Opinión
La “nueva etapa”: cuando el problema no es el cambio, sino la falta de verdad
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9 meses agoon
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Isaías RamosPor Isaías Ramos
En la República Dominicana, cada vez que un gobierno anuncia una “nueva etapa”, muchos ciudadanos ya conocen el libreto: nuevos rostros, nuevas consignas y las mismas preguntas sin respuesta. No es escepticismo; es memoria política.
En una democracia madura, una nueva etapa se inaugura con rendición de cuentas: qué se hizo, qué no, y quién responde. Aquí suele operar como un punto y aparte artificial: pasar página sin leer el capítulo anterior. No se trata de reformar; se trata de olvidar.
También hemos alimentado una figura peligrosa: el presidente impoluto. No un administrador temporal del Estado, sino una autoridad moral casi infalible, a la que se le exigen pocas explicaciones y se le conceden lealtades máximas. Bajo ese mito, la crítica se interpreta como traición y el error como conspiración.
El resultado es previsible: los fracasos se diluyen en el contexto; la corrupción se reduce a “casos aislados”; el endeudamiento se vende como inevitabilidad técnica; y las políticas fallidas regresan con otro nombre. Todo cambia para que, en el fondo, nada esencial sea explicado.
Por eso la “nueva etapa” suele venir con cambios de gabinete, relanzamientos discursivos y una intensa producción de mensajes. Cuando el poder no quiere rendir cuentas, administra percepciones: sustituye la explicación por la narrativa, el balance por la consigna y la responsabilidad por el maquillaje.
El daño mayor no es la indignación ciudadana —esa moviliza— sino el nihilismo cívico. Si la gente siente que nunca sabrá qué ocurrió realmente, deja de exigir; no por satisfacción, sino por agotamiento. Se desconecta y evita la política como quien evita una conversación tóxica.
Y surge la pregunta incómoda: ¿en qué momento la resignación comenzó a parecer sensatez? ¿Cuánto de ese silencio ha sido también nuestra forma de adaptarnos al engaño?
Ese retiro abre el quiebre más peligroso. Cuando la ciudadanía abandona la arena pública, el espacio lo ocupan los extremos, los mesías y los justicieros que prometen “poner orden” sin reglas ni límites. El vacío moral no produce reformas; produce autoritarismos.
El problema de fondo es aún más incómodo. En las últimas tres décadas, el país no ha sido gobernado solo por buenos o malos gobiernos, sino por un sistema político que ha capturado progresivamente los principales poderes del Estado y los poderes fácticos que deberían equilibrarlo. Cuando esa captura se consolida, la alternancia deja de ser cambio y se vuelve rotación: se discuten estilos y rostros, pero no la arquitectura real del poder ni los incentivos que la sostienen.
Un sistema así no se sostiene únicamente por la voluntad de quienes gobiernan. Se sostiene por la normalización social de los abusos y por la fragmentación deliberada de la ciudadanía. Mientras esa realidad siga siendo tabú —mientras la verdad se negocie o se posponga— cualquier “relanzamiento” será cosmético.
No habrá liberación posible mientras esta verdad siga siendo esquivada. La primera condición del cambio no es la indignación, sino la conciencia colectiva de que el problema es estructural. La segunda es la unidad en torno a un proyecto de nación, no para conquistar el poder, sino para recuperarlo para la ciudadanía, conforme a la Constitución.
El Estado Social y Democrático de Derecho no es una consigna: es una promesa incumplida. Sus principios —legalidad, separación de poderes, dignidad humana y participación ciudadana— no pueden materializarse mientras el sistema se beneficie del cinismo, la fragmentación y la desesperanza organizada. El desafío, entonces, no es “cambiar de etapa”, sino romper el secuestro del Estado sin destruir la República.
Un país no se fortalece protegiendo al poder de las consecuencias, sino estableciendo reglas que lo obliguen a responder. Exigir cuentas no es desestabilizar; es estabilizar sobre bases legítimas. Sin rendición de cuentas, cualquier “nueva etapa” es maquillaje. Sin verdad, no hay confianza; y sin confianza, no hay ciudadanía activa.
Por eso la salida no comienza con líderes providenciales ni con estallidos emocionales, sino con conciencia cívica organizada. Antes de disputar el poder, una sociedad debe recuperar claridad sobre el país que quiere ser, y comprender de qué necesita liberarse y para qué.
El desafío de este momento no es creer en una “nueva etapa”, sino construir un proyecto de nación anterior y superior al régimen que hoy administra el poder: un proyecto anclado en la Constitución, en el Estado Social y Democrático de Derecho y en los valores que dieron origen a la República.
