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LA TRANSITORIEDAD DE LA VIDA: EL SER HUMANO PASA, PERO SU LEGADO PUEDE PERMANECER

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La gran paradoja de la existencia humana consiste en nacer, crecer, luchar y de esa manera se construye y se acumulan experiencias, se persiguen sueños, se alcanzan metas y, muchas veces, se dedica gran parte de la vida a la existencia para conquistar riquezas, posiciones de poder y reconocimiento social.

Sin embargo, en medio de esa carrera por alcanzar lo que considera el éxito, suele olvidar una verdad universal e inevitable: su paso por la vida es transitorio.

Nadie llega a este mundo para quedarse eternamente, no importa cuánto dinero acumule, cuántas propiedades adquiera, qué posición ocupe en la sociedad o cuánto poder ejerza sobre los demás, porque Llegará un momento en que todo aquello que parecía indispensable perderá su importancia frente a la realidad de la finitud humana.

Los cargos terminan, las fortunas cambian de manos, las generaciones se suceden y hasta los nombres que parecían destinados a permanecer para siempre pueden desaparecer de la memoria colectiva, cuya realidad plantea una de las interrogantes más profundas de la filosofía:

De manera, que, si nuestra permanencia en el mundo es limitada, ¿cuál debería ser el verdadero propósito de nuestra existencia?, pero sobre todo habría que preguntarse ¿qué estamos haciendo para que nuestra presencia tenga algún significado cuando ya no estemos?

La filosofía enseña desde la antigüedad, la naturaleza cambiante de la existencia y la relación del ser humano con el tiempo.

El pensamiento asociado al filósofo griego Heráclito presenta la realidad como un proceso de transformación constante, ya que nada permanece exactamente igual, porque tanto el mundo como nuestra propia existencia se encuentran sometidos al cambio.

El niño de ayer se convierte en el adulto de hoy y, posteriormente, en el anciano que observa cómo las nuevas generaciones ocupan los espacios que alguna vez le pertenecieron.

La juventud desaparece, las fuerzas disminuyen, las circunstancias se transforman y las prioridades cambian.

Por su parte, la tradición estoica, representada por pensadores como Marco Aurelio y Séneca, invitaba a reconocer la brevedad de la vida y la importancia de utilizar racionalmente el tiempo disponible.

Siglos después, el filósofo Martin Heidegger analizó la conciencia de la propia mortalidad como una dimensión fundamental de la existencia auténtica.

 Reconocer que nuestras posibilidades son limitadas puede llevarnos a asumir mayor responsabilidad sobre nuestras decisiones.

Estas reflexiones permiten comprender que la muerte no constituye únicamente el final biológico de la existencia, sino que también representa un recordatorio permanente de que cada oportunidad desaprovechada, cada injusticia cometida y cada gesto de solidaridad que dejamos de realizar forman parte de un tiempo que no podemos recuperar.

Por eso, comprender la transitoriedad de la vida no debería conducirnos al pesimismo, sino a una valoración más profunda de nuestra responsabilidad individual y colectiva.

Un dilema estriba en la ilusión de la riqueza y la fragilidad del poder y uno de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas consiste en confundir el éxito material con la trascendencia humana.

Vivimos en un mundo donde frecuentemente se mide el valor de las personas por el dinero que poseen, los títulos que ostentan, las propiedades que acumulan o la influencia que ejercen.

Pero existe una diferencia fundamental entre tener mucho y representar algo valioso para la sociedad.

Una persona puede construir un imperio económico y, sin embargo, dejar tras su muerte un historial de egoísmo, explotación o indiferencia frente al sufrimiento ajeno.

Del mismo modo, alguien que nunca ocupó una posición privilegiada puede transformar profundamente la vida de otras personas mediante la educación, la honestidad, el sacrificio y la solidaridad.

La riqueza, por sí sola, no constituye un legado moral y de igual modo el poder tampoco garantiza reconocimiento histórico positivo.

Quienes ejercen autoridad sobre otros deberían comprender que los cargos son pasajeros y que las decisiones tomadas durante su desempeño pueden producir consecuencias mucho después de haber abandonado sus funciones.

De ahí que el verdadero valor del liderazgo no debería medirse exclusivamente por las obras materiales, los discursos pronunciados o los beneficios obtenidos, sino también por la justicia, la dignidad humana y el bienestar que sus actuaciones contribuyan a preservar.

Porque ejercer poder durante algunos años no equivale necesariamente a dejar una huella constructiva en la historia.

El legado no es más que aquello que permanece después de nuestra partida y cuando hablamos de esto, generalmente pensamos en herencias, propiedades, empresas o patrimonios familiares.

Sin embargo, el legado humano posee una dimensión mucho más amplia, dado que una herencia material puede dividirse, consumirse, perderse o desaparecer.

En cambio, una enseñanza puede atravesar generaciones y un principio moral transmitido con el ejemplo puede orientar decisiones mucho después de la muerte de quien lo enseñó.

Una obra educativa puede transformar la vida de aquellos que jamás conocieron personalmente a su fundador y una acción de justicia puede contribuir a cambiar las condiciones de existencia de comunidades enteras.

La filósofa Hannah Arendt, en su reflexión sobre la acción humana y la memoria, destacó cómo las palabras y los hechos pueden sobrevivir a sus protagonistas cuando son conservados mediante los relatos y la memoria colectiva.

Esto nos permite distinguir entre dos formas de permanecer en la historia, ser recordado por el nombre o por algo más profundo, que consiste en continuar influyendo positivamente en la vida de los demás, incluso cuando nuestro nombre haya sido olvidado.

