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Kurt Wallander va a la ópera en Múnich

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Katie Mitchell presenta en la Bayerische Staatsoper un nuevo montaje de la ópera ‘El castillo de Barba Azul’ de Bartók como si se tratara de un moderno ‘thriller’

Las óperas breves en un solo acto han nacido siempre con un destino incierto, condenadas, por las inercias del mercado operístico, a una existencia compartida con otras víctimas de su propia concisión. Algunas han acabado convertidas en pareja de hecho (el caso más recurrente es Pagliacci y Cavalleria rusticana); otras vinieron al mundo casi como siamesas, aunque cada vez son más frecuentes los intentos por separarlas (los tres títulos, perfectamente independientes, que conforman el Trittico de Puccini); y la mayoría vagan en el limbo en espera de manos redentoras y hermanas sobrevenidas, como Le rossignol de Stravinsky, L’Enfant et les sortilèges y L’Heure espagnole de Ravel, Von heute auf Morgen y Die glückliche Hand de Schönberg, Sancta Susanna y Mörder, Hoffnung der Frauen de Hindemith, La vida breve (su título parecía ya premonitorio de su sino) de nuestro Manuel de Falla o, por no alargar en exceso la lista, What Next? de Elliott Carter. De cuando en cuando surgen también entre ellas extrañas –o extrañísimas– parejas, como la que formaron en la Ópera de París hace cuatro años las ya citadas Sancta Susanna y Cavalleria rusticana. Puestos a mezclar churras con merinas, habría tenido mucho más sentido hermanar la transgresora ópera de Hindemith con Suor Angelica (la segunda pieza del Trittico pucciniano): entre monjas anda el juego.

El castillo de Barba Azul de Béla Bartók (imposible no pensar hoy en ella como un homenaje póstumo a George Steiner) es otra integrante ilustre de esta lista de damnificadas. A veces ha podido verse representada con insólitos compañeros de cama (Gianni Schicchi, la última ópera del Trittico, en la Komische Oper de Berlín, con dirección escénica de Calixto Bieito), pero su argumento y su idiosincrasia estilística dificultan, y mucho, la búsqueda de opciones plausibles sobre un escenario. Las candidatas naturales son dos obras del propio Bartók: El príncipe de madera y El mandarín maravilloso. Pero se trata de un ballet y una pantomima, respectivamente, es decir, músicas puramente instrumentales. A Katie Mitchell no le ha temblado el pulso, sin embargo, al elegir como pareja o complemento otra composición del húngaro, el Concierto para orquesta, situándola, eso sí, antes de la ópera, no después: la primera –y única– ópera de un Bartók que acaba de cumplir treinta años precedida de su última composición orquestal, cuando era un hombre mortalmente enfermo, exiliado y abatido en Estados Unidos, muy lejos de la vieja Europa Central cuyo legado folclórico escudriñó, transcribió y grabó con su fonógrafo Edison.

Para hacer posible este sorprendente emparejamiento, bautizado con el nombre de la protagonista femenina, Judith, Mitchell ha tenido que despojar a El castillo de Barba Azul de la que es probablemente su cualidad esencial, aquella que la define y le confiere casi su razón de ser: su sólida adscripción al simbolismo, el movimiento artístico y literario que estalló con fuerza en Europa a finales del siglo XIX. La ópera simbolista por antonomasia es, por supuesto, Pelléas et Mélisande de Debussy, que cambió para siempre la historia del género desde su estreno en París en 1902. Ponía música palabra por palabra al drama homónimo de Maurice Maeterlinck, una influencia decisiva en Béla Balázs, el libretista de Bartók, que escribió su texto siguiendo la estela de otras obras del belga en un solo acto que conocía bien, como L’Intruse, Les Aveugles o Intérieur. También pueden detectarse fácilmente en Balázs ecos del psicologismo teatral de Ibsen, Strindberg o Hofmannsthal, pero lo que define primordialmente su texto es la desnudez de las frases y la concepción de su drama como una suerte de envoltorio ambiguo, casi transparente, que cada espectador puede corporeizar de manera distinta. Resulta muy significativo, por ejemplo, que en el dramatis personae de la obra teatral original, Balázs incluyera, como un personaje más, al propio castillo, además de Barba Azul y Judith. A poco de comenzado el drama, esta última canta: “El castillo está llorando”, una prosopopeya que ahonda en la personificación de un objeto que, a su vez, simboliza el alma del aristócrata, en la que ella intenta penetrar tenazmente puerta tras puerta.

