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Opinión

El Mundo que quedó atrás

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Por Miguel Guerrero

A manera de introducción

La lectura de esta obra pudiera dar la falsa impresión que he  intentado incursionar en el género autobiográfico. Si bien la mayoría de los relatos iniciales son el resultado de vivencias y recuerdos personales de épocas difíciles, el propósito no ha sido, por supuesto, reseñar mi propia historia. Las ideas y episodios narrados en este espacio son  frutos de experiencias del quehacer periodístico contados ya de la misma u otra manera en oportunidades anteriores y por distintos medios, tanto orales como escritos.

Pasajes  enteros se refieren a situaciones conmovedoras y dramáticas que me tocó observar o experimentar en carne propia. Al recrearlas, aspiro a alentar sentimientos parecidos en el lector. Con toda probabilidad, las historias aquí contadas habrán sido vividas de igual manera y con idéntica intensidad por muchos otros. De modo que nada extraño sería que alguien experimentara la misma dulce sensación que se adueñó de mí al recrearlas para un libro.

CAPÍTULO I

En los duros años de escasez familiar, durante mi adolescencia, de los que a pesar de todo perduran en mí gratos recuerdos de escenas filiales, desordenadamente incrustadas en un apartado escondrijo de la memoria, surgió en aquella pequeña casa de la Fabio Fiallo la necesidad de racionarlo todo. Eran tiempos, sin embargo, en que las cosas parecían más fáciles.

Las complejidades del progreso y los avances de la ciencia, no ofrecían las comodidades de la televisión por cable ni las facilidades de las llamadas internacionales por discado directo. A pesar de ello, la vida poseía sus encantos.

El racionamiento comenzaba en casa con el atuendo para la escuela y terminaba en la noche con la cena, en la que  pocos pesos bastaban entonces para los alimentos comprados en el colmado de Nando, en la esquina, suficientes para papá, mamá, mis cinco hermanos y yo.

Tilo, apodo del que después se hizo médico y ejercíó en Estados Unidos, y segundo en edad, sentía ya para esa época la necesidad de hacerse sentir entre sus compañeros. Era la vanidad propia del muchacho de una familia de clase media que de una relativa y cómoda prosperidad, por un golpe adverso del destino, con la fuerza de un disparo, había sido sumida en la precariedad, rodeada de escasez y dignidad.

La mayor parte de las pequeñas riñas familiares sobrevenían cuando ese hermano, que solía ponerse las camisas de mi padre, negaba a Luis, el mayor, el derecho a usar las suyas. De esa época difícil me quedó la inclinación de reparar los trajes, cuando unas cuantas libras de menos o más llegan a hacerlos inútiles en el guardarropas.

Tan  peculiar costumbre pareció transmitirse a otra generación familiar.Tan pronto como el convencimiento de la pubertad hizo a mi hija Lara ruborizarse de sus propias dotes, le nació la fascinación por parecerse a su madre. Fue el período en que adquirió la inclinación a ponerse los vestidos de ésta, sólo por la mera satisfacción de hacerlo.

Yo podía ver, en medio del pequeño gesto de protesta e indignación de la madre un profundo brillo de alegría en su expresión, como si nada le enorgulleciera tanto como el que su hija le despojara temporalmente de una prenda. Expresión que pude ver en los ojos de mi hijo, días después cuando al prepararse para el colegio, Miguel que entonces cumplía ya 15 años, decidió ponerse un polo-shirt mío sin ningún rasgo de rubor. Nunca me pareció tan cerca y al estrechar su mano grande y fuerte de adolescente sentí como si el correr de su sangre fluyera realmente por mis venas.

Y como el día en que su madre descubrió con un grito, mezcla de asombro y alegría, su primer pelo de barba sobre el mentón, encontré de nuevo tema ese día para un artículo.