Pensemos en una maestra que dedica décadas a formar generaciones de estudiantes, quien tal vez nunca aparezca en un libro de historia, pero sus enseñanzas pueden multiplicarse a través de médicos, abogados, científicos, trabajadores, padres y madres que, a su vez, transmitirán conocimientos y valores.

De igual modo pensemos también en una madre o un padre que educa a sus hijos en la honestidad, la responsabilidad y el respeto, cuyo legado no estará determinado únicamente por los bienes que consiga dejarles, sino por las herramientas morales e intelectuales que les permita desarrollar.

El legado más importante no siempre es aquello que dejamos a nuestros descendientes, sino aquello que sembramos en su conciencia.

Existe una dimensión de la existencia humana que frecuentemente olvidamos: nuestras decisiones no afectan únicamente a quienes comparten nuestro tiempo, sino también a las generaciones que todavía no han nacido.

Cuando una sociedad destruye sus recursos naturales, debilita sus instituciones, normaliza la corrupción o descuida la educación, no solamente perjudica a la generación presente, sino que también compromete las oportunidades de quienes vendrán después.

Por el contrario, cuando fortalece la justicia, protege el medioambiente, promueve el conocimiento y construye instituciones confiables, está creando condiciones para que otras generaciones puedan desarrollar sus proyectos de vida.

Desde esta perspectiva, la transitoriedad humana encierra una obligación ética y aunque nuestra permanencia individual sea limitada, las consecuencias de nuestras actuaciones pueden extenderse mucho más allá de nuestra existencia.

Esto significa que no somos propietarios absolutos del futuro, sino también  responsables  de una parte de las condiciones en que ese futuro será recibido por otros.

Cada generación encuentra un mundo que no construyó completamente, pero que tiene la responsabilidad de administrar, transformar y transmitir.

De ahí surge una pregunta de enorme trascendencia: ¿Estamos entregando a nuestros hijos y nietos una sociedad mejor, o estamos trasladándoles las consecuencias de nuestra irresponsabilidad?

Esta reflexión adquiere especial importancia cuando observamos la realidad de la sociedad dominicana donde existe la gran  necesidad de construir un legado colectivo

Nuestro país cuenta con hombres y mujeres que, desde diferentes espacios, realizan esfuerzos importantes para educar, producir, servir y contribuir al desarrollo nacional.

Sin embargo, también enfrentamos desafíos relacionados con la desigualdad de oportunidades, la debilidad institucional, la calidad de los servicios públicos y las dificultades para consolidar una cultura de responsabilidad colectiva.

Estas circunstancias nos obligan a examinar qué clase de legado estamos construyendo como sociedad.

¿Qué estamos enseñando a las nuevas generaciones cuando una persona considera que el éxito consiste exclusivamente en enriquecerse, sin importar los medios utilizados?

¿Qué ejemplo transmitimos cuando alguien utiliza una posición de autoridad para obtener beneficios particulares?

¿Qué futuro estamos preparando cuando la educación, la honestidad y el compromiso ciudadano dejan de ocupar un lugar central en nuestras aspiraciones colectivas?

La construcción de un país no es responsabilidad exclusiva de sus gobernantes, sino que también requiere la participación de empresarios, profesionales, educadores, comunicadores, trabajadores, familias y ciudadanos.

Cada sector tiene la oportunidad de aportar a una herencia colectiva de mayor dignidad.

El empresario puede dejar un legado mediante el trabajo decente y la responsabilidad social.

El profesional del derecho puede contribuir a fortalecer la justicia y el respeto por las garantías fundamentales.

El comunicador puede promover el pensamiento crítico, la verdad y el debate responsable.

El educador puede formar ciudadanos capaces de comprender sus derechos y asumir sus deberes.

Y cualquier persona, independientemente de su condición económica, puede dejar una huella mediante la honestidad, la compasión y el respeto a los demás.

Ninguna existencia debería considerarse insignificante por carecer de fama, poder o fortuna.

La capacidad de contribuir al bienestar de otros no pertenece exclusivamente a las élites.

La contradicción de vivir para uno mismo y sin sentido crea una de las paradojas más profundas de la condición humana y es que muchas personas pasan toda su vida preparándose para disfrutar un futuro que nunca llega.

Trabajan sin descanso, postergan sus afectos, sacrifican su tranquilidad y convierten la acumulación material en el centro de su existencia.

Cuando finalmente consideran que poseen lo suficiente, descubren que el tiempo, la salud o determinadas oportunidades ya no son los mismos.

Esto no significa que el trabajo, la prosperidad o la búsqueda del bienestar económico carezcan de importancia.

Significa que ninguno de esos objetivos debería desplazar completamente los vínculos humanos, la dignidad personal y la responsabilidad con los demás.

Una existencia significativa no exige renunciar al éxito, lo que sí exige es preguntarnos para qué queremos alcanzarlo.

¿Buscamos prosperar únicamente para demostrar superioridad?

¿O deseamos construir condiciones que permitan vivir mejor a nuestras familias y contribuir al desarrollo de nuestra comunidad?

La diferencia entre ambas aspiraciones puede determinar la naturaleza del legado que dejaremos.

Porque mientras el egoísmo concentra sus esfuerzos en la satisfacción individual, la solidaridad reconoce que nuestras vidas se encuentran vinculadas a las de otras personas.

Y cuando comprendemos esa interdependencia, comenzamos a descubrir que el verdadero sentido de trascender no necesariamente consiste en ser admirados, sino en haber sido útiles.

La muerte hay que verla como límite y la vida como oportunidad, pese a que  hablar de esto   suele provocar incomodidad.

En muchas sociedades se evita reflexionar sobre ella, como si ignorarla pudiera modificar su inevitabilidad.

