ha construido durante décadas una parte importante de su influencia internacional alrededor de la defensa del Estado de derecho, la persecución del narcotráfico, el combate contra el lavado de activos y la lucha contra la corrupción. Precisamente por eso, determinadas decisiones recientes del presidente Donald Trump merecen un examen crítico.

El caso del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández constituye un ejemplo difícil de ignorar. Hernández había sido condenado por un tribunal federal estadounidense a 45 años de prisión por delitos relacionados con la importación de cocaína a Estados Unidos y armas utilizadas para promover aquella conspiración. Trump lo indultó el 1 de diciembre de 2025. No se trata, por tanto, de una simple acusación pendiente, sino de una condena seguida del ejercicio constitucional de la facultad presidencial de clemencia.

El presidente de Estados Unidos tiene constitucionalmente un amplio poder para conceder indultos por delitos federales. Pero que una actuación sea constitucionalmente posible no significa que esté exenta de consecuencias políticas, institucionales o morales.

Cuando el beneficiario de la clemencia fue condenado por delitos directamente relacionados con el narcotráfico internacional, la decisión inevitablemente plantea interrogantes acerca del mensaje transmitido a fiscales, investigadores y agentes que durante años trabajan para desmontar organizaciones criminales.

La discusión adquiere ahora una dimensión adicional.

Estados Unidos y Venezuela acaban de estructurar un ambicioso acuerdo petrolero mediante el cual una empresa denominada North American Blue Energy Partners (NABEP) asumiría proyectos en numerosos campos venezolanos. Reuters informa que la compañía está actualmente dirigida por el empresario venezolano Alejandro Betancourt y que el Gobierno estadounidense tendría una participación del 35 %, además de acceso preferente a parte de la producción petrolera.

Aquí resulta indispensable la precisión.

Betancourt ha sido objeto de investigaciones y señalamientos relacionados con presunto lavado de dinero, pero ello no equivale a una condena penal. Informaciones recientes señalan que ha sido investigado en distintas jurisdicciones y que no ha sido formalmente condenado por esas alegaciones. Esa diferencia debe respetarse en cualquier valoración responsable.

Sin embargo, precisamente por la magnitud del negocio, esos antecedentes hacen todavía más necesaria la transparencia.

La lucha contra el crimen también depende de la credibilidad

Una democracia puede tener excelentes leyes contra el narcotráfico, el lavado de activos y la corrupción. Puede disponer de fiscales especializados, organismos de inteligencia y mecanismos de cooperación internacional.

Pero la eficacia de esas instituciones depende igualmente de algo intangible: credibilidad.

Si ciudadanos y gobiernos extranjeros perciben que determinadas personas pueden recibir tratamientos extraordinariamente favorables cuando existen intereses políticos, económicos o estratégicos de por medio, el problema deja de limitarse a un expediente judicial.

Se convierte en una cuestión institucional.

Los agentes que investigan organizaciones narcotraficantes necesitan saber que años de investigación no serán percibidos como irrelevantes. Los fiscales necesitan confianza en el sistema que representan. Los ciudadanos necesitan creer que el poder político no establece categorías diferentes de justicia según la conveniencia del momento.

El petróleo no puede justificarlo todo

Estados Unidos tiene intereses legítimos en materia energética.

Venezuela posee algunas de las mayores reservas petroleras del planeta, y Washington tiene razones económicas y geopolíticas para procurar fuentes estables de suministro y limitar la influencia de competidores estratégicos.

El nuevo acuerdo contempla derechos sobre 17 campos y una estructura que podría otorgar a Estados Unidos acceso a una enorme cantidad de petróleo venezolano. Pero persisten interrogantes sobre su estructura jurídica, selección de participantes, supervisión y viabilidad.

La seguridad energética es importante.

Pero también lo es la seguridad jurídica.

Y ninguna democracia debería sentirse cómoda cuando los intereses económicos comienzan a generar dudas sobre la consistencia de los principios que dice defender.

Una pregunta que trasciende a Trump

El problema tampoco debería reducirse a estar a favor o en contra de Donald Trump.

La cuestión es institucional.

¿Hasta dónde puede llegar un presidente utilizando poderes constitucionales y decisiones de política exterior cuando esas actuaciones pueden entrar en tensión con la política criminal que su propio Estado proclama?

La facultad de indultar existe.

La capacidad de negociar internacionalmente también.

Pero el ejercicio del poder en una democracia requiere algo más que legalidad formal. Requiere prudencia, transparencia, rendición de cuentas y coherencia.

