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La izquierda no es solución a desgracia nacional por falta de visión para articular una propuesta viable.

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Por Elba García

La izquierda es un fiasco y cuya principal falencia es que se comporta como si tuviera más intereses que los partidos tradicionales y esa conducta imposibilita que se unifique, lo cual también es atribuible a su falta de capacidad para interpretar correctamente la sociedad dominicana.

Han sido ingentes los esfuerzos de los pequeños partidos de la izquierda nacional, cuyas diferencias entre si son sobre cosas de poca trascendencia, para unirse, pero esa conducta explica su limitada capacidad para darle una lectura correcta a la crisis nacional.

Mientras los partidos nacionales, los cuales operan más como un negocio que como una instancia interesada en la solución de los problemas nacionales, están sumergidos en el peor de los descréditos, los de la izquierda se pierden en detalles de muy poca importancia y no hay forma de que puedan crear vocación de poder.

Podría decirse que la izquierda es más difícil unirla que a la derecha, pese a que los últimos se mueven por lo negocios que hacen a la sombra del Estado, quienes tienen una concepción politiquera e inexplicablemente ha demostrado ser mucho mas inteligente que la primera.

En el ámbito nacional, es decir del territorio dominicano, la izquierda carece de un peso especifico en el escenario político-electoral, pero que casi igual pasa con la derecha que ha perdido totalmente su credibilidad por los altos niveles de corrupción que promueven.

Pero en el terreno internacional, aunque difiere mucho de lo nacional, la izquierda cae en el descredito porque los que ocupan la presidencia de la República en una diversidad de naciones buscan perpetuarse en el poder de una forma que los propios seguidores de esta corriente rechazan.

Ejemplos de este fenómeno los constituyen los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y lo que intentó, pero que no logró, Evo morales en Bolivia, cuya ambición ha puesto en tela de juicio  la inteligencia de estos lideres por su ambición desmedida de poder.

Tal vez como nunca antes, la izquierda tiene la oportunidad de casarse con la gloria, pero el síndrome de la división que le afecta hace prácticamente imposible que pueda aprovechar la circunstancia política que se presenta en el país.

La conducta de la izquierda la ha sumergido en un descredito igual o peor que el que padece la derecha, aunque las razones son totalmente diferentes, ya que la primera es porque tiene una vocación de hacer corrupción que no hay forma de corregirla y la segunda la incapacidad le ha generado una miopía que impide que pueda caminar.

Sin ningún temor de equivocación en  la izquierda dominicana hay tanta o más ambición de poder que en la derecha, pese a que al final de la jornada se conforman con cualquier migaja a través de alianzas con los que están en una posición diametralmente opuesta, la cual regularmente se queda entre algunos de sus dirigentes.

Otra razón que ha sembrado la cultura de la división y del chisme en la izquierda dominicana son los fondos que  provienen del contribuyente a través de la Junta Central Electoral (JCE), los cuales se han convertido en una manzana de la discordia, ya que las organizaciones reconocidas de esta corriente no son transparentes en el manejo de los mismos, pero atacan a todo el que se dedica a enriquecerse a la sombre del patrimonio público.

La cuestión es que la República Dominicana en la actual circunstancia está totalmente desamparada, porque tanto uno como el otro, es decir, la derecha y la izquierda, no constituyen una garantía de cambios para el país.

La JCE acaba de informar que alrededor de 103 organizaciones buscan personalidad jurídica, pero prácticamente todos ellos depositan firmas inventadas o sacadas de cualquier listado sin estar autorizados por el votante, ya que su único interés es lograr su reconocimiento para manejar ese dinero público sin que nadie sepa hacia dónde va.

Todo este panorama es una razón más que suficiente para que el país se prepare para construir una propuesta que deseche toda la basura que hoy inunda todos los escenarios y que de cualquier forma que se mire es un mal que representa un gran peligro de disolución de la nación.

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Posición de R.D. sobre Venezuela es acomodamiento a su condición de sometida a nuevos requerimientos de Trump.

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Lo planteado por el Gobierno de Luis Abinader de que no comparte la elección de Delcy Rodríguez como presidenta transitoria de Venezuela tras el apresamiento de Nicolás Maduro,  revela que República Dominicana quiere incluso superar lo impuesto por Estados Unidos, pero siempre ajustada a los intereses de la potencia del norte.

La realidad es que la pregunta que se impone es y hasta dónde y quién ha dicho que el país tiene la facultad de objetar a una mandataria provisional escogida por el órgano competente y supuestamente sugerida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque el restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas conlleve algunos requerimientos democráticos.

Sin embargo, la posición dominicana implica la violación del derecho internacional, entre los que se encuentran el de soberanía y autodeterminación de los pueblos, así como la Carta de la ONU.

Evidentemente que el ingrediente introducido por el Gobierno dominicano resulta gracioso para los intereses foráneos que convergen en Venezuela, máxime los que están asociados a los Estados Unidos.

La contradicción dominicana con lo planteado en la Organización de Estados Americanos (OEA) y su práctica en política exterior, ya que el presente Gobierno siempre se inclina por la intromisión en los asuntos internos de otros países, no deja la naci0n buen parada en la comunidad internacional.

Resulta poco entendible que la República Dominicana no haya apoyado abiertamente la incursión ilegal de Estados Unidos en Venezuela, pero que preste su territorio para el apoyo logístico de la acción.

Es una especie de doble moral, pese a que en su lugar debió mantener una posición aparentemente neutral, aunque de cualquiera manera ya estaba involucrada en una intervención armada que viola los principios fundamentales del derecho internacional

De lo que no queda ninguna duda es que el crédito internacional en política exterior del país ha quedado seriamente comprometido con una causa de la que ha sido una víctima en una diversidad de ocasiones como en el 1916 y el 1965.

