La Iglesia Católica, uno de los principales poderes fácticos de la República Dominicana y del mundo, ha puesto su mirada en el sermón de las siete palabras y otras eucaristías en el daño que causa la partidocracia a la vida institucional y moral de la nación.
Es como, sin nadie proponérselo, una especie de cruzada en contra del mal que causan los partidos políticos como si fueran instrumentos de Satanás para obstaculizar la vida en armonía y de relativa felicidad de los pueblos creyentes del mundo, pero muy especialmente de la República Dominicana.
En cada uno de los pronunciamientos y los mensajes de los miembros de la Iglesia Católica que tienen la responsabilidad de pronunciar una eucaristía, se ha hablado de la tragedia que vive el país con los altos niveles de corrupción que arropa todas las instancias del Estado.
Los mensajes al respecto han sido muy contundentes y penetrantes y ello constituye una especie de confrontación de un mal propiciado por los partidos políticos, que amenaza con arruinar la nación.
Lo preocupante del fenómeno es que nadie sabe ni siquiera cuándo las criticas en contra de la conducta de los partidos es sincera por parte de algunos sectores, porque hay en realidad algunas que provienen de gente que no es que rechazan de fondo el mal, sino que se sienten resentida por no ser parte del pastel, lo cual representa un problema peor.
Por esta razón, la República siempre ha sostenido que para cambiar ese drama creado por la partidocracia requiere de un accionar del Estado que implique restablecer valores, lo cual no se ve tan fácil en virtud de que el mismo es parte del control que ejerce el victimario, es decir, los propios partidos políticos.
Sin embargo, la sociedad civil y todos los sectores que sienten alguna preocupación por lo que ocurre, deben articular y ser parte de propuestas que logren imponerse y ser un foco de presión para que las diferentes instancias públicas asuman el asunto con una mayor responsabilidad.
De manera, que el hecho de que la Iglesia Católica, y que ojalá la acompañen las demás congregaciones religiosas, procure un cambio constituye un gran dique de contención a los que han preferido el valor de la mercancía llamada dinero en vez de los valores morales, cívicos y democráticos que deben normar la sociedad.
Por esta y por muchas más razones tiene un gran valor que las campanas de las iglesias suenen y que concomitantemente se escuche la voz de sus obispos abogar por una sociedad con referentes diferentes y más ajustados a lo que debe ser un buen legado.
Evidentemente que el asunto no se ha asumido con la seriedad que requiere y tal vez ver con indiferencia el problema podría representar la peor de las desgracias nacionales por sólo hablar de la República Dominicana.
Las alarmas deben encenderse porque el mal creado por la partidocracia parece invencible, indetenible, porque aun aquellos que no son responsables del mismo, muchas veces, dejan la impresión de que se han sumado a éste.
Generalmente, el fenómeno confunde a cualquiera y hay personas que terminan con la pregunta de si ellas están locas o es el mundo que camina en una dirección contraria a la lógica y las buenas costumbres.
Lo cierto es que frente al crecimiento de lo mal hecho, surge una voz que tiene la fuerza social suficiente para pedir un basta ya y el hecho de que se haga en plena Semana Mayor los efectos parecen ser multiplicadores.
Ojalá que la cruzada iniciada durante la Semana Santa perdure por todo el año y que su impacto cambie por lo menos en algo la debacle que luce que podría bañar a la República Dominicana como resultado de la insensatez, la individualidad y antivalores como la codicia y la avaricia, entre otros fenómenos que niegan la esencia humana de la vida.