El costo puede pagarlo la confianza

Durante décadas, Estados Unidos ha exigido a numerosos países latinoamericanos fortalecer sus instituciones, perseguir el narcotráfico, combatir el lavado de activos y reducir la corrupción.

Ese discurso pierde autoridad cuando sus propias decisiones generan la percepción de que esos principios pueden flexibilizarse cuando aparecen intereses estratégicos suficientemente importantes.

No se trata de afirmar culpabilidades donde no existen sentencias.

Tampoco de desconocer las prerrogativas constitucionales de un presidente.

Se trata de reclamar algo elemental en cualquier Estado democrático: que el poder explique sus decisiones y que los mismos principios invocados frente a los demás puedan sostenerse cuando resultan políticamente incómodos.

La República considera que los acuerdos estratégicos de esta magnitud requieren máxima transparencia, controles institucionales efectivos y explicación pública sobre los criterios utilizados para seleccionar a quienes participan en ellos.

Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses energéticos.

Donald Trump tiene facultades constitucionales para ejercer la clemencia presidencial.

Pero ninguna facultad presidencial debería impedir que la sociedad formule la pregunta fundamental:

¿qué mensaje recibe el ciudadano cuando la lucha contra el narcotráfico, el lavado de activos y la corrupción parece rigurosa para unos, pero negociable cuando intervienen el poder y los grandes intereses económicos?

La respuesta a esa pregunta no afecta únicamente a un presidente.

Afecta la confianza en la justicia, la autoridad moral de las instituciones y la credibilidad internacional de Estados Unidos.

Y cuando una democracia comienza a perder esas tres cosas, el costo puede terminar siendo mucho mayor que cualquier beneficio obtenido de un barril de petróleo.

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Editorial

MIPYMES: sobrevivir no puede seguir siendo la única meta

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Las micro, pequeñas y medianas empresas constituyen uno de los pilares más importantes de la economía dominicana, pero paradójicamente también representan uno de sus sectores más vulnerables.

Detrás de cada colmado, taller, salón de belleza, cafetería, pequeña fábrica, tienda o empresa familiar existe mucho más que una actividad comercial. Hay empleos, inversión, obligaciones, familias que dependen de esos ingresos y personas que, en muchos casos, han colocado todos sus ahorros y expectativas de progreso en un negocio.

Por eso, cuando una MIPYME desaparece, no estamos hablando únicamente del cierre de una empresa.

Estamos hablando de empleos que se pierden, de ingresos familiares que desaparecen, de deudas que permanecen, de inversiones que se esfuman y, muchas veces, de proyectos personales construidos durante años.

Las cifras demuestran la magnitud del sector.

Las MIPYMES representan la inmensa mayoría del tejido empresarial dominicano, generan millones de empleos y tienen una participación relevante en la producción nacional. Sin embargo, son precisamente las empresas más pequeñas las que presentan mayores dificultades para mantenerse operando.

Ese dato debería obligar al Estado a mirar el problema con mayor profundidad.

No basta con celebrar cada año la creación de nuevos negocios.

El verdadero éxito de una política de emprendimiento debe medirse también por la capacidad de esas empresas para sobrevivir, crecer, generar empleos y consolidarse.

El crédito no puede ser la única respuesta

Durante años se ha presentado el acceso al financiamiento como una de las principales soluciones para las MIPYMES.

Y ciertamente lo es.

Pero prestar dinero no puede convertirse en la única respuesta.

Un empresario que recibe un préstamo con una tasa elevada y que posteriormente debe utilizar ese dinero para pagar nómina, alquiler, electricidad, combustible, suplidores o compromisos anteriores difícilmente estará utilizando ese financiamiento para crecer.

En esos casos, el crédito puede convertirse simplemente en una forma de prolongar una crisis de liquidez.

Lo que necesitan las pequeñas empresas es financiamiento en condiciones razonables, acompañado de asistencia técnica, capacitación, acceso a mercados, digitalización, innovación y políticas que permitan aumentar su productividad.

También necesitan un sistema de garantías que comprenda la realidad de quien tiene capacidad de producir y trabajar, pero no siempre dispone de grandes propiedades o activos que pueda ofrecer como respaldo.

Transparencia en el financiamiento público

El Estado dominicano dispone de programas dirigidos al financiamiento de las MIPYMES, y sería incorrecto desconocer esa realidad.

Sin embargo, tan importante como disponer de esos recursos es garantizar que su otorgamiento responda a criterios objetivos, técnicos y transparentes.

Los programas públicos de crédito no pueden convertirse en instrumentos sujetos a favoritismos, relaciones políticas o privilegios.

