Análisis Noticiosos
México: la CIA controla tráfico de drogas y no quiere que acabe
Published
14 años agoon
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LA REDACCIÓNPor pijamasurf
La sospecha popular de que el narcotráfico no es meramente un dominio salvaje de mafias criminales locales glorificadas que logran poner en jaque a un gobierno, sino un sistema organizado desde el poder estatal y algunas corporaciones, específicamente bancos que lavan el dinero de estos cárteles, ha venido confirmándose recientemente.
El caso del banco HSBC de México, uno de los bancos más grandes del mundo, involucrado en lavado de dinero del narco mexiano bajo concocimento de sus más altos ejecutivos, es un indicio revelador de lo que parece ser una estructura oligarquica del tráfico de sustancias ilegales –y armas– que cuenta con el visto bueno de dependencias dentro de los gobiernos de distintos países.
Una nueva seña en este sentido ha sido revelada por la cadena Al Jazeera, uno de los sitios de mayor calidad periodística del mundo, que publicó esta semana declaraciones de un funcionario del gobierno de Chihuahua, quien señaló que la CIA “no lucha contra los narcotraficantes”, los ‘maneja’”.
Guillermo Terrazas Villanueva, coordinador de comunicación de este estado fronterizo, dijo a Al Jazira que terminar con el narco sería terminar con su propio negocio “si acabas con las pestes, te quedas sin trabajo”, fue la figura retórica que uso Terrazas Villanueva. Aunque este funcionario no es de los de más alta jerarquía, su declaración expresa, con posible conocimiento de causa, un sentimiento popular que se soporta en evidencia histórica en cuanto a la relación de la CIA con el tráfico de drogas
Al Jazeera también entrevistó al profesor Hugo Almada Mireles, de la Universidad Autónoma de Juárez. “La guerra contra las drogas es una ilusión. Es parte del raciocinio para invadir América Latina”, dijo Almada, quien citó como referencia la operación Rápido y Furioso, en la que el FBI vendió armas a criminales mexicanos supuestamente para poder rastrear estas armas.
Desde 1996 el diario San Jose Mercury documentó el papel de la CIA moviendo cocaína colombiana vía Nicaragua, para inyectarla en los ghettos de Los Angeles, dando pie a la fiebre del crack.
Si bien en México es cosa sabida que el narco ha corrompido las instituciones (o las mismas instituciones han generado el narco), el papel de la CIA y del gobierno de Estados Unidos provocando magnicidos en el territorio mexicano no ha sido del todo dimensionada. De ser cierto que la CIA es, a fin de cuentas, parte de la estructura del narcotráfico, los mexicanos estarían viviendo en una terrible ilusión, gastando miles de millones de pesos de los contribuyentes para representar un sangriento simulacro violatorio de la autonomía nacional.
Esto evidentemente explica las leyes de prohibición de plantas medicinales como la marihuana, capitalizadas y desvirtuadas dentro de una mafia lacerante de la psique colectiva (recordemos la celebración de narcotraficantes en el 50º aniversario de la prohibición promovida por la ONU). Hace poco mas de un año nos adentramos a repasar la historia de la criminalización de la marihuana confirmando un complejo entramado en cuyo centro confluyen múltiples intereses corporativos y gubernamentales bajo la fachada de una moralina e hipermediatizada “guerra contra las drogas”.
En síntesis, este fenómeno revela la existencia, y sí las teorías de la conspiración aplican, de una especie de élite que hace negocio con las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes, afianzada en su control de los bancos, las policías, y los medios de comunicación. El narco tal vez sea el mayor negocio del mundo, y aquellos que lo cosechan en su máximo caudal, no son los capos que salen en las noticias, son algunos de lo más altos funcionarios y empresarios.
¿Cómo es posible que tras décadas de combate, miles de millones de dólares utilizados, monumentales recursos humanos y de inteligencia, y una tenaz propaganda, en contra del narcotráfico, los resultados que arroja esta cruzada sean el aumento de consumo, distribución y, en particular, ganancias, de esta actividad? Esto solo puede explicarse si tras bambalinas los grupos más influyentes (bancos, coloraciones, gobiernos) se benefician de algún modo de la subsistencia del narcotráfico.
Análisis Noticiosos
La burocracia vuelve a representar la comedia triste de la entrega.
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6 días agoon
septiembre 11, 2026
Asistimos, con el alma acongojada pero erguida en el patriotismo más puro, al espectáculo de unos ministros que celebran como proeza histórica el servilismo diplomático.Análisis Noticiosos
El orgullo de ser dominicano bien valorado, da seguridad y confianza.
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2 semanas agoon
septiembre 5, 2026Por José Cabral
Hace ya muchos años fuí testigo de varios anécdotas que deben servir para algo a cualquier persona, no importa de que país sea.
En un lugar en Nueva York llamado Merchant, donde se vende vinos y cigarros y se toca Jaz, compartía con unos amigos, entre ellos había varias muchachas colombianas y una de ellas me pregunta que si soy dominicano y le responde que sí.
Y de inmediato me narra que su hermana más joven, quien se encontraba también en el lugar, tenía un noviazgo con un joven dominicano, pero que esa relación le había traído muchos problemas a la familia, porque su papá entendía que la misma no debía existir.
