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La mirada de perredemístas es tan corta que caminan aceleradamente hacia el fracaso político.

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