Opinión
El posible Baldi
Published
9 años agoon
Por Andrés L. Mateo
“El posible Baldi” es un cuento del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, en el que se construye la historia de un personaje no a partir de lo que él es en realidad, sino sobre lo que en una ráfaga insólita de valentía él se imagina ser.
Baldi es un pobre diablo, un abogado de vida oscura, que con su salario la quincena en el bolsillo atraviesa una calle de Buenos Aires y se topa con una mujer “extraña y rubia, pequeña, con un largo impermeable verde olivo atado en la cintura como quebrándola”. La imagen que la describe es un retrato magnífico del desparpajo y la ingenuidad, rasgos que darán pie al infeliz Baldi para ocurrírsele dibujarse a sí mismo como un fiero e implacable León de la selva de la existencia terrenal, frente a un ser más aturdido que él.
La mujer caminaba delante y a cada momento le chorreaba una mirada a Baldi. Onetti la describe así: “era una pequeña figura que llevaba unos tacones demasiado altos, que la obligaban a caminar con lenta majestad, hiriendo el suelo en un ritmo de relojería”. Mientras caminaba, Baldi tocaba el dinero de su salario que llevaba en el bolsillo, y calculaba el tiempo que le quedaba para llegar a su casa. Esa noche tenía una cita de rutina con su novia Nené. De pronto un hombre “bajo y gordo, con largos bigotes retintos”, comenzó a molestar a la extraña mujer, poniéndose a su lado y susurrándole piropos, y Baldi, envalentonado,” se abrochó rápidamente el saco y caminó hasta ponerse junto a la pareja”. El molestoso huyó, y la mujer dio las gracias a Baldi, entornando los ojos de ingenuidad. Entonces el tímido hombre de vida oscura que Baldi era, le respondió alzando los hombros, como si esa fuera una tarea insignificante, como si estuviera acostumbrado a poner en fuga a hombres molestosos y bigotudos. Sin darse cuenta, Baldi había entrado en la pendiente enjabonada del otro, el posible Baldi.
Mientras seguía caminando a su lado, el Baldi que él nunca había sido comenzó a brotar. Como en aquella canción de Joaquín Sabina, surgió el Baldi “de las mil caras feroces que la admiración de la mujer hacia posible”. Comenzó a contarle sobre el Baldi que gastaba en aguardiente en una taberna de marinos en Marsella o el Havre. El baldi que se embarcaba en una travesía peligrosa, con diez dólares y un revólver. El Baldi enrolado en la Legión Extranjera que regresaba a las poblaciones con una trágica cabeza de moro ensartada en la bayoneta. O ese Baldi aborrecible que cazaba negros en Transval, Africa del Sur, trabajando como guardián en las minas de diamantes. “Así, hasta que el otro Baldi fue tan vivo que pudo pensar en él como en un conocido”. Ese hombre respetuoso, de una lenta vida idiota, comparado con este otro que él fingía ser, ante la mujer azorada, lo había entusiasmado de tal manera que le pareció necesario hacer un gesto que lo hiciera más creíble. Sacó el dinero del salario que llevaba en el bolsillo y puso un billete sobre las rodillas de la mujer. Con los grandes ojos abiertos la mujer lo miró. Y él agregó un billete más grande, diciéndole: “Toma, ¿quieres más?”. Quiso marcharse con el gesto seco que hubiera usado el posible Baldi, pero volvió a los pocos pasos y acercó el rostro barbudo a la mímica esperanzada de la mujer, que sostenía en alto los dos billetes, haciendo girar la muñeca. “Ese dinero que te di lo gano haciendo contrabando de cocaína. En el Norte”- le dijo- y se marchó hundiéndose en la realidad de todos los días.
Quizás todos hemos sido alguna vez el posible Baldi, y le hemos cogido gusto al juego de inventar otro tipo de existencia. Lo pensé pensando en la sociedad dominicana de hoy, en el porrazo de la historia, en la muerte del hombre mortal, y en la mentira. A estas alturas me parecía que Trujillo debía ser una alma negra que ardía en el infierno. Pero, no. Como el posible Baldi, ahora son dos. El “ trujillito” del siglo XXI, como aseveró Leonel; y el nieto sanguíneo del dictador sangriento. ¡Maldita historia circular, la nuestra!
