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Se impone buscar una respuesta eficiente ante escenario de ilegalidad e ilegitimidad en frágil democracia dominicana.

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Cada día la República Dominicana se acerca a un escenario que nunca fue previsto por el ordenamiento jurídico y constitucional y cuyas consecuencias podrían ser de un impacto que implicaría reconstruir la democracia nacional.

La Constitución de la República no cuenta con un mecanismo de sustitución de las autoridades nacionales a menos que no sea  mediante un proceso electoral que podría no  ser posible por la pandemia que mantiene amenazada la raza humana en todo el mundo.

En la actualidad la Junta Central Electoral ha tomado la decisión de suspender los comicios que manda la Constitución de la República del 17 de mayo y la reprogramó para el 5 de julio, cuya resolución no respeta el artículo 209, numeral 3, de la Carta Magna en el sentido de que esta propuesta debió ser sancionada por el Congreso Nacional y el cual debió emitir una ley para que se convoque a elecciones extraordinarias.

Sin embargo, habría que recrear lo que sería otra suspensión de los comicios por no haberse superado los efectos de la pandemia, entonces el país tendría que buscar con tiempo  un mecanismo idóneo para resolver un vacío o limbo jurídico que amenazaría la democracia.

Congreso Nacional de la República Dominicana

Este escenario ha servido para que hayan quienes propongan que lo más ideal seria dejar en sus funciones a los que cesan en ellas, no sólo a nivel de la presidencia y vicepresidencia de la República, sino también del Congreso Nacional, dígase senadores y diputados.

Esa propuesta luce muy descabellada y poca idónea en virtud de que estos funcionarios no sólo tienen el  control de la autoridad que otorga el Estado, sino también del presupuesto nacional, cuyos gastos siempre han sido cuestionados porque han estado dirigidos en favor de causas no muy nobles y poco transparentes, máxime si hay de por medio la escogencia de un nuevo jefe de Estado y de senadores y diputados que está precedida de una campaña electoral

Ese limbo jurídico plantea un reto muy grande para el país, principalmente si se le suma el impacto que implica el coronavirus para la población votante, lo cual nos dice que la amenaza es todavía mucho más peligrosa, porque por los efectos de la pandemia el país podría estar frente a un problema también de ilegitimidad por una baja participación.

La pregunta que se cae de la mata para utilizar una expresión popular es quién controlaría las acciones de autoridades ilegales e ilegitimas, porque se sabe que la JCE no tendría la autoridad para fiscalizar los actos  al margen de la ley en lo referente, por ejemplo, al uso   del patrimonio nacional, sobre todo cuando en el actual proceso electoral el candidato del oficialismo ha jugado con todo el mundo y en el país nadie ha dispuesto una investigación seria al respecto.

 Lo más atinado es que la sociedad se de un plan de contingencia para evitar un total descalabro del precario aparato institucional, porque no luce clara sólo una negociación política para darle salida a una situación jurídica que no está contemplada en la Constitución de la República, lo cual también la hace nula.

En tal virtud, lo recomendable sería que ante la posibilidad de que la pandemia advierta que no se puedan celebrar las elecciones presidenciales y congresionales extraordinarias, convocar al Congreso Nacional con una agenda que no supere una serie de puntos previamente acordados por el liderazgo nacional y que cualquier modificación para llenar el vacío no sea de mayor alcance que la solución del problema presentado en las actuales circunstancias.

Esa modificación constitucional debe incluir un transitorio que mande  la escogencia de  una junta gobernativa que debe convocar a elecciones en un plazo que no supere los 90 días.

De esa manera, se evita que los que tienen el control del Estado sigan al frente del mismo cuando el candidato del Gobierno ha hecho una serie de travesuras y que muy difícilmente no incurra en la misma irregularidad durante una prolongación ilegal e ilegítima de las actuales autoridades nacionales.

Se sabe que mucha gente tiene temores a una modificación constitucional porque siempre sobresale la cultura de la trampa y el engaño que forma parte del entretenimiento nacional de los que controlan el poder y que en consecuencia proponer la permanencia en el Gobierno de los actuales gobernantes  podría ser muy peligroso y perjudicial para la democracia.