Los ojos de Nina Stemme en el último fotograma de la película que sirve de prólogo de la ópera. WILFRIED HÖSL

Los tres son, en fin de cuentas, símbolos y la obra trata, en el fondo, de la soledad intrínseca e inesquivable del ser humano. También plantea cómo lacera, y mucho, el dolor del amor, y Bartók debió de sentirse atraído tanto por el tema como por su planteamiento poco convencional debido a su propia y reciente biografía personal. La violinista Stefi Geyer no había podido o querido corresponder a su pasión amorosa, lo que dejó en el compositor una herida profunda, difícil de sanar, y que no se cerró siquiera cuando, pocos meses después, se casó con Márta Ziegler, que tenía entonces tan solo dieciséis años. Cuando Bartók le envió la composición que traducía en música su amor, el primero de sus dos conciertos para violín, en el que Geyer aparece asociada a un motivo musical de terceras ascendentes, Bartók adjuntó a la partitura un poema del propio Béla Balázs: “Mi corazón está sangrando, mi alma está enferma / Caminé entre los humanos / Amé con tormento, con un amor en llamas / ¡En vano, en vano! // ¡No hay dos estrellas que estén tan alejadas / como dos almas humanas!” Aquí parecía estar ya, in nuce, uno de los temas, si no el principal, que desfilan por El castillo de Barba Azul. Y ese corazón sangrante remite al motivo musical omnipresente a lo largo de los dos primeros tercios de la ópera –cuanto ve Judith se halla cubierto de sangre–, que Bartók traduce con un breve diseño cromático como un auténtico Leitmotiv wagneriano, capaz de transformarse sin dejar de perder nunca su identidad. Alma, amor y sangre forman el triángulo temático esencial de la ópera.

Cuando comienza El castillo de Barba Azul encontramos ya juntos a sus dos únicos personajes. Enseguida nos enteramos de que Judith, en contra de la opinión de sus padres y su hermano, y abandonando a su prometido, ha decidido ofrecer su amor eterno e incondicional a quien los rumores propagan que ha matado y hecho desaparecer a sus anteriores mujeres. ¿Por qué? A un simbolista como Balázs los porqués no debían de quitarle mucho el sueño. A una directora de teatro como Katie Mitchell sí que le interesa, en cambio, encontrar –y ofrecer– una respuesta. Y la que propone es audaz, alambicada y, según quien la juzgue, genial o fallida. Una comisaria de policía, Anna Barlow, investiga el caso de varias mujeres desaparecidas. Descubre que todas ellas trabajaban para una agencia de escorts maduras, que compartían elementos comunes y su investigación acaba llevándola hasta el sospechoso. Para llegar hasta él, ella misma se da de alta en la misma página web de contactos que él ha utilizado previamente y el mismo chófer que las había conducido hasta la casa del supuesto psicópata es quien la recoge también a ella. Se repite el mismo y meticuloso ritual macabro, pero Barlow, al contrario que las anteriores mujeres, y como policía avezada que es, no cae en la trampa de beber una botella de agua en cuyo interior el cómplice al servicio de Barba Azul ha disuelto un poderoso narcótico. Por eso llega consciente a la casa y la ópera comienza justamente en el momento en que ella sale del coche aparcado en el garaje de la solitaria mansión-castillo del protagonista.

Todos estos antecedentes para explicar lo que en la ópera queda inexplicado, y lo que muchos pueden considerar inexplicable, se cuentan en una película rodada ad hoc como si del capítulo de una serie de televisión se tratara. No hay palabras, claro, porque las imágenes van acompañadas –por fin se cierra el círculo– de la interpretación desde el foso, a modo de banda sonora, del Concierto para orquesta de Bartók. Lo primero que vemos y escuchamos es, por tanto, la precuela, que nos deposita literalmente a los pies de la ópera. La película, dirigida por Grant Gee, y protagonizada por los mismos cantantes que interpretarán El castillo de Barba Azul, se cierra con el coche trasladando a la detective por las calles de Londres hasta la casa del principal sospechoso. La ópera comienza en ese mismo coche y el mismo garaje, pero ahora uno y otro forman parte de la escenografía real, no filmada, que se descubre al subir el telón.

