Por Elba García
En las próximas horas el país se prepara para que sus ciudadanos acudan a depositar su voto para la escogencia de sus autoridades locales, cuyas gestiones representan uno de los grandes fracasos de la llamada democracia representativa.
Los ayuntamientos, como más se les conoce a las administraciones municipales, no se sienten con la fuerza que tenían hace algunas décadas, fruto de que los cabildos son más que nada instrumentos de sustracción sin ninguna consecuencia de los fondos públicos.
La función de los gobiernos locales se circunscribe regularmente a la recogida de basura y a la reparación de algunos parques o plazas, así como a la construcción de canchas deportivas, entre otras obras de poca trascendencia.
Sin embargo, hay algunos municipios en los que los gobiernos locales se apoyan en la proyección de una percepción que no tiene nada que ver con la realidad, como el caso de Santiago, donde se hace pensar que es un ejemplo de gestión local.
En realidad, las autoridades locales, encabezadas por el alcalde Abel Martínez, han jugado muy bien para vender una eficiencia que nunca ha existido, la cual consiste en utilizar docenas de personas dotadas de escobillones en la limpieza de los desperdicios depositados en la vía pública, pero sin contar con instrumentos modernos para mantener el ornato de la ciudad.
Pero en la medida de lo posible este sistema de limpieza ha dado resultado en el casco urbano de Santiago, aunque no ocurre lo mismo en sus barrios periféricos, donde la recogida de basura se fundamenta en un procedimiento diferente.
De cualquiera manera, el munícipe está inmerso en estos momentos en la escogencia de sus nuevas autoridades municipales, cuyo entusiasmo del votante no parece ser un detalle a destacar.
En el caso de Santiago, la disputa por dirigir un ayuntamiento que su historia ha transcurrido en medios de grandes escándalos de corrupción y de un manejo inadecuado del ayuntamiento a través de la politiquería, se centraliza en Víctor Fadul, candidato de la oposición, y Ulises Rodríguez, un aspirante incoloro que su empuje proviene más del presidente Luis Abinader que de cualquier otro cosa.
Uno y otro representan opciones que no garantizan que Santiago vaya a superar los principales problemas que caracterizan al gobierno local, donde las “botellas” y el mal manejo de su presupuesto son los detalles más sobresalientes.
Uno y otro dicen tener todo el apoyo para salir triunfante en la contienda electoral del próximo 18 de febrero, cuya certeza de lo que dicen nadie la tiene, porque generalmente sus afirmaciones parten de encuestas montadas para favorecer al que mejor pague por ellas.
Lo que se puede ver en el proceso electoral es que la gente tiene muy poco entusiasmo con las elecciones municipales, ya que las mismas atraviesan por una profunda crisis de credibilidad mientras los años transcurren sin que se produzcan cambios significativos en lo que respecta a un manejo decente de los recursos que reciben los gobiernos municipales.
La verdad es que sería iluso esperar resultados diferentes de los gobiernos locales, dado que los mismos son dependientes de un gobierno central en el que la malversación de fondos públicos y la deficiencia son la norma, ya sea por un asunto ético o por razones de incapacidad.
De lo que todo el mundo puede estar seguro es de que en pocos días habrán nuevas autoridades municipales, pero en realidad muy pocas soluciones a sus problemas fundamentales, aunque la vida sigue su agitado curso.