Por Elba García
Nadie pone en duda que la República Dominicana ha desarrollado una verdadera industria de la estafa en contra de los ciudadanos y toda la sociedad dominicana.
No hay un solo sector que no esté afectado negativamente por el método de medición científica como la encuesta, la cual sirve para decir verdades, pero también mentiras y manipular a la gente sobre la base de la proyección de una percepción falsa.
Esa industria de la estafa pasa por la política y los negocios, porque así como se inventan números para posicionar un aspirante o candidato, así también se falsifican documentos para vender como buena una economía en crisis.
De igual modo la estafa existe también en los embargos, la educación, la salud, y cualquier otro sector que se quiera escoger al azar, constituyéndose en un grave problema para el pueblo dominicano.
Un país no puede avanzar sobre la base de la estafa, de la mentira y de la manipulación de la verdad, porque en el tiempo no hay forma como mantenerlo y sustentarlo.
Pero la estafa es consustancial al país desde su nacimiento como República, porque los políticos asumieron, por ejemplo, un modelo de gobierno que no se correspondía con la sociedad dominicana, que es la llamada democracia representativa, la cual es propia de naciones altamente desarrolladas.
De manera, que el dominicano lleva en su ADN la estafa como parte de su diario vivir, por lo que no puede resultar extraño que la encuesta también sea un mecanismo para engañar y manipular a la gente con mentiras que dañan la sociedad.
La estafa siempre se va encontrar en los discursos de los políticos y en el mundo de los negocios como si se tratara de algo normal y lógico, por lo que las compañías que se dedican a hacer encuestas su principal característica es aprovechar esa herramienta de investigación científica para medir el termómetro político y electoral del país.
En la nación hay compañías encuestadoras que sus resultados están vendidos al mejor postor, lo cual las hace muy poco creíbles, pese a que siempre tienen un margen para engañar o estafar a la ciudadanía, aunque también las hay que respetan lo que hacen, ya sea porque no quieren arriesgar el prestigio logrado o sencillamente por el concepto con que se manejan las mismas.
En estos momentos se ha entrado en la época de mejor cosecha de las encuestadoras que son los procesos electorales y la República Dominicana se avoca a recibir una lluvia de encuestas que favorecen a uno u otro candidato, siempre con una evidente manipulación de las preguntas y los resultados que arrojan ese método de medición científica.
Sin embargo, la Junta Central Electoral ha elaborado un reglamento para regular las investigaciones electorales de las compañías encuestadoras, pero muy poco se conoce de las sanciones que podría recibir este tipo de empresa cuando se compruebe que incurren en estafas para engañar a la gente.
No es un asunto fácil de controlar cuando en una sociedad esa es una distorsión del diario vivir y que forma parte del ADN del dominicano, por lo que en el país la manipulación y la proyección de una mentira como verdad es parte de la cultura nacional.
Las compañías encuestadoras si son evaluadas a partir de esa cultura del estafa, entonces habría que concluir de que las mismas están en el contexto ideal de donde se hacen, porque los que las propician entienden que solo así les permite posicionarse en un nivel que nunca han tenido y que tal vez nunca tendrán, pero como está más que demostrado que la percepción es mucho más importante que la realidad, es entendible la no inclinación por la verdad y que la metodología científica de investigación no se corresponda con un país donde la mentira y la estafa arropa toda la vida nacional.