Por Elba Rosa
La falta de responsabilidad, ética y hasta poco humana del personal de una serie de instituciones públicas y privadas se observa con contundencia cuando el ciudadano o cualquier persona tiene que acudir a buscar algún servicio importante, cuyo comportamiento de quien debe ofrecerlo deja mucho que desear e incluso generalmente no sabe sobre cuestiones elementales que se supone que debe manejar.
Este problema va desde las instituciones de intermediación financiera hasta los servicios públicos de salud y educación, donde el personal no entiende muy bien su responsabilidad y en consecuencia el mismo es pésimo o deficiente, lo cual genera serias molestias al usuario.
Pero donde esta conducta tiene un impacto mucho más severo es en el servicio de salud, donde la rutina del médico y del demás personal de los centros asistenciales se constituye en una amenaza en contra del paciente que procura dotarse de una atención que muchas veces les puede salvar la vida.
No hace mucho tiempo que igual como ocurre ahora en el hospital Materno-Infantil San Lorenzo de Los Mina, cientos de parturientas murieron en la Maternidad Nuestra de La Altagracia por causas que no tenían ninguna justificación, pero que el personal de ese centro asistencial atribuía los decesos a enfermedades que realmente no eran otra cosa que un descuido y un invento.
En ese momento la muerte de parturientas eran justificadas a través del llamado ataque clan, pese a que la realidad era que todo obedecía a un descuido de los anestesiólogos que cuando hacían su trabajo sin poner el cuidado que demanda tan delicada responsabilidad, prácticamente mataban a las parturientas por la distracción que les causaba hablar al propio tiempo de cumplir con su trabajo por sus dispositivos móviles.
En aquel momento, igual que ahora, el caso provocó el consecuente escándalo cuando se difundió por los medios de comunicación, pero sin que se resolviera la deficiencia el asunto pasó a un segundo plano y jamás se volvió a hablar del mismo.
El problema a este respecto está asociado a un proceso de que se ha llevado consigo la cultura del trabajo, la deshumanización y lo poco que importa la ética profesional en este caso de la medicina que hoy afecta a la República Dominicana, donde incluso hasta se ha caído en una labor tan rutinaria que hasta la muerte de los pacientes por descuido del personal de salud ha pasado a ser algo del día a día en todo el sistema sanitario nacional.
El escándalo del Hospital San Lorenzo de Los Minas hoy ocupa las primeras planas y toda la atención de los diarios nacionales, tanto impreso como digitales, así como de los canales de televisión y las emisoras de radio, pero el asunto también termina como todo lo anterior y sin que se produzca un régimen de consecuencias que no va más allá que la simple destitución de los responsables de la muerte de 34 niños en un solo mes.
Por el momento lo que se sabe es que el Gobierno sacó del puesto a los presuntos culpables de la irresponsabilidad y que por lo menos son investigados sobre los hechos, pero ello no representa una respuesta adecuada a lo que ocurre allí, porque ya se ha comprobado que en el fallecimiento de los neonatos hay mucha mentira, pero también mucha deficiencia, lo cual es transversal a todo el sistema sanitario nacional.
Este miércoles fue juramentado un nuevo director del Hospital Materno Infantil San Lorenzo de Los Mina, el doctor Armando Camejo, en sustitución del doctor Leonel Aquino, lo cual, aunque parece una medida positiva, en realidad se trata de buscar la fiebre en la sabana y no en el enfermo, aunque la medida no luce descabellada.
Asimismo, la doctora Ruth Encarnación fue designada como encargada del Departamento de Neonatología del referido central asistencial involucrado en la muerte de unos 34 niños en un espacio de tiempo que no supera los 28 días que tiene el mes de febrero.
El Servicio Nacional de Salud (SNS) ha dispuesto una investigación sobre lo ocurrido, pero lamentablemente ello no constituye la respuesta que la población necesita, dado que se trata de un mal que demanda que las autoridades nacionales formen de una forma diferente a los que van al sector publico a un ofrecer un servicio sin el más mínimo sentido de responsabilidad.
Ni siquiera se trata de que los nuevos designados sean o no especialistas en medicina infantil, como los son, sino que el Estado requiere asumir mayores compromisos con las necesidades de la gente, dígase, niños, ancianos y sociedad en general.