Este planteamiento ofrece un periodo de tiempo que no supera los  90 días para cumplir con todos los requerimientos del momento como es  convocar a ambas cámaras a avocarse a conocer un proyecto de modificación constitucional, el cual no puede ser antes de un encuentro de todo el liderazgo nacional para que hayan propuestas puntuales que vayan dirigidas a solucionar el vacío de  poder y el limbo jurídico que se advierte en las actuales circunstancias.

Naturalmente, esta discusión debe iniciarse  en los próximos 40 días si se vislumbra que el coronavirus se quedaría en el país en los próximos meses y que no existen las condiciones para mantener la convocatoria a las elecciones del 5 de julio, lo cual plantea la crisis que se ha querido prever desde ahora frente un posible impedimento material de que las mismas no tengan lugar.

 

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Pretensiones imperiales toman tanto impulso con la era trompista que prácticamente borra del mapa el derecho internacional

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El mundo atraviesa por grandes tensiones como resultado de las no disimuladas acciones de la administración Trump de retornar el planeta a una selva en la que no se respetan derechos, no sólo de las personas físicas, sino también de los Estados.

Hablar después de lo ocurrido en Venezuela con la incursión militar de EE.UU. para la aparente aprehensión de Maduro, cuyo real  trasfondo es apropiarse de sus riquezas naturales, principalmente del petróleo, lo que ha tomado un curso que implica  una conducta al margen de la ley sirve para justificar otras que tienen la misma característica.

Es decir que un Estado ocupar el territorio de otro es una medida al margen del derecho internacional contenido en tratados y convenciones y muy concretamente en la Carta de la ONU.

Y ello crea una situación que pone en peligro los territorios soberanos que conforman el mundo y que justificarlo o tolerarlo mínimamente conlleva que las diferentes sociedades se rijan por la Edad de Piedra en la que el más grande se traga al más chiquito, cuya opción parece predominar en los Estados Unidos, donde se impone  la irracionalidad y la falta de razonabilidad.

La vulneración de las fronteras toma tanta fuerza que ahora la administración Trump habla de que por razones de seguridad debe tomar por la fuerza a Groenlandia, isla autónoma de Dinamarca, sino que igual manera amenaza el imperio en contra de Colombia y México mediante la excusa de combatir el narcotráfico.

Lo preocupante del fenómeno es que los medios de comunicación y una serie de gobiernos justifiquen el apresamiento de Maduro y en consecuencia den luz verde de intervención de un Estado en contra de otro que se supone que debe tener sus propios mecanismos de solución de cualquier distorsión del Estado Social Democrático y de Derecho.

Las acciones ilegales del imperio del norte toman tanta fuerza que ya el tema se aborda como si se hablara de una acción legal y legítima, lo cual a Trump a decir que sus funcionarios tendrán el control de Venezuela.

Este peligro no sólo se observa en los actuales momentos en que Maduro, un presidente seriamente cuestionado por la comunidad internacional, pero cuyo apresamiento es ilegal desde cualquier perspectiva que se vea.

De manera que una o varias acciones ilegales, no puede generar otras que se apoyen en derechos, porque entonces se entra en una contradicción con el derecho internacional.

Hay una famosa expresión muy popular que dice que se camufla cuchillo para su propia garganta, lo que pone en una situación muy difícil a los gobiernos que se prestan a ese juego como la República Dominicana y otras naciones de los hemisferios occidental y orientar, cuyas soberanías están muy mancilladas.

Son de tanto peso los controles imperiales, que la sola amenaza de violar su soberanía y su territorio surten unos efectos que no se habían logrado mediante la presión mediática y a través de organismos de concertación pública de carácter internacional.

Inexplicablemente este comportamiento hegemónico se empodera, mientras el derecho internacional muere sin que los países víctimas den una respuesta en bloque como una forma de sustentarse en la herramienta que lo salvaría de la barbarie como lo constituye el derecho internacional.

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Posición de R.D. sobre Venezuela es acomodamiento a su condición de sometida a nuevos requerimientos de Trump.

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Lo planteado por el Gobierno de Luis Abinader de que no comparte la elección de Delcy Rodríguez como presidenta transitoria de Venezuela tras el apresamiento de Nicolás Maduro,  revela que República Dominicana quiere incluso superar lo impuesto por Estados Unidos, pero siempre ajustada a los intereses de la potencia del norte.