El acceso debe producirse sobre la base de la viabilidad del proyecto, la capacidad de generación de empleos, las posibilidades de crecimiento y las necesidades reales de los emprendedores.

Cada peso colocado por una institución pública en una MIPYME debe ser visto como una inversión destinada a producir empleo, riqueza y desarrollo.

Por eso, la transparencia en la asignación de esos recursos debe ser una obligación permanente.

Formalizarse no debe convertirse en una desventaja

Existe, además, otro problema que merece atención.

El país reclama correctamente que las empresas se formalicen, paguen impuestos, registren a sus trabajadores y cumplan con las obligaciones establecidas por las leyes.

Pero esa formalización tiene costos.

Mientras una empresa formal paga seguridad social, impuestos, permisos, servicios y obligaciones laborales, muchas otras unidades económicas compiten desde la informalidad sin asumir una parte importante de esos gastos.

Esa desigualdad termina castigando precisamente a quien intenta cumplir.

Formalizar una empresa no debe significar condenarla a competir en desventaja.

El Estado debe crear incentivos reales para permanecer dentro de la formalidad, especialmente durante los primeros años de operación.

El verdadero desafío es crecer

La economía dominicana no puede conformarse con tener cientos de miles de microempresas que permanecen durante décadas en condiciones de subsistencia.

Una política empresarial exitosa debería permitir que una microempresa pueda convertirse en pequeña; que una pequeña pueda convertirse en mediana y que algunas de ellas puedan transformarse posteriormente en grandes compañías.

Ese proceso requiere políticas públicas sostenidas.

Requiere acceso a capital.

Requiere capacitación.

Requiere mercados.

Requiere acompañamiento técnico.

Requiere innovación.

Y requiere también instituciones capaces de comprender que detrás de cada empresa existe una historia humana.

El fracaso de un negocio no se limita a un número dentro de una estadística empresarial.

Muchas veces significa la pérdida del ahorro de una familia, el desempleo de varios trabajadores y la desaparición de años de sacrificios.

Por eso, el debate sobre las MIPYMES debe superar los discursos y las estadísticas.

La República Dominicana necesita preguntarse cuántas empresas está ayudando realmente a crecer y cuántas simplemente están tratando de sobrevivir.

Porque crear empresas es importante.

Pero lograr que permanezcan abiertas, crezcan, generen empleos y produzcan riqueza es mucho más importante.

El verdadero desafío de las MIPYMES dominicanas no puede seguir siendo solamente sobrevivir.

Debe ser tener la oportunidad real de prosperar.

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Editorial

Del campo a la mesa: La seguridad alimentaria no puede depender de la suerte

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La República Dominicana es una nación eminentemente agrícola. Miles de familias dependen directa o indirectamente de la producción de plátanos, arroz, vegetales, frutas, café, cacao, habichuelas y otros rubros que diariamente llegan a nuestros mercados, supermercados y hogares.

Defender la agricultura nacional es, por tanto, defender empleos, comunidades rurales, producción y seguridad alimentaria.

Pero defender la agricultura también significa garantizar que lo que sale del campo y llega a la mesa de los dominicanos sea seguro para la salud.

Ahí comienza una responsabilidad que no admite indiferencia.

El uso de pesticidas y otros productos fitosanitarios es una realidad de la agricultura moderna. Su utilización puede resultar necesaria para controlar plagas, enfermedades, hongos y malezas capaces de destruir cultivos enteros.

El problema aparece cuando esos productos son utilizados sin suficiente orientación técnica, cuando se aplican cantidades superiores a las permitidas, cuando se emplean sustancias no autorizadas, cuando se realizan mezclas inadecuadas o cuando no se respetan los períodos establecidos entre la última aplicación y la cosecha.

Por eso, el debate no debe reducirse simplitamente a estar a favor o en contra de los pesticidas.

La discusión verdaderamente importante es otra:

¿Qué productos se están utilizando en nuestros campos?

¿Quién controla las cantidades aplicadas?

¿Quién verifica que se respeten los períodos de espera antes de cosechar?

¿Con qué frecuencia se analizan los alimentos que se venden a la población?

¿Qué sucede cuando un producto supera los límites permitidos de residuos?

Y una pregunta todavía más importante:

¿se entera el consumidor dominicano cuando ocurre?

No basta con aprobar reglamentos, emitir resoluciones o anunciar programas de vigilancia.

La efectividad de cualquier política pública se demuestra en el terreno.

Se demuestra mediante inspectores suficientes.

Laboratorios equipados.

