Editorial
Un Mensaje que Perdurará para Siempre.
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14 años agoon
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LA REDACCIÓN
A propósito de hoy lunes celebrarse en la República Dominicana el Día de la Altagracia, el papa Juan Pablo II, ese hombre de rostro angelical que dirigió la Iglesia Católica hasta su muerte, pronunció unas palabras en la basílica de la Virgen de la Altagracia en Higuey que merecen ser recordadas por su gran trascendencia, su penetrante contenido, sobre todo en unos días en que la violencia, la avaricia, el egoísmo y el interés enfermizo sólo por la consecución de bienes materiales, mientras la debilidad espiritual se apodera de nuestros hijos, nuestros padres, nuestras familias en sentido general, toman cuerpo y se hacen gigantes, imponiendo una nueva cultura que pone en peligro la integridad física y moral de toda la sociedad.
En su mensaje desde la basílica de Higuey decía Juan Pablo II, luego de invocar la bondad y la grandiosidad de la Virgen de la Altagracia, patrona del pueblo dominicano, que «interceda ante tu hijo para que esta tierra sea de paz y de esperanza, donde el amor venza al odio, la unidad a la rivalidad, la generosidad al egoísmo, la verdad a la mentira, la justicia a la iniquidad, la paz a la violencia y haz que sea respetada siempre la vida y la dignidad de cada persona, la identidad de las minorías étnicas, los legítimos derechos de los indígenas, los genuinos valores de la familia y de las culturas autóctonas».
Esas palabras de Juan Pablo II, un ser que irradiaba confiabilidad, amor hacia todos y todas, tienen mucho mayor dimensión y deben ser tomadas en cuenta hoy y siempre, cada día, cada minuto, cada segundo de nuestras vidas para que construyamos una sociedad mejor; menos violenta, más humana, más justa, donde nuestros hijos y nuestros nietos tengan derecho a disfrutar de una vida mejor.
El mensaje de Juan Pablo II, el Papa viajero como se le conocía, implica en sí mismo un verdadero estado de derecho, el cual sólo puede ser posible en una sociedad regida por valores auténticamente democráticos que propicien una mejor distribución de las riquezas nacionales y donde el Estado sea lo suficientemente garantista, sobre todo para los que menos tienen, para las amplias mayorías nacionales a través del cumplimiento de su rol de satisfacer necesidades sociales.
La devoción por la Virgen de la Altagracia en la República Dominicana propicia un día de reconciliación, de paz en todos los estratos de la sociedad, porque como muy bien lo dijo Juan Pablo II, «decir América es decir María» y agregaba » te venero con todos los pastores y fieles de este continente, en todos los santuarios e imágenes que llevan tu nombre, en las catedrales, parroquias y capillas, en las ciudades, las aldeas, junto a los océanos, ríos y lagos, en medio de la selva y las altas montanas te invoco con los idiomas de todos sus habitantes a lo largo y ancho de estas tierras benditas, que son tuyas».
Y exactamente así pasa en la República Dominicana porque la Virgen de la Altagracia forma parte de la dominicanidad, viene de las propias entrañas de un pueblo que ama el trabajo, el progreso y que históricamente ha sido hospitalario, solidario y desprendido, sobre todo con el más necesitado.
La República Dominicana es un país que debía tener mejor suerte, porque es tierra de gente buena, donde el vecino siempre ha estado dispuesto a repartir su bocado de comida con el hambriento, con aquel que no puede producir para el sustento diario de la familia, fruto de que las políticas públicas equivocadas nos han llenado de pobreza, miseria y de enfermedades infectocontagiosas.
Hoy 21 de enero, día de la Virgen de la Altagracia, deben permanecer en un pedestal muy alto las palabras de un papa que repartió amor, con sinceridad y abnegación.
Las palabras de Juan Pablo II el 12 de octubre de 1992, fecha en que visitó la República Dominicana, al cumplirse 500 años del llamado descubrimiento de América y de la evangelización, fue un mensaje para que perdurara para siempre y se convirtiera en un documento de consulta para gobernantes y gobernados, para todos, absolutamente para todos.
