Opinión
La Barrick pa´fuera
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14 años agoon
Por Narciso Isa Conde
Con la Barrick Gold, la más poderosa corporación transnacional dedicada a la extracción de oro, dominada por lo peor de la burguesía transnacional (familia Bush, empresarios pinochetitas, Grupo Cisneros…), no debe haber “término medio”: hay que anularle el contrato y sacarla del país junto a su subsidiaria Uni Gold.
Pifian de mala manera lo que solo hablan de “revisar el contrato” en el marco de este tipo de gobierno y de Estado; y peor los que platean modificarlo para compensar el enorme déficit fiscal provocado por la corrupción, la malversación y el dispendio de la cúpula del PLD bajo el mando de Leonel Fernández y sus ladronéeles y, de paso, nutrir las arcas del gobierno del PLD-Danilo.
Razones imperiosas para anular el contrato
En un contexto político como el actual, con un régimen como el que está vigente, no existen las más mínimas garantías, para que solo modificando ese contrato leonino, se pueda evitar la catástrofe que implica la explotación del oro de Pueblo Viejo o de otros puntos del país por ese tipo de corporaciones.
De por medio están la alta peligrosidad del uso del cianuro y otros procedimientos tóxicos alternos; la vulnerabilidad del degradado Estado dominicano y de sus funcionarios proclives al soborno; y, sobretodo, la agresividad del capitalismo mundial estremecido por la peor crisis de su historia, junto a la impronta criminal de un imperialismo estadounidense carente de minerales y recursos naturales claves para prolongar su existencia.
Por otra parte, en otra situación, en la que hipotéticamente sea posible y conveniente explotar adecuadamente los sulfuros de Pueblo Viejo u otros yacimientos de oro o extraer otros minerales valiosos, jamás debería pensarse en destinar los recursos que se obtengan por ese concepto para financiar déficits fiscales; menos aun para tapar hoyos provocados por el latrocinio y las malas administraciones.
Hay un principio que dice que las ganancias que puedan obtenerse por la explotación de recursos naturales no renovables-además de exigirse con fuerza y de vigilar atentamente para que se produzcan sin provocar daños ambientales irreparables- solo deberían invertirse en obras y planes sociales de un valor permanente que supere el de los recursos naturales agotados no reemplazables.
Cierto que ni la pequeña, ni la mediana, ni la mega-minería son malas en sí mismas. Porque todo depende del contexto, las condiciones, las garantías ambientales, las tecnologías y las compensaciones que se desplieguen en sus procesos de extracción y refinamiento; del destino de los recursos que puedan obtenerse en su comercialización y de la seguridad que se alcance en la preservación y regeneración de componentes vitales del ecosistema: fuentes de agua, especies vegetales, especies animales, biodiversidad…
La calidad del destino de los recursos tiene mucho que ver con si los grandes beneficios que fluyen de su venta sirven para nutrir el lucro privado de minorías opulentas o si se emplean en lograr bienestar colectivo y justicia social, y en promover una relación armónica entre los seres humanos y la madre tierra.
Minería y minería
La minería, incluida la mega-minería, subterránea o a cielo abierto, puede ser asumida de diferentes maneras y en condiciones políticas opuestas: una cosa es si se trata de un régimen transformador, avanzado, soberano, con políticas ambientalistas claras y con sentido de humanidad; y otra, si se trata de un régimen de derecha, insensible, neoliberal, dependiente de la burguesía transnacional.
No es igual si los movimientos sociales, comunitarios, ciudadanos, ejercen control sobre el Estado y participan en las decisiones, a si carecen de poder o si son marginados y reprimidos por el Estado.
Es diferente si el capital privado controla la explotación y la dirige en función de maximizar sus ganancias, a si la empresa en cuestión es de carácter y propiedad social y se guía por la defensa de los derechos de lo seres humanos como colectividad y de los derechos de la madre tierra como fuente de vida.
En el caso del Pueblo Viejo hay otros problemas complejos a resolver, porque ciertamente ya los sulfuros están a cielo abierto y los riesgos de provocar daños ambientales no solo están relacionados con la explotación a cargo de la Barrick, con el uso del cianuro o de cualquier otro método nocivo para la salud de la madre tierra y los seres humanos. La lluvia sobre los sulfuros genera ácidos que penetran al subsuelo, provocan daños irreparables a las fuentes de aguas y afectan los cultivos, la flora y la fauna en general.