–0—

Después de dedicarme a escribir una columna diaria durante más de diez años, de pronto me llegó en 1987, el momento de un receso. Al pasar a ocupar la Dirección General de la Corporación Dominicana de Empresa Estatales (CORDE) decidí que en un momento dado mis opiniones podrían carecer de la ecuanimidad y total independencia de criterio con que las había mantenido, con mucho esfuerzo, resistiendo a las presiones más diversas.

De todos los artículos que había escrito en mi vida, ese día me encontré ante el más difícil. Temía que algunos de mis lectores .a fuerza de escribir a diario uno llega a gozar del privilegio de tenerlos. creyeran que intentaba una despedida. Lo condenadamente difícil de esa última columna, en esa fase temporal de mi vida profesional de periodista, era lo malo que siempre he sido para decir hasta luego. Lo que trataba de explicar, por obligación elemental ante quienes se concedían la molestia de detenerse periódicamente ante ese espacio, era que de todos modos un día estaría de nuevo de vuelta.

¿Qué se siente al tomar una decisión de esta naturaleza? Entre muchas otras sensaciones, un profundo vacío intelectual, que en el fondo sólo muestra la vanidad oculta en cada gesto o acción humana. Ese tremendo defecto personal, común a todos los hombres y penosamente pronunciado en nuestro medio periodístico, lo he combatido internamente pidiendo siempre a Dios fuerzas para resistir la lisonja y vencer la soberbia o cualquier asomo de prepotencia.

Cuando salí del despacho presidencial luego de juramentarme como director general de la Corporación Dominicana de Empresas Estatales (CORDE), en un gesto mecánico introduje mi mano derecha en un bolsillo de la chaqueta y saqué un grueso fajo de tarjetas y papelitos, de peticiones que me habían hecho en el corto tramo comprendido entre la entrada de Palacio y el antedespacho del mandatario. El consorcio poseía 24 empresas. Yo necesitaba de por lo menos otras 75 para complacer las solicitudes para puestos de administradores que me habían hecho en ese trayecto.

En INAZUCAR no me visitaba tanta gente. La causa era, naturalmente, que allí no podía nombrar a casi nadie ni otorgar contratos. En los dos meses que ocupé la dirección de CORDE me enteré de que tenía por lo menos ciento cuatro primos y tíos de los que nunca había oído hablar. Una tarde fue a verme, aduciendo una emergencia personal muy grande, un .amigo de infancia.. Le dijo a mi secretaria que habíamos sido los mejores camaradas en una época y estudiado juntos en la misma escuela. Yo salía en esos momentos de mi despacho y escuché esa parte de la conversación. El hombre tenía no menos de sesenta años y a mis cuarenta era difícil que hubiéramos estudiado juntos.

La historia del tío que me quería .inmensamente. fue todavía más aleccionadora, cuando le saludé como a cualquier visitante y preguntó a mi secretaria quién yo era. Hubo otro que tuvo la cachaza de .recordarme. una experiencia común vivida en Montecristi en la campaña de 1978, lugar donde nunca había estado y menos en labores proselitistas.

Un secretario muy influyente de Palacio me enviaba siempre papelitos con recomendaciones de empleo. Los primeros días tendía a prestar atención pero cuando vi que excedían mi capacidad para situarlos, le llamé para preguntarle cuáles de ellos tenían prioridad, dadas las presiones de empleo que entonces se ejercían sobre el gobierno, para tratar de encontrar alguna solución. Me respondió que ninguno, que no les hiciera caso. Pero a muchos de esos papelitos sí había que hacerles caso.Cuando los identifiqué cambié de táctica y los echaba todos al cesto. A partir de ahí comencé a tener problemas.

A un administrador .figura política de cierto prestigio que había sido congresista. le cambié de posición poniéndole en una empresa más importante en atención entre otras cosas a sus méritos partidarios. Me convertí en una especie de benefactor para él. Daba gusto verle en mi despacho, a donde iba regularmente con lisonjas de todo tipo. En una ocasión no pudo contenerse y me abrazó con tanta fuerza que la emoción apenas alcanzó a dejar oír su voz, trémula como próxima al llanto: .Nunca olvidaré lo que has hecho por mí.. Yo pensaba que su nueva posición no merecía tanto y llegué a implorar a Dios por la oportunidad de poder dar a ese hombre el premio que merecía.