Mitchell prescinde, por tanto, ya que no le queda otro remedio, del prólogo versificado de Béla Balázs, una suerte de recitación de un bardo que nos anuncia la historia que vamos a ver a continuación. No tiene mayor importancia, ya que son seis estrofas habladas sobre la introducción puramente instrumental, que sí escuchamos en su integridad durante el primer encuentro de ambos personajes, aún dos desconocidos el uno para el otro. A partir de ahí, el mecanismo urdido por Mitchell funciona muy bien y está extraordinariamente ejecutado: los espacios que se nos van revelando paulatinamente cuando Judith va abriendo, una a una, las siete puertas cerradas con llave, tras vencer la reticencia inicial de Barba Azul. La cámara de torturas deviene en un pequeño quirófano que hace pensar en un metódico Jack el Destripador; la armería, en una colección de modernas armas dispuestas en vitrinas casi como obras de arte; el oro y las joyas, en una cámara acorazada; el jardín secreto, en un pequeño vergel doméstico; los dominios de Barba Azul se muestran en imágenes tomadas desde el aire, que Judith contempla con unas gafas de realidad virtual; el lago lleno de lágrimas es un baño con varias duchas, menos pulcro y más sórdido que lo visto hasta ahora; y las tres anteriores mujeres de Barba Azul (vivas, que no muertas, como en el cuento original de Perrault) se encuentran en la última habitación, decorada con grandes cruces, el símbolo fetichista de Barba Azul. Los distintos colores que irradian en el libreto original cada una de las estancias (esenciales de nuevo en un simbolista como Balázs) desaparecen, pero todo encaja, mal que bien, y hay momentos en los que el trasvase temporal-espacial-conceptual no solo no chirría, sino que resulta casi creíble.

John Lundgren en la cámara de torturas y Nina Stemme en la armería que se encuentran tras las dos primeras puertas del castillo de Barba Azul. WILFRIED HÖSL

El problema llega cuando estos personajes modernos, londinenses, nuestros coetáneos, cantan y se expresan con ese lenguaje conciso e irrenunciablemente poético ideado por Bálazs, esas frases reiteradamente octosílabas, con una marcada tendencia descendente (para ajustarse a la característica prosodia húngara, que acentúa siempre la primera sílaba de cada palabra), despojadas, ambiguas, rebosantes de símbolos, se produce un choque inevitable. Ni el moderno psicópata ni la sagaz detective parecen capaces de expresarse de ese modo. Por no hablar, claro, del nuevo final (que muchos llamarían feminista) que propone Mitchell, en el que Judith pasa de víctima a verdugo, y donde la muerte, cuya presencia sobrevuela toda la ópera sin hacerse nunca tangible ni visible, acaba teniendo la última palabra. Balázs, sin embargo, la veía desde la misma óptica que había utilizado su admirado Maeterlinck y que el húngaro había comentado con estas palabras: «La muerte es el héroe de estos dramas. Pero la muerte no es aquí un final triste y terrible, no es la fosa y el esqueleto, sino el oscuro secreto, lo que acecha». La Judith de Mitchell, pistola en mano, se asemeja más al personaje bíblico que decapita a Holofornes, y que es también, por cierto, la que sedujo a muchos simbolistas coetáneos de Bartók y Balázs, y ahí están los dos cuadros de Gustav Klimt como punta de lanza. No es en absoluto casual que el segundo decidiera dar ese nombre a su misteriosa protagonista.

Desde el foso, Oksana Lyniv concierta con una eficacia indudable, pero con una asepsia expresiva que parece un fiel reflejo de las neutras estancias de la mansión de Barba Azul, iluminadas con la fría luz de los tubos fluorescentes. Alternando el uso y la omisión de la batuta, la ucrania pasó por el Concierto para orquesta casi de puntillas, como una banda sonora de importancia secundaria respecto a las imágenes de la precuela cinematográfica, que parecían concentrar y absorber toda la atención del público. Con tempi generalmente rápidos, como si quisiera eludir los grandes contrastes, convirtiendo las aristas en curvas, sin los apuntes de humor tan sorprendentes en este Bartók terminal y desahuciado, dejando romo lo que no lo es, en poco se pareció el Concierto para orquesta al mosaico multicolor y a la obra maestra que sin duda es, a pesar de la soberbia prestación instrumental de la Orquesta de la Ópera Estatal de Baviera, que no parece tener nunca una tarde mala.

