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Opinión

La insulsa y aburrida vicepresidencia

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Por Miguel Guerrero

MIGUEL-GUERRERO114111111A propósito de las declaraciones de la vicepresidenta de la República sobre la lamentable muerte de niños en el Hospital Reid Cabral, que le han generado muchas críticas en las redes, escribí en mi cuenta de Twitter que la discreción y el bajo perfil deberían ser características propias de ese cargo. Especialmente por el hecho de que deben haber sido muy pocos los vicepresidentes en sistemas como el nuestro que no alimentaran en alguna ocasión la esperanza de un llamado del Señor, intención que no se le puede atribuir por supuesto a la vicepresidenta por cuanto ella tiene la edad, bagaje y popularidad suficientes para esperar tranquilamente por su turno.

En nuestra región, tal vez el caso más emblemático ha sido el de Juan Vicente Gómez, en Venezuela, quien casi le llora en el puerto de La Guaira al presidente Cipriano Castro para que su “compadrito” no le dejara sólo con esa responsabilidad, a pesar de lo cual apenas la nave zarpara con su superior a bordo en viaje de salud a Europa, se adueñara del poder por 30 años, lo mismo que aquí Trujillo.

John Adams, el respetable e históricamente subestimado primer vicepresidente y segundo presidente de Estados Unidos, solía quejarse por experiencia propia que la vicepresidencia, que él ejerció durante los ocho años de George Washington, era el más insulso y aburrido de los cargos. Naturalmente no puede decirse lo mismo en este país, porque desde el segundo regreso de Balaguer, en 1986, en adición a sus responsabilidades protocolares de representar al mandatario y asistir a cuantos cocteles inviten, los segundos en el mando han desempeñado otras funciones, con la idea probable de ocuparle el tiempo para evitarle malos o pecaminosos pensamientos. Tan entretenido han quedado que ninguno de ellos ha podido realizar su sueño de alcanzar el puesto de más arriba, sequía esta que sólo Dios sabe cuándo podría terminar, si la impaciencia no interfiere.

Artículo publicado originalmente en el periódico El Caribe.

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Opinión

Los homicidios y los asesinatos, parte de un fenómeno preocupante en R.D.

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Por Elba García Hernández

La violencia que se expresa en  la República Dominicana con homicidios y asesinatos  que aparentan ser parte del delito común que nos arropa, pero que en realidad se trata de un fenómeno que su causa obedece a razones multifactoriales.

Los feminicidios, por ejemplo, tienen su razón de ser en la sociedad dominicana en  factores  histórico-culturales e igual ocurre  en la mayoría de los países latinoamericanos, donde la misma está fundamentada en el machismo, el caudillismo, el patriarcado y el jefismo, entre otros antivalores.

En un por ciento muy alto el hombre dominicano es extremadamente violento, sobre todo cuando se ve envuelto en problemas pasionales, lo cual implica que atente en contra de su propia vida y por ello en los feminicidios existe ahora la modalidad  del suicidio.

Pero es importante dejar claro que la cultura violenta que prevalece en la sociedad dominicana se deja ver hasta cuando se produce un accidente de tránsito, una simple discusión.

Hasta la forma de hablar de la mayoría  del dominicano se caracteriza  por un lenguaje muy violento, ofensivo y amenazador.

Sin embargo, en los asesinatos a través del sicariato ya no solo se producen por la vinculación de la víctima con el bajo mundo, sino también por la avaricia que hoy carcomen los cimientos de la sociedad dominicana.

En el marco de este último fenómeno entran los fraudes, estafas y engaños  en contra de la gente que generan una actitud violenta y criminal de algunos personajes.

El último crimen que llama a la atención en el país fue el asesinato del abogado Basilio Guzmán, quien fue atacado por varios sicarios que se transportan en un motor en  el residencial Cerro de Gurabo de Santiago, quien recibió alrededor de 16 balazos.

En este caso parece producirse un ataque criminal por algunas acciones de este profesional del derecho, quien se dedicaba a ejecutar embargos retentivos, ejecutivos e inmobiliarios y se cuestionaba la forma en que lo hacía.

La verdad es que resulta incómodo y doloroso hablar de alguien después de su muerte, pero necesariamente hay que abordar el problema para poder entender las causas del fenómeno.

En proporción a las cosas que ocurren en esta materia en el Palacio de Justicia de Santiago, son pocos los crímenes que ocurren,  porque los embargos, aunque han disminuido en los últimos meses fruto de la aprobación de la Ley 396-19 de otorgamiento de la fuerza pública, la mayoría  se producen de forma verdaderamente delincuencial.

Todavía es mucho lo que puede ocurrir en lo que respecta a homicidios y asesinatos, porque además cada día aumentan los niveles de violencia y delincuencia como resultado de la intolerancia y desigualdad que afecta a la sociedad dominicana y además por  los altos índices de exclusión social.

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Opinión

El triunfo de Petro en Colombia

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Por Jose Cabral

Gustavo Petro es el segundo guerrillero que luego de abandonar las armas en  los países latinoamericanos ocupa la Presidencia de la República  mediante el voto popular, cuyo primero lo fue el  legendario Pepe Mójica del Uruguay.

Fueron muchos los temores  y las preocupaciones expresadas a propósito de las posibilidades que tenia este exguerrillero de ganar las elecciones en Colombia, donde los Estados Unidos cuentan con varias bases militares y una influencia muy marcada.

Sin embargo, debe decirse que a pesar de su concepción de cambios y de lo  que preconizaban ambos personajes no representan necesariamente una posibilidad de que se produzca  una ruptura con el orden institucional y con el cambio de un Estado capitalista a otro socialista.