En esa dirección, el Foro y Frente Cívico y Social continuará trabajando con mayor firmeza y presencia en todo el territorio nacional para impulsar el despertar de la conciencia colectiva, promover el debate honesto y articular una ciudadanía que no renuncie a la verdad ni a su responsabilidad histórica. No para imponer una consigna, sino para elevar el estándar: exigir explicaciones, resultados y límites al poder como condición mínima de vida democrática.
La conciencia colectiva no es un estado de ánimo; es una responsabilidad histórica. Cada generación decide si hereda resignación o dignidad. Hoy, la nuestra está siendo observada. Sin conciencia compartida no habrá liberación posible. Con ella, el cambio deja de ser una consigna y comienza a convertirse en una posibilidad real.
Despierta RD!
Opinión
Un Estado puede ganar un enfrentamiento y, al mismo tiempo, estar perdiendo la batalla contra el crimen.
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6 días agoon
octubre 8, 2026Por Isaías Ramos
En las últimas semanas, decenas de personas han muerto durante actuaciones policiales calificadas como “intercambios de disparos”. El debate se ha concentrado, comprensiblemente, en determinar si esas actuaciones fueron legítimas, si hubo proporcionalidad en el uso de la fuerza y qué mecanismos pueden establecer con credibilidad lo ocurrido.
Son preguntas indispensables.
Pero hay otra que estamos formulando mucho menos:
¿Estamos desmontando el sistema que produce al delincuente o solamente neutralizando una de sus manifestaciones?
Esta controversia me recuerda una enseñanza que quedó especialmente presente en mí desde que tuve la oportunidad de participar en el Diplomado Internacional Transformación Social y Educativa, vinculado al pensamiento del filósofo francés Edgar Morin.
Morin advertía sobre la “inteligencia ciega”: aquella que fragmenta la realidad, separa sus componentes y termina confundiendo el conocimiento de una parte con la comprensión del todo.
La criminalidad castiga severamente ese pensamiento simplificador.
El hombre armado que aparece en una esquina es apenas la expresión visible de un sistema mucho más amplio. Detrás pueden coexistir tráfico de armas, narcotráfico, microtráfico, lavado de activos, corrupción, financiamiento ilegal, reincidencia, abandono escolar, exclusión social, debilidades penitenciarias y territorios donde las instituciones han perdido capacidad preventiva.
Reducir semejante entramado al último individuo de la cadena constituye un error estratégico.
Porque si hoy cae un delincuente y mañana otro ocupa exactamente su lugar, no hemos desmontado el crimen.
Solamente hemos reemplazado una pieza.
Y mientras celebramos que una pieza cayó, la maquinaria que la incorporó, la utilizó y puede sustituirla sigue funcionando intacta.
Durante aproximadamente tres décadas, distintos gobiernos han administrado una sociedad que ha experimentado crecimiento económico y avances sociales, pero donde persisten brechas educativas, sociales, territoriales e institucionales.
El problema no es solamente cuánto se ha invertido en cada área, sino cuánto hemos sido capaces de articularlas.
Educación, protección social, seguridad, justicia, sistema penitenciario y prevención continúan funcionando demasiadas veces como compartimentos separados.
Ahí reaparece la advertencia de Morin: conocemos las partes, financiamos las partes y administramos las partes, pero perdemos de vista las relaciones que producen el fenómeno completo.
Entonces surge una contradicción preocupante: toleramos durante años condiciones que favorecen exclusión, violencia, economías ilícitas y ausencia de oportunidades y, cuando algunas de sus consecuencias finalmente aparecen armadas en nuestras calles, pretendemos enfrentarlas principalmente mediante fuerza policial.
La seguridad comienza mucho antes de que un policía tenga que sacar su arma.
Existe, además, una diferencia fundamental entre letalidad operativa y eficacia estratégica.
Una intervención policial puede neutralizar una amenaza inmediata y ser tácticamente exitosa. Pero la eficacia estratégica exige una pregunta mucho más importante:
¿Qué poder criminal perdió la sociedad después del operativo?
Un presunto delincuente capturado con vida puede convertirse, dentro del debido proceso, en una fuente de inteligencia criminal: identificar quién suministra las armas, quién financia, quién distribuye, quién recibe el dinero, quién protege la estructura y quién dirige niveles superiores.
Por eso no basta preguntar quién cayó.
Debemos preguntar:
¿Qué estructura descubrimos?
¿Qué red desmantelamos?
¿Qué información obtuvimos para impedir al próximo?
Un Estado verdaderamente fuerte no es aquel que solamente puede enfrentar a un hombre armado.