En toda sociedad existen sentimientos capaces de condicionar la conducta de las personas. En la República Dominicana, dos de ellos merecen especial atención: el miedo y la vergüenza.
El miedo paraliza. La vergüenza oculta.
Uno puede impedir que una persona denuncie una injusticia; la otra puede llevarla a esconder durante años una realidad dolorosa por temor al juicio de los demás.
Ambos sentimientos forman parte de la condición humana. El problema comienza cuando dejan de ser reacciones circunstanciales y se convierten en fuerzas capaces de determinar la vida de las personas, silenciar problemas sociales y debilitar la capacidad de reclamar derechos.
Durante generaciones, la cultura dominicana ha convivido con una frase que resume buena parte de esa presión social: “¿Qué va a decir la gente?”
Detrás de esas pocas palabras se encuentra, muchas veces, una enorme carga emocional.
Por temor al “qué dirán”, algunas personas intentan aparentar una estabilidad económica que no poseen. Otras permanecen en relaciones deterioradas. Algunas familias esconden situaciones de violencia, adicciones, conflictos internos o dificultades financieras porque consideran que reconocer esos problemas públicamente constituye una vergüenza.
Así se construyen apariencias de normalidad mientras los verdaderos problemas permanecen ocultos.
Pero el miedo también ejerce su propia presión.
Existe miedo a denunciar al poderoso, miedo a perder el empleo, miedo a enfrentar intereses económicos o políticos, miedo a convertirse en objeto de represalias y miedo, simplemente, a quedarse solo cuando llega el momento de defender una posición.
Por eso, no todo silencio significa indiferencia.
Muchas veces el silencio es una forma de supervivencia.
El verdadero problema aparece cuando miedo y vergüenza coinciden.
La víctima de violencia puede temer a su agresor y, al mismo tiempo, sentir vergüenza de admitir lo que vive.
Quien ha sido estafado puede callar no solo por temor a perder más, sino por la incomodidad de reconocer que fue engañado.
Una familia en dificultades puede necesitar ayuda y, aun así, negarse a solicitarla porque teme ser señalada.
En esos casos, miedo y vergüenza terminan convirtiéndose en aliados de un mismo enemigo: el silencio.
Las redes sociales han añadido una dimensión nueva a esta realidad.
Hoy se exhiben viajes, vehículos, celebraciones, éxitos profesionales, relaciones sentimentales y estilos de vida cuidadosamente seleccionados. La sociedad digital ha convertido la imagen personal en una vitrina permanente.
Sin embargo, detrás de una fotografía de felicidad puede existir dolor. Detrás de una aparente prosperidad puede haber endeudamiento. Detrás de una pareja sonriente puede esconderse una relación rota.
El problema no está en compartir momentos positivos, sino en creer que la vida debe ser permanentemente perfecta para ser aceptada por los demás.
Esa presión fortalece nuevamente la vieja pregunta: “¿Qué van a pensar de mí?”
Una sociedad madura debe aprender a sustituir esa pregunta por otras más importantes.
¿Estoy actuando correctamente?
¿Estoy protegiendo mis derechos?
¿Necesito ayuda?
¿Estoy guardando silencio frente a una injusticia?
¿Estoy viviendo para satisfacer las expectativas de los demás o para enfrentar responsablemente mi propia realidad?
No podemos construir una sociedad libre si las personas sienten que denunciar es peligroso, pedir ayuda es humillante o reconocer un fracaso constituye una vergüenza.
Tampoco basta con pedirle valentía al ciudadano.
Las instituciones tienen la obligación de generar confianza. Quien denuncia debe sentirse protegido. Quien busca justicia debe encontrar respuestas. Quien necesita ayuda debe poder solicitarla sin ser humillado.
La familia, la escuela, los medios de comunicación y las instituciones públicas también tienen responsabilidades en la construcción de una cultura menos inclinada al juicio y más comprometida con la solidaridad.
El miedo y la vergüenza nunca desaparecerán completamente. Son emociones humanas.
Pero no podemos permitir que se conviertan en cárceles invisibles.
Cuando una persona deja de hablar por miedo, una injusticia puede continuar.
Cuando alguien oculta un problema por vergüenza, ese problema puede crecer.