Sin embargo, reconocer nuestra condición mortal puede ayudarnos a reorganizar nuestras prioridades.

Nos recuerda que el tiempo dedicado al odio, la envidia, la soberbia y los conflictos innecesarios también forma parte de nuestra limitada existencia.

Nos invita a valorar los afectos, reparar errores, reconocer a quienes nos han ayudado y aprovechar las oportunidades de hacer el bien.

Pero también exige una reflexión importante: nadie puede garantizar que será recordado ni controlar completamente la interpretación que las futuras generaciones harán de sus actuaciones.

El legado no se decreta, sino que se construye a través de conductas cuya importancia será valorada por otras personas y, muchas veces, por circunstancias históricas que no podemos prever.

Por eso, vivir exclusivamente para alcanzar reconocimiento después de la muerte puede convertirse en otra forma de vanidad.

Tal vez el propósito más razonable no sea obsesionarnos con la inmortalidad del recuerdo, sino actuar correctamente durante el tiempo que efectivamente tenemos.

La trascendencia puede surgir como consecuencia de una vida dedicada a principios valiosos, sin necesidad de convertirla en una competencia por la fama.

Al final de nuestra vida, el verdadero patrimonio de una existencia es el buen legado, porque  muchas de las cosas por las que luchamos cambiarán de dueño.

Las casas serán habitadas por otras personas.

Las empresas tendrán nuevas administraciones.

Los cargos serán ocupados por nuevos funcionarios.

Y los espacios que hoy consideramos nuestros continuarán formando parte de un mundo que seguirá funcionando sin nuestra presencia.

Pero a partir de las siguientes premisasL:

La gratitud de quienes recibieron nuestra ayuda.

La formación de quienes aprendieron gracias a nuestro esfuerzo.

La fortaleza moral de una familia educada con principios.

Las oportunidades creadas para personas que antes carecían de ellas.

La justicia alcanzada para alguien que necesitaba ser escuchado.

Y las iniciativas que, aun sin llevar nuestro nombre, continúen beneficiando a la sociedad.

Ese es el patrimonio invisible de una existencia comprometida con la dignidad humana.

Un patrimonio que no puede medirse exclusivamente en dinero, propiedades o reconocimientos públicos.

Y que, precisamente por su naturaleza intangible, puede multiplicarse de maneras que nunca llegaremos a conocer.

Entonces, la vida humana es transitoria, pero esa transitoriedad no la convierte en algo carente de significado.

Por el contrario, su duración limitada debería impulsarnos a vivir con mayor conciencia, responsabilidad y sensibilidad.

Ningún ser humano dispone de tiempo ilimitado para corregir sus errores, cumplir sus compromisos o realizar los aportes que considera importantes.

Por eso, el momento de construir un legado no comienza cuando alcanzamos la vejez ni cuando sentimos cercana nuestra partida.

Comienza ahora.

En la manera en que educamos a nuestros hijos.

En la honestidad con que ejercemos nuestras profesiones.

En el respeto que mostramos hacia las personas.

En las decisiones que adoptamos cuando tenemos poder.

Y en nuestra disposición a contribuir a una sociedad más justa, solidaria y humana.

La historia demuestra que la permanencia física no es necesaria para que las ideas, las enseñanzas y las buenas acciones continúen produciendo consecuencias.

Pero también nos advierte que las acciones destructivas pueden dejar heridas que sobreviven a quienes las provocaron.

De ahí que todos, de una manera u otra, dejemos consecuencias de nuestro paso por el mundo.

La verdadera responsabilidad consiste en procurar que esas consecuencias contribuyan al bienestar de quienes nos rodean y de quienes todavía están por nacer.

Porque al final, la pregunta fundamental no será cuánto acumulamos, cuánto poder ejercimos ni cuántas personas conocieron nuestro nombre.

La pregunta verdaderamente trascendente será: ¿qué hicimos con el tiempo que nos fue concedido y qué mundo ayudamos a construir para quienes vendrán después?

La vida pasa.

El poder termina.

La riqueza cambia de manos.

Las generaciones se suceden.

Pero una enseñanza, un acto de justicia, una obra de solidaridad o una vida dedicada al bien común pueden continuar dando frutos cuando quien sembró ya no está.

Y quizás allí se encuentre una de las expresiones más profundas del sentido de la existencia humana:

Comprender que no vinimos al mundo para permanecer eternamente en él, sino para procurar que, cuando nos corresponda partir, algo haya quedado mejor gracias a nuestra presencia.

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El triunfo de Lula en Brasil es el inicio del fin de la influencia de Trump y el control de la ultraderecha en Latinoamérica.

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La reelección del mandatario brasileño representa un revés para el bolsonarismo y plantea interrogantes sobre el futuro de los gobiernos aliados de Washington, mientras crece el descontento social frente a las dificultades económicas, la inseguridad y las expectativas incumplidas.

 

La victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil constituye mucho más que la continuidad de un proyecto político de izquierda en la principal economía de América Latina, cuyo triunfo representa un acontecimiento de profundas repercusiones geopolíticas, particularmente para el presidente estadounidense Donald Trump, cuya estrategia regional ha encontrado importantes aliados entre los sectores conservadores y de derecha del continente.

Lula consiguió imponerse en la segunda vuelta presidencial celebrada el 25 de octubre de 2026 frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, protagonizando una remontada electoral después de haber quedado en segundo lugar durante la primera votación, cuya victoria fue proyectada por Datafolha y confirmada por los reportes posteriores sobre el escrutinio.

Sin embargo, reducir este resultado a una confrontación entre izquierda y derecha sería desconocer las transformaciones políticas y sociales que experimenta América Latina, dado que lo ocurrido en Brasil también refleja las dificultades que enfrentan los proyectos políticos sustentados en liderazgos personalistas, discursos confrontativos y alianzas internacionales que no siempre responden a las expectativas de bienestar de sus propias poblaciones.