La realidad es que la pregunta que se impone es y hasta dónde y quién ha dicho que el país tiene la facultad de objetar a una mandataria provisional escogida por el órgano competente y supuestamente sugerida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque el restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas conlleve algunos requerimientos democráticos.

Sin embargo, la posición dominicana implica la violación del derecho internacional, entre los que se encuentran el de soberanía y autodeterminación de los pueblos, así como la Carta de la ONU.

Evidentemente que el ingrediente introducido por el Gobierno dominicano resulta gracioso para los intereses foráneos que convergen en Venezuela, máxime los que están asociados a los Estados Unidos.

La contradicción dominicana con lo planteado en la Organización de Estados Americanos (OEA) y su práctica en política exterior, ya que el presente Gobierno siempre se inclina por la intromisión en los asuntos internos de otros países, no deja la naci0n buen parada en la comunidad internacional.

Resulta poco entendible que la República Dominicana no haya apoyado abiertamente la incursión ilegal de Estados Unidos en Venezuela, pero que preste su territorio para el apoyo logístico de la acción.

Es una especie de doble moral, pese a que en su lugar debió mantener una posición aparentemente neutral, aunque de cualquiera manera ya estaba involucrada en una intervención armada que viola los principios fundamentales del derecho internacional

De lo que no queda ninguna duda es que el crédito internacional en política exterior del país ha quedado seriamente comprometido con una causa de la que ha sido una víctima en una diversidad de ocasiones como en el 1916 y el 1965.

La verdad que pretender una conducta diferente de la nación frente a la irracionalidad de Trump sería mucho pedir, sobre todo cuando otros países pertenecientes a la Unión Europea y otras superpotencias como Rusia y China también son tolerantes con la agresividad e intromisión del principal imperio del mundo.

 No obstante, desde cualquier perspectiva que sea vea el asunto la conclusión no puede ser otra que en la situación pesa más el miedo que la vergüenza y la dignidad del pueblo dominicano.

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La República Dominicana inhabilitada en política exterior en el nuevo escenario imperial de Trump

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La República Dominicana con una ocupación militar parcial de Estados Unidos, se proyecta como una presa sin libertad para expresarse libremente en política exterior.

La ocupación militar, aunque sólo se observa en el Aeropuerto Internacional de las Américas, abarca otros entornos que no son necesariamente visibles.

Pero la agresividad o poco disimulada intervención, deja el país y de igual modo a prácticamente toda Latinoamérica, a merced del capricho y la voluntad de los intereses de la nueva cara del imperio.

La República Dominicana ni por asomo se atreve a pronunciarse libremente sobre política exterior sin que esté a tono con la linea trazada o impuesto por la administración Trump.

La pregunta que subyace es si ese nuevo cuadro no implica también un trastorno del régimen legal, porque se podría estar en un escenario en el que los derechos fundamentales pasen a un segundo plano en el que el Estado Social Democrático de Derecho sea una expresión vacía y sin sentido.

Por razones geopolíticas y factores muy particulares, el país se asoma a un resquebrajamiento del proceso de constitucionalización del derecho a nivel interno y retroceder  la nación a épocas ya superadas.

La pregunta que se impone es si prevalecerá en el mundo el pregonado derecho internacional cuando las instituciones que lo enarbolan pierden autoridad moral frente a las violaciones provenientes de potencias como los Estados Unidos que ya ni siquiera guarda las apariencias

El problema, que tiene una dimensión mundial, pero impacta más severamente a los países del tercer mundo y que propicia la posibilidad del surgimiento de regímenes de fuerza, aunque con simulaciones democráticas.

La preocupación tiene que ver con el hecho de graves violaciones del derecho internacional en una época en que éste forma parte consustancial del derecho interno y entonces qué se puede esperar como resultado.

El retroceso de la línea trazada por Donald Trump representa una amenaza mundial contra los logros del derecho contemporáneo, no sólo en favor de las personas físicas, sino también de los Estados más pequeños y débiles.

Hay precedentes en esta materia cuando predominaba en el mundo el llamado constitucionalismo clásico, que dio paso a dictaduras como las Adolfo Hitler en Alemania y la de Benito Mussoline en Italia, cuyos resultados fueron realmente catastróficos para la humanidad.

La interrogante que permanece en el nuevo panorama mundial es si va a pesar más el miedo que la vergüenza y la dignidad de los pueblos del mundo.

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