Por Elba García
El mundo está sólo a horas de que pase a la historia el año 2023 y que entre el 2024 en medio de grandes frustraciones con el sistema democrático representativo.
Los próximos doce meses lucen que será una repetición de muchas promesas de cambios que no pasan de ser un discurso hueco y sin ninguna base de sustentación
El problema va desde el primer, segundo y tercer mundo, cuyos escenarios han permitido el surgimiento de modalidades diferentes de demagogias y promesas incumplidas, ya que los resultados hablan por sí solos.
En el contexto del primer mundo existe el fenómeno Donald Trump, un político con un discurso enemigo de la institucionalidad y en favor de los actos que riñen con la ley.
El caso Trump es un buen ejemplo de que las conductas que se contraponen con lo que se considera un buen ciudadano parece ser cosa del pasado, porque mientras más ilícito se le atribuyen a este político atípico más apoyo popular y electoral recibe.
En las actuales circunstancias son pocos los que ponen en duda que Trump no vuelva a la presidencia de los Estados Unidos a pesar de todos expedientes delincuenciales que pesan en su contra.
Es una batalla de la que dice ser la democracia más fuerte del mundo y que busca tornarse como ejemplo en todos los demás países.
Pero ese cuadro también se presenta en las naciones latinoamericanas, donde hace décadas que sus Estados amagan con disminuir las injusticias y la desigualdad social, pero que los avances al respecto son prácticamente nulos.
En lo que respecta a la República Dominicana, su gente no sale de la preocupación por el manejo dado por parte de los actores de la vida político-partidista, donde hay mucho de lo mismo con escasas propuestas de verdaderos cambios sociales y económicas porque la agenda 1-A es acumular fortunas con el propósito de la perpetuación de la partidocracia que no ofrece ningúna garantia a los dominicanos.
El país se mueve en medio de un círculo vicioso que consiste en unos partidos sin un plan nacional de desarrollo, sin un proyecto de nación.
Cualquiera de los partidos representa lo mismo que los demás y ante esa realidad es muy poco lo que se puede esperar del año que en horas hace su entrada.
Son organizaciones con gente formada para desarrollar proyectos personales e individuales y podría decirse enemigos de aquellos que son vistos desde una perspectiva colectiva, lo cual no augura nada nuevo y fructífero
De manera, que el 2024 proyecta ser otro año más de mucha demagogia y manipulación del votante mediante un discurso moralista desde la oposición, pero corrupto y corruptor desde el Gobierno
En fin, los dominicanos no pueden crearse muchas expectativas con los partidos que controlan el escenario electoral, porque la deficiencia de Estado como resultado de la visión y conducta politica no parece llevar al país por el mejor de los derroteros.
Pero de cualqier modo se acerca la llegada de un nuevo año, el 2024, lleno de desesperanza y sin cambios reales en educación, salud y en una nueva visión para reconstruir un país que vive más de la percepción que de la realidad