Me decía la joven que su papá siempre decía que lo menos que él debía hacer era estrangular a su hija por mantener una relación que podía terminar en procreación con una persona de una baja procedencia.
Pero la historia se repite unos años después en la calle 50 y la quinta avenida de la ciudad de Nueva York cuando me decía otro señor que conoció una muchacha tan hermosa y educada de apellido Trujillo que nadie podía pensar que fuera dominicana.
Evidentemente que ambas narraciones tenían su explicación en que la mayor parte de la inmigración dominicana hacia los Estados Unidos, que es el escenario analizado, procedia en ese momento del campo y cuya formación académica y cultural es muy pobre.
Además, por un asunto cultural, la mayoría de los dominicanos radicados en Nueva York proceden de barrios muy pobres o del campo de la región del Cibao, cuyas características y acento es, podría decirse, la representación de un regionalismo que se expresa a través del uso de la i para hablar.
Naturalmente, las razones que tienen que ver con que mucha de nuestra gente no haya tenido la oportunidad de cursar estudios universitarios y de tener una buena formacion cultural son parte de las deficiencias que se observa en el Estado dominicano.
De cualquier manera, la imagen de cualquier gentilicio se complica o deteriora cuando una buena parte del grupo étnico de que se trate se ve involucrado en actividades que nadie quiere para su familia, aunque, naturalmente, ese no sea el caso de lo planteado en este comentario.
Hay que decir que los propios colombianos se vieron en una situación indeseable cuando la época de Pablo Escobar que un pasaporte de ese país era prácticamente una ofensa a nivel internacional.
La enseñanza que quiero dejar con estas narraciones es que el orgullo de ser dominicano es algo que no se negocia, pero el mismo está determinado por la imagen que se venda en la comunidad internacional.
Y para sentirse orgulloso de la dominicanidad hay que partir, principalmente, de que sea un país en el que la dignidad humana sobresalga sobre la mayoría de los derechos, pero además que quien la representa sea gente con la decencia y un comportamiento acorde con los tiempos de las sociedades civilizadas.
Ciertamente que las democracias han fallado, sobre todo por el comportamiento de los partidos políticos y si bien hay que combatir ese mal y buscar la sustitución ahora y para siempre de esos actores de la vida nacional, pero cualquier solución al respecto no puede ser peor que lo que existe y sobre la base de lesionar el orgullo de ser dominicano.
Con esto quiero decir que en aras de preservar el orgullo nacional, se debe procurar llevar a la direccion del Estado a personas que, no sólo sean éticas y defensoras del interés nacional, sino también que coloquen en la cima, si es posible, la imagen del gentilicio por tener una conducta en el contexto de una sociedad civilizada.
Hay una expresión popular que dice que es muy importante guardar bien las apariencias, lo cual es aplicable en estos momentos en la República Dominicana, pero que ello no sea una causa para dejar de gestionar la salida del poder de los que han dañado gravemente la democracia, aunque, naturalmente, sin apoyarnos en ciudadanos que, aunque tienen el derecho constitucional de elegir y ser elegido, pero que su comportamiento lo descalifica para representar a todos los que tenemos un criterio muy claro del orgullo de ser dominicano y lo que ello implica para la economia y toda la vida nacional.
Por Nelson Valdez
Hay momentos en que el cansancio de un pueblo se vuelve ira y la ira se desplaza como inteligencia. Es cuando dejamos de preguntarnos quién está preparado para gobernar y empezamos a pensar contra quién votar.
República Dominicana está en uno de esos momentos.
El fenómeno de Santiago Matías (Alofoke) no es solo el ascenso de un comunicador o empresario digital; es la manifestación sociológica de un electorado cansado de los partidos tradicionales, de promesas envejecidas y discursos vacíos. La política tradicional generó esta desconfianza. Primero buscamos al empresario, luego al outsider y ahora podemos estar buscando al espectáculo.
Pero el fracaso de la política tradicional no convierte automáticamente en estadista a quien triunfa en el entretenimiento.
El algoritmo premia la indignación, la controversia y la velocidad. El Estado funciona al revés: la inflación no baja por un video viral, la deuda no se administra con carisma ni la salud mejora por tener seguidores. Las redes premian la reacción; el Estado cobra la improvisación.
La antipolítica seduce diciendo: «Ellos te fallaron, nosotros somos distintos». ¿Pero distintos en qué? ¿Con qué equipo, programa o conocimiento de la administración pública? Gobernar es la parte aburrida de la política, pero es la única que importa cuando se apagan las cámaras.
El riesgo es convertir la decepción en un «voto de castigo»: «Como todos me fallaron, votaré por quien más daño les haga». Eso no es transformación, es desahogo. El voto es un instrumento demasiado poderoso para entregárselo a la ira.
Detrás de este fenómeno hay ciudadanos hartos que deben ser escuchados, pero la indignación debe ser el comienzo de una pregunta, no el final del razonamiento: ¿Qué propone? ¿Con quién? ¿Cómo?
No se trata de elegir entre política tradicional y espectáculo, sino de recuperar el criterio: no venerar al famoso por serlo ni condenar al político por serlo.
Antes nos engañaron con la promesa del cambio; ahora podrían seducirnos con la del castigo. La rabia es un pésimo combustible para gobernar. La próxima elección exige pensar.
#republicadominicana🇩🇴 #santiagomatias #alofoke @pr1ncematias
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