Trujillo era temible como son todos los dictadores. Por suerte, y es el único consuelo, toda dictadura eventualmente termina. La opresión no es eterna. Hay mártires, héroes y heroínas, y eso fueron ellas, las mariposas que auguraron libertad.
La historia no la hacen los pueblos, las viven; unos pocos marcan realmente el curso de la historia. Ellas lucharon y las mataron; hicieron lo que correspondía bajo el terror y las deshicieron. Así son las dictaduras.
Cuando escucho a alguien decir que el país necesita un Trujillo solo sé que quien lo dice no vivió los horrores de la Era, ni se imagina remotamente lo que es vivir bajo el yugo de un dictador.
Las asesinaron el 25 de noviembre de 1960 en la Cumbre junto al conductor Rufino de la Cruz, cuando regresaban de la cárcel de Puerto Plata, y ya el 30 de mayo de 1961 caía también Trujillo, precisamente mientras viajaba en su vehículo. La forma fue similar. El legado todo lo contrario. Ellas lucharon contra un régimen opresor y en todo el mundo inspiran la no violencia y la libertad. El, un macho violento y perverso, aplastó a sus opositores y ultrajó a muchas mujeres.
Ni siquiera Mario Vargas Llosa, con la maestría de la prosa que le caracteriza, ha escudriñado lo suficiente en el sadismo de Trujillo, en su ejercicio del poder a partir de silenciar un pueblo, de ultrajarlo, de acribillarlo.
Lo ajusticiaron, eso sí. Loor a los valientes que lo lograron. A ellos los encarcelaron y los fusilaron, pero nunca se hizo un ajuste de cuentas. No con más muertos, sino con la justicia en manos. Cobardes, como al final son todos los dictadores y secuaces, el séquito inmediato se fue del país. Nunca juzgados.
Los matones, operadores de un régimen opresivo, se reintegraron a la sociedad dominicana como si nada hubiese sucedido. Surgieron los disturbios propios de la caída de un régimen dictatorial y la incertidumbre se extendió.
La más rudimentaria democracia no fue posible porque todos los “poderes fácticos” se sintieron amenazados por las campanas de libertad. Volvió a gobernar Joaquín Balaguer, después de un receso en el extranjero. Fueron 22 largos años, 12 sangrientos y 10 en la ancianidad, como si 31 años de Trujillato no hubiesen sido suficientes para atragantar al pueblo dominicano.
Cierto, el país fue cambiando lentamente y Balaguer no fue exactamente Trujillo. Su sadismo político era más moderado y ultrajar mujeres no era una de sus obsesiones. Pero el poder como ejercicio de la arbitrariedad siguió marcando la vida política y social dominicana entre lloros y sarcasmos.
A pesar de los cambios socioeconómicos y políticos desde 1978, la dificultad de la sociedad dominicana para aceptar que la democracia implica derechos y responsabilidades ciudadanas sigue marcando la vida política.
No deja de sorprender el reciclaje en el poder de las fuerzas conservadoras que se forjaron durante el balaguerismo en medio de corrupción y opresión. En el ocaso biológico-político de Balaguer coparon el PLD, alianza sellada con el Frente Patriótico de 1996, y ahora se abren camino también con el PRM. Mientras así sea, será muy difícil forjar la democracia en la República Dominicana. Sin progresismo, el cambio democrático seguirá siendo una ilusión torpedeada en cada ocasión.
Artículo publicado originalmente en el periódico HOY

El asesinato de las hermanas Mirabal marcó el comienzo del fin de la dictadura de Trujillo. Acto aberrante de un régimen que llevaba 30 años oprimiendo en una pequeña isla del Caribeyno permitía más justificaciones ni apuestas a su favor.
Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre 8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.
Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.