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Opinión

Infartos urbanos

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Por Hamlet Hermann

Sugerir la Independencia como desahogo del Malecón es dañino

En Santo Domingo, a diario se mueven cerca de cuatro millones de personas. Esta movilización, administrada con una mentalidad de arrabal ha intoxicado la urbe hasta potenciar el caos que padecemos desde hace varios años. Pocas veces el Ayuntamiento del Distrito Nacional y sus Regidores han aportado ideas que permitan considerarlos como medianamente conocedores de los problemas de la ciudad capital.

Ahora vuelve por sus fueros esa filosofía del arrabal con una descabellada idea para, supuestamente, proteger el “Malecón turístico”: prohibirán la circulación de vehículos pesados por la avenida George Washington desde la avenida Máximo Gómez hasta el puerto de Santo Domingo. Prefieren ignorar que ninguna prohibición puede establecerse sin aportar una alternativa de circulación más eficiente que la suprimida. Eso de que los conductores de camiones “tendrán que buscar una nueva ruta para transitar por el Distrito Nacional”, no es más que una tóxica invitación a profundizar el caos reinante.

Alguien debía explicarles a los ediles que el tránsito y el transporte en las ciudades modernas deben ser manejados con criterios cuantitativos y cualitativos. Acertado sería imaginar las calles y avenidas de la ciudad como un sistema de venas y arterias por donde circula sangre humana. La misión sería evitar los coágulos que inducen infartos letales, para no tener que apelar a cirugías de corazón abierto. Así como por una arteria no se puede impulsar una cantidad de sangre más allá de su diámetro y de la resistencia de sus paredes, las calles tienen limitaciones que impiden canalizar más vehículos que los que pudieran caber entre sus contenes. Sugerir la avenida Independencia como vía de desahogo del Malecón es una medida más dañina que un coágulo. Más que facilitar la circulación, las autoridades podrían estar provocando coágulos de vehículos provocadores de infartos fulminantes que afectarían la economía del país y agravarían el estado de ánimo de conductores y pasajeros.

Es tiempo ya de que el Poder Ejecutivo disponga que la excesiva cantidad de instituciones que han dañado el sistema de transporte haga un levantamiento de cuántos vehículos y de qué tipo circulan cada calle o carretera en cada momento del día y de la noche. Si todavía no lo entienden, alguien debía aclararles que se pueden elaborar curvas de nivel de tránsito durante 24 horas de cada día de la semana y así descubrir qué realmente pasa en las calles y cuándo empiezan a generarse las crisis.

Vergüenza debía darles que los monopolistas del transporte de carga piensen más en la ciudad que el Síndico y los regidores cuando proponen que esa circulación sea permitida entre la medianoche y las seis de la mañana. Vergüenza debía darles al sugerir que los camiones se desvíen por la avenida Independencia, vía esta que de por sí ya está saturada por las tantas líneas de transporte público, urbanas e interurbanas que la colman.

Lo que más convendría a la ciudad en este momento es que el Ayuntamiento siguiera al pie de la letra las recomendaciones hechas por la Asociación de Industrias. Primero que todo, suspender la puesta en marcha de la ordenanza 11-2012 que orienta hacia otra metedura  de pata en el manejo del tránsito por una importante zona. Además, fijar y controlar las rutas alternas para el tránsito de vehículos pesados con base en Santo Domingo y en otras ciudades del país. También, frenar los privilegios de circulación de los automóviles privados, permitiendo a camiones y autobuses el uso de los elevados y túneles que debían tener la prioridad en el uso de las vías públicas.

Entonces seguir sus observaciones al pie de la letra y evitar que, en el futuro, la expedición de “hojas de ruta” no vayan a convertirse en fuente de corrupción administrativa. Con los planteamientos de la AIRD no quedarían grietas sospechosas de improvisación. Ojalá la filosofía del arrabal tuviera un momento de lucidez para estudiar con detenimiento las observaciones planteadas a través de la diosa griega.

La filosofía del arrabal no debe seguir legislando para perjuicio de los ciudadanos. Alguien debía obligarlos a escuchar y respetar las opiniones ajenas. Para empezar, debían poner oídos limpios a las recomendaciones de la Asociación de Industrias y de FENATRADO.

Y después hablamos.

Artículo publicado originalmente en el periódico HOY.