La noche que se publicó, pocos días después, mi renuncia irrevocable al cargo, mis compañeros le vieron borracho celebrando la noticia en un club de ejecutivos, en compañía de otros. .Brindo para que no se arrepienta., dijo alzando la copa.

Un señor en Palacio, que parecía muy amigo de un influyente funcionario, me llamó a un rincón y me entregó un papelito recomendándose él mismo para un puesto. Había escrito su dirección y teléfono en el reverso de una carta obscena que pensaba dirigir a una mujer que parecía, por el texto, la secretaria de un amigo. Casi en su presencia, lleno de vergüenza cuando leí el texto, rompí el papel y tuve que aceptar estoicamente una andanada de insultos en los que me recordaba que no era más que un desconsiderado que me había envanecido con la posición, y a quien el Presidente bajaría pronto los humos.

Si había aprendido algo a lo largo de mi carrera profesional, la que me sirvió en mi breve experiencia como servidor público, era aquilatar en toda su dimensión, la importancia de la humildad. Nunca me he sentido más fuerte y preparado para la lucha, cualquiera que ésta sea, como cuando siento la certidumbre, todavía años después, de que la humildad domina en mí, sobre todo otro sentimiento o flaqueza humana.

Cuando mi padre murió, aquella triste y plomiza tarde de mayo, lo que proporcionó el valor necesario para soportar la tragedia enorme que se abatía sobre nosotros, no fue más que la inmensa sensación de pequeñez que de mí mismo y de mis hermanos, reflejó su muerte. La verdadera grandeza de su existencia estaba no en sus muchos logros personales, de su vida una extraña conjugación de éxitos y fracasos que terminaron por abatirle cuando ya le faltaban fuerzas físicas para enfrentar las tempestades, sino en la sencillez de su corazón y en su increíble percepción para captar la esencia pura de la existencia humana en la más intrascendente de las escenas cotidianas.

Tras su expresión adusta y severa flotaba un corazón tan dulce y transparente como la miel. Había luchado contra viento y marea y confrontado las peores vicisitudes en la forjación de la más grande y exitosa de sus empresas personales, que era su familia, y sin embargo había logrado proteger las fibras esenciales de su corazón, al punto de poder encenderse interiormente ante el esplendor de una naciente flor o las lágrimas de un niño hambriento. Era allí donde residía su verdadera naturaleza y de donde yo extraje, desgraciadamente en la etapa final de su vida, los elementos fundamentales del amor y la admiración que la muerte y el tiempo no han logrado

De todas sus virtudes, la que más apreciaba en cualquiera de nosotros, sus hijos, era la de la sencillez y la humildad. Las demás carecían del valor esencial de éstas, porque sabía que el talento, la riqueza y la belleza física, eran después de todo temporales como la vida misma y enanas ante la grandeza de Dios. Como en el caso de los hombres, creía que las grandes naciones, habían llegado a serlo sólo por la comprensión absoluta de sus limitaciones y posibilidades.

El punto decisivo de mi carrera profesional se remonta al momento en que comprendí, en toda su intensidad, el poder real de la palabra escrita. El conocimiento de cuán destructivo o constructivo pudiera ser finalmente un artículo periodístico, me hizo ser prudente; desarrollar un instinto natural de protección no contra mí, sino contra la honra y la seguridad ajenas.

Había ejercido el periodismo desde un prisma completamente crítico. Pero lo había hecho a sabiendas de mis responsabilidades y limitaciones y con absoluta y plena libertad de conciencia. Sólo cuando estuviera profunda y cabalmente convencido de que podría actuar de nuevo en esas condiciones estaría de vuelta.

