Por Elba García
Cada día se confirma que las corporaciones económicas que se presentan frente al ciudadano como partidos políticos representan el principal reto para la renovación y el fortalecimiento institucional que constituiría el motor de arranque para construir una nueva República Dominicana.
Las falencias del país hoy por hoy no pueden ser abordadas si no es a partir de una perspectiva integral, es decir, que la violencia, la delincuencia, los feminicidios, los embarazos en adolescentes, los niveles de corrupción en la Policía Nacional y en otros entes y órganos del Estado, entre otras debilidades, no podrían ser afrontadas eficientemente si las acciones no implican medidas que vayan de menor a mayor, de arriba hacia abajo, y lo contrario, de mayor a menor, de arriba hacia abajo.
Desde esta visión resulta prácticamente imposible, por ejemplo, transformar la Policía Nacional cuando es todo el sistema que está corrompido, pero lo peor del asunto es que actuar de una forma antiética es parte de un problema profundamente cultural que los instrumentos que son transversales a todos estos males son precisamente los que están más dañados y no se trata de otras instancias que no sean los partidos políticos.
Los actores de la clase política nacional son, sin lugar a dudas, el principal escollo que impide que en el país se puedan producirse cambios estructurales que modifiquen los paradigmas de hacer política partidista, cuyo propósito no puede verse al margen de la mejoría de los niveles de institucionalidad que para lograrlo habría que plantearse nuevos valores morales, éticos, cívicos y democráticos.
Sin embargo, la mala conducta de los políticos partidistas se inicia con su propio discurso que generalmente no está conectado con su práctica y que los mismos están llenos de doble moral y demagogia y esas lecciones son muy bien asimiladas por los nuevos actores de la vida pública nacional, dígase diputados y senadores y los miembros de la judicatura, entre otros manejadores o controladores de la administración estatal.
El círculo vicioso que se produce en el entorno del partidarismo político tradicional del país ya se ve como la forma normal de hacer política y de ganar adeptos en el escenario nacional, donde todo es parte de una estafa generalizada que alcanza la búsqueda del poder y hasta de cualquier otra actividad humana.
Lo peligroso de estos fenómenos es que no son el producto de la espontaneidad, sino de una cultura que lo distorsiona todo y que representa el principal problema que padece la sociedad dominicana, ya que para desmontar esas desviaciones habría que recurrir a acciones públicas heroicas y a una transformación profunda de cómo hacer las cosas.
Este visión de vida de la sociedad dominicana será la principal retranca para alcanzar un verdadero desarrollo y crecimiento nacional, porque lamentablemente lo que ayudaría a cambiar ese paradigma no es visto por los que tienen reales posibilidades de controlar el Estado.
En los actuales momentos el discurso de los principales partidos tradicionales, máxime los que hoy juegan un papel de primer orden en los tres poderes del Estado, es esencialmente el mismo y su quehacer diario no rebaza el dimes y diretes que consiste en quien tiene más habilidad para distribuir privilegios individuales y beneficios en favor de grupos económicos y de otros sectores que aumentan sus fortunas a la sombra de la administración pública.
El Estado dominicano hasta ahora solo ha servido para que los partidos políticos tradicionales lo controlen sin tener un plan de desarrollo nacional a corto, mediano y largo plazo que procure enfrentar las causas de flagelos como la violencia, la delincuencia y otros fenómenos que marcan la vida nacional, lo cual parece un imposible si se parte de la formación de la clase política nacional, cuyo principal objetivo es satisfacer apetencias personales y grupales que en nada benefician los intereses de las grandes mayorías nacionales.