El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, busca reforzar la influencia de Washington en la región mediante una política en contra del narcotráfico y la migración, además de reducir la presencia china en la zona, la cual parece apoyarse más que en otra cosa en lesionar la dignidad que deben exhibir los mandatarios de los países latinoamericanos, lo cual quedó en evidencia en el encuentro celebrado recientemente en Miami.
En La actividad, que tuvo lugar en el Trump National Doral Miami, en la que estuvieron presentes 12 líderes latinoamericanos, incluido Luis Abinader de la República Dominicana, hubo una señal de que la dignidad de las naciones allí representadas rueda por el suelo.
En el encuentro hubo hasta bromas de mal gusto por parte de Trump cuando dijo que no le da la gana de aprender el maldito idioma de los mandatarios convocados, cuya expresión aparentemente hizo mucha gracia a los líderes allí presentes, porque los mandatarios invitados tuvieron una sonrisa de buena acogida a lo expresado.
Pero tal vez lo que más causa cierta preocupación de los presidentes y líderes allí presentes es que el contacto con ellos es parte de un plan que busca lesionar sus propios derechos, ya que los usa como tontos útiles para evitar aranceles y otras medidas arbitrarias del jefe de Estado de la potencia del norte.
Lo cierto es que más que desarrollar una política de respeto con los países latinoamericanos, este tipo de encuentro lo que persigue es aumentar los niveles de colonización y podría decirse de humillación de los países latinoamericanos.
Lo que no se entiende es hacia dónde se dirige la política de humillación y de manipulación en detrimento de la dignidad de los gobernantes latinoamericanos, cuya respuesta de ellos es una sonrisa complaciente y de plena satisfacción, aparentemente por tener más miedo que verguenza.
Lo que ocurre en Venezuela envía un mensaje muy contundente de que el mundo se ha doblegado ante el capricho de Donald Trump, quien se apoya en un comportamiento que distorsiona la democracia del continente y de todo el mundo.
Los ataques en contra de las naciones aparentemente libres que se imponen por el poder económico, político y militar de los Estados Unidos, cuyo país más rebelde que no acate el capricho de Donald Trump, puede ser reprimido con aranceles y a través de su política migratoria.
Es un trance muy peligroso el que vive el mundo, cuya estabilidad va a depender hasta el final de la administración Trump, de su volátil mentalidad y aspiración, anunciada por él mismo, de disfrutar de una dictadura en que los derechos de los Estados y de los ciudadanos estén determinados por su voluntad y deseo.
La guerra desarrollada en contra de Irán, independientemente de los abusos denunciados que allí se cometen, implica una expresión muy fiel de una forma de usar el poder público, que proporciona el Estado, para incurrir en arbitrariedades y atropellos imperdonables.