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Editorial

Un Saludable Despertar

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Desde hace algunos años se observa en la sociedad dominicana una preocupante profundización de una crisis que va desde lo económico, social, político hasta lo ético-moral.

Esa realidad llevó a muchos a pensar que el nivel de enfermedad de la sociedad dominicana iba camino a su total alienación, donde nada importa, sólo la consecución de logros individuales y no los cambios colectivos que benefician a todos.

Sin embargo, la llamada reforma fiscal parece que se ha constituido en el motor para generar un despertar, sobre todo en los jóvenes, que nos hace pensar que todavía queda país, que la patria es definitivamente salvable.

La indignación de la gente por los abusos que se cometen desde la clase política con el patrimonio público ha sido la causa del rechazo general a personajes siniestros como Leonel Fernández, quien no debería terminar en otro lugar que no sea la cárcel, naturalmente porque nuestro ordenamiento jurídico no tiene otra condena que no sea ésa, pese a que el más sensato de los dominicanos anhela para este caso la pena de muerte.

La mal llamada reforma fiscal es un instrumento del Gobierno del PLD para continuar con su política de golpeo a los que menos tienen, a aquellos que hasta han perdido la fuerza para protestar, para decir basta ya de tantos abusos.

El PLD, de acuerdo a lo que se ve, pasa por el peor momento de su historia, luego de defender todas las bellaquerías de su líder, un Leonel Fernández de palabras rebuscadas y exóticas, pero de una procedencia muy humilde de la cual ha regenegado, convirtiéndose en uno de los protagonistas de la vida política nacional más hipócrita y estafador de las aspiraciones de dignidad del pueblo dominicano.

Hoy las protestas se extienden por todo el territorio nacional como reguero de pólvora y en consecuencia comienzan a renovarse el optimismo y la esperanza nacional, cuyos resultados no pueden ser otros que el rechazo de todo aquello que ha servido para prácticamente inhabilitar al Estado para cumplir con sus responsabilidades sociales.

Es importante el momento para discernir entre el empresario que busca sinceramente crear empleos para que haya un verdadero desarrollo nacional y el que sólo persigue arroparse con la sábana del Estado para crecer sobre la base del contrabando, el lavado de activos y otros recursos delincuenciales que no tienen otra secuela que el hundimiento del país.

De igual modo no se debe permitir que el actual deterioro del país sea aprovechado a su favor por partidos políticos como el Revolucionario Dominicano, cuyo comportamiento no dista mucho del de la Liberación Dominicana y el Reformista Social Cristiano, lo que resulta totalmente comprobable a través de sus congresistas y síndicos, los cuales son también beneficiarios del Barrilito y el Cofrecito en el Congreso Nacional, mientras los alcaldes promueven tanta corrupción como el gobierno central.

Lo mismo habría que decir que el actual movimiento de protesta no debe ser un mecanismo para promover y endiosar a políticos que preconizan una democracia que ellos no practican en el interior de sus organizaciones, identificándolos como pichones de caudillos que tanta agua de beber les han dado a la República Dominicana.

La coyuntura es ideal para pasarle balance a todo, a lo bueno y a lo malo, para poder reencausar la Nacion.

El descrédito y el consecuente desplazamiento del poder de los corruptos debe servir para propiciar nuevos espacios de progresos y crecimientos democráticos en la sociedad dominicana.

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Editorial

Debe Evitarse el Pesimismo.

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La conducta de los actores de la vida política nacional proyectan cada día de que las cosas saludables para la nación no son posibles desde la perspectiva de los intereses que representan.

No es cosa de ahora la expresión que dice que los partidos tienen un discurso cuando están en la oposición y que lo cambian cuando llegan al gobierno, lo cual tiene su explicación en el hecho de que todo el que va a la administración  pública llega con un proyecto personal, individual y generalmente no ve, no oye y su entorno es sólo aquel que promueve una repartición abusiva del patrimonio público.

Este detalle es común a todos los partidos que se crean con el único fin de favorecer a sectores muy concretos de la sociedad, los cuales van desde los grupos económicos hasta individuos que tienen una visión mafiosa del Estado.

Ahí está la explicación de que cualquier proyecto que pueda servir para sanear o sanar la sociedad dominicana, se queda estancado en los intereses que representan los legisladores, quienes también llegan a su curul a través de las mismas plataformas que han creado toda una cultura de la corrupción y de la impunidad.

Nadie en su sano juicio puede pretender que la lucha en contra de los depredadores del Estado es una tarea fácil y lograble en un tiempo relativamente corto, porque es un problema profundamente cultural, que podría decirse que forma parte del ADN de los dominicanos.

Sin embargo, el ciudadano dominicano debe dotarse de mucho optimismo y convertir de esa manera esta condición para tener la fuerza necesaria para echar en el lugar más idóneo a los que promueven situaciones que sólo podrían generar un pesimismo que se traga la sociedad.

Desde esta perspectiva, el dominicano que ama su patria debe crear las herramientas que estén a su alcance para preconizar y promover los cambios que sólo son posibles a través del poder que otorga el Estado y cuyo control proviene de la  participación política con vocación de servicio.

Los dominicanos no deben llenarse de ilusiones de que del actual Congreso Nacional van a salir aprobaciones que vayan más allá del endeudamiento externo y de todos aquellos proyectos que buscan transferir el patrimonio nacional a los grupos económicos, a cuyos principales representantes muy poco les importa el sufrimiento del pueblo dominicano.

La ley de extinción de dominio y el nuevo Código Penal perdurarán por años en el Congreso Nacional, a menos que no se consense su aprobación a partir de una mutilación que en vez de hacerle bien al país, causa más daños.