La ópera tuvo momentos más brillantes, como el luminoso estallido de Do mayor tras la apertura de la quinta puerta (y el tritono que se genera con el Fa sostenido del comienzo y del final de la ópera es insoslayable), o la explosión instrumental que precede a la tan esperada aparición de las anteriores mujeres de Barba Azul, bien graduada y resuelta por la directora, consciente de que la ópera empieza a partir de ahí a recluirse sobre sí misma hasta que se cierra en pianissimo con el Do sostenido casi inaudible que hacen sonar tres veces violonchelos, contrabajos y timbal después de que hayamos vuelto a escuchar los diseños del prólogo. Nadie puede acusar a Bartók de haber compuesto una obra que buscara el aplauso fácil. Pero, durante la hora escasa que dura la ópera propiamente dicha, Lyniv pareció también en exceso desligada de la escena. Daba, sí, entradas ocasionales a los cantantes, pero parecía inmune a lo que se mostraba ante nuestros ojos, preocupada en apariencia en todo momento por concertar con la máxima ortodoxia y evitar cualquier desajuste. En conjunto, a su dirección le faltó mayor flexibilidad y adoleció de un excesivo afán de control. Al contrario que su mentor, Kirill Petrenko, de quien ha sido directora asistente, y que se crece en el foso con el estímulo de cuanto acaece en el escenario, Lyniv no acaba nunca de establecer un trasvase emocional fluido con lo que tiene ante sus ojos.

Nada negativo puede decirse, sino todo lo contrario, de un reparto de primerísima línea: John Lundgren y Nina Stemme. Los dos son cantantes wagnerianos de largo recorrido: el barítono ha sido el Wotan de varios de los Anillos más importantes de los últimos años (Bayreuth, Londres, la propia Múnich, donde la pasada temporada cantó un magnífico Jack Rance en La fanciulla del West) y la soprano obtuvo en 2018 el premio de la Fundación Birgit Nilsson como la más digna heredera del arte de su compatriota. Para ambos, cantar El castillo de Barba Azul, más breve que un solo acto de las grandes óperas de Wagner que han interpretado con tanta frecuencia, debe de resultarles casi un relajante aperitivo. Además, la escritura de Bartók no presenta grandes exigencias (escribir para la voz no fue nunca una querencia natural en el húngaro) y se sitúa casi siempre en la zona de confort. Ambos son excelentes actores y, bajo la sabia y experta dirección de Katie Mitchell, dan credibilidad y entidad vocal en dosis sobresalientes a sus respectivos personajes. Lástima que la puesta en escena los sitúe siempre cantando un poco apartados del proscenio, lo que, a pesar de la imponente potencia sonora de ambos, provoca que las voces nos lleguen un poco desgajadas de la orquesta. Los húngaros habrán de pronunciarse sobre la correcta dicción de su hermosísimo y endiablado idioma.

Nina Stemme, aún con la pistola en la mano, ante el cadáver de Barba Azul al final de la ópera. WILFRIED HÖSL

El libro-programa de la Ópera Estatal de Baviera, siempre valiente y rompedora en este aspecto, ha elegido como fotografía de cubierta un fotograma de la actriz Helen Mirren caracterizada como la detective Jane Tennison en la serie de televisión Time Suspect. Siendo tanto Nina Stemme como John Lundgren suecos, es imposible no pensar también en Saga Norén, la detective de Malmö en El puente o, mejor aún, en Kurt Wallander, cuya pasión por la ópera es bien conocida por los lectores de las novelas de Henning Mankell. La representación del próximo viernes de este “thriller operístico”, como lo ha publicitado la Ópera Estatal de Baviera en su legítimo afán de atraer nuevos espectadores a su siempre abarrotado Nationaltheater de la Max-Joseph-Platz, será transmitida en directo por su canal (gratuito) en streaming, Staatsoper TV. Quienes sigan pensando absurdamente que en la ópera todo es formol, o naftalina, o cartón piedra, o antigualla, harán muy bien en conectarse, porque cambiarán de opinión con toda seguridad. Les guste o no les guste lo que vean y escuchen.

elpais.com

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De Teatro

Mayoteatro 2026 dedicará apertura a Manuel Chapuseaux

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Santo Domingo.-El XVIII Festival Nacional de Teatro Popular Mayoteatro 2026 abrirá oficialmente el próximo martes 12 de mayo con una inauguración dedicada al maestro Manuel Chapuseaux, una de las figuras más emblemáticas del teatro dominicano.

La información fue ofrecida por el ingeniero y gestor cultural Pedro Julio Quezada, presidente de la Federación Dominicana de Arte y Cultura, entidad organizadora del evento que se desarrollará del 12 al 26 de mayo en el Centro Cultural Narciso González.

Quezada destacó que esta nueva edición de Mayoteatro 2026 reunirá a decenas de agrupaciones teatrales, artistas, estudiantes y gestores culturales en una jornada que busca fortalecer el teatro popular y promover el talento escénico nacional.