Opinión
Un Estado puede ganar un enfrentamiento y, al mismo tiempo, estar perdiendo la batalla contra el crimen.
Published
1 día agoon
octubre 8, 2026Por Isaías Ramos
En las últimas semanas, decenas de personas han muerto durante actuaciones policiales calificadas como “intercambios de disparos”. El debate se ha concentrado, comprensiblemente, en determinar si esas actuaciones fueron legítimas, si hubo proporcionalidad en el uso de la fuerza y qué mecanismos pueden establecer con credibilidad lo ocurrido.
Son preguntas indispensables.
Pero hay otra que estamos formulando mucho menos:
¿Estamos desmontando el sistema que produce al delincuente o solamente neutralizando una de sus manifestaciones?
Esta controversia me recuerda una enseñanza que quedó especialmente presente en mí desde que tuve la oportunidad de participar en el Diplomado Internacional Transformación Social y Educativa, vinculado al pensamiento del filósofo francés Edgar Morin.
Morin advertía sobre la “inteligencia ciega”: aquella que fragmenta la realidad, separa sus componentes y termina confundiendo el conocimiento de una parte con la comprensión del todo.
La criminalidad castiga severamente ese pensamiento simplificador.
El hombre armado que aparece en una esquina es apenas la expresión visible de un sistema mucho más amplio. Detrás pueden coexistir tráfico de armas, narcotráfico, microtráfico, lavado de activos, corrupción, financiamiento ilegal, reincidencia, abandono escolar, exclusión social, debilidades penitenciarias y territorios donde las instituciones han perdido capacidad preventiva.
Reducir semejante entramado al último individuo de la cadena constituye un error estratégico.
Porque si hoy cae un delincuente y mañana otro ocupa exactamente su lugar, no hemos desmontado el crimen.
Solamente hemos reemplazado una pieza.
Y mientras celebramos que una pieza cayó, la maquinaria que la incorporó, la utilizó y puede sustituirla sigue funcionando intacta.
Durante aproximadamente tres décadas, distintos gobiernos han administrado una sociedad que ha experimentado crecimiento económico y avances sociales, pero donde persisten brechas educativas, sociales, territoriales e institucionales.
El problema no es solamente cuánto se ha invertido en cada área, sino cuánto hemos sido capaces de articularlas.
Educación, protección social, seguridad, justicia, sistema penitenciario y prevención continúan funcionando demasiadas veces como compartimentos separados.
Ahí reaparece la advertencia de Morin: conocemos las partes, financiamos las partes y administramos las partes, pero perdemos de vista las relaciones que producen el fenómeno completo.
Entonces surge una contradicción preocupante: toleramos durante años condiciones que favorecen exclusión, violencia, economías ilícitas y ausencia de oportunidades y, cuando algunas de sus consecuencias finalmente aparecen armadas en nuestras calles, pretendemos enfrentarlas principalmente mediante fuerza policial.
La seguridad comienza mucho antes de que un policía tenga que sacar su arma.
Existe, además, una diferencia fundamental entre letalidad operativa y eficacia estratégica.
Una intervención policial puede neutralizar una amenaza inmediata y ser tácticamente exitosa. Pero la eficacia estratégica exige una pregunta mucho más importante:
¿Qué poder criminal perdió la sociedad después del operativo?
Un presunto delincuente capturado con vida puede convertirse, dentro del debido proceso, en una fuente de inteligencia criminal: identificar quién suministra las armas, quién financia, quién distribuye, quién recibe el dinero, quién protege la estructura y quién dirige niveles superiores.
Por eso no basta preguntar quién cayó.
Debemos preguntar:
¿Qué estructura descubrimos?
¿Qué red desmantelamos?
¿Qué información obtuvimos para impedir al próximo?
Un Estado verdaderamente fuerte no es aquel que solamente puede enfrentar a un hombre armado.
Es aquel capaz de investigar, capturar, obtener información conforme a la ley, seguir el dinero, rastrear las armas, identificar conexiones, judicializar responsables y reducir efectivamente el poder de las organizaciones criminales.
Nada de esto significa negar a los agentes policiales su derecho a defenderse ante una agresión real.
Tampoco significa asumir que toda muerte ocurrida durante una intervención policial constituye automáticamente una ejecución.