En situaciones así, en condiciones de no extracción de ese recurso, habría entonces que buscar un medio de bloqueo de ese impacto negativo y en el caso de decidirnos por la explotación de los sulfuros para extraer oro, habría que hacerlo con garantías de no provocar consecuencia iguales o peores; habría que emplear tecnologías, métodos y procedimiento que garanticen el mínimo de impacto negativo y la generación de riquezas mayores y duraderas.
Por todas partes la situación política actual y el carácter del régimen imperante nos da que urge acelerar la marcha hacia un nuevo poder, hacia una institucionalidad democrática-participativa; hacia un Estado soberano… si no queremos que el capitalismo voraz, las corporaciones transnacionales y la partidocracia corrupta destruyan este país, su gente y su entorno.
La Barrick Gold pa/ fuera y con ella toda la mega-minería transnacional que atenta contra el patrimonio natural del país, que enferma y empobrece. Que envenenando y saqueando niega la vida, expolia y contamina la madre tierra. ¡Cese de la impunidad de gobernantes y empresas ecocidas! ¡Soberanía y desarrollo integral ambientalmente sostenible!
Opinión
El Consejo Nacional de la Magistratura y la partidocracia.
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11 horas agoon
julio 17, 2026Por José Cabral
Siempre he dicho y he reiterado, pero que no se trata de ningún descubrimiento, que el sistema está concebido para responder a los intereses de los partidos políticos.
Los diputados y senadores provienen de ese entorno, el presidente de la República y el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), en el que se escogen los jueces, explica el desempeño de cada uno de estos poderes públicos
La conformación del CNM implica que todo el sistema, incluido el de justicia, obedece a los intereses que se expresan en este órgano.
De manera, que, frente a la confrontación del derecho con la política, el primero siempre tiene todas las de ganar cualquier batalla, máxime cuando se trata de aquella que se desarrolla en el campo legal.
Todo este cuadro permite establecer que resulta prácticamente difícil, por no decir imposible, que el derecho pueda salir triunfante frente a la política.
Sin ninguna duda, que ahí descansa la gran debilidad del proceso de constitucionalización del derecho que se produce en el país a partir de la entrada en vigencia de la Constitución del 2010.
Es hermoso en los textos el proceso de constitucionalización, pero el mismo resulta decepcionante en la práctica y cuando se choca con la realidad.
Nadie, absolutamente nadie, puede negar que una herramienta vital para cualquier democracia es una buena administración de justicia, pero en una nación donde la partidocracia es la dueña del sistema esto se vuelve prácticamente difícil, por no decir imposible.
El problema descansa en un Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), cuyo órgano tiene la sagrada misión de escoger los jueces del sistema de justicia nacional, lo que quiere decir que cuando se presenta un conflicto entre el derecho y la política éstos se inclinen por emitir sentencias en favor de la partidocracia.
Los hechos hablan por sí solos y el que no lo crea que revise la mayoría de las decisiones que conllevan sentencias que impactan los intereses de los partidos para que se puedan valorar los resultados.
Sin no se cambia la conformación del CNM es muy difícil que el proceso de constitucionalización del derecho y que tiene como base el respeto de los derechos fundamentales pueda cristalizarse en una sociedad como la dominicana, donde la política está presente predominantemente en todos los escenarios.
De tal forma, que hablar de una buena administración de justicia al margen de los intereses de los partidos políticos, resulta una quimera y que sólo una persona muy ingenua lo puede creer.
Opinión
Cuando el poder desconoce la Constitución, debilita la República
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1 día agoon
julio 16, 2026Por Isaías Ramos
Ninguna democracia muere el día en que se rompe la Constitución. Muere mucho antes: cuando quienes juraron defenderla comienzan a tratarla como un obstáculo y la ciudadanía empieza a acostumbrarse a ese irrespeto.
La Constitución no fue escrita para adornar discursos ni para ser invocada cuando conviene al poder. Fue concebida para limitar a quienes gobiernan, proteger a los ciudadanos y garantizar que ningún funcionario, partido, mayoría congresual o presidente coloque su voluntad por encima de la soberanía popular.