La derrota del candidato de Donald Trump en Brasil representa un revés para él e incluso por la estrecha relación entre el mandatario de la primera potencia del mundo y Jair Bolsonaro, además de que el expresidente brasileño en uno de los principales referentes latinoamericanos del movimiento conservador internacional.

Ambos dirigentes desarrollaron una afinidad política caracterizada por el nacionalismo, la confrontación con sectores progresistas, el cuestionamiento de determinadas instituciones y un discurso centrado en la seguridad, los valores tradicionales y la defensa de sus respectivas bases electorales, lo que llevó a Donald Trump durante los últimos anos a defender públicamente a Bolsonaro frente a distintos procesos judiciales y controversias políticas, lo que se vio como una injerencia en los asuntos internos de la nación más poderosa de Latinoamérica.

Incluso, una investigación de Reuters publicada el 24 de octubre reveló que funcionarios estadounidenses promovieron medidas de presión contra Brasil que, según fuentes consultadas, buscaban favorecer políticamente al entorno bolsonarista.

En ese contexto, la derrota de Flávio Bolsonaro constituye un golpe simbólico para la estrategia de expansión de la influencia trumpista en América Latina, aunque ello no significa que el presidente estadounidense haya perdido automáticamente su capacidad de influencia regional, pero sí demuestra que su cercanía con determinados candidatos no garantiza victorias electorales.

El resultado también confirma que la política brasileña posee dinámicas propias y que los ciudadanos no necesariamente trasladan sus simpatías hacia Estados Unidos al momento de decidir quién debe gobernar su país, lo cual sirve de espejo a otras democracias latinoamericanas.

Uno de los elementos que otorgan mayor relevancia al triunfo de Lula es el momento político que atraviesan varios países latinoamericanos, cuyos gobiernos mantienen afinidades ideológicas o relaciones cercanas con la administración estadounidense.

Argentina, Chile y Ecuador presentan escenarios distintos, pero comparten una preocupación: la distancia entre las expectativas creadas durante las campañas electorales y los resultados que una parte considerable de la ciudadanía percibe en su vida cotidiana.

En Argentina, Javier Milei llegó al poder prometiendo una transformación radical del modelo económico y del funcionamiento del Estado, cuya cercanía política con Donald Trump ha sido uno de los rasgos más visibles de su proyección internacional.

No obstante, las tensiones sociales derivadas de sus políticas económicas y el malestar de determinados sectores han afectado su valoración ciudadana por lo que su popularidad ha bajado de forma impresionante.

En Chile, José Antonio Kast enfrenta el desafío de convertir su discurso de orden, seguridad y cambio político en resultados capaces de sostener su legitimidad social, pese a que el principal cuestionamiento en estos momentos es la liberación y reducción de penas a violadores sexuales de niños.

Mientras tanto, en Ecuador, Daniel Noboa debe responder a las preocupaciones ciudadanas relacionadas con la violencia, la seguridad pública y la situación económica, lo que parece llevarlo a iniciar algún tipo de persecución política a través del derecho penal de los opositores que lo enfrentan.

La encuesta regional de CB Global Data correspondiente a octubre de 2026, difundida por la agencia EFE, permite dimensionar estas dificultades, ya que en la misma Javier Miley de Argentina tiene una imagen positiva que llega al 36,1 por ciento, mientras que la negativa alcanza el 59,0 por ciento.

Por su parte, José Antonio Kast de Chile tiene una imagen positiva de un 38,8 por ciento y negativa de un 56,8 por ciento y Daniel Noboa del Ecuador tiene un 47,5 por ciento de imagen negativa y un 46,9 por ciento negativa.

Estos indicadores evidencian dificultades importantes para determinados gobiernos, lo cual podría implicar que todos los mandatarios latinoamericanos de su línea están amenazados de sufrir una derrota en una próxima contienda electoral, sumándose al fenómeno la posibilidad de que Donald Trump pierde el control de la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos.

Aunque parece que tuvo algún peso la injerencia de Trump en Brasil para que Lula ganara la reelección, pero también obedece a la forma del ciudadano brasileña ver la política interna independientemente de lo que ocurre en otras partes del mundo.

Lo significativo es que una alianza internacional poderosa puede fortalecer la proyección diplomática de un gobernante, pero no sustituye su obligación de ofrecer resultados concretos a la ciudadanía.

Otro aspecto fundamental para interpretar la victoria de Lula es el sentimiento de soberanía nacional que históricamente ha acompañado a sectores importantes de la sociedad brasileña.

Brasil no es solamente el país más extenso y poblado de América del Sur. También es una potencia económica con una tradición diplomática que procura mantener márgenes de autonomía frente a las grandes potencias.

Su participación en los BRICS y sus relaciones comerciales con China, Estados Unidos, Europa y otras economías reflejan una estrategia internacional que trasciende las afinidades personales entre mandatarios.

Para determinados sectores políticos brasileños, la posibilidad de que el país adoptara una posición excesivamente alineada con Trump representaba un riesgo para esa autonomía.

Lula logró presentar su candidatura como una alternativa frente al retorno del bolsonarismo y como una defensa de la capacidad de Brasil para decidir sus políticas sin subordinación a intereses extranjeros.

También intervinieron las políticas sociales, la experiencia acumulada del mandatario, las alianzas electorales, la movilización de sus seguidores y las preocupaciones de una población profundamente dividida.

 Lo que sí puede sostenerse es que la derrota del candidato bolsonarista debilita una de las principales plataformas políticas desde las cuales Washington podía ampliar su afinidad ideológica en la región.