Toma frecuente de muestras.

Personal capacitado.

Seguimiento a importadores y vendedores de agroquímicos.

Educación permanente a los productores.

Control de los productos utilizados.

Y consecuencias reales para quienes incumplan las normas poniendo en riesgo la salud de la población.

Nuestro reportaje sobre los pesticidas plantea una realidad que merece atención nacional: la protección debe abarcar toda la cadena, desde la importación y comercialización del agroquímico hasta su aplicación en la finca y la llegada del producto al consumidor.

Existe, además, un asunto que el país debe discutir con absoluta seriedad.

Los productos agrícolas dominicanos destinados a los mercados internacionales tienen que cumplir requisitos y límites de residuos establecidos por países compradores, particularmente Estados Unidos y los mercados europeos.

Entonces resulta inevitable formular una pregunta:

¿Por qué el dominicano habría de recibir un nivel de protección inferior al exigido para los productos que exportamos?

La salud del consumidor nacional no puede valer menos.

Un tomate destinado a la mesa de una familia dominicana debe ofrecer garantías sanitarias equivalentes a las que exigimos cuando pretendemos colocarlo en un mercado extranjero.

La inocuidad alimentaria no puede convertirse en un privilegio asociado al destino comercial de una cosecha.

Debe ser un derecho.

Tampoco corresponde crear alarma y transmitir la idea equivocada de que consumir frutas y vegetales representa necesariamente un peligro.

No es así.

Los alimentos agrícolas siguen siendo indispensables dentro de una dieta equilibrada y saludable.

La preocupación surge cuando existen malas prácticas, utilización incorrecta de sustancias o controles incapaces de detectar oportunamente un producto que no cumple los parámetros establecidos.

Y aquí existe otro aspecto que debe quedar perfectamente claro.

No podemos trasladarle al ciudadano una responsabilidad que corresponde fundamentalmente a productores, comercializadores y autoridades.

Sí, el consumidor debe lavar correctamente frutas y vegetales y adoptar prácticas adecuadas de higiene.

Pero ninguna familia posee un laboratorio en su cocina.

Una persona puede observar una lechuga perfectamente verde y no tiene manera de determinar visualmente qué sustancia fue aplicada sobre ella.

Puede mirar un tomate, tocarlo, lavarlo y todavía no saber qué producto químico fue utilizado durante su producción ni en qué cantidad.

Precisamente por eso existe el Estado.

Para regular.

Para inspeccionar.

Para analizar.

Para prevenir.

Y, cuando corresponda, para sancionar.

La República Dominicana necesita una agricultura productiva, competitiva y rentable.

Pero necesita, al mismo tiempo, una agricultura responsable.

No se trata de enfrentar al productor con el consumidor.

Ambos necesitan protección.

El trabajador agrícola merece manipular productos químicos con conocimiento, equipos adecuados y condiciones que no comprometan su salud.

El productor responsable merece reglas claras y asistencia técnica.

Y el consumidor merece comprar un alimento confiando razonablemente en que previamente alguien hizo el trabajo de verificar su inocuidad.

Esa confianza constituye parte esencial de cualquier sistema serio de seguridad alimentaria.

Por eso, el control de los pesticidas no puede verse únicamente como un problema agrícola.

Es un asunto de salud pública.

Es una cuestión ambiental.

Es un problema de seguridad alimentaria.

Y es, además, una obligación de transparencia.

Las autoridades deben informar no solamente cuando los resultados son favorables, sino también cuando los controles detectan irregularidades.

Una política de inocuidad realmente efectiva no debe temerle a la información.

Debe utilizarla para corregir, prevenir y generar confianza.

Garantizar que exista comida suficiente en las mesas dominicanas es fundamental.

Pero no basta.

También tenemos que garantizar que esa comida sea segura.

Porque la responsabilidad comienza mucho antes de que un producto llegue al mercado.

Comienza con lo que se importa.

Continúa con lo que se vende.

Pasa por lo que se aplica en nuestros campos.

Debe ser vigilada durante la cosecha y comercialización.

Y finalmente llega al lugar donde todas las políticas públicas relacionadas con los alimentos adquieren su verdadero sentido:

la mesa de cada familia dominicana.

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Editorial

Entre el miedo y la vergüenza

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En toda sociedad existen sentimientos capaces de condicionar la conducta de las personas. En la República Dominicana, dos de ellos merecen especial atención: el miedo y la vergüenza.

El miedo paraliza. La vergüenza oculta.

Uno puede impedir que una persona denuncie una injusticia; la otra puede llevarla a esconder durante años una realidad dolorosa por temor al juicio de los demás.

