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Análisis Noticiosos

Lo que nunca se ha hecho

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Necesitamos un gobernante que siembre en el alma de la sociedad

Expertos en publicidad consideraron muy largo el eslogan de Danilo Medina en la campaña electoral de “continuar lo que está bien, corregir lo que está mal y hacer lo que nunca se ha hecho”. El tercer objetivo es el que se ha pegado de forma contundente y perseguirá al gobernante a lo largo de su período de gestión, porque cada día es mayor el reclamo para que haga “lo que nunca se ha hecho”.

Sabemos lo difícil que resultan los cambios en nuestro país, donde se aprueban reformas al por mayor, con una Constitución y leyes redundantes fruto de múltiples concertaciones y pactos, pero que no se logra darle vigencia en gran medida. La circulación vehicular en calles y carreteras es un buen espejo donde se refleja nuestra terrible anomia social.

Danilo Medina proclamó esta semana que no quiere gente pobre viviendo en jaula de oro, ratificando el planteamiento de su discurso de juramentación donde     prometió implementar políticas para la promoción de los seres humanos, con modestia, sin sueños de grandeza. Creo que son muchas las ciudadanas y ciudadanos que quieren aferrarse a la idea de que Danilo puede hacer lo que nunca se ha hecho, es decir gobernar para la gente, no para la autoglorificación en cemento.

Este país ha tenido grandes constructores desde Ovando a Trujillo, Balaguer y Leonel, y en verdad puede exhibir una gran urbanización y está sobre el promedio latinoamericano en infraestructuras como puentes y carreteras y ya tiene casi dos líneas de un tren subterráneo. Santo Domingo y Santiago son ciudades modernas por sus edificaciones, e infraestructura vial, de parques y monumentos.

Pero Dominicana sigue siendo una sociedad atrasada con rasgos caóticos, incapacitada para competir en la postmodernidad globalizada, con 41 por ciento en la pobreza e indigencia y otra proporción similar en la cuasi-pobreza al tener ingresos por debajo de los 20 mil pesos mensuales. La falta de oportunidades empujó a millón y medio de los dominicanos y dominicanas a buscársela por el mundo. Con la agravante de que se marcharon muchos de los que tenían más firme decisión de progresar. Por eso tantos son emprendedores exitosos en una veintena de países.

Porque nos concentramos demasiado en la modernidad material, es que quedamos tan atrasados en capacidades, en educación fundamental y para la innovación y la productividad. Por eso los graves déficits competitivos, en comercio exterior,  y liderazgos en malversación, corrupción, falta de transparencia, pobreza educativa, en mortalidad materno-infantil, en embarazos de adolescentes y hasta en la persistencia de nuestros beisbolistas en pretender burlar las normas de competencia.  Necesitamos un gobernante que no reproduzca el interés de perpetuarse en  monumentos de piedras, que siembre en el alma de la sociedad y de la ciudadanía, aunque los frutos no sean de visibilidad inmediata para reproducirse por múltiples períodos en el poder, como todos los sembradores de cemento.

El desafío es muy grande porque es posible que quien haga lo que nunca se ha hecho hasta sea en principio subestimado, y a lo mejor ni siquiera pueda volver, pero la historia lo reivindicará. Claro que la ausencia de megas-obras puede y debe compensarse invirtiendo en millares de escuelas y centros de salud, en decenas de miles de viviendas para pobres en vez de apartamentos de lujo, atendiendo los innumerables reclamos de las pequeñas y medianas comunidades.

La mejoría en educación, la austeridad, la reducción de la malversación y la corrupción, permitirá a la vez elevar los salarios de maestros y policías, médicos y enfermeras, lo que redundará en mayor seguridad y calidad de vida.

Danilo encuentra un amarre constitucional, institucional y partidario que le impedirá aspirar a una reelección. Si parte de esa realidad y hace lo que nunca se ha hecho, trascenderá y podrá regresar en unos años. Será intrascendente si en circunstancias fiscales y económicas tan adversas intenta reproducir lo que siempre se ha hecho.