Por eso preocupa el rumbo de diversas actuaciones del Congreso Nacional y del Poder Ejecutivo.
En los últimos años se han aprobado normas luego anuladas, corregidas o seriamente cuestionadas por su compatibilidad constitucional. La Ley de la Dirección Nacional de Inteligencia motivó la intervención del Tribunal Constitucional por objeciones relacionadas con derechos fundamentales. La Ley de Facturación Electrónica también requirió su actuación para corregir una disposición que afectaba la privacidad.
Más recientemente, el nuevo Código Penal ha dejado de ser únicamente una inquietud jurídica para provocar un rechazo creciente en amplios sectores de la sociedad. Juristas, periodistas, profesionales, organizaciones sociales y ciudadanos hemos advertido que varias disposiciones, por su amplitud, ambigüedad o desproporción, podrían amenazar la libertad de expresión, la denuncia pública, el ejercicio profesional y la protesta pacífica.
Cuando una legislación penal provoca temor entre quienes informan, denuncian o protestan, el problema deja de ser técnico: amenaza la convivencia democrática.
Pero el caso institucionalmente más delicado es la respuesta legislativa posterior a la sentencia TC/0788/24.
Las decisiones del Tribunal Constitucional son definitivas, irrevocables y vinculantes para todos los poderes públicos. Cuando una legislación posterior genera serios cuestionamientos sobre si respeta materialmente el criterio fijado por el máximo intérprete de la Constitución, no estamos ante un simple debate político. Está comprometida la supremacía constitucional, la seguridad jurídica y la confianza ciudadana.
La preocupación no gira solo alrededor de una sentencia ni de las candidaturas independientes. El problema es más profundo: ¿puede el poder político redefinir, limitar o neutralizar derechos protegidos por la Constitución?
La Constitución dominicana no creó una democracia para beneficio de los partidos. Creó un Estado social y democrático de derecho, fundado en la dignidad humana, la soberanía popular, el pluralismo político, la separación de poderes y la protección efectiva de los derechos fundamentales.
El derecho a expresarse no es una concesión del Gobierno.
El derecho a protestar pacíficamente no es un favor del Congreso.
El derecho a elegir y ser elegido no pertenece a los partidos.
Son derechos constitucionales que ningún poder temporal puede apropiarse, reducir ni administrar según su conveniencia.
No sabemos si quienes gobiernan desconocen el espíritu de la Constitución o si, conociéndolo, han decidido apartarse de él. Lo evidente es que demasiadas decisiones han obligado al Tribunal Constitucional y a la sociedad a recordar principios que debieron orientar desde el inicio a los poderes públicos.
No afirmamos que la República Dominicana sea hoy una dictadura. Pero sería irresponsable esperar a que el autoritarismo esté consumado para denunciar las decisiones que pueden abrirle camino.
Las democracias rara vez desaparecen de un día para otro. Se erosionan lentamente cuando se relativiza la supremacía constitucional, se reducen los espacios de participación, aumentan las facultades del poder sin controles suficientes y los derechos fundamentales dejan de orientar la legislación.
Está en juego la República que dejaremos a nuestros hijos: una nación donde la Constitución gobierne al poder o un país donde el poder acomode la Constitución a sus intereses.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo.
El pueblo dominicano ha demostrado paciencia, madurez y vocación democrática. Ha recurrido a los tribunales, promovido el debate público y utilizado los mecanismos institucionales reconocidos por la Constitución.
Pero la paz social no puede sostenerse indefinidamente si los reclamos constitucionales no encuentran respuesta. Cuando las instituciones dejan de escuchar, aumenta la presión social. Esa realidad no debe celebrarse ni provocarse; debe prevenirse mediante el diálogo, la rectificación y el respeto a la Constitución.
Este no es un llamado a la confrontación. Es un llamado a la rectificación.
El Congreso debe legislar dentro de los límites constitucionales. El Poder Ejecutivo debe ejercer sus facultades constitucionales con el mismo compromiso que juró al asumir el cargo. Y todos los poderes públicos deben recordar que las decisiones del Tribunal Constitucional no son recomendaciones: forman parte del orden que están obligados a respetar.
