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Opinión

Trump/Netanyahu, sangre por petróleo

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Por Oscar López Reyes

Con sus resabios personales en la creencia de ser el rey de la selva, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha roto el pecho de la humanidad, a la que mantiene en ascuas y causándole una dolencia inconmensurable. Perpetra una hecatombe en el salvajismo a guisa de la confrontación con las supremas instancias institucionales de su país y de su poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas junto a Rusia, China, Francia y Reino Unido. ¡Caray …!

Detrás del apoderamiento geoestratégico del Golfo Pérsico, que concentra el más gigantesco volumen de petróleo y gas del globo terráqueo, y el control del estrecho de Ormuz, Estados Unidos está apelando a su corpulencia convencional y tecnológica, desestabilizando, como un tobogán, la economía, los ecosistemas y la salud humana universal.

Las tormentas de fuego son parecidas a un Armagedón y cumplen una profecía bíblica. En el empeño imperialista/hegemónico de la superpotencia de Norteamérica y expansionista territorial del sionismo de Israel, se han intensificado los bombardeos aéreos en Irán y el Golfo Pérsico, destrozado edificios, hospitales, escuelas, cuarteles y bases castrenses, centrales nucleares y otras infraestructuras militares, industriales y urbanísticas.

El saldo ha sido de miles de muertos y heridos, hambrunas y desplazamientos poblacionales, que tiemblan en el ensordecedor zumbido de las cargas explosivas. Aunque cuentan con armas nucleares, Estados Unidos e Israel también matan persiguiendo detener el proyecto de bombas atómicas emprendido por Irán.

Por esta conflagración bélica ha sido apretado el botón de pánico energético, acelerado la volatilidad económico-financiera internacional -con la consiguiente avalancha inflacionaria-, los daños medioambientales y el estrés postraumático crónico, cocidos por el mal olor cadavérico, el calor de los escombros en llamas y la diseminación en la atmósfera de fardos de pólvoras y sustancias nocivas.

En anclas parecidas, el influyente humorista gráfico de diarios de España Antonio Fraguas de Pablo (Forges, 1942-2018) tiró un alarido expresivo: “No hay guerras justas y guerras injustas: solo hay malditas guerras”, apropiado para ser repetido en esta época.

¡Oh guerras! De veras, estas han sido gestadas por desarmonías espirituales individuales, el ensanchamiento de negocios en la codicia económica, las rivalidades por apoderarse de recursos naturales, franjas fronterizas y por geoestrategias en la desconfianza, las demandas de seguridad ante amenazas y los fracasos diplomáticos.

En la escalada guerrera de Estados Unidos e Israel contra Irán (iniciada el 28-2-2026), el primer complejo militar fabricante y exportador de armas está de pláceme, cual festines carnívoros de perros y gatos, alacranes y buitres, y ratas y leones. Los cielos, mares y tierras retumban saturados de drones suicidas y sistemas anti-drones, misiles balísticos de largo alcance y aviones bombarderos ultramodernos, con toques de sirenas para huir despavoridamente hacia los refugios.

En este escenario de acometidas, el presidente Donald Trump (Taco) y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu (Bibi) traen a la memoria las atrocidades del nazi autoritario de Alemania Adolfo Hitler, por aquello de “El veneno de la sangre”, y la crueldad.

Y, en ese hábitat, han detonado esos dos osados que, con vértebras que flechan lutos, se engullen un elefante africano sin obedecer las normas jurídicas, éticas y de salubridad; sin arrojar gases del estómago ni dar señales de sonrojo. La catástrofe de Trump desde la Casa Blanca y Netanyahu desde Beit HaNassi (Casa del Presidente), convoca a glosar las odas del poeta español Vicente Aleixandre (1898-1984), ganador del Premio Nobel de Literatura en 1977:

“…Suena en las calles /Todas las casas gritan/… y de esa ventana rota sale un grito de muerte/Seguís. De ese hueco sin puerta/sale una sangre y grita/ Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados/gritan. Son niños que murieron/Por la ciudad gritando/…un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba/No lo miréis: sentido/Pequeños corazones, pechos difuntos, caritas destrozadas/”.