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Opinión

La Corte Penal Internacional y la Justicia Internacional (3 de 3)

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Por Rommel Santos Diaz

 Se tiene reportado el uso de 250,000 niños soldados en cerca de 50 países. Para completar el panorama, se estima que 20 millones  de niños han sido desplazados como consecuencias de las diversas guerras y catástrofes humanitarias, mientras que entre  8,000 y 10,000 niños mueren cada año como consecuencia de utilización de minas antipersonales.
Existen indicios de que la trata de  niños en zonas de conflicto es una tendencia que va en aumento y esta vinculada a redes de delincuencia transnacional organizada.

La Corte Penal Internacional es el primer tribunal internacional cuyo Estatuto y Reglas de Procedimiento y Prueba brindan a las víctimas la posibilidad de participar en todas las etapas del proceso.

A diferencia de las actuaciones de las víctimas en otros tribunales internacionales, limitadas a reforzar los argumentos de la defensa o el Fiscal, la Corte Penal Internacional les reconoce derechos que les corresponden por ser quienes han sufrido la grave vulneración de sus derechos humanos y tienen la mayor expectativa de que se haga justicia.

El principal reto de la Corte Penal Internacional será demostrar que sus investigaciones y decisiones no están guiadas por móviles políticos o intereses ajenos a la justicia y la represión de crímenes internacionales.

Finalmente, en  la medida en que este sistema se vaya consolidando, siguiendo los parámetros legales del Estatuto de Roma y de las Reglas de Procedimiento y Prueba, es posible que países hoy reticentes hacia la Corte Penal Internacional modifiquen su postura hacia una  de ayuda  y cooperación. Con esto se lograría tener un sistema penal internacional plenamente universal como complemento a las iniciativas locales por sancionar crímenes de genocidio, lesa humanida, guerra y agresión.

rommelsantosdiaz@gmail.com

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Opinión

Los políticos profesionales no roban

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Por Nelson Encarnación

El reciente escándalo de corrupción detectado en el Seguro Nacional de Salud (Senasa) ha acentuado la percepción o el convencimiento en algunos de que los políticos acceden a los cargos públicos con la intención de apropiarse de los recursos que manejan.

Ya en otras oportunidades se ha esparcido el mismo convencimiento, en ocasión de hechos judicializados que aún cursan en los tribunales sin sentencias firmes.

Estos y casos anteriores han servido de fundamento a quienes entienden que las formaciones políticas son nidos de bandidos con una amplia vocación hacia la depredación de los recursos públicos, dando lugar, al mismo tiempo, a la prédica contra los políticos y los partidos.

Sin embargo, existen argumentos y evidencias suficientes para desmontar la mala fama contra los políticos. Podemos afirmar, de manera categórica, que los políticos profesionales no roban.

Para remontarnos a los hechos más sonados de persecución a la corrupción, podemos referir el que ha sido, probablemente, el más sonoro de todos, es decir, el procesamiento judicial del expresidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien fue condenado a 20 años de prisión por hechos que, evidentemente, no cometió.

Jorge Blanco, que antes de ser político ya era un abogado prestigioso, murió en medio de precariedades materiales, una situación que no concuerda con quien supuestamente fue un corrupto.

Los hechos por los que se condenó al exmandatario no fueron cometidos por él ni por ninguno de sus seguidores con formación y compromiso político, sino por allegados que nada tenían que ver con el Partido Revolucionario Dominicano.

En el caso de los expedientes que todavía se ventilan en la justicia relacionados con hechos registrados—conforme las imputaciones del Ministerio Público—vinculan en primer plano a personeros relacionados al expresidente Danilo Medina, no a dirigentes conocidos del Partido de la Liberación Dominicana.

Y en el más reciente que ocupa la atención del país, es decir, el expediente Senasa, una simple identificación de los encartados permite concluir en que se repite el mismo patrón: los principales señalados no son políticos de militancia.

En consecuencia, si miramos los hechos con un sentido lógico y alejado de la intención de dañar a los partidos y sus dirigentes, podemos proclamar que los políticos profesionales, con formación en el servicio a la sociedad, con compromiso, no roban los fondos del erario. Ahí está la historia.

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Opinión

Honrar la Constitución o perder la República

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Por Isaías Ramos

Al despedir 2025 y abrir 2026, es fácil refugiarse en lo cómodo: deseos repetidos, frases bonitas, la ilusión de que todo cambiará solo porque cambia el calendario. Pero la República Dominicana no necesita otro brindis vacío. Necesita una sacudida de conciencia y un cambio de rumbo. Ese rumbo comienza cuando dejamos de mirar la política como un espectáculo ajeno y asumimos que la república —la casa de todos— se sostiene o se cae con la conducta diaria de su gente.