El escenario latinoamericano demuestra que las sociedades no mantienen una fidelidad permanente hacia un determinado proyecto ideológico, ya que durante las últimas décadas, distintos países han experimentado alternancias entre gobiernos progresistas, conservadores, liberales y de orientación populista.

Estos cambios responden, en buena medida, al desgaste de los gobernantes y a la frustración de una ciudadanía que reclama mejores condiciones de vida.

Los electores pueden respaldar propuestas radicales cuando consideran que los partidos tradicionales han fracasado, pero ese apoyo puede debilitarse cuando las promesas de transformación no se traducen en soluciones.

En ese sentido, el triunfo de Lula plantea una advertencia a la derecha latinoamericana: ganar unas elecciones mediante un discurso de ruptura no garantiza conservar el respaldo popular, aunque el mismo también representa una advertencia para la izquierda, en el sentido del que lo haga mal será expulsado del poder.

El mandatario brasileño enfrentó una elección extraordinariamente competitiva, lo que demuestra que su experiencia y liderazgo histórico tampoco lo eximen de responder a las demandas de seguridad, empleo, estabilidad económica y transparencia.

La lección política es más amplia: ninguna corriente ideológica tiene asegurado el respaldo ciudadano, lo que ha sido evidenciado con lo reñida de las elecciones en Brasil

Donald Trump continúa siendo una figura influyente entre numerosos dirigentes conservadores latinoamericanos, pero sin lugar a dudas que su liderazgo ha recibido un fuerte revés en los países latinoamericanos, lo cual podría profundizarse si es desplazado del control del Senado y la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

Su posición al frente de Estados Unidos le proporciona instrumentos diplomáticos, comerciales y estratégicos que ningún otro gobernante del continente posee en la misma dimensión, pero parece que su política de injerencia y confrontación tienen un límite.

La victoria brasileña demuestra que la influencia internacional no equivale a control electoral y que un proyecto político puede no imponerse a una alternativa no cercana al trumpismo, incluso en medio de una región marcada por el avance de diversas expresiones de derecha.

También evidencia las limitaciones de interpretar las elecciones latinoamericanas exclusivamente como una extensión de las disputas políticas estadounidenses, ya que los ciudadanos votan fundamentalmente condicionados por sus propias realidades nacionales.

En Argentina pesan las expectativas económicas. En Ecuador, la inseguridad. En Chile, las demandas de orden y bienestar. En Brasil, estos factores se combinaron con una disputa sobre el rumbo democrático, institucional e internacional del país.

Para Trump, la derrota del bolsonarismo representa un revés político importante, lo que podría implicar el comienzo de un retroceso generalizado de sus aliados regionales.

Esa posibilidad dependerá de la evolución económica, social e institucional de cada nación, sobre todo que Brasil es una especie de equilibrio político continental, dado que la permanencia de Lula al frente de esta nación fortifica los espacios regionales y multilaterales.

Su gobierno ha defendido una política exterior con mayores márgenes de independencia, la cooperación entre países del sur global, el fortalecimiento del multilateralismo y la búsqueda de soluciones negociadas a los conflictos internacionales.

La continuidad de ese liderazgo permitirá mantener una voz latinoamericana con capacidad para discrepar de Washington en asuntos comerciales, ambientales y diplomáticos.

No obstante, Lula tendrá que gobernar una sociedad polarizada y negociar con fuerzas políticas que no necesariamente comparten sus prioridades.

Su reelección no elimina la fortaleza electoral del conservadurismo brasileño ni garantiza el predominio regional de la izquierda, ahora lo que sí establece es un contrapeso significativo frente a las aspiraciones de expansión política del trumpismo.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva trasciende el resultado de unas elecciones presidenciales, porque representa un golpe para el bolsonarismo, un revés para las aspiraciones regionales de Donald Trump y una demostración de que los procesos democráticos latinoamericanos conservan dinámicas que no pueden determinarse desde el exterior.

En momentos en que varios gobiernos enfrentan importantes niveles de rechazo ciudadano, Brasil recuerda que el verdadero poder político no reside exclusivamente en las alianzas internacionales, en la popularidad de un líder extranjero ni en la capacidad de movilizar emociones durante una campaña.

Reside, fundamentalmente, en la confianza de los ciudadanos y en la capacidad de transformar las promesas electorales en resultados.

La gran enseñanza del triunfo de Lula es que ningún liderazgo internacional puede sustituir la voluntad soberana de los pueblos. Y ningún gobierno, sea de derecha o de izquierda, puede conservar indefinidamente el apoyo ciudadano si deja de responder a sus necesidades.

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EL DOLO EVENTUAL, FIGURA QUE PODRÍA CAMBIAR LA SEGURIDAD DE LOS EDIFICIOS EN EL PAIS.