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Opinión

Crímenes de lesa humanidad y los daños al medio ambiente (1 de 2 )

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Por Rommel Santos

Un acto prohibido conforme al artículo 7, párrafo 1, que se cometa por medio de daño ambiental o que resulte en dicho daño podrá ser imputado como crimen de lesa humanidad siempre que se haya cometido ´´ como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque´´ y ´´ de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer ese ataque o para promover esa política´´.

Los daños ambientales, la explotación ilegal de recursos naturales y la confiscación ilegal de tierras pueden contribuir a la existencia de un ataque generalizado o sistemático siempre que constituyan actos enumerados en el artículo 7, párrafo 1, como asesinatos, persecuciones u otros actos inhumanos. Los crímenes de lesa humanidad se pueden enjuiciar en tiempos de guerra o de paz; no es obligatoria su vinculación con un conflicto armado.

A efectos del artículo 7 del Estatuto de Roma, un grupo puede catalogarse ´´organización´´ siempre que disponga de recursos, medios y capacidades suficientes para hacer efectiva la línea de conducta o la operación consistente en la comisión múltiple de los actos a los que se refiere el artículo 7 del Estatuto¨.

El artículo 7, párrafo 1 a) del Estatuto de Roma tipifica como crimen el asesinato, con inclusión de la provocación intencional de muerte por medios indirectos, como daños ambientales deliberados. Por ejemplo, una persona puede cometer un asesinato envenenando un pozo que abastece de agua potable a una comunidad con el propósito de matar o siendo consciente de que su acto provocaría muertes en el curso normal de los acontecimientos.

El artículo 7, párrafo 1 b) del Estatuto de Roma tipifica como crimen el exterminio. El exterminio puede consistir en diferentes formas de matar, ya sea directa o indirectamente¨ y comprende la imposición intencional de condiciones de vida, entre otras, la privación del acceso a alimentos o medicinas, encaminadas a causar la destrucción de parte de una población. Como se señala en la Política relativa al patrimonio cultural.

Cuando la supervivencia de y el patrimonio cultural de los miembros de un grupo van ligados estrechamente a su territorio, incluidas determinadas formaciones naturales o dependen de él, los ataques que vuelven inhabitable el territorio pueden constituir actos de exterminio.

En la situación en Darfur la Fiscalía ha acusado a Omar Al-Bashir de exterminio, de forma subsidiaria a la imputación de genocidio, sobre la base de actos nocivos para el medio ambiente como los anteriormente expuestos.

El artículo 7, párrafo 1 d) del Estatuto de Roma tipifica como delito la deportación, o traslado forzoso de población, entendida como desplazamiento forzoso de las personas afectadas, por expulsión u otros actos coactivos, de la zona en que estén legítimamente presentes, sin motivos autorizados por el derecho internacional.

En algunas situaciones, un autor podrá forzar ilícitamente a civiles a abandonar su hogar para tener acceso a tierras, agua o recursos naturales semejantes. En otras, podrá forzar ilícitamente a civiles a abandonar su hogar destruyendo y contaminando el medio ambiente.

Tal acto podría constituir un crimen de lesa humanidad consistente en deportación o traslado forzoso si el autor tuviera la intención de hacer que los civiles abandonaran su hogar o fuera consciente de que en el curso normal de los acontecimientos esos actos obligarían a los civiles a abandonar su hogar.

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Opinión

No ofendan a Orlando

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Por Narciso Isa Conde

Por decreto presidencial, este régimen condecoró post-mortem a Orlando Martínez H. y denominó al local de INDOTEL (Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones) con su nombre.

No Luis. No Guido. No ofendan a Orlando. No ensucien con su gobierno su nombre.
Eso es pura simulación. Demasiada hipocresía.
Orlando fue – y es – soberanía , soberanía frente a EE. UU, a su Comando Sur, a su CIA, a su DEA, y a su FBI.

