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Opinión

El juicio de las exclusiones

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Por Juan Bolívar Díaz

Nadie sabe lo que va a ver y con lo que tropezará en este mundo nuestro tan absurdo. Llegamos el viernes al tribunal donde se juzga a Marino Zapete, bajo cargos de difamación e injuria sin pensar que seríamos tratados como revoltosos peligrosos. Un pelotón policial nos cerró el paso a la sala de audiencia. Temimos que estaría abarrotada por personeros. Pero al asomar la cabeza advertimos que los asientos estaban vacíos.

Los colegas seguían llegando y comenzó una ruidosa protesta. Nos remitieron a la secretaria del tribunal, quien informó que el juez había decidido que sólo entrara un noticiario que con anticipación había solicitado instalar equipos de televisión. De nada valieron las explicaciones de que sólo portábamos cámaras, celulares o libretas y que nunca hubo que pedir permiso con anticipación. Estábamos excluidos. Los demandantes y el juez Franny González no querían periodistas donde se juzgaría precisamente un presunto delito de prensa.   

Cuando la protesta aumentaba, un oficial trajo lo que parecía un inicio de arreglo: que entraran Huchi Lora y Juan Bolívar, y luego sumaron a la presidenta del Colegio de Periodistas, Mercedes Castillo. Fue un momento de desconcierto, pues dudábamos si debíamos aceptar esa discriminación por notoriedad, pero como el juicio había empezado, preferimos ser testigos. Fuera siguió la protesta, con golpes tan fuertes a la puerta, que casi hacían imposible la audiencia, pero el magistrado no se daba por aludido. Al ver que no entraba más nadie, llamamos al oficial para  advertirle que fuera había colegas como el insigne Ramón de Luna, decano del periodismo nacional. Lo introdujo de inmediato.

Tratando de evadir el remordimiento de conciencia nos concentramos en la audiencia, cuanto lo permitía el ruido exterior, para escuchar que la defensa recusaba al tremendo juez, porque no sólo dejaba fuera a los periodistas, sino que dos días antes también había excluido a casi todos los testigos y los elementos de prueba presentados por Zapete.

Este sería el juicio de las exclusiones, reviviendo aquel de 1996 cuando el teniente y juez Juan Severino me condenó a 6 meses de cárcel y a una multa de 2 millones de pesos, excluyéndonos del juicio, aberración y linchamiento político por la publicación del libro “Trauma Electoral” que documentó el dramático fraude de las elecciones de 1994. Me costó 2 años lograr, con eficientes abogados, que la Suprema Corte anulara aquel mamotreto.

No es posible reeditar aquello. No se puede impedir que Marino presente los documentos que justifican su afirmación de que la señora Maybeth Rodríguez se benefició de contratos otorgados grado a grado por cientos de millones de pesos, por el entonces Ministro de Obras Públicas Gonzalo Castillo, precisamente uno de los testigos excluidos.

Los abogados defensores presentaron agravantes: que ya se habían cursado las citas judiciales, cuando la parte acusadora hizo oposición, y que el juez las revocó, sin notificarlo previamente a la parte interesada para que ejerciera el derecho a refutar.

No se entiende que  el juez considere irrelevante que se pueda interrogar,  como testigo, a quien firmó los contratos. Es tan relevante como los contratos y el acta de la asamblea de la empresa Asimra del 22 de septiembre del 2015, certificados, cuya segunda resolución da potestad a la señora Rodríguez para firmar contratos y cheques y abrir cuentas bancarias, “en su condición de gerente y apoderada de la empresa”. Copias legalizadas demuestran que ella firmó contratos con el ministro Castillo, violando la Ley de Compras y Contrataciones Públicas, basados en un decreto presidencial anterior. Que no aparezca como accionista, como se aduce, no le resta complicidad y responsabilidad en un acto ilegal. 

Con esa documentación no hay juez que pueda condenar a Zapete. Sólo el abuso de poder, y el deseo de escarmentar a los periodistas que defienden el patrimonio público, como mandan sus deberes profesionales y ampara la Constitución, pueden explicar esa farsa. Se ha convertido en un boomerang al evidenciar los excesos del ministro Castillo, quien en buen juicio debería explicar cómo pasó por  encima de la ley para beneficiar a empresas relacionadas. Ya Alicia Ortega documentó otro paquete más grande de contratos otorgados grado a grado, por 11 mil 500 millones de pesos, en los meses antes de convertirse en candidato presidencial oficialista.

Esa demanda es un absurdo, que terminará tan mal como comenzó y tendrá alto costo para el gobierno. Ahí ya tienen las condenas contundentes de la Sociedad Interamericana de Prensa y del Comité Internacional  para Protección de los Periodistas. Si Marino es condenado, podrá contar con mi compañía en la prisión. Preparo maleta y espero, finalmente,  conocer por dentro La Victoria o a la inmunda cárcel de Azua.-

 

 

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Opinión

La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)

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Por Rommel Santos Diaz

 Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones  de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre  8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de  niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.

La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.

A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.

El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.

Finalmente, en  la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una  de ayuda  y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.

rommelsantosdiaz@gmail.com

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Opinión

Los políticos profesionales no roban

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Por Nelson Encarnación

El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.

Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.

Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.

Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.

Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.

Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.

Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.

En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.

Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.

En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.

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Opinión

Honrar la Constitución o perder la República

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Por Isaías Ramos

Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.

Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.

No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.

La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.

La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.

Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.

Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.

Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.

La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.

Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.

Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.

Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.

¡Despierta RD!

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