Como parte del acto inaugural, se realizará un homenaje especial al maestro Manuel Chapuseaux por sus más de 50 años de trayectoria como actor, director, dramaturgo y promotor cultural.

La jornada de apertura incluirá además la presentación de la obra “PIKY LORA, Mujer de Abril”, a cargo del grupo Teatro de la Imagen, con la actuación de Katiuska Nieves y dirección de Guillermo Bass.

El presidente de la Federación Dominicana de Arte y Cultura resaltó que el festival se ha convertido en una de las principales plataformas para el desarrollo del teatro comunitario y popular en República Dominicana.

“Mayoteatro representa una oportunidad para seguir impulsando el arte escénico y acercar el teatro a las comunidades y nuevas generaciones”, expresó Pedro Julio Quezada.

La cartelera incluirá obras como “MUTE”, dirigida por Ingrid Luciano; “Edipo Rey”, presentada por el grupo de teatro de la PUCMM; y “El foso”, bajo la dirección del maestro Haffe Serulle.

También estarán en escena agrupaciones como Teatro Lluvia, Metamorpho Teatro, Teatro Néctar de Puerto Plata, Teatro UASD-SEDE y colectivos pertenecientes a centros educativos especializados en artes.

Entre los facilitadores invitados figuran Juan María Almonte, Víctor Checo, Reynaldo Disla y Bladimir Tatis Pérez.

La clausura del evento está pautada para el 26 de mayo e incluirá una nueva entrega de reconocimiento al maestro Manuel Chapuseaux, además de la presentación especial de la obra “Caperucita Coja”, dirigida por el propio artista homenajeado.

La Federación Dominicana de Arte y Cultura reiteró la invitación al público a participar en todas las actividades programadas durante el festival.

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De Teatro

Todos podemos probar un pedacito de luna… Teatro educativo, pero no una lección de moral

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No solo los astronautas de la Misión Artemis II han visto la luna de cerca, en el teatro infantil, la hemos percibido a pocos metros de distancia. Inspirada en el libro de Michael Grejniec, ¿A qué sabe la luna? y con dramaturgia original de José Diego Ramírez, la obra «Un pedacito de luna», es una puesta en escena que refleja los valores del teatro Cúcara- Mácara: es teatro educativo, pero no una lección de moral.

De una forma lúdica y llena de fantasía, observamos una historia de determinación y trabajo en equipo, liderada por una tortuga y varios animales que se unen para lograr un objetivo común: alcanzar la luna y probar un pedazo.

En la puesta en escena se aprecia el manejo de la intertextualidad a través de la mención de otros cuentos y fábulas en los que aparecen los animales personajes de esta obra, como Dumbo, el elefante y la fábula de la liebre y la tortuga.

Esta presentación se enmarca en la octava versión de la Feria Internacional de Títeres y Objetos-FITO- que organiza cada año la Fundación Cúcara-Mácara, con la participación de compañías de España, México y República Dominicana.

La obra se presenta con estructura de fábula: los protagonistas son los animales, aquí no interviene un narrador humano, un pez en su conversación con la luna es el que se encarga de organizar la composición narrativa introduciendo los personajes a la historia.

El público tiene que poner en marcha su imaginación y fantasía para ingresar a esta noche mágica habitada por diferentes animales en una lejana sabana en la cual brilla, en todo su esplendor, la luna llena.

En este caso, el objeto no es animado, solo se integra a la acción como ícono de la luna, pues su función es permitir que los personajes protagonistas se destaquen con su mensaje. La luna aparece también como títere de boca, agregando una expresividad única a la escena: es un personaje coqueto, risueño y juguetón y su gran dimensión respecto de los otros títeres, da la impresión de estar cercana y lejana a la vez.

Una atrevida tortuga es la protagonista de esta historia, atrevida porque tiene un deseo imposible: comer un pedacito de luna y para ello convoca a varios animales de la selva como el elefante, la jirafa, el león, el mono y el ratón.

Los actores y titiriteros Johanny García, Elsa Quiroz, Basilio Nova y Christian Medina se encargan de varios personajes, haciendo su presencia evidente, pero no protagónica. Hay que resaltar que las voces de los actores reflejan cada una de las personalidades de los animales, con sus matices y sus giros característicos: un elefante grande, pero temeroso, una tortuga seria, determinada y con liderazgo, una mona juguetona y bromista, una jirafa muy dispuesta, un ratón muy empoderado y un león brabucón. La experiencia en el teatro de títeres de cada uno de los actores hizo de esta presentación un hecho memorable para los niños presentes.