Cumplir la Constitución no debilita al Estado. Lo fortalece.
Respetar los derechos fundamentales no genera desorden. Construye paz.
Abrir la democracia no amenaza la República. La hace más legítima y fuerte.
Desde el Foro Cívico y Social lo afirmamos con claridad: la Constitución no pertenece al Congreso, al Poder Ejecutivo ni a los partidos políticos.
La Constitución pertenece al pueblo dominicano.
Defenderla por las vías pacíficas, democráticas y constitucionales no es un acto de oposición. Es el deber moral, cívico y patriótico de toda generación que aspire a entregar a sus hijos una República más libre, justa y fiel al Estado social y democrático de derecho.
Una nación puede sobrevivir a una mala ley y corregir una mala decisión. Lo que no puede permitirse es acostumbrarse a que el poder deje de obedecer la Constitución.
Por Oscar López Reyes
(A la 18:00 hora local del miércoles 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos terremotos: el primero en la escala 7.2 (duró un minuto) y 39 segundos después otro de magnitud 7.5 (se extendió por tres minutos), concentrados especialmente en la Guaira y Caracas, con un salto -hasta el 12 de julio de 2026- de más de 50 mil desaparecidos, según la ONU; cerca de 5 mil fallecidos, 20 mil heridos y 20 mil damnificados).
(I)
¡Oh, Venezuela!
Patria inmensa.
¡Caramba!,
Hermanos en Bolívar,
¡qué dolor soberbio!
que oprime las fibras de mi alma,
En tristeza de gritos que escapan
de escombros retorcidos
por furia de un suelo rebelde.
El telúrico conmueve en miradas
de arquitecturas sin piedras ni ventanas,
y melancolías de niños vagando en penumbras,
Sin padres ni estancias.
Y pone a temblar en rememoración de amor
su épica solidaridad y sacrificio de dignidad infinita
en épocas pretéritas, que configura
una vastedad de grandeza histórica
y el patriotismo compartido.
¡Oh, Venezuela, SOS!
(II)
Cuando no haya más lágrimas que derramar,
rebosantes las porcelanas de mortandad,
esa “Tierra de Venecia” y esa “Tierra de Gracia”
dejará de llorar y se levantará en cumbre de cerros,
contemplando
marchas fúnebres y entierros colectivos,
echando la vista a la resurrección de Cristo.
(III)
Heridos que sollozan en ruinas y hospitales,
sobrevivirán en sonidos de esperanza y el susurro
que late desde los vientos que soplan
de mares y montañas, para otro comienzo
de sonrisas en barcas de adversidad.
(IV)
Los fallecidos descansarán en púrpura palmera
y ecosistemas naturales con flores coloreadas
con toques de bellezas íntimas
que evocan la fragancia
en la eternidad de jardines
con pétalos de atardeceres versátiles.
(V)
Y los muchos desaparecidos fertilizarán
los predios erosionados,
para floración de hojas, frutos y plantas aromáticas,
que germinarán emergentes criaturas en vientres
de primaveras de Luna menguante
y otoños de Luna creciente.
(VI)
En su inocencia, niños huérfanos seguirán jugando
en noches tranquilas, abrazados de madres sustitutas
y nutrientes saludables,
que brotarán renovadas energías
en llanuras, bosques y lagos estrellados,
acariciados por paisajes de jazmines
y saltos que gimen en la nostalgia de edificios desplomados.
(VII)
Sumergidos en cenizas de techos agrietados
por terrestres sacudidas bruscas,
pequeños, adultos y veteranos
alzarán vuelos con recuperados bríos,
como aquel ave mítica y pájaro de fuego.
Tendrán casas alfombradas con claveles
y rosadas cestas colgantes,
en calles sin pedruscos y con Sol,
parques con glorietas y toboganes,
escuelas y parroquias para el cambio.
(y VIII)
En brisas de trompetas, hembras y varones
abatidos en estado emocional resurgirán
de pedazos de paredes rotas,
para reconstruir territorios asolados,
en el renacer de paz y progreso,
y entonces entonar, a viva voz: ¡felicidad, felicidad!
………………………….
El autor: Periodista, mercadólogo, catedrático, escritor y gremialista.

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