El propio Mójica ya exhibió esa práctica y Petro ha dejado claro que su proyecto político no persigue otra cosa que no sea convertir el Estado en más humano, darle un manejo más acorde con la proclamada justicia social, la cual es la medicina para sanar la violencia.

Ya Mójica hizo lo que pudo en ese sentido, pero nunca se atrevió a plantear reformas que indicaran que buscaba hacer una transformación estructural que pudiera crear temores y preocupación en sectores de una sociedad dominada históricamente por  la derecha de ese país, la cual ha tenido el manejo de todos los recursos de esa nación.

Colombia es uno de los países más ricos del mundo, con un territorio que supera el millón de kilómetros cuadrados, varias veces más grandes que potencias europeas, como por ejemplo Alemania y Francia juntas.

 Colombia tiene un Producto Interno Bruto que ocupa el lugar 28 en el mundo, pero lamentablemente esa es una nación que un 40 por ciento de sus habitantes vive en pobreza, cuyo fenómeno impacta con un 23 por ciento a su capital Bogota.

Es decir, que Petro pasa a tener el control de unos de los Estados más poderosos del mundo, cuya gestión podrá ser buena o mala a partir de cómo este nuevo presidente maneje esas violencias que amenazan y han puesto en peligro la tranquilidad y la bonanza de una nación que lo tiene todo.

Lo positivo del triunfo de Petro está determinado por el hecho de que la izquierda se supone que se maneja sobre la base de principios, contrario a la derecha donde predominan los intereses.

Ahí estriba la desgracia de la mayoría de las naciones controladas por los partidos  de derecha, ya que su principal misión es defender los intereses de las grandes corporaciones, lo cual promueve muchas injusticias sociales y económicas y en consecuencia la pobreza en todas sus vertientes.

Un buen gobierno de Petro podría consistir en evitar la corrupción rampante que afecta a Colombia y hacer una gestión a favor de todos los colombianos, sin importar su estrato social, porque de esa manera acabaría o cuando menos reduciría la violencia y promovería justicia social, sin necesariamente afectar al sector empresarial que generalmente quiere acumular fortunas a la sombra del Estado, lo cual genera violencia y una mayor desigualdad, que en Colombia alcanza un 40 por ciento.

Petro tiene en sus manos la posibilidad de hacer un gobierno que puede prestigiar a la izquierda en Colombia y en toda Latinoamérica y el mundo, aunque para ello debe no tomar de ejemplos algunos modelos que desnaturalizan a esa corriente política triunfadora en Colombia.

En realidad, Petro tiene en las manos la posibilidad de hacer un gobierno que sirva de ejemplo para la derecha y la izquierda, porque una mayor inversión social del Estado en la satisfacción de necesidades sociales también sirve de mucho a los sectores tradicionales de poder porque esa es una forma de eliminar el principal lastra de la sociedad colombiana como lo es la guerrilla y el paramilitarismo, ambas portadoras de una violencia que supera a cualquier otro lugar del mundo.

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Opinión

Respaldo al patrullaje militar

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Por Nelson Encarnación

Es posible que la referencia existente sobre el carácter insostenible del patrullaje militar haga que muchos piensen que en esta oportunidad también sucederá lo mismo que en el pasado, cuando ante el desbordamiento de la delincuencia, el Gobierno se vio precisado a ensayar soluciones similares.

Sin embargo, no necesariamente lo que fracasó en el pasado tiene que correr la misma suerte ahora, pues cada situación es única, aunque las condiciones pudieran ser parecidas.

Por ello, la gente sensata de este país, la que ama de verdad esta tierra, debe respaldar a las autoridades en este nuevo esfuerzo por devolverle la tranquilidad a la familia dominicana y garantizar la seguridad de cada persona que se moviliza por nuestras vías públicas, sean nacionales o turistas.

La delincuencia es como las enfermedades, que no distingue entre ricos y pobres; negros o blancos; hombre o mujer; viejos o jóvenes. Es decir, todos estamos expuestos.

Quienes se oponen—bajo cualquier razonamiento, que puede ser hasta válido—al uso de las Fuerzas Armadas como complemento de la Policía Nacional en la garantía de la seguridad ciudadana, quizá lo hagan de buena fe, dado el elevado costo que esas operaciones implican.

Ahora bien, las familias que hemos pasado por el difícil momento de ser víctimas en tres oportunidades de delincuencias, como en nuestro caso, tenemos otro criterio.

Mis dos hijos han sido asaltados, el primero en un barrio de clase media junto a varios compañeros que celebraban el final de cuatrimestre, y aunque le demostramos a la Policía que los asaltantes andaban en un vehículo del Gabinete Social de la Presidencia—dirigido al momento por la entonces vicepresidente de la República, Margarita Cedeño—el cuerpo de orden nada hizo.

El otro fue asaltado saliendo a prima noche de la Universidad Apec, y aunque por igual le evidencié a la Policía que los autores fueron miembros de esa institución que no temieron actuar al lado de la Dirección Nacional de Control de Drogas, tampoco se hizo nada.

Antes de estos asaltos, mi casa fue tiroteada por delincuentes, uno de cuyos proyectiles impactó a escasos dos pies sobre la cama donde dormía mi hijo menor, y que yo supiera tampoco se actuó.

Es decir, que tenemos motivos suficientes para expresar todo nuestro modesto respaldo, no solo a que se haya lanzado a los militares a patrullar las calles, sino a que esa decisión se mantenga hasta que las autoridades recuperen el control de la seguridad.

Y eso incluye—como advirtió el presidente de la República—asumir el costo que sea necesario.

Tengo bien claro, y lo sostengo públicamente, que el mejor delincuente es el que está siete pies bajo tierra.

Nelsonencar10@gmail.com

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