La verdad que pretender una conducta diferente de la nación frente a la irracionalidad de Trump sería mucho pedir, sobre todo cuando otros países pertenecientes a la Unión Europea y otras superpotencias como Rusia y China también son tolerantes con la agresividad e intromisión del principal imperio del mundo.

 No obstante, desde cualquier perspectiva que sea vea el asunto la conclusión no puede ser otra que en la situación pesa más el miedo que la vergüenza y la dignidad del pueblo dominicano.

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La República Dominicana inhabilitada en política exterior en el nuevo escenario imperial de Trump

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La República Dominicana con una ocupación militar parcial de Estados Unidos, se proyecta como una presa sin libertad para expresarse libremente en política exterior.

La ocupación militar, aunque sólo se observa en el Aeropuerto Internacional de las Américas, abarca otros entornos que no son necesariamente visibles.

Pero la agresividad o poco disimulada intervención, deja el país y de igual modo a prácticamente toda Latinoamérica, a merced del capricho y la voluntad de los intereses de la nueva cara del imperio.

La República Dominicana ni por asomo se atreve a pronunciarse libremente sobre política exterior sin que esté a tono con la linea trazada o impuesto por la administración Trump.

La pregunta que subyace es si ese nuevo cuadro no implica también un trastorno del régimen legal, porque se podría estar en un escenario en el que los derechos fundamentales pasen a un segundo plano en el que el Estado Social Democrático de Derecho sea una expresión vacía y sin sentido.

Por razones geopolíticas y factores muy particulares, el país se asoma a un resquebrajamiento del proceso de constitucionalización del derecho a nivel interno y retroceder  la nación a épocas ya superadas.

La pregunta que se impone es si prevalecerá en el mundo el pregonado derecho internacional cuando las instituciones que lo enarbolan pierden autoridad moral frente a las violaciones provenientes de potencias como los Estados Unidos que ya ni siquiera guarda las apariencias

El problema, que tiene una dimensión mundial, pero impacta más severamente a los países del tercer mundo y que propicia la posibilidad del surgimiento de regímenes de fuerza, aunque con simulaciones democráticas.

La preocupación tiene que ver con el hecho de graves violaciones del derecho internacional en una época en que éste forma parte consustancial del derecho interno y entonces qué se puede esperar como resultado.

El retroceso de la línea trazada por Donald Trump representa una amenaza mundial contra los logros del derecho contemporáneo, no sólo en favor de las personas físicas, sino también de los Estados más pequeños y débiles.

Hay precedentes en esta materia cuando predominaba en el mundo el llamado constitucionalismo clásico, que dio paso a dictaduras como las Adolfo Hitler en Alemania y la de Benito Mussoline en Italia, cuyos resultados fueron realmente catastróficos para la humanidad.

La interrogante que permanece en el nuevo panorama mundial es si va a pesar más el miedo que la vergüenza y la dignidad de los pueblos del mundo.

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Donald Trump cumple su sueño de ser dictador aunque sea por un día.

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Por Elba García

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cumple su sueño de ser dictador hemisférico, aunque sea por un día.

La vocación dictatorial de Trump se ha expresado con mayor contundencia tras la entrada ilegal en territorio venezolano y apresar al jefe de Estado de ese país Nicolás Maduro y su esposa  Cilia Flores.

Tras este acontecimiento en momentos que se habla de la época del derecho constitucional, el cual incluye el derecho internacional, Trump ha anunciado su pretensión de convertir a Venezuela en una nueva colonia del imperio norteamericano.

El gobernante de los Estados Unidos ha adelantado que busca manejar la riqueza petrolera de Venezuela, una de las principales del mundo.

Pero la violación de Trump llega todavía más lejos al advertir a los demás países latinoamericanos a verse en el espejo de Venezuela.

Tromp hizo una alusión directa contra el presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien dice podría correr la misma suerte de Maduro.

Anteriormente lo hizo con Brasil a propósito de la condena por conspiración del expresidente Bolsonoro.

Pero de igual modo se ha comportado con Honduras, donde en sus recientes elecciones presidenciales auspició uno de los candidatos y presionó con advertencias de actuar duramente contra los que estén en contra de sus designios.

Al fin impuso su voluntad, sin que haya reacción fuerte de rechazo a la vocación imperial del presidente de Estados Unidos.

No sé entiende por qué los países latinoamericanos no se unen en un bloque para rechazar la política de dominación y dictatorial de Donald Trump.

Incluso en el rechazo a la violación del derecho internacional por parte de los Estados Unidos pueden incluirse los países de la Unión Europea, que son permanentemente asediados y amenazados de imponerles aranceles y otros castigos como parte de la vocación dictatorial del mandatario norteamericano.

El chantaje de los Estados Unidos incluye también el otorgamiento de visados para ingresar al territorio de la potencia del norte.

La conducta de Trump es como si su administración haya borrado del mapa la supuesta clase gobernante que existe allí.

El problema se torna tan grave que la violación de derechos no solo se produce en Estados Unidos, sino en todo el mundo que parece haber retornado el derecho constitucional clásico, que fue sustituido por el derecho constitucional moderno en que los Estados grandes aplastan a los pequeños.

La época Trump prácticamente ha borrado el legado establecido por Estados Unidos a través del derecho constitucional difuso y sobre el equilibrio de los poderes.

Lo sorprendente de la era Tromp es que hasta la Suprema Corte de Justicia de los Estados  Unidos luce sometida a una cierta tolerancia del jefe de Estado de la potencia del norte.

Si la mayoría de los países no reaccionan a la política represiva y de dominación de Trump difícilmente pueda sobrevivir el sistema democrático, lo que puede crear serias tensiones y confrontaciones sociales y políticas en todo el planeta.

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