Debido a las constantes lluvias en este mes de abril, la puesta en escena tuvo que trasladarse al teatro pequeño, techado, de la sede de Nova Teatro y ese escenario, al ser tan cercano entre el espacio teatral y el público, dificultó una visión más amplia de ciertos aspectos como la luna como objeto y la luna como títere, las diferentes dimensiones del pez -narrador y la cierta lejanía que se necesita para apreciar mejor la técnica del teatro de sombras. Esto no impidió que los niños presentes se unieran a la aventura de la tortuga y al esfuerzo de todos los animales por alcanzar un pedacito de luna.

Al final, la luna le dice al pez que puede probarla a través de su reflejo en el agua, una solución muy poética al problema inicial y que funciona como desenlace de la narración.

Es una puesta en escena con elementos escenográficos simples y minimalistas, que descansa en los personajes y sus diferentes planos físicos y psicológicos.

Dentro de un contexto axiológico, se destacan los valores de la empatía, la colaboración y la resolución colectiva de los problemas. Son valores que hace mucha falta educar en sociedades como la dominicana cuyas soluciones a los problemas colectivos se ejecuta de manera individual, por ello, el pueblo dominicano ha perdido la capacidad de luchar colectivamente para lograr soluciones definitivas a los problemas sociales que nos aquejan.

En ese sentido, saludamos que Un pedacito de luna sea parte del repertorio del FITO y de la propuesta permanente de Cúcara-Mácara para seguir animando desde la ilusión y la fantasía y educando en valores a nuestros niños.

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Luis José Germán asume su primer unipersonal con “Todas las cosas maravillosas”

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Santo Domingo, R.D.-La aclamada obra Todas las cosas maravillosas, considerada una de las piezas más sensibles de las tablas contemporáneas, llega a la escena dominicana con Luis José Germán en su primer unipersonal. La puesta en escena, producida por la Compañía de Teatro Niní Germán, presenta un montaje cercano que invita a reflexionar sobre la vida, la empatía y la salud mental.

La producción tendrá su estreno el 22 de mayo en Escenario 360, marcando un nuevo capítulo en la trayectoria escénica del actor, quien suma más de dos décadas de trabajo en el teatro, el cine y la televisión dominicana.

El monólogo Todas las cosas maravillosas, escrito por el dramaturgo británico Duncan Macmillan junto al actor y comediante Jonny Donahoe, ha alcanzado reconocimiento internacional por su formato cercano y por la relación directa que establece con el público.

La obra narra la historia de un niño que, al descubrir que su madre atraviesa un episodio de depresión, comienza a escribir una lista de todas aquellas razones por las que vale la pena vivir. Con el paso de los años, esa lista, aparentemente sencilla, se convierte en una forma profunda de comprender el mundo, los afectos y las fragilidades que atraviesan la experiencia humana.

En los últimos años, la Compañía de Teatro Niní Germán se ha caracterizado por producir comedias que exploran distintas situaciones de la vida cotidiana, desde los enredos de pareja hasta temas vinculados con la salud mental. En esta ocasión, la obra aborda la depresión desde una mirada sensible y cercana, mostrando no solo cómo afecta a quien la padece, sino también la forma en que impacta a quienes forman parte de su entorno.

“Esta pieza tiene varios años dando vueltas en nuestra cabeza. Desde que la vimos fuera del país supimos que, en algún momento, formaría parte del repertorio que queríamos compartir con el público. Solo estábamos esperando la ocasión adecuada para llevarla a escena”, comenta Luly Rocha, productora general del montaje.

Por su parte, Luis José Germán destaca el papel del arte como espacio de diálogo y sensibilidad social. “Debemos aprender a hablar de salud mental con mayor apertura, romper los tabúes que todavía existen en nuestra sociedad y entender que muchas de estas situaciones tienen solución. Pero también reconocer que quienes no las padecemos podemos acompañar con empatía y respeto a quienes sí las atraviesan”, afirma.

A través de una narrativa que combina humor, ternura y profundidad emocional, la obra invita a reflexionar sobre la importancia de acompañar y hablar abiertamente sobre aquello que muchas veces permanece en silencio. La puesta propone además una experiencia escénica cercana y emotiva, en la que el público se convierte en parte esencial de la historia.

Las boletas ya están disponibles en Uepa Tickets, Supermercados Nacional y Jumbo.

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