Orlando es antiimperialismo. Nada que ver con Gobiernos lacayos y gobernadores de colonia.
Orlando es construcción de justicia e igualdad, no de injusticias sociales y desigualdades brutales.
Orlando es honestidad, no corrupción ni impunidad.

Nada que ver con SENASA.

Orlando es negación del latifundio y la minería destructiva que este régimen protege.
Nunca hizo causa común con el racismo antihaitiano, con generales asesinos, con la policía criminal, con las guerras imperialistas, con el fascismo, con la explotación capitalista y el saqueo imperialista.

Luis: el régimen que presides es todo lo contrario a lo que Orlando representó.

Guido: el régimen con el que colaboras es todo lo opuesto a los ideales y trayectoria de Orlando Martínez.

Es suficiente ya con la hipocresía de la sala de prensa del Palacio Nacional, donde tantas cosas feas se han dicho.

Mejor quítenle el nombre de Orlando a todo eso y anulen la condecoración.
A Orlando lo mató la CIA, el generalato asesino de turno y Joaquín Balaguer, y ustedes como PRD y PRM lo protegieron, lo reinvindicaron y se aliaron con ellos.

!! Basta de farsas !!
A Orlando no es suficiente honrarlo de verdad solo con flores, diplomas y condecoraciones.
Es necesario seguir su ejemplo. Abrazar sus ideas. Actuar como él. Luchar como él.

Lo otro es puro formalismo. y si además de eso se procede en sentido contrario, como es el caso de este régimen y de su partidocracia y su empresariado, entonces estamos ante una estafa peor que la de SENASA, porque es una estafa moral.

Si en el 50 Aniversario de su asesinato este gobierno guardó silencio sobre la trascendencia de su sacrificio, guárdenlo ahora en este nuevo aniversario.

Orlando no necesita de falsos homenajes. No lo utilicen .
No lo ofendan.

El cuenta con un pueblo y un movimiento que ha sabido reivindicarlo y condenar a sus asesinos más allá de la justicia formal.

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Opinión

Cuando cumplir la Constitución deja de ser opcional

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Por Isaías Ramos

En los últimos días, el debate sobre las candidaturas independientes ha sido arrastrado hacia un terreno doctrinal cada vez más complejo. Se habla de interpretación constitucional, mutación constitucional, activismo judicial y democracia de partidos. Todo eso puede tener interés académico. Pero, para fines institucionales, la pregunta decisiva es mucho más simple: ¿puede una autoridad pública decidir no cumplir una sentencia del Tribunal Constitucional?

La respuesta, en un Estado Social y Democrático de Derecho, es no.

El Tribunal Constitucional ya fijó un criterio mediante la Sentencia TC/0788/24. Ese criterio puede ser discutido. Lo que no puede ser relativizado en la práctica institucional es su fuerza obligatoria. El artículo 184 de la Constitución no deja espacio para ambigüedades: las decisiones del Tribunal Constitucional son definitivas, irrevocables y constituyen precedentes vinculantes para todos los poderes públicos y órganos del Estado.

Eso incluye, sin excepción, a la Junta Central Electoral.

Si la JCE pretendiera organizar un proceso electoral ignorando ese precedente, no estaríamos ante una diferencia legítima de interpretación. Estaríamos ante una violación abierta del orden constitucional.

La primera consecuencia es jurídica. El artículo 6 de la Constitución dispone que toda ley, decreto, resolución, reglamento o acto contrario a la Constitución es nulo de pleno derecho. Ninguna autoridad puede actuar como si una sentencia del Tribunal Constitucional pudiera ser desobedecida por conveniencia política o administrativa.

En términos simples: una ley posterior no puede invalidar una sentencia constitucional vigente. Tampoco puede “corregir” al Tribunal Constitucional mediante una mayoría legislativa ordinaria. Si una nueva norma pretendiera erradicar las candidaturas independientes en contradicción con el alcance constitucional ya definido, esa norma nacería gravemente viciada.