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Por Elba Garcia
La tragedia del Jet Set podría convertirse en un punto de referencia para la manera en que la justicia dominicana examine las muertes ocasionadas por el desplome de edificaciones cuyos peligros eran conocidos y no fueron corregidos, lo que ahora es un caso que tiene repercusión jurídica, económica, empresarial y social, sobre todo con la nueva calificación penal de homicidio voluntario sustentado en el dolo eventual, frente a la situación de numerosas edificaciones dominicanas que podrían presentar deterioro estructural, modificaciones no supervisadas o ausencia de mantenimiento adecuado.
La decisión judicial de variar la calificación penal de homicidio involuntario a voluntario mediante la figura del dolo eventual plantea interrogantes que trascienden el proceso contra los propietarios de la discoteca.
¿Qué ocurrirá con los edificios deteriorados que reciben diariamente a cientos de personas? ¿Podrían enfrentar acusaciones de homicidio voluntario sus propietarios si conocen los riesgos y deciden ignorarlos? ¿Está preparado el Estado dominicano para prevenir nuevas tragedias?
La madrugada del 8 de abril de 2025, el desplome del techo de la discoteca Jet Set, en Santo Domingo, provocó una de las mayores tragedias ocurridas en un centro de entretenimiento dominicano.
Doscientas treinta y seis personas perdieron la vida y más de ciento ochenta resultaron heridas, tragedia que dejó familias destruidas, innumerables interrogantes sobre la seguridad de las edificaciones y un proceso judicial que ahora entra en una etapa decisiva.
El 16 de octubre de 2026, el juez Franni González modificó la calificación jurídica de los hechos atribuidos a los hermanos Antonio y Maribel Espaillat, acusación que venía siendo examinada como homicidio involuntario y que ahora pasó a una calificación de homicidio voluntario sustentada en el dolo eventual.
Se trata de una decisión procesal que modifica la gravedad de la acusación y obliga a que el juicio se conozca nuevamente ante un tribunal colegiado, pero, más allá de las consecuencias para los imputados, surge una cuestión de interés nacional: ¿Qué ocurriría si otras edificaciones utilizadas por miles de dominicanos se encontraran en situaciones semejantes?
La figura del dolo eventual se presenta como una opción que podría implicar que sean muchas las demandas que se interpondrían sobre esta base en el país a partir de que son centenares los edificios que en la actualidad tienen en su techo una sobrecarga a sabiendas sus propietarios de que ello representa una amenaza para la vida de los que en ellos residen o trabajan.
El dolo eventual en el derecho penal se presenta cuando una persona crea la posibilidad de provocar un resultado delictivo y, aun así, acepta ese riesgo al continuar con su conducta, aunque necesariamente esto no signifique que alguien desee directamente la muerte de otra persona, como lo ocurrido en la discoteca Jet Set hace ya algún tiempo.
La diferencia está en el conocimiento del peligro y en la aceptación de la posibilidad de que el resultado ocurra, pese a que haya habido advertencias técnicas serias de que el techo de un establecimiento presenta peligro de colapso como pasa en una gran cantidad de edificios del país, los cuales están llenos de objetos de alto peso, como plantas eléctricas y tinacos.
La responsabilidad del o los propietarios se produce porque a pesar de conocer los riesgos de que el techo colapse, mantiene funcionando el negocio, no pone de su parte para que no se produzca una desgracia y permite en algunos casos concentraciones multitudinarias, lo que se constituye en una negligencia que implica una violación civil y penal.
En todo caso si se produce un desplome mortal, el tribunal tendría que determinar si existió una negligencia grave o si los hechos permiten demostrar conocimiento y aceptación del resultado posible, porque no toda advertencia ignorada demuestra automáticamente dolo eventual, ya que para tales fines se exigen pruebas concretas sobre lo que sabía cada imputado y cómo se comportó frente al peligro.
La nueva calificación del caso Jet Set supone una advertencia para propietarios, administradores y responsables de establecimientos que operan en inmuebles con riesgos conocidos, ya que los responsables de edificaciones destinadas a espectáculos, actividades comerciales, viviendas, servicios educativos, atención sanitaria o de reuniones multitudinarias podrían tener mayores motivos para revisar sus condiciones estructurales.
Centros comerciales, restaurantes, discotecas, hoteles, colegios, hospitales, instalaciones deportivas y edificios residenciales forman parte del universo de inmuebles cuyo mantenimiento resulta fundamental para proteger vidas, lo cual no significa que todos sean inseguros y que estén en riesgo de desplomarse.
Sin embargo, esto quiere decir que cualquier deterioro importante debe ser evaluado técnicamente y corregido oportunamente, cuya responsabilidad por el deterioro de un techo no sólo recae sobre los propietarios privados, sino también del Estado, el cual debe velar porque tragedias por esa causa no se produzcan.
La República Dominicana dispone de disposiciones sobre diseño, construcción, supervisión e inspección de edificaciones, entre las que figuran el Reglamento R-001 para el Análisis y Diseño Sísmico de Estructuras y el Reglamento R-004 para la Supervisión e Inspección de Obras.
El Ministerio de Vivienda y Edificaciones ha informado sobre actuaciones destinadas a fortalecer sus inspecciones y en agosto del 2025, por ejemplo, anunció ajustes a sus tasas de servicios para ampliar la capacidad de fiscalización y supervisión, pero la gran interrogante es si los mecanismos existentes resultan suficientes para identificar riesgos en inmuebles antiguos o transformados después de la construcción.
Porque una cosa es verificar los planos de una obra nueva y otra muy distinta determinar el estado real de una estructura que lleva décadas soportando cargas, humedad, corrosión o modificaciones, lo que podría tener repercusiones económicas y empresariales.
Por esta razón, la necesidad de inspeccionar estructuras, reforzar techos, corregir instalaciones y documentar las intervenciones tendría consecuencias sobre los costos de operación, especialmente para empresas que funcionan en edificios antiguos o que han experimentado cambios de uso.
No obstante, las medidas preventivas pueden evitar pérdidas humanas, cierres inesperados, litigios, indemnizaciones y daños patrimoniales, dado que la seguridad estructural debe ser entendida como parte del costo responsable de cualquier actividad económica y no como un gasto opcional.
En el dolo eventual entra en el debate la presunción de inocencia, cuyo cambio de calificación también enfrenta importantes desafíos jurídicos, pero que de cualquier modo los abogados defensores de los hermanos Espaillat, que es el caso que ha puesto sobre el tapete la referida figura jurídica, cuestionan la aplicación de la misma sobre la base de que no se ha demostrado la aceptación consciente de un desenlace mortal.
Por tanto, el proceso obliga, a diferenciar la indignación social de la valoración jurídica de las pruebas y la gravedad de la tragedia del caso de la especie, y a presentar los elementos necesarios para demostrar la comisión del delito.
De cualquier modo, corresponde al tribunal colegiado garantizar el derecho de defensa, valorar las pruebas y establecer si procede o no una condena, pero lo que sí puede seguramente derivarse de la variación de la calificación es que los propietarios de edificios y de unidades exclusivas de los condominios, cuya responsabilidad del cuido del techo es de todos, es a tomar las medidas pertinentes, sobre todo donde se concentran grandes cantidades de personas, a los fines de evitar una tragedia parecida.
Desde cualquier perspectiva que sea vea, la decisión del tribunal al cambiar la calificación del caso a dolo eventual podría generar un proceso preventivo que permitiría identificar inmuebles que requieran mantenimiento, reforzamiento estructural, limitaciones de ocupación o, en situaciones extremas, clausura temporal.
De manera, que las investigaciones que se derivan de cualquier investigación en esta materia debería dar prioridad a edificios con modificaciones estructurales, filtraciones persistentes, corrosión, deformaciones visibles o antecedentes de advertencias técnicas.
De igual modo, también deberían establecerse responsabilidades diferenciadas entre propietarios, administradores, profesionales contratados y organismos fiscalizadores, según sus competencias y actuaciones concretas.
Puede decirse que como la decisión judicial del caso Jet Set no ha establecido todavía la culpabilidad de los acusados, pero que sí coloca sobre la mesa una pregunta que el país no debería ignorar, ¿Cuántas tragedias podrían evitarse si las advertencias técnicas fueran tomadas en serio antes de que aparezcan las víctimas?
Sin embargo, el verdadero alcance de este proceso no dependerá solamente de la futura sentencia, sino también de la capacidad de la sociedad y el Estado dominicanos para transformar una experiencia dolorosa en una política permanente de prevención.
Porque la seguridad de una edificación no debería descubrirse en un expediente judicial, después de su desplome, sino que debería garantizarse mucho antes de que sus puertas abran al público, así sea en un complejo comercial o de viviendas.

