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Opinión

El tiempo de Orlando perdura: sus ideas viven

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Por Rosario Espinal

Orlando Martínez Howley, periodista de un talento y una intrepidez creativa admirables, militante de un Partido Comunista Dominicano (PCD) muy singular, asesinado hace 48 años, tiene una actualidad sorprendente y aleccionadora. Su pensamiento transformador y su actitud ante la vida ha transcendido su época, y aún conserva una vigencia impresionante. 

Orlando partió con su Microscopio en la mochila –recogido en tres tomos- siempre sujeto a volver. 

Más tarde se fue al “infierno” del ex Cardenal López Rodríguez, el Presidente Balaguer que lo mandó a matar, auto inculpándose con su pérfida “página en blanco” contenida en su “Memoria de un Cortesano de la Era Trujillo”, emanando flujos de corrupción, racismo, coloniaje y despotismo. 

Antes nos arrebataron a los Héroes de junio-59, a Minerva, Manolo, Amelia, Amín, Sagrario Maximiliano, Caamaño… y tantos otros/as combatientes por la libertad y el socialismo.  

El capitalismo imperialista siguió chorreando sangre y lodo sobre esta linda isla caribeña, y la oligarquía capitalista imitando sus fechorías y reforzando la podredumbre acumulada. 

Cúpulas y Gobiernos del PRD (desdoblado luego en PRM) y del PLD (dividido en PLD-Danilo y FP-Leonel), no tardaron en contaminarse con las nocivas emanaciones del balaguerismo, de la ultraderecha, EEUU y CONEP. 

El PRD llegó hasta pactar con el PQD del general genocida Wessin y Wessin, y con la derecha pro latifundista opositora al Balaguer; Incorporó al General Milo Jiménez, autor intelectual del asesinato de Orlando y sus gobiernos ascendieron a generales a Cruz Brea y Pou Castro, ambos de la misma claque criminal. 

El Profesor Bosch se fue triste, llorando por la degradación de su PLD. 

Fracciones de izquierdas, que se subordinaron a opciones de esas derechas o se derechizaron, todavía cargan con esas ataduras; lo que ha facilitado prolongar por más de medio siglo esta contrarrevolución conservadora de factura imperialista, iniciada el 28 de abril de 1965 con la invasión gringa y enfrentada heroicamente por nuestro pueblo durante cuatro meses.

 ¡Tanto que se lo dijo Orlando! 

¡Léanse Microscopio! 

Debilitada la oposición revolucionaria, por aquí se quedaron a sus anchas Drácula y Barnabás (Megamineras), el Cuerpo de Asesores Militares de EU (MAAG), la CIA, USAID y el FBI. 

El sistema de partidos se fue enfermando de gravedad. Llegó el neoliberalismo Made in Usa y Gran Bretaña, sus privatizaciones, nuevas megamineras estadounidenses y canadienses, y la ODEBRECHT brasileña. 

Los cambios de caras y de un partido de derecha por otro derechista, dentro de esta institucionalidad pervertida -apoyados por un izquierdismo ablandado y un progresismo light- simplemente han reciclado, remodelado y modernizado viejas opresiones y diversas formas de corrupción, impunidad e iniciativas neoliberales. 

Recordemos que una parte de ese espectro político apoyó los gobiernos de Guzmán, Majluta, Jorge Blanco, Hipólito y Abinader; y otra se integró o se alió al PLD y sus gobiernos, en diferentes momentos. 

La democracia con soberanía, intentadas en 1963 y 1965, fueron revocadas y reemplazadas por la neo-colonialidad, la partidocracia y la plutocracia (los ricachones); esta última cada vez más preeminente y siempre cargada de vacas sagradas empresariales. 

Y con el reciente “cambio” de Abinader –ayudado por el progresismo claudicante al interior de Marcha Verde- llegó el ultra-neoliberalismo y estimuló el crecimiento del neofascismo. 

Esto agregó más racismo, machismo, xenofobia, pactos ominosos con Comando Sur y USAID, fideicomisos y APP; el asalto de los megamillonarios a un Estado sustentado en la Constitución balaguerista del 1966, reencarnada y modernizada en la leonelista del 2010. 

En ese contexto los Vicini, Bonetti y Risek y comparsa se insertaron directamente en el Gobierno para engullir, junto a la burguesía transnacional, lo que queda del patrimonio natural y estatal. ¡Ni el agua, que vale más que el oro, se ha quedado fuera de su voraz agenda! 

Este ha sido el alto costo político de obviar verdades expuestas por Orlando y confirmadas por la vida. 

El precio de tropezar tantas veces con la misma piedra y con las negativas consecuencias de las derechizaciones de un amplio espectro político de las fuerzas que protagonizaron la Revolución de Abril-65 y la Guerra Patria. 

La contrarrevolución conservadora recibió nuevos nutrientes. 

Los trágicos resultados están a la vista. 

Los homenajes a quienes son reconocidos como héroes del periodismo asumirán otra dimensión y mucha calidad cuando el accionar transformador se apoye en sus comprobados aciertos de Orlando Martínez. 

No basta con hacer ofrendas y llevar flores. 

Es hora de emprender rutas y propuestas políticas diferentes como el ejercicio de la democracia de calle y la Constituyente Soberana, que posibiliten crear nuevas fuerzas, nuevos liderazgos, nueva constitución y nueva institucionalidad. Y elecciones diferentes. 

El tiempo de Orlando perdura: sus ideas viven. 

Hay que atreverse a potenciar rebeldías y a cambiarlo todo desde calles, plazas y carreteras repletas de jóvenes, mujeres y pueblo empobrecido. 

¡Hay que atreverse!

JPM

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Opinión

La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)

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Por Rommel Santos Diaz

 Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones  de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre  8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de  niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.

La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.

A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.

El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.

Finalmente, en  la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una  de ayuda  y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.

rommelsantosdiaz@gmail.com

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Opinión

Los políticos profesionales no roban

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Por Nelson Encarnación

El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.

Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.

Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.

Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.

Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.

Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.

Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.

En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.

Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.

En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.

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Opinión

Honrar la Constitución o perder la República

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Por Isaías Ramos

Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.

Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.

No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.

La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.

La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.

Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.

Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.

Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.

La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.

Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.

Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.

Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.

¡Despierta RD!

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