Durante más de tres décadas, una clase política dominante, reciclada en siglas, alianzas y narrativas, ha contribuido a degradar la vida pública. Se normalizó el privilegio. Se hizo costumbre la trampa. El clientelismo dejó de ser excepción y se volvió método. La impunidad dejó de ser temor y se volvió expectativa. El Estado, demasiadas veces, dejó de ser instrumento del bien común para convertirse en botín, refugio o escalera personal. Cuando lo público se vuelve mercancía, el daño deja de ser un asunto de élites y se convierte en una fractura moral, social y espiritual.

No se trata de negar que existan servidores públicos honestos ni ciudadanos decentes. Precisamente por ellos —y por los jóvenes que merecen un país digno— no podemos resignarnos. Los datos aportan contexto a una percepción extendida: el Índice de Percepción de la Corrupción 2024 asigna a la República Dominicana 36/100 y la ubica en la posición 104 de 180 países. El Rule of Law Index 2025 del World Justice Project sitúa al país en el puesto 76 de 143, y en el factor “Ausencia de Corrupción”, en 90 de 143.

La experiencia cotidiana confirma esa brecha. El trámite que solo “camina” por la vía indebida. El contrato opaco. El expediente que duerme. La sanción que nunca llega. Ese desgaste produce algo peor que el enojo: produce resignación. Y cuando una sociedad se resigna, la corrupción no se frena; se perfecciona. Así es como una república se vacía por dentro, aunque conserve su nombre y sus símbolos.

La historia política lo ha advertido con claridad: cuando los ciudadanos se repliegan en el interés personal y abandonan la vida pública, el Estado se debilita y queda a merced de los peores. Cuando un pueblo ama su país, respeta las leyes y vive con sobriedad cívica, es posible avanzar hacia el bienestar compartido. Cuando se instala la indiferencia, el interés particular aísla y la república se convierte en un cascarón.

Si 2026 será un año de esperanza, esa esperanza no puede ser pasiva. Tiene que ser esperanza disciplinada: la que mira el abismo, lo nombra y aun así decide construir un puente. Ese puente se llama Constitución. No como símbolo ceremonial, sino como norma viva. El artículo 6 establece su supremacía y declara nulos los actos contrarios a ella. El artículo 7 nos define como Estado Social y Democrático de Derecho. El artículo 8 fija como función esencial del Estado proteger los derechos de la persona y respetar su dignidad.

Honrar la Constitución no es citarla: es vivirla. Es aceptar que no puede haber Estado de derecho con corrupción estructural; que no puede haber democracia con clientelismo; que no puede haber justicia con privilegios. Honrar la Constitución es convertir el servicio público en honor y no en negocio; proteger el dinero del pueblo como sagrado; poner el mérito por encima del padrino; transparentar compras, obras y nombramientos; y asegurar consecuencias reales a quien robe lo común. Esa es la frontera entre república y fachada.

Por eso, en 2026, el Foro y Frente Cívico y Social debe reforzar en todo el territorio nacional un despertar de conciencia sostenido y pacífico que convierta indignación en organización y esperanza en disciplina. No se trata de incendiar el país; se trata de iluminarlo. No de sustituir instituciones, sino de obligarlas a cumplir su rol constitucional con presión cívica legítima.

La ruta es concreta y verificable: formación cívica territorial, veeduría social continua y defensa constitucional práctica, acompañando denuncias, dando seguimiento público a los casos y exigiendo consecuencias sin selectividad.

Nada de esto se logra solo con organizaciones. Se logra con el ciudadano común. En esta semana de cambio de año, vale la pena asumir un pacto sencillo: renunciar a pagar sobornos, a pedir favores indebidos y a justificar privilegios; comprometerse a informarse antes de opinar, a exigir rendición de cuentas en lo local y a participar más allá del voto. Un país cambia cuando cambia lo que su gente considera “normal”.

Imaginemos, con realismo, la nación que podemos construir si ese giro comienza: una donde no se necesita padrino para un servicio; donde un contrato público no es lotería para unos pocos, sino obligación transparente; donde el funcionario teme más a la justicia y a la vergüenza pública que a la pérdida del cargo; donde el joven respeta al competente y no admira al tramposo. Que Dios —y la conciencia despierta de cada dominicano— nos guíe y nos exija verdad, justicia y rectitud; que el amor a la patria sea conducta diaria; y que la defensa de la libertad sea nuestro sentir y nuestro hacer.

Cerramos 2025 con una verdad incómoda: hemos permitido demasiado. Abrimos 2026 con una verdad poderosa: todavía estamos a tiempo. Honrar la Constitución o perder la República: esa es la elección de nuestro tiempo. Salvemos la patria.

¡Despierta RD!

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