Opinión
La oscuridad no es un accidente, es un negocio.
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4 meses agoon
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LA REDACCIÓNPor Isaias Ramos
Los apagones no son casualidad ni castigo divino. Son la prueba de un Estado capturado por intereses que convirtieron la electricidad en negocio de pocos y tormento de todos. Cada apagón desnuda la mentira de un sistema hecho para drenar recursos públicos y saquear la nación, beneficiando a unos pocos a costa de la miseria de millones de dominicanos.
Cuando se va la luz, no solo se apaga un bombillo: se apaga la tarea del niño, la nevera del colmado, la máquina del taller, el sueño de la enfermera que vuelve de madrugada. Esa oscuridad es la factura de un sistema que roba tiempo y futuro.
Por más de dos décadas se han malgastado más de 30 mil millones de dólares en “subsidios”. No es una cifra contable: es la condena de un pueblo a pagar por un modelo poco fiable, costoso e insostenible. Con la mitad de esos recursos —menos de 20 mil millones de dólares— se podría construir en el país un sistema de energía renovable de 20 mil megavatios, dejando hidroeléctricas y plantas fósiles solo como apoyo, mientras el sol y el viento —dones de Dios— impulsan nuestra economía.
Lo más impactante: con este modelo, la tarifa eléctrica se reduciría a la mitad de lo que paga hoy el pueblo, con un sistema confiable, competitivo y sostenible, ahorrando unos 3 mil millones de dólares al año en divisas. Con una tarifa así, empresas, agroindustrias, turismo y manufactura producirían con costos más bajos, ganarían mercados y exportarían más: más divisas, inversión y empleos. ¿Qué significa pagar la mitad? Que Doña María duerme con el abanico encendido, el colmado no pierde mercancía y las industrias trabajen sin parar. Media tarifa menos es media vida más.
Nuestra Constitución proclama un Estado Social y Democrático de Derecho. ¿Qué Estado de Derecho se respeta cuando la electricidad se niega como si fuera un lujo? Negar energía confiable es negar derechos: al estudio, al trabajo, a la salud, al descanso y al desarrollo y progreso de la nación. No es lujo. No es privilegio. Es un derecho.
Siempre las mismas excusas: que hace calor, que el sargazo, que la chichigua, que sin los privados no se puede. Mentira tras mentira. Los países serios planifican reservas, diversifican su matriz y blindan sus redes. Aquí, en cambio, sobran pretexto y falta luz.
Este caos no es casual: es la pieza central de un plan para desprestigiar la gestión pública, desvalorizar lo estatal y entregarlo a élites “a precio de chatarra”, incluso mediante “fideicomisos” que privatizan rentas y socializan riesgos. Eso tiene un nombre: atraco a la nación.
La inversión de capital hoy es pírrica y, cuando aparece, no busca el bienestar del pueblo: prepara el terreno para esas transferencias. No producimos combustibles fósiles. Nuestra riqueza no está bajo tierra; está en el cielo. Mucho sol y mucho viento. Pero seguimos amarrados a barcos de fuel, gas y carbón que hipotecan nuestro futuro.
El Frente Cívico y Social propone un giro radical y responsable: 10 mil MW eólicos en los sitios ya estudiados, 10 mil MW solares, e integración con hidroeléctricas y plantas fósiles como respaldo flexible. Con esta visión garantizamos 24/7 y soberanía energética, reducimos 50% la tarifa, ahorramos miles de millones y liberamos recursos para educación, salud y producción nacional.
Al bajar el costo de la energía, el tejido productivo eleva su productividad, mejora la balanza de pagos y convierte divisas gastadas en combustibles en divisas generadas por exportaciones. Esto puede lograrse en 4 a 6 años si gobiernan hombres y mujeres que van al poder a servir, no a saquear.
Sabemos que con esta partidocracia servil a intereses privados poco podremos lograr. Pero si el pueblo se empodera y, junto a candidaturas independientes comprometidas con el Estado Social y Democrático de Derecho, se levanta en unidad, liberaremos la patria de este Estado corporativo, clientelar y de privilegios.
En 2015, la Universidad Autónoma de Santo Domingo advirtió lo que hoy sufrimos: un sistema distorsionado, opaco y fragmentado que jamás daría luz confiable (Informe UASD, 2015). Fue un diagnóstico claro y una propuesta seria, cercana al interés nacional. Hoy el Frente Cívico y Social asume esa verdad y la convierte en compromiso: transformar la oscuridad en luz, el despilfarro en inversión y la miseria en dignidad.
Que no nos roben la noche. Que no nos roben el futuro. Que no nos roben la patria. Conquistar la luz es conquistar la patria, vencer las tinieblas y devolverle al pueblo lo que por derecho le pertenece: dignidad, justicia y esperanza. Apagones no; derechos sí. La energía no es lujo ni privilegio: es un derecho. ¡Despierta RD!
Autor: Presidente- fundador del Frente Cívico y Social (FCS) y de la Fundación Foro Cívico y Social (FFCyS) Santo Domingo D.N.
Opinión
La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)
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4 días agoon
enero 4, 2026Por Rommel Santos Diaz
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.
La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.
A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.
El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.
Finalmente, en la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una de ayuda y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.
rommelsantosdiaz@gmail.com
Por Nelson Encarnación
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.
Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.
Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.
Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.
Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.
Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.
En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.
Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.
En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.
Por Isaías Ramos
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.
Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.
No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.
La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.
La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.
Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.
Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.
Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.
La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.
Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.
Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.
Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.
¡Despierta RD!