Artículo publicado originalmente en el periódico HOY

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Análisis Noticiosos

La Pérdida de la Cultura del Trabajo

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Por José Cabral

Un fenómeno muy preocupante que se produce en la República Dominicana tiene que ver con la pérdida de la cultura del trabajo.

Aparentemente hay un relativo cumplimiento con las obligaciones laborales cuando se trata de una empresa con altos niveles de organización y supervisión.

La pérdida de la cultura del trabajo puede ser demoledora para la micro, pequeña y mediana empresa, en las que no hay forma de que se respete el contrato laboral entre empleados y empleadores.

La desaparición de la cultura del trabajo en el país representa una crisis muy profunda debido a la precariedad laboral, la informalidad y la pérdida de incentivos para el esfuerzo formal.

La pérdida de la cultura del trabajo está asociada a una serie de factores como los bajos salarios y que un empleo no garantiza la salida de la pobreza, según los estudios económicos al respecto.

Sin embargo, la razón principal, siempre de acuerdo a lo que puedo observar, obedece a la crisis de valores que impacta a la sociedad dominicana.

Hay una tendencia muy acentuada a no cumplir con la responsabilidad asumida, es decir, que se observa una negación de la gente a asumir sus obligaciones.

Inclinarse por la vida fácil es una percepción ciudadana que tiene que ver con la crisis de valores que procura la búsqueda de ingresos sin hacer ningún esfuerzo, cuyo ejemplo más contundente es la famosa “botella” a nivel estatal, la cual es estimulada por el clientelismo que promueven los partidos políticos.

Lo otro que explica el fenómeno es que la gente ha aprendido a reclamar sus derechos sin cumplir con sus deberes.

Es una percepción generalizada, la cual va de lo pequeño a lo grande y lo contrario, pero no parece que haya una respuesta a la vista por tratarse de una realidad en la que el Estado no hace ningún esfuerzo planificado para combatirla.

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Análisis Noticiosos

La burocracia vuelve a representar la comedia triste de la entrega.

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Por Nelson Valdez
Asistimos, con el alma acongojada pero erguida en el patriotismo más puro, al espectáculo de unos ministros que celebran como proeza histórica el servilismo diplomático.
Han acudido presurosos a firmar el despojo de la entraña nacional, ofreciendo en bandeja de plata las riquezas del subsuelo patrio a la insaciable voracidad del coloso del norte.
Aquellos minerales que la Providencia depositó en la tierra dominicana para sustentar el porvenir de la República son hoy entregados con pasmosa ligereza, a cambio del aplauso efímero de una legación extranjera.
Nos dicen, con el descaro propio de la retórica oficialista, que este marco de cooperación protegerá nuestros «intereses nacionales». ¡Qué colosal impostura! La historia enseña con claridad meridiana que los imperios no reconocen socios, sino vasallos.
Mientras la diplomacia norteamericana asegura su hegemonía tecnológica y la seguridad de sus cadenas de suministro sin arriesgar un solo ápice de su suelo, la patria de Duarte y Luperón aporta la materia prima, asume las heridas ambientales y se conforma con el papel humillante de proveedora subordinada.
Se firma a espaldas de la soberanía popular un pacto que hipoteca el patrimonio de las futuras generaciones bajo la excusa de alineamientos geopolíticos que en nada benefician al campesino ni al obrero dominicano.
El suelo que pisamos no es una simple mercancía en la mesa de negociación de los poderosos. Las tierras raras del sur no pertenecen a una administración ni a una casta de diplomáticos encumbrados; pertenecen a la historia, al honor y al destino de la nación dominicana.
Ceder la llave de nuestras riquezas estratégicas a una potencia imperial bajo la vestidura de un «acuerdo de confianza» no es diplomacia activa: es una capitulación moral, un acto de indignidad que profana la memoria de los libertadores y reduce la soberanía nacional a una simple nota al pie en la agenda de Washington.