El que crea en algo contrario que sea bendecido por su ingenuidad y falta de realismo, porque en la República Dominicana los intereses particulares pesan más que los colectivos y cualquier otra muestra de aparente buenas intenciones podría ser parte de la demagogia a que tienen acostumbrados a los diferentes sectores que conforman la vida nacional.

 

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Editorial

Detengamos los antivalores que amenazan nuestra vida de nación.

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Resulta contraproducente y destructivo para cualquier sociedad, no importa su nivel de desarrollo, cuando sus puntos de referencias son aquellos que se fundamentan en el engaño, la mentira, la munipulación y la estafa.

Y lamentablemente en las naciones sub-desarrolladas la gente que busca el poder usa como su principal arma la retórica, revestida de mucha demagogia, pero sin planes de desarrollo a largo plazo.

Sin planificación, metodología de trabajo, constancia, consistencia y persistencia muy difícilmente se puedan lograr las metas,  siempre a partir de saber diferenciar un proyecto personal o individual y otro de carácter colectivo.

Este último es el que debe primar en los que escogen la política como una forma de aportar a la sociedad para dejar un buen legado, pero que lamentablemente ya eso no ocurre en el país, porque esta bella actividad ha sido monopolizada por los más corrompidos y los que no creen en valores, sino en la mercancía llamada dinero.

Esto  pinta un cuadro muy peligroso para la República Dominicana, porque cuando se evalúa el discurso de los actores de la vida partidaria nacional se llega fácilmente a la conclusión de que el mismo carece de contenido y cuando no se repiten muchas mentiras como una forma de proyectarse como lo que no son.

Obsérvese que ese discurso no bien esos personajes llegan al poder cambian radicalmente y lo que estaba bien desde la posición ya no es posible o está mal desde el Gobierno, cuyo mejor ejemplo es el partido oficial.

Es un detalle que retrata de cuerpo entero el mundo de la política partidista, cuyo principal agravante tiene que ver con que ponen vieja a la gente con promesas que nunca serán cumplidas porque las mismas no forman parte de sus convicciones.

Desde esta perspectiva se hace prácticamente imposible que la gente más necesitada pueda tener la seguridad y la certeza de quién será su salvador en función de una administración pública más decente, eficiente e idónea.

Este periódico considera que los partidos políticos, sobre todo los tradicionales, son la principal causa de la desgracia nacional, porque no sólo manipulan los recursos públicos a favor de particulares, sino que también imponen falsos valores que desnaturalizan las buenas intenciones ciudadanas y en consecuencia los cambios vistos desde los intereses de todo el pueblo dominicano.

Las esperanzas no son muchas en el futuro inmediato y mediato con los referentes que existen en la actualidad, cuyo cuadro sólo podrá cambiar cuando salgan a la superficie nuevas propuestas nacionales inspiradas en lo preconizado por los prohombres nacionales  que forman parte de la historia nacional.

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Editorial

No es algo fruto de la casualidad, sino de una violencia estructural y una  cultura ancestral.

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Desde hace mucho tiempo que este periódico ha sido un crítico de la conducta de los partidos políticos tradicionales, porque son los principales promotores de la violencia estructural y la desigualdad social y económica entre los diferentes sectores que conforman la vida nacional.

Los partidos tradicionales son los principales protagonistas del combate al avance institucional y de la decencia que debe primar en la vida pública y privada de la nación.

Hoy se puede asegurar que tenemos un Estado totalmente contaminado, cuyo fenómeno va desde el Poder Legislativo, hasta el Ejecutivo y el Judicial, lo cual se constituye en una amenaza para el estado de derecho y la democracia.

Un hecho que debe servir de punto de referencia fue el asesinato del ministro de Medio Ambiente, Orlando Jorge Mera, el cual cualquier persona puede atribuir a un fenómeno individual, pero éste en realidad es fruto de un cuadro social y político que no es para menos.

Un cuadro de violencia asociado a los tantos engaños, a las frustraciones de la gente, al alto costo de la vida, a la falta de empleo y a una multiplicidad de factores que llevan al ciudadano a exhibir un nivel de irracionalidad realmente preocupante.

Obsérvese, que el crimen proviene de una persona de su entorno familiar, pero sobre todo de la misma parcela política, lo cual indica que los partidos tradicionales deben plantearse iniciar un proceso de formación de sus miembros en valores cívicos, democráticos y en vocación de servicio.

Con la muerte de Orlando queda claro que los partidos políticos tradicionales son la gran desgracia nacional, porque no escatiman esfuerzos para promover privilegios y prebendas a favor de determinados grupos de la sociedad, algunos de los cuales vinculados al bajo mundo.

En este hecho que ha conmovido a todo el país no sólo debe verse como el resultado de la actitud violenta y la avaricia del asesino, sino también por el poco compromiso de los partidos con los mejores intereses nacionales.

Es verdad que nadie es responsable de los hechos comete una persona de forma individual, pero el peligro de lo ocurrido es que cada día se observa que la gente de este partido se ve involucrada en una serie de hechos bochornosos como resultado de que han sido formados para servirse, no para servir.

La violencia promovida por los propios partidos tradicionales ha implosionado y sus consecuencias dañan toda la sociedad, porque otro ejemplo a tomarse en cuenta en este contexto es lo ocurrido en Santiago Rodríguez con otro bárbaro que lleva alrededor de siete hechos de violencia y todavía ocupa una posición en el Gobierno, todo por el apoyo que le proporciona el Partido Revolucionario Moderno (PRM) de esa jurisdicción.

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