Incontestablemente, la guerra del 2026 está engordando el mercantilismo de las herramientas de muerte, en el batir de récords de ventas de las compañías armamentistas enclavadas en una nación que pregona defender la vida y los derechos humanos. El Pentágono está pidiendo cuadruplicar la producción de esos artefactos para reponer los arsenales y sustentar los enfrentamientos, en tanto que Lockheed Martin, RTX (Raytheon), Northrop Grumman, General Dynamics y Boeing han suscrito contratos sin precedentes, con encapié en la tecnología aeroespacial, como los misiles de precisión.

La carrera belicista se acrecienta colosalmente, sin contención de naciones capitalistas ni socialistas. En 2025, el gasto militar mundial ascendió a unos 2,63 billones de dólares, que equivale a un incremento del 2,5%, comparado con el año anterior. Ese presupuesto está liderado por Estados Unidos, China, Rusia, Alemania, Reino Unido, India, Arabia Saudita, Japón, Ucrania, Francia, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.

A riendas sueltas, las superpotencias acumulan un arsenal nuclear que cifra 9,745 ojivas, conforme con el último monitoreo de la Prohibición de Armas Nucleares. Ellas son un riesgo a gran escala por su utilización ante una situación de presión, un error de cálculo o un accidente, con lo cual serían aniquiladas más de 5 mil millones de personas, especies animales y vegetales. Ese cataclismo radioactivo destruiría la civilización humana.

En contraste con la prosperidad en la venta de armas de fuego, se disparan los precios del petróleo y el gas, los mercados financieros sobrellevan una recia perturbación, particularmente con la caída de las cotizaciones bursátiles, y los ciudadanos estadounidenses se ven compelidos a pagar un costo calculado en más de 890 millones de dólares diarios.

Esa tirantez marcial causa estragos financieros, y revive la teoría de los conflictos sociales y políticos, expuesta por el filósofo y revolucionario alemán Carlos Marx (1818-1883) en su obra «Contribución a la crítica de la economía política» (1859), cuando aún no proliferaban instalaciones atómicas.

El fundador del socialismo científico postula que los conflictos sociopolíticos no son casuales, sino que nacen de la infraestructura económica (relaciones de producción) que, a su vez, cimienta y levanta la superestructura jurídica y política. Plantea que, por la pugna en torno a recursos limitados, la sociedad está inmersa en una discrepancia perpetua (pobreza, discriminación, violencia doméstica, guerras y revoluciones), y que el orden social se sustenta en la dominación y el poder, y no en el consenso y la conformidad.

En esa coordenada, opinamos, el armamentismo alimenta el planteamiento marxista-leninista de que la lucha armada encarna el medio esencial para conquistar y mantener el poder político. La anterior premisa de Carlos Marx se complementa con la famosa frase acuñada, el 7 de agosto de 1927 y reafirmada en 1938, por el líder de la revolución (1949) y presidente de la República Popular China (1949-1976), Mao Tse Tung: «El poder político nace del cañón de un arma», o sea, «del fusil».

La inversión monetaria para la defensa y para neutralizar capacidades militares luce que seguirá en marcha, para que por calles y avenidas veamos transitar, lentamente, más carros fúnebres con seres humanos devorados, sin bombas y con flores; más guirnaldas sin arder en mañanas, tardes ni noches de hogueras, pero sin pólvora, y llevados hasta cementerios, sin fuego ni sangre y dejados en tumbas frías.

En su cancionero y romancero de ausencias, el poeta y dramaturgo Miguel Hernández (1910-1942), comprometido con la Guerra Civil Española, esparció su lírica contra las hostilidades en la hoguera: “Tristes guerras/si no es amor la empresa/Tristes, tristes/Tristes armas/si no son las palabras/Tristes, tristes/Tristes hombres/si no mueren de amores/Tristes, tristes”.