Y cuando toda una sociedad comienza a guardar silencio, las consecuencias dejan de ser individuales y pasan a convertirse en colectivas.
Por eso, el verdadero desafío no consiste en determinar cuál pesa más, si el miedo o la vergüenza.
El verdadero desafío es construir una sociedad en la que ninguno de los dos pese tanto como para impedir denunciar, pedir ayuda, defender derechos, reconocer errores y volver a comenzar.
Tal vez haya llegado el momento de dejar de vivir pendientes únicamente del “qué dirán”.
Porque, frente a los grandes problemas de una sociedad, existe una pregunta mucho más importante:
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cambiar lo que debe cambiar?
Editorial
El patrimonio público no tiene dueño particular
Published
3 días agoon
septiembre 20, 2026
El patrimonio público no pertenece al Gobierno de turno, al funcionario que administra una institución ni al partido político que circunstancialmente ejerce el poder.
Pertenece a la sociedad.
Esta afirmación, aparentemente elemental, constituye uno de los principios fundamentales sobre los cuales debe descansar una democracia auténticamente institucional.
Sin embargo, nuestra historia política obliga a reconocer que durante demasiado tiempo ha sobrevivido una concepción patrimonialista del Estado: la idea de que alcanzar una posición de poder puede proporcionar derecho a disponer de los recursos públicos como si fueran patrimonio particular.
Esa cultura debe terminar.
La corrupción no puede continuar analizándose exclusivamente por la cantidad de dinero presuntamente sustraído. Su verdadero costo alcanza dimensiones mucho mayores.
Cuando se desvían recursos públicos, pierde el hospital que necesita medicamentos, la escuela que requiere mejores condiciones, la comunidad que espera una carretera, el ciudadano que necesita seguridad y la familia que depende de servicios estatales eficientes.
Pero pierde también la democracia.
Cada escándalo de corrupción que queda sin esclarecer, cada irregularidad que no recibe respuesta institucional y cada manifestación de impunidad —real o percibida— erosiona la confianza de los ciudadanos.
Y ninguna democracia puede sostenerse indefinidamente sin confianza.
La República Dominicana necesita consolidar una cultura en la cual administrar recursos públicos sea entendido como una responsabilidad temporal y rigurosamente fiscalizada, nunca como una oportunidad de enriquecimiento.
Eso requiere instituciones fuertes, transparencia, controles efectivos, rendición de cuentas y una justicia capaz de investigar y juzgar con independencia.
Pero también exige prudencia.
Combatir la corrupción no significa condenar anticipadamente a quien es investigado. El debido proceso y la presunción de inocencia deben respetarse siempre.
La democracia debe ser suficientemente fuerte para combatir simultáneamente la corrupción y la arbitrariedad.
No necesitamos persecuciones políticas disfrazadas de justicia, pero tampoco necesitamos impunidad disfrazada de garantías.
Necesitamos instituciones.
También corresponde a la sociedad abandonar aquella tolerancia cultural que relativiza la apropiación de recursos públicos dependiendo de quién la cometa.
La corrupción no puede parecernos grave cuando involucra al adversario y justificable cuando beneficia al aliado.
El patrimonio público no tiene colores partidarios.
Cada peso administrado por el Estado procede directa o indirectamente del esfuerzo colectivo y debe regresar a la sociedad convertido en servicios, infraestructura, seguridad, educación, salud y oportunidades.
Por eso, proteger el patrimonio público significa mucho más que proteger dinero.
Significa proteger la democracia.
La República Dominicana debe aspirar a una institucionalidad donde quien llegue al Estado comprenda desde el primer día una verdad que nunca debió ponerse en discusión:
el poder es temporal, pero el patrimonio público pertenece permanentemente al pueblo dominicano.
Editorial
La disminicion de la violencia, una meta no alcanzada en el país.
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1 semana agoon
septiembre 14, 2026
La reducción de determinados indicadores de criminalidad constituye una noticia alentadora para la República Dominicana. Cuando disminuyen los homicidios, los robos y otros hechos delictivos, el país tiene razones para reconocer los resultados de las políticas públicas que han contribuido a mejorar la seguridad ciudadana.
Pero sería un error confundir una mejoría estadística con la solución definitiva del problema.