La segunda consecuencia es democrática. El artículo 22 reconoce el derecho de ciudadanía a elegir y ser elegible. No se trata de una concesión de los partidos ni de una autorización graciable del legislador. Se trata de un derecho fundamental.

Aquí conviene despejar una confusión. El reconocimiento constitucional de los partidos políticos como actores esenciales del sistema democrático, en el artículo 216, no puede interpretarse como una autorización para convertirlos en barrera absoluta frente al derecho de ciudadanía a ser elegible. Una cosa es reconocer su centralidad en la vida democrática; otra, muy distinta, es transformarla en un monopolio excluyente del acceso a la representación.

La tercera consecuencia es institucional. Si se entiende que el criterio del Tribunal debe ser revertido, la Constitución ofrece un camino legítimo: la reforma constitucional. No el desacato ni la anulación indirecta por ley ordinaria.

Pero incluso esa vía exige rigor. El artículo 267 es claro: la reforma solo puede realizarse en la forma que la propia Constitución establece. Eso significa que, si se pretendiera alterar por vía constitucional el alcance del derecho a ser elegible, no bastaría una ley ordinaria ni una consulta general. Habría que declarar la necesidad de la reforma mediante la ley de convocatoria, someterla a la Asamblea Nacional Revisora y, al tratarse de derechos, garantías o deberes fundamentales, activar el referendo aprobatorio previsto en el artículo 272.

Ese referendo debe ser convocado por la Junta Central Electoral una vez aprobada la reforma, celebrarse dentro de los sesenta días siguientes a su recepción formal y solo queda válidamente aprobado si obtiene más de la mitad de los votos de los sufragantes y una participación superior al treinta por ciento del Registro Electoral, sumados los votos por “sí” y por “no”.

En ese contexto, el artículo 210, que regula el referéndum en general, no puede ser utilizado para eludir ese procedimiento agravado ni para sustituir el control constitucional ya ejercido por el Tribunal Constitucional.

Y hay algo que debe quedar fuera de toda duda: mientras ese proceso de reforma no haya sido completado en la forma que la propia Constitución establece, todos los órganos del Estado continúan obligados a cumplir íntegramente el orden constitucional vigente y, por tanto, la Sentencia TC/0788/24. Ni la apertura de un debate político, ni la discusión de una ley, ni la eventual activación de mecanismos de reforma suspenden por sí mismas la fuerza vinculante del artículo 184 ni neutralizan la nulidad prevista en el artículo 6 frente a los actos contrarios a la Constitución.

Hay, además, una contradicción que el país no puede pasar por alto: no se puede haber proclamado un Estado Social y Democrático de Derecho para luego reducir el alcance efectivo de los derechos políticos de la ciudadanía. La democracia pierde autenticidad cuando el poder pretende administrar como concesión lo que la Constitución reconoce como derecho.

La cuarta consecuencia es administrativa. Incluso en la medida en que la Junta Central Electoral ejerce función administrativa, la conclusión es la misma. La Ley 107-13 obliga a la administración pública a actuar conforme al ordenamiento jurídico, bajo principios de legalidad, racionalidad, motivación y no arbitrariedad.

Las elecciones no son solo un procedimiento. Son un contrato de legitimidad entre instituciones y ciudadanía. Y ese contrato se debilita cuando el acceso a competir deja de regirse por la Constitución y pasa a depender de decisiones selectivas de poder.

No se trata, entonces, de estar a favor o en contra de una modalidad de candidatura. Se trata de algo más elemental: si las reglas constitucionales obligan de verdad a todos. Porque cuando una sentencia del Tribunal Constitucional se vuelve opcional para los órganos del Estado, la Constitución misma empieza a perder su fuerza normativa.

Y cuando la Constitución pierde fuerza normativa, lo que entra en crisis no es un artículo, ni una candidatura, ni una coyuntura electoral. Lo que entra en crisis es la credibilidad del Estado de Derecho.

Porque cuando el poder decide que puede incumplir la Constitución sin consecuencias, la primera víctima no es una candidatura: es la República misma.

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