Por Rosario Espinal
En este 2020, en que las fuerzas políticas se enfrentan para obtener los cargos electivos, es oportuno reflexionar sobre un problema fundamental de la democracia dominicana: la carencia de propósitos loables.
Un sistema político democrático necesita establecer niveles importantes de eficiencia gubernamental para poder dar respuesta a las expectativas de bienestar de la población.
Hacer el sistema eficiente supone lograr acuerdos que produzcan una distribución más equitativa de los recursos, sin llegar al abuso de los derechos políticos de la ciudadanía. Es decir, en una democracia es recomendable realizar reformas con un amplio apoyo político, pero no es fácil lograrlo por los intereses diversos.
Por otro lado, un sistema democrático necesita pasión política para mantenerse vivo. Como señaló hace tiempo Chantal Mouffe, la principal amenaza de la democracia contemporánea es la visión del mundo que asume un supuesto consenso, donde no hay deslindamiento de diferencias reales entre las propuestas de las distintas fuerzas políticas.
La dilución de las diferencias ideológicas, alabada por muchos como signo de progreso es preocupante, porque sin diferencias ideológicas, el debate político pierde fuerza y se crea la falsa ilusión de que es posible acomodar igualmente las demandas de todas las partes en conflicto.
Al contenerse o diluirse la confrontación de las diferencias, se abre el espacio para el surgimiento de movimientos políticos no democráticos que sí fomentan la pasión política. Ahí están los casos de movimientos y partidos ultraconservadores, negadores de derechos, que proliferan en estos tiempos.
En la República Dominicana hubo, por décadas, abundancia de pasión política. La razón de origen es que los tres caudillos del postrujillimo libraron sus principales luchas en un contexto cargado de polarización ideológica, propio de la Guerra Fría en las décadas de 1960 y 1970, y se mantuvieron guiando la política hasta fines de la década de 1990.
Sin embargo, desde 1978, se afincaron las tendencias convergentes en torno al Estado corrupto y clientelar. La similitud de proyectos se produjo cuando los tres partidos principales (PRSC, PRD y PLD) accedieron al poder y adoptaron estrategias de gobierno similares. Todos afirmaron su vocación clientelista y caudillista, a imagen y semejanza del sistema que había gestado Balaguer entre 1966 y 1978, y quedaron atrás las utopías de reformas que habían encarnado el PRD y el PLD.
Entre 1996 y el 2000 se cerró el ciclo de pasión ideológica que por tres décadas había guiado la política dominicana. La alianza PLD-PRSC en el “Frente Patriótico” de 1996 marcó el fin de la diferenciación ideológica, mientras la debacle gubernamental del PRD en el 2000-2004 marcó el fin de la utopía reformadora que inspiró ese partido por más de medio siglo.
Enterradas las confrontaciones y utopías, la política dominicana ha mantenido un cierto grado de pasión apoyada en la necesidad de sacar del poder a alguien. Así, las pasiones negativas definen los procesos electorales, y carecen de energía renovadora y esperanzadora.
Además del vaciamiento ideológico, quedando solo la ultraderecha como fuerza discursiva dominante, la democracia dominicana ha sido floja en establecer un nivel de eficiencia gubernamental que garantice servicios básicos para el bienestar de la ciudadanía.
La democracia dominicana es hueca. El sistema político perdió la pasión del modelo de confrontación ideológica, y no se ha logrado la modernización socioeconómica e institucional que se esperó sucediera en las décadas de 1980 y 1990.
Ya avanzando el siglo 21, la sociedad dominicana existe en una burbuja económica de corte clientelar y vacía de objetivos transformadores. Peor aún, ninguna fuerza política actual presenta una opción diferente.
Artículo publicado originalmente en el periódico HOY

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