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El autor: Periodista, escritor y catedrático.

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Opinión

Clase, código y modificaciones

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Por Narciso Isa Conde

La dramática situación política, económica, social y cultural en que despliega su existencia laboral y familiar la clase trabajadora dominicana la emplaza a potenciar su indignación soterrada y a convertirla en movilización y rebeldía a nivel territorial.

Es pertinente exigir un nuevo código laboral que incluya la conexión del salario mínimo con el costo de la Canasta Básica Familiar y la “indexación automática” a tono con los niveles de inflación: a mayor incremento de los precios de mercancías y servicios, igual aumento del salario.

En materia de reformas estructurales, hay que desprivatizar los servicios de salud, garantizándole al pueblo trabajador y a sus familias un servicio de salud pública de calidad y universal, que haga innecesario la existencia de las ARS privadas.

Crear un sistema público de pensiones que supere las parasitarias AFP privadas y garantice a la población trabajadora pensiones dignas y retiro con calidad de vida. El sistema educativo debe ser público y de calidad.

Hay que ampliar el mercado interno, aumentar la producción con más valor agregado y apoyar consistentemente a las MIPYMES como principales empleadoras.

En este país el régimen empresarial es casi policial, lo que explica un alto grado de anulación de la libertad sindical. Existen centrales famélicas y pocos sindicatos, la mayoría con dirigentes dóciles. La clase trabajadora está forzada a luchar en el territorio, fuera de fábricas y de sus centros de trabajo.

La tripleta negociadora es espuria y pro patronal: Gobierno, CONEP y centrales, lo que determina que el Código sea bloqueado por el interés empresarial de tumbar la cesantía e introducir nuevas cláusulas a su favor, con el pretexto de la modernización.

Con la ayuda de este gobierno empresarial, del Congreso corrupto y de un sindicalismo débil y esencialmente dócil, van de robo. El gobierno, a pesar de prometer aprobar el Código con lo ya consensuado, no lo ha hecho. El poder empresarial se lo ha impedido.

La cesantía es el único desacuerdo entre ellos. El costo de eliminarla determina que sindicalistas dóciles y gobierno rechacen eliminarla. El Código sigue bloqueado.

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Opinión

República Dominicana y Haití: ¡tanta gente!

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Por Rosario Espinal

El declive en la tasa de natalidad en muchos países del mundo, sobre todo, en los de mayor nivel de desarrollo económico, ha generado una alarma entre los natalistas blancos que ven el fin de su raza y su civilización de continuar la tendencia poblacional a la baja. Pronostican el llamado “gran reemplazo” étnico-racial y propagan la idea de que los blancos tengan más hijos.

Ese llamado a aumentar la tasa de natalidad encuentra, sin embargo, grandes obstáculos: 1) a diferencia de la sociedad rural del pasado, para la clase media urbana, criar hijos representa un alto costo de baja rentabilidad posterior; 2) el costo de la vida es elevado y en muchas familias todos los adultos tienen que generar ingresos; y 3) la sociedad postmoderna promueve la realización del potencial individual.

Mientras la clase media se resiste a tener muchos hijos, los pobres son más proclives a tenerlos por su escaso nivel educativo y acceso limitado a los servicios de salud reproductiva. De ahí que el principal reproductor de la especie humana sigue siendo la pobreza.

El fenómeno no es ajeno a nuestro entorno nacional. Hay que tomar conciencia de que la población de la República Dominicana y Haití sobrepasa los 22 millones de habitantes. La mayoría, sobre todo en Haití, son pobres.

La República Dominicana tiene una densidad poblacional de aproximadamente 240 habitantes por kilómetro cuadrado y Haití de 437 (el promedio para América Latina es 33).