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Análisis Noticiosos

El orgullo de ser dominicano bien valorado, da seguridad y confianza.

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Por José Cabral

Hace ya muchos años fuí testigo de varios anécdotas que deben servir para algo a cualquier persona, no importa de que país sea.

En un lugar en Nueva York llamado Merchant, donde se vende vinos y cigarros y se toca Jaz, compartía con unos amigos, entre ellos había varias muchachas colombianas y una de ellas me pregunta que si soy dominicano y le responde que sí.

Y de inmediato me narra que su hermana más joven, quien se encontraba también en el lugar, tenía un noviazgo con un joven dominicano, pero que esa relación le había traído muchos problemas a la familia, porque su papá entendía que la misma no debía existir.

Me decía la joven que su papá siempre decía que lo menos que él debía hacer era estrangular a su hija por mantener una relación que podía terminar en procreación con una persona de una baja procedencia.

Pero la historia se repite unos años después en la calle 50 y la quinta avenida de la ciudad de Nueva York cuando me decía otro señor que conoció una muchacha tan hermosa y educada de apellido Trujillo que nadie podía pensar que fuera dominicana.

Evidentemente que ambas narraciones tenían su explicación en que la mayor parte de la inmigración dominicana hacia los Estados Unidos, que es el escenario analizado, procedia en ese momento del campo y cuya formación académica y cultural es muy pobre.

Además, por un asunto cultural, la mayoría de los dominicanos radicados en Nueva York proceden de barrios muy pobres o del campo de la región del Cibao, cuyas características y acento es, podría decirse, la representación de un regionalismo que se expresa a través del uso de la i para hablar.

Naturalmente, las razones que tienen que ver con que mucha de nuestra gente no haya tenido la oportunidad de cursar estudios universitarios y de tener una buena formacion cultural son parte de las deficiencias que se observa en el Estado dominicano.

De cualquier manera, la imagen de cualquier gentilicio se complica o deteriora cuando una buena parte del grupo étnico de que se trate se ve involucrado en actividades que nadie quiere para su familia, aunque, naturalmente, ese no sea el caso de lo planteado en este comentario.

Hay que decir que los propios colombianos se vieron en una situación indeseable cuando la época de Pablo Escobar que un pasaporte de ese país era prácticamente una ofensa a nivel internacional.

La enseñanza que quiero dejar con estas narraciones es que el orgullo de ser dominicano es algo que no se negocia, pero el mismo está determinado por la imagen que se venda en la comunidad internacional.

Y para sentirse orgulloso de la dominicanidad hay que partir, principalmente, de que sea un país en el que la dignidad humana sobresalga sobre la mayoría de los derechos, pero además que quien la representa sea gente con la decencia y un comportamiento acorde con los tiempos de las sociedades civilizadas.

Ciertamente que las democracias han fallado, sobre todo por el comportamiento de los partidos políticos y si bien hay que combatir ese mal y buscar la sustitución ahora y para siempre de esos actores de la vida nacional, pero cualquier solución al respecto no puede ser peor que lo que existe y sobre la base de lesionar el orgullo de ser dominicano.

Con esto quiero decir que en aras de preservar el orgullo nacional, se debe procurar llevar a la direccion del Estado a personas que, no sólo sean éticas y defensoras del interés nacional, sino también que coloquen en la cima, si es posible, la imagen del gentilicio por tener una conducta en el contexto de una sociedad civilizada.

Hay una expresión popular que dice que es muy importante guardar bien las apariencias, lo cual es aplicable en estos momentos en la República Dominicana, pero que ello no sea una causa para dejar de gestionar la salida del poder de los que han dañado gravemente la democracia, aunque, naturalmente,  sin apoyarnos en ciudadanos que, aunque tienen el derecho constitucional de elegir y ser elegido, pero que  su comportamiento lo descalifica para representar a todos los que tenemos un criterio muy claro del orgullo de ser dominicano y lo que ello implica para la economia y toda la vida nacional.

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