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El narcotráfico, el lavado de activos, la economia subterranea y su impacto en la sociedad en R.D.

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La economía subterránea vinculada al narcotráfico representa una amenaza para la estabilidad económica, la competencia empresarial y la institucionalidad de la República Dominicana, debido a que la circulación de capitales ilícitos puede distorsionar los mercados y producir una apariencia de prosperidad que no necesariamente se corresponde con el desarrollo nacional.

Por Elba García

Mientras la República Dominicana exhibe crecimiento en sectores como el turismo, la construcción, el comercio y los servicios, existe otra realidad menos visible: la circulación de dinero procedente de actividades ilegales, especialmente del narcotráfico, que plantea una interrogante de enorme trascendencia.

¿Hasta qué punto los recursos económicos provenientes del crimen organizado están penetrando la economía dominicana y alterando las condiciones normales de inversión, competencia y desarrollo?

La preocupación no se limita al tráfico de drogas, sino también al destino de las ganancias que genera esta actividad y a los mecanismos utilizados para introducirlas en el sistema económico nacional.

Para comprender este fenómeno resulta necesario distinguir entre la economía informal, que puede desarrollar actividades lícitas sin cumplir determinadas obligaciones; la economía ilegal, que obtiene ingresos mediante delitos; y el lavado de activos, que procura ocultar el origen ilícito de los recursos.

Esta diferenciación es importante porque no toda inversión millonaria constituye lavado de activos ni toda actividad informal está relacionada con el narcotráfico.

Sin embargo, cuando el dinero criminal logra incorporarse a negocios aparentemente legítimos, sus consecuencias pueden alcanzar a toda la economía.

La ubicación geográfica de la República Dominicana, próxima a importantes rutas comerciales internacionales, representa una ventaja para el turismo y el intercambio de mercancías, pero también constituye un desafío frente a las organizaciones dedicadas al tráfico internacional de drogas.

Durante décadas, organismos internacionales han identificado al país como territorio de tránsito de sustancias ilícitas procedentes de Sudamérica hacia Estados Unidos y Europa.

Las estadísticas oficiales permiten apreciar la dimensión de esta problemática.

Durante el año 2025, las autoridades dominicanas decomisaron 31.3 toneladas de distintas drogas en territorio nacional, cifra que ascendió a 48.3 toneladas al incluir operaciones realizadas mediante cooperación internacional, según informaciones de la Dirección Nacional de Control de Drogas.

Aunque estos resultados reflejan importantes operaciones de interdicción, no permiten establecer cuánto dinero procedente del narcotráfico permanece o circula dentro de la economía dominicana.

En consecuencia, la interrogante fundamental no es solamente cuánta droga atraviesa el territorio nacional, sino qué proporción de los beneficios económicos de esas operaciones logra incorporarse al mercado interno.

El narcotráfico no termina con la comercialización de sustancias prohibidas, porque las organizaciones criminales necesitan mecanismos para disponer de los recursos obtenidos y aparentar que proceden de actividades legales.

Entre los sectores considerados vulnerables al lavado de activos figuran el mercado inmobiliario, la construcción, la compraventa de vehículos, determinados establecimientos comerciales y los juegos de azar.

Esto no significa que esas actividades estén dominadas por el narcotráfico, sino que presentan características que pueden ser aprovechadas para ocultar operaciones financieras ilegales.

Una empresa que utiliza recursos ilícitos podría vender productos por debajo de sus costos, soportar pérdidas prolongadas o realizar inversiones sin depender exclusivamente de la rentabilidad comercial.