El índice de fecundidad (número medio de hijos por mujer) de la República Dominicana es aproximadamente de 1.9 y en Haití 3.0 (el promedio en América Latina es 1.8).

Ignorar estas cifras y sus consecuencias sociales constituye una irresponsabilidad de los gobiernos de ambos países, de las iglesias y de la ciudadanía en general.

A diferencia de las décadas de 1960 y 1970, cuando existían algunos programas públicos para el control de la natalidad, en décadas recientes, el control del crecimiento poblacional se ha dejado más al azar.

En sociedades donde la población tiene mayor nivel educativo y acceso a los servicios de salud, el control de la natalidad se produce por decisión personal racional. No así en los países con bajo nivel educativo, sin programas de educación sexual efectivos, ni acceso adecuado a los servicios de salud.

En países muy pequeños y de mucha pobreza, la alta concentración de población presenta serios desafíos socioeconómicos y ambientales como el sobreuso del suelo, la tala de árboles, la contaminación y sequía de los ríos. Esto es palpable de manera alarmante en el territorio haitiano.

Recientemente aumenta la alarma en la República Dominicana porque los haitianos se reproducen más que los dominicanos.

La solución no es como proclaman algunos que los dominicanos se reproduzcan más para equiparar los haitianos, sino que los haitianos mejoren sus vidas y se reproduzcan menos para balancear el peso poblacional. Ya la isla está saturada de gente sin recursos suficientes para alcanzar una vida digna.

La pobreza no es producto del tamaño de la población, pero a mayor población pobre, mayor dificultad para resolver los problemas de la pobreza.

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Opinión

Un país dominado por el vicio

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Por Nelson Encarnación

Aunque no existen estadísticas comparativas confiables o verificables, los datos que se manejan apuntan a que la República Dominicana es uno de los países donde más se juega, lo cual se traduce en un gravísimo perjuicio para millones de personas que se han hecho dependientes voluntarias del vicio de apostar.

Debemos empezar por resaltar que dudamos mucho de que exista en nuestra región otro país donde se permita la cantidad de loterías regentadas por empresas particulares, al punto de que actualmente operan por lo menos siete que realizan unos 20 sorteos diarios.

En muchos países del área funcionan diversas loterías, pero la mayoría dependen de instancias estatales, sean gobiernos nacional, federal o provincial, donde aplique cada caso, pero nunca como negocios particulares.
Muchas de estas loterías son manejadas como cajas de recaudación de recursos para atender necesidades de beneficencia social, como fue el objeto que animó al padre Francisco Xavier Billini al fundar la Lotería Nacional hace casi 150 años.

Lo que acontece en nuestro país es catastrófico para la estabilidad económica de millones de ciudadanos, pues hablamos que en unos 20 sorteos cotidianos se apuestan—en cifras conservadoras por carecerse de registro—alrededor de cuatrocientos millones de pesos, es decir, unos RD$146,000 millones al año. Conforme datos oficiosos, en la geografía nacional existen aproximadamente 250,000 bancas de loterías, de las cuales apenas estarían registradas unas 40,000 (16%), lo que significa que, por cada diez bancas en funcionamiento, menos de dos cuentan con autorización oficial.

Nos referimos solo a esta avalancha de sorteos diarios, sin mencionar la cantidad incontable de máquinas tragamonedas que operan al margen de la ley en colmados, billares y otros lugares.

Tampoco citamos los casinos autorizados en hoteles y otros lugares, ni las bancas deportivas, donde por igual se juegan grandes partidas de dinero a diversos deportes.

Todos estos juegos provocan que los asiduos, en su gran mayoría personas humildes, dejen de comer para apostarle a una suerte cada vez más esquiva y huidiza.

¿Qué hacer frente a este panorama que plantea un grave problema social?

Suponemos que esta situación alcanzó los niveles a que ha llegado desde el momento en que el Estado desertó de su obligación de regular una actividad que, si bien pudiera encajar en la libertad de comercio, necesita operar en un marco de estricto control.

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