La violencia continúa manifestándose de múltiples maneras en nuestra sociedad. Está presente en las calles, pero también detrás de las puertas de muchos hogares. Aparece en las riñas, en los conflictos vecinales, en la violencia intrafamiliar y de género, en las amenazas, en el maltrato psicológico, en el abuso sexual y en situaciones aparentemente cotidianas que pueden terminar convertidas en tragedias.
Por eso, hablar de violencia en la República Dominicana exige mirar más allá de las cifras.
Cada homicidio representa una vida perdida. Cada mujer agredida representa una persona cuya integridad y dignidad han sido vulneradas. Cada niño que crece presenciando violencia en su hogar corre el riesgo de asumir como normal una conducta que nunca debe serlo. Y detrás de cada familia afectada queda una huella que las estadísticas difícilmente pueden reflejar.
El país necesita continuar fortaleciendo la capacidad de respuesta de la Policía Nacional, el Ministerio Público y las demás instituciones responsables de garantizar la seguridad y perseguir el delito. Sin embargo, la actuación represiva, aunque necesaria, llega generalmente después de que el conflicto se ha producido.
El verdadero desafío está también en prevenir.
Prevenir significa identificar oportunamente a una mujer amenazada antes de que se convierta en una víctima mortal. Significa intervenir en comunidades donde los conflictos de convivencia comienzan a escalar. Significa retirar armas ilegales de las calles, pero también enseñar a nuestros jóvenes que una diferencia no se resuelve mediante una agresión.
La prevención comienza en la familia y continúa en la escuela, la comunidad, los clubes deportivos, las iglesias, las organizaciones sociales y los medios de comunicación.
Necesitamos enseñar desde edades tempranas el respeto por la vida, la tolerancia, el manejo de las emociones y la resolución pacífica de los conflictos. Pero también debemos ofrecer oportunidades reales de educación, empleo, deporte, cultura y desarrollo a los jóvenes que viven en comunidades vulnerables.
No podemos reclamarles paz a nuestros barrios mientras abandonamos las condiciones sociales que contribuyen a generar desesperanza, exclusión y violencia.
Igualmente preocupante resulta la normalización de determinadas conductas. Los insultos, las amenazas, los celos extremos, el control económico y la agresión psicológica todavía son minimizados en algunos hogares hasta que la situación alcanza niveles irreversibles.
La violencia nunca debe considerarse una demostración de amor, autoridad, hombría o respeto.
Una sociedad que desea disminuir verdaderamente sus niveles de violencia necesita aprender a reconocer sus primeras señales.
También corresponde al Estado garantizar que una persona que decide denunciar encuentre instituciones capaces de escucharla, protegerla y responder oportunamente. La confianza ciudadana resulta indispensable: cuando una víctima siente que denunciar no producirá ninguna consecuencia, el silencio termina convirtiéndose en otro aliado del agresor.
República Dominicana ha conseguido avances importantes en materia de seguridad. Esos resultados deben preservarse y profundizarse. Pero nuestra aspiración nacional no puede limitarse a reducir una tasa de homicidios.
Debemos proponernos algo mucho más ambicioso: construir una cultura de convivencia y respeto por la vida.
Eso requiere una política de Estado sostenida en el tiempo, independientemente de los gobiernos de turno. Requiere instituciones eficientes, justicia oportuna, prevención comunitaria, educación, oportunidades y participación ciudadana.
La seguridad no es responsabilidad exclusiva de la Policía ni la violencia puede combatirse solamente desde los tribunales.
Es una responsabilidad compartida.
El Estado debe proteger. La justicia debe actuar. Las comunidades deben prevenir. Las familias deben educar. Los medios debemos contribuir a crear conciencia. Y cada ciudadano debe comprender que ninguna diferencia justifica poner en peligro la integridad o la vida de otra persona.
Las estadísticas pueden decirnos cuánto hemos avanzado.
La verdadera transformación llegará cuando una sociedad más segura pueda medirse no solamente por la cantidad de delitos que disminuyen, sino por la cantidad de conflictos que logramos evitar antes de que terminen en tragedia.
Ese debe ser el próximo gran objetivo de la República Dominicana.