Precisamente por eso, cuando una persona muere por actuación de agentes del Estado, debe existir un procedimiento independiente y creíble capaz de establecer qué ocurrió.
Eso protege al ciudadano.
Y también protege al policía que actuó legítimamente.
Pero una política moderna de seguridad debe avanzar más.
Necesitamos inteligencia criminal integrada, capaz de conectar armas, personas, territorios, comunicaciones y organizaciones.
Necesitamos persecución financiera y judicial, porque una estructura criminal pierde verdadero poder cuando pierde su dinero, sus armas, su protección y sus mandos.
Y necesitamos prevención focalizada allí donde las redes criminales encuentran las condiciones para reclutar o sustituir continuamente a sus integrantes.
Por eso tampoco deberíamos medir la seguridad únicamente por muertos, detenidos u operativos realizados.
Debemos medirla por redes criminales desarticuladas, armas rastreadas, dinero ilícito intervenido, mandos identificados, funcionarios corruptos sometidos, reincidencia reducida y territorios recuperados.
El verdadero dilema nunca debió ser seguridad contra derechos.
Esa falsa dicotomía es, en sí misma, otra expresión de inteligencia ciega.
La República Dominicana necesita autoridad.
Necesita una Policía capaz de enfrentar el crimen.
Necesita justicia capaz de investigar y sancionar.
Necesita inteligencia capaz de anticipar las redes.
Necesita prevención capaz de reducir el reclutamiento.
Pero, sobre todo, necesita un Estado capaz de comprender que todas esas piezas forman parte del mismo sistema.
Porque neutralizar al delincuente puede resolver la amenaza de hoy.
Desmantelar las redes que reclutan y sustituyen al próximo es comenzar a resolver el problema del país.
Los evangelizadores de la Inteligencia Artificial (IA) cabalgan sin pausas ni paradas, a toda mecha como un lince o un cohete, confiados en sus maravillosos proyectos de inversiones financieras. Y el ritmo rasguea en una constante que no presiente ni anticipa límites ni la potencial burbuja/fin de esta expansionista tecnología, la IA, otra estafa, otra doble estafa universal.Opinión
La Relación de la Corte Penal Internacional y los Estados
Published
1 día agoon
octubre 8, 2026Por Rommel Santos Diaz
El Estatuto de Roma estipula que la Corte Penal Internacional entrará en vigor el primer día del mes siguiente al sexagésimo día a partir de la fecha en que se deposite en poder del Secretario General de las Naciones Unidas el sexagésimo instrumento de ¨ratificación, aceptación, aprobación o adhesión¨.
La firma del Estatuto de Roma estuvo abierta hasta el 31 de diciembre del año 2000, tal y como lo estipula el referido Estatuto. Para que un Estado devenga parte , este deberá ratificar, aceptar, aprobar o adherirse al tratado.
El término ¨adhesion¨normalmente significa adherirse al Tratado una vez que este haya entrado en vigor, pero también podrá referirse a un proceso específico de un Estado.
Para el Estado que ratifique, acepte, o apruebe el Estatuto posteriormente al depósito del sexagésimo instrumento, la entrada en vigor del Estatuto para dicho Estado será el primer día del mes siguiente al sexagésimo día a partir de la fecha en que haya depositado su instrumento de ratificación, aceptación, aprobación o adhesión al Estatuto de Roma.
Según el Estatuto de Roma los Estados los Estados no podrán hacer reservas al Estatuto. Los Estados Partes deberán aceptar el Estatuto tal y como fue adoptado en la Conferencia de Roma.
No obstante, el Estatuto de Roma dispone que el Estado podrá declarar que ¨ durante un periodo de siete años contados a partir de la fecha en que el Estatuto entre en vigor a su respecto , no aceptará la competencia de la CPI sobre la categoría de crímenes a que se hace referencia en el artículo 8 cuando se denuncie la comisión de uno de esos crímenes por sus nacionales o en su territorio¨.
El objetivo de la disposición indicada anteriormente es brindar a los Estados Partes tiempo suficiente para capacitar a todo su personal militar sobre los requisitos del Estatuto con respecto a los crímenes de guerra, ya que algunas de las disposiciones del Estatuto de Roma podrían ser contrarias a las obligaciones nacionales existentes.
