Nadie en la República Dominicana puede negar que la mujer ha ganado mucho terreno en los campos académicos, laboral, político y electoral, pero el fenómeno, aunque positivo, se produce en el contexto de las estructuras convencionales que han caracterizado por décadas a la sociedad y que generan la violencia y la discriminación en su contra.
El ingreso de miles de mujeres a las universidades, a las diferentes carreras profesionales y en el proceso electoral es una realidad que nadie puede negar, pero quizás en mayor proporción se profundiza la violencia en su contra.
En los últimos meses son espantosas las cantidades de mujeres que han quedado atrapadas en los círculos de violencia que genera una herencia histórico-cultural que está fundamentada en el machismo, el jefismo, el patriarcado y el caudillimo.
La variante más importante de la violencia en contra de la mujer tiene que ver con el hecho de que los hombres que la ejecutan deciden quitarse la vida, lo cual convierte el tema en preocupante porque los crímenes en su contra no reciben ninguna sanción.
En lo que respecta a los logros de la mujer, hay que destacar su activa participación en el proceso político-electoral, pero la pregunta es si ello implicaría un cambio en un cuadro de violencia cuya solución no parece ser tan fácil, sobre todo cuando su incursión en la maquinaria que podría motorizar un cambio cree en los mismos esquemas que generan los crímenes en su contra.
Existe la certeza de que los partidos políticos que promueven a mujeres a importantes cargos públicos no tienen planes ni propósitos para desarrollar y eliminar un flagelo que tiene implicaciones culturales y socio-económicas, que más que disminuir aumenta la posibilidad de que el problema siga su agitado curso.
La masiva presencia de mujeres en la vida política y en otras estructuras que permitirían su empoderamiento para cambiar una realidad que la golpea brutalmente, no parece ser una panacea a la violencia en su contra hasta tanto no se desarrollo un plan en ese sentido a largo plazo.
Una muestra de la velocidad del empoderamiento femenino es el hecho de que importantes cargos públicos parece que se quedarán en manos de mujeres, ya que solo para el gobierno municipal del Distrito Nacional y la senaduría de la misma demarcación las aspirantes son aguerridas mujeres como Carolina Mejía y Faride Raful.
Sin embargo, las organizaciones que las presentan a esas posiciones no tienen como política combatir la causa de la violencia en su contra, la cual debe partir del sistema educativo nacional que al cabo de algunas décadas la República Dominicana haya un nuevo hombre y una nueva mujer.
La cuestión es que no hay un plan programático sincero para el combate, ya no sólo de los crímenes en contra de la mujer, sino de la propia discriminación que la afecta, cuyo mejor espejo son los problemas generados en el sistema electoral nacional en el que se ha hecho prácticamente imposible respetar la cuota que le corresponde a cargos públicos en el actual proceso comicial.
Es una lucha sin cuartel la que libra el actual sistema machista para no dejar que la mujer juegue su rol desde el Estado, pero incluso la propia mentalidad de ella está mordeada para dejarse aplastar por la mentalidad y la irracionalidad del macho, por lo menos en la mayoría de los casos
Amplios sectores están esperanzados que la mujer pueda convertirse en un gran foco de presión para crear los planes imprescindibles para que en realidad la pueda sacar del circulo de violencia y discriminación que sufre a partir de la creación de las herramientas a través del Estado para concretar una transformación de la mente del hombre dominicano.