Ambos sentimientos forman parte de la condición humana. El problema comienza cuando dejan de ser reacciones circunstanciales y se convierten en fuerzas capaces de determinar la vida de las personas, silenciar problemas sociales y debilitar la capacidad de reclamar derechos.

Durante generaciones, la cultura dominicana ha convivido con una frase que resume buena parte de esa presión social: “¿Qué va a decir la gente?”

Detrás de esas pocas palabras se encuentra, muchas veces, una enorme carga emocional.

Por temor al “qué dirán”, algunas personas intentan aparentar una estabilidad económica que no poseen. Otras permanecen en relaciones deterioradas. Algunas familias esconden situaciones de violencia, adicciones, conflictos internos o dificultades financieras porque consideran que reconocer esos problemas públicamente constituye una vergüenza.

Así se construyen apariencias de normalidad mientras los verdaderos problemas permanecen ocultos.

Pero el miedo también ejerce su propia presión.

Existe miedo a denunciar al poderoso, miedo a perder el empleo, miedo a enfrentar intereses económicos o políticos, miedo a convertirse en objeto de represalias y miedo, simplemente, a quedarse solo cuando llega el momento de defender una posición.

Por eso, no todo silencio significa indiferencia.

Muchas veces el silencio es una forma de supervivencia.

El verdadero problema aparece cuando miedo y vergüenza coinciden.

La víctima de violencia puede temer a su agresor y, al mismo tiempo, sentir vergüenza de admitir lo que vive.

Quien ha sido estafado puede callar no solo por temor a perder más, sino por la incomodidad de reconocer que fue engañado.

Una familia en dificultades puede necesitar ayuda y, aun así, negarse a solicitarla porque teme ser señalada.

En esos casos, miedo y vergüenza terminan convirtiéndose en aliados de un mismo enemigo: el silencio.

Las redes sociales han añadido una dimensión nueva a esta realidad.

Hoy se exhiben viajes, vehículos, celebraciones, éxitos profesionales, relaciones sentimentales y estilos de vida cuidadosamente seleccionados. La sociedad digital ha convertido la imagen personal en una vitrina permanente.

Sin embargo, detrás de una fotografía de felicidad puede existir dolor. Detrás de una aparente prosperidad puede haber endeudamiento. Detrás de una pareja sonriente puede esconderse una relación rota.

El problema no está en compartir momentos positivos, sino en creer que la vida debe ser permanentemente perfecta para ser aceptada por los demás.

Esa presión fortalece nuevamente la vieja pregunta: “¿Qué van a pensar de mí?”

Una sociedad madura debe aprender a sustituir esa pregunta por otras más importantes.

¿Estoy actuando correctamente?

¿Estoy protegiendo mis derechos?

¿Necesito ayuda?

¿Estoy guardando silencio frente a una injusticia?

¿Estoy viviendo para satisfacer las expectativas de los demás o para enfrentar responsablemente mi propia realidad?

No podemos construir una sociedad libre si las personas sienten que denunciar es peligroso, pedir ayuda es humillante o reconocer un fracaso constituye una vergüenza.

Tampoco basta con pedirle valentía al ciudadano.

Las instituciones tienen la obligación de generar confianza. Quien denuncia debe sentirse protegido. Quien busca justicia debe encontrar respuestas. Quien necesita ayuda debe poder solicitarla sin ser humillado.

La familia, la escuela, los medios de comunicación y las instituciones públicas también tienen responsabilidades en la construcción de una cultura menos inclinada al juicio y más comprometida con la solidaridad.

El miedo y la vergüenza nunca desaparecerán completamente. Son emociones humanas.

Pero no podemos permitir que se conviertan en cárceles invisibles.

Cuando una persona deja de hablar por miedo, una injusticia puede continuar.

Cuando alguien oculta un problema por vergüenza, ese problema puede crecer.

Y cuando toda una sociedad comienza a guardar silencio, las consecuencias dejan de ser individuales y pasan a convertirse en colectivas.

Por eso, el verdadero desafío no consiste en determinar cuál pesa más, si el miedo o la vergüenza.

El verdadero desafío es construir una sociedad en la que ninguno de los dos pese tanto como para impedir denunciar, pedir ayuda, defender derechos, reconocer errores y volver a comenzar.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de vivir pendientes únicamente del “qué dirán”.

Porque, frente a los grandes problemas de una sociedad, existe una pregunta mucho más importante:

¿Qué estamos dispuestos a hacer para cambiar lo que debe cambiar?

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