En cambio, el empresario que trabaja dentro de la legalidad necesita recuperar su inversión, pagar salarios, impuestos, electricidad, alquileres, seguridad social y demás gastos operativos.

Es precisamente aquí donde el dinero del narcotráfico puede convertirse en un instrumento de competencia desleal, capaz de desplazar negocios legítimos y alterar las reglas del mercado.

Este fenómeno adquiere especial importancia en el sector inmobiliario.

La adquisición de terrenos, apartamentos, edificios y proyectos de construcción mediante capitales ilícitos puede contribuir al incremento artificial de precios y generar presiones especulativas en determinadas zonas.

Las consecuencias recaen sobre las familias que aspiran a adquirir una vivienda y sobre los inversionistas que dependen de financiamiento legítimo.

Sin embargo, no sería correcto atribuir automáticamente el encarecimiento de los inmuebles al narcotráfico, porque también intervienen factores como los materiales de construcción, las tasas de interés, la demanda habitacional y el valor del suelo.

El problema consiste en determinar qué parte de determinadas operaciones inmobiliarias podría estar vinculada con recursos de procedencia ilegal.

¿Puede el narcotráfico influir en la economía nacional?

La respuesta es afirmativa en términos de riesgo y mecanismos económicos, aunque no existe una estimación pública verificable que permita precisar la magnitud de esa influencia en la República Dominicana.

Una economía caracterizada por importantes movimientos de divisas, inversiones, operaciones comerciales y transferencias internacionales necesita mecanismos eficaces para distinguir los recursos legítimos de aquellos provenientes de actividades criminales.

Según el Banco Central, durante los primeros nueve meses de 2026 las remesas familiares alcanzaron los 9,489.8 millones de dólares, un incremento de 6.5 % respecto al mismo período del año anterior.

Estos recursos constituyen ingresos legítimos que contribuyen al consumo y a la disponibilidad de divisas.

No obstante, el desafío consiste en impedir que las organizaciones criminales utilicen operaciones comerciales y financieras para encubrir movimientos de capitales ilícitos.

Tampoco existen datos suficientes para afirmar que el narcotráfico determina la estabilidad cambiaria dominicana o representa un porcentaje específico del producto interno bruto.

Lo que sí puede establecerse es que la penetración de recursos ilegales genera riesgos para la transparencia financiera, la competencia empresarial y la confianza en las instituciones.

Corrupción y debilitamiento institucional

Las consecuencias del narcotráfico trascienden la circulación de dinero.

Las organizaciones criminales pueden intentar establecer vínculos con funcionarios, autoridades y estructuras de poder para proteger sus operaciones, reducir los riesgos de persecución y facilitar el movimiento de sus recursos.

Cuando estas prácticas ocurren, el problema deja de ser exclusivamente económico y se convierte también en una amenaza para la institucionalidad democrática y la seguridad jurídica.

La corrupción vinculada al crimen organizado puede debilitar los mecanismos de control, perjudicar la confianza de los inversionistas y favorecer la impunidad.

A esto se suman los recursos que el Estado debe destinar a combatir el tráfico de drogas, investigar delitos financieros, fortalecer la seguridad ciudadana y procesar judicialmente a los responsables.

Por consiguiente, aunque el dinero ilícito pueda generar movimientos comerciales y financiar determinadas inversiones, eso no significa que produzca desarrollo económico sostenible.

El crecimiento verdadero necesita productividad, empleos legítimos, competencia transparente, seguridad jurídica y confianza institucional.

La responsabilidad del Estado dominicano

La República Dominicana dispone de instrumentos legales para enfrentar estas actividades, entre ellos la Ley 155-17 sobre Lavado de Activos y Financiamiento del Terrorismo.

Sin embargo, el combate al narcotráfico no puede limitarse a la incautación de cargamentos de drogas.

También resulta imprescindible investigar el destino de sus ganancias, identificar a los beneficiarios reales de operaciones empresariales, perseguir los patrimonios de origen criminal y fortalecer la supervisión de los sectores vulnerables.

La Unidad de Análisis Financiero y las demás instituciones competentes desempeñan un papel fundamental en la identificación y análisis de operaciones sospechosas.

Pero la efectividad de la política estatal debe medirse también por las investigaciones financieras, las condenas judiciales y la recuperación de los bienes vinculados con actividades ilícitas.

El mayor peligro para la economía dominicana no consiste únicamente en la cantidad de dinero que pueda producir el narcotráfico, sino en la capacidad de ese capital para adquirir apariencia de legalidad, alterar la competencia económica y penetrar las estructuras institucionales.

Una nación puede exhibir edificios modernos, inversiones millonarias, establecimientos comerciales y grandes movimientos financieros sin que todas esas manifestaciones representen necesariamente riqueza generada mediante actividades productivas legítimas.

De ahí que la República Dominicana enfrente un desafío que va mucho más allá de capturar narcotraficantes y decomisar sustancias prohibidas.

Se trata de impedir que el dinero procedente del crimen organizado termine convirtiéndose en un componente de la actividad económica formal y comprometa las posibilidades de desarrollo nacional.

Porque el progreso de un país no debe medirse solamente por la cantidad de dinero que circula en su economía, sino también por la legalidad de su procedencia, la transparencia de las inversiones y los beneficios que produce para la sociedad.

Y ante esta realidad surge una interrogante que las autoridades y la sociedad dominicana no deberían ignorar: ¿hasta qué punto estamos construyendo una economía sustentada en la producción y el trabajo legítimo, y cuánto espacio podría estar ocupando un capital subterráneo cuyo origen y verdadera dimensión todavía desconocemos?

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