Es aquel capaz de investigar, capturar, obtener información conforme a la ley, seguir el dinero, rastrear las armas, identificar conexiones, judicializar responsables y reducir efectivamente el poder de las organizaciones criminales.
Nada de esto significa negar a los agentes policiales su derecho a defenderse ante una agresión real.
Tampoco significa asumir que toda muerte ocurrida durante una intervención policial constituye automáticamente una ejecución.
Precisamente por eso, cuando una persona muere por actuación de agentes del Estado, debe existir un procedimiento independiente y creíble capaz de establecer qué ocurrió.
Eso protege al ciudadano.
Y también protege al policía que actuó legítimamente.
Pero una política moderna de seguridad debe avanzar más.
Necesitamos inteligencia criminal integrada, capaz de conectar armas, personas, territorios, comunicaciones y organizaciones.
Necesitamos persecución financiera y judicial, porque una estructura criminal pierde verdadero poder cuando pierde su dinero, sus armas, su protección y sus mandos.
Y necesitamos prevención focalizada allí donde las redes criminales encuentran las condiciones para reclutar o sustituir continuamente a sus integrantes.
Por eso tampoco deberíamos medir la seguridad únicamente por muertos, detenidos u operativos realizados.
Debemos medirla por redes criminales desarticuladas, armas rastreadas, dinero ilícito intervenido, mandos identificados, funcionarios corruptos sometidos, reincidencia reducida y territorios recuperados.
El verdadero dilema nunca debió ser seguridad contra derechos.
Esa falsa dicotomía es, en sí misma, otra expresión de inteligencia ciega.
La República Dominicana necesita autoridad.
Necesita una Policía capaz de enfrentar el crimen.
Necesita justicia capaz de investigar y sancionar.
Necesita inteligencia capaz de anticipar las redes.
Necesita prevención capaz de reducir el reclutamiento.
Pero, sobre todo, necesita un Estado capaz de comprender que todas esas piezas forman parte del mismo sistema.
Porque neutralizar al delincuente puede resolver la amenaza de hoy.
Desmantelar las redes que reclutan y sustituyen al próximo es comenzar a resolver el problema del país.
Los evangelizadores de la Inteligencia Artificial (IA) cabalgan sin pausas ni paradas, a toda mecha como un lince o un cohete, confiados en sus maravillosos proyectos de inversiones financieras. Y el ritmo rasguea en una constante que no presiente ni anticipa límites ni la potencial burbuja/fin de esta expansionista tecnología, la IA, otra estafa, otra doble estafa universal.Opinión
La Relación de la Corte Penal Internacional y los Estados
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6 días agoon
octubre 8, 2026Por Rommel Santos Diaz
El Estatuto de Roma estipula que la Corte Penal Internacional entrará en vigor el primer día del mes siguiente al sexagésimo día a partir de la fecha en que se deposite en poder del Secretario General de las Naciones Unidas el sexagésimo instrumento de ¨ratificación, aceptación, aprobación o adhesión¨.
La firma del Estatuto de Roma estuvo abierta hasta el 31 de diciembre del año 2000, tal y como lo estipula el referido Estatuto. Para que un Estado devenga parte , este deberá ratificar, aceptar, aprobar o adherirse al tratado.
El término ¨adhesion¨normalmente significa adherirse al Tratado una vez que este haya entrado en vigor, pero también podrá referirse a un proceso específico de un Estado.
Para el Estado que ratifique, acepte, o apruebe el Estatuto posteriormente al depósito del sexagésimo instrumento, la entrada en vigor del Estatuto para dicho Estado será el primer día del mes siguiente al sexagésimo día a partir de la fecha en que haya depositado su instrumento de ratificación, aceptación, aprobación o adhesión al Estatuto de Roma.
Según el Estatuto de Roma los Estados los Estados no podrán hacer reservas al Estatuto. Los Estados Partes deberán aceptar el Estatuto tal y como fue adoptado en la Conferencia de Roma.
No obstante, el Estatuto de Roma dispone que el Estado podrá declarar que ¨ durante un periodo de siete años contados a partir de la fecha en que el Estatuto entre en vigor a su respecto , no aceptará la competencia de la CPI sobre la categoría de crímenes a que se hace referencia en el artículo 8 cuando se denuncie la comisión de uno de esos crímenes por sus nacionales o en su territorio¨.
El objetivo de la disposición indicada anteriormente es brindar a los Estados Partes tiempo suficiente para capacitar a todo su personal militar sobre los requisitos del Estatuto con respecto a los crímenes de guerra, ya que algunas de las disposiciones del Estatuto de Roma podrían ser contrarias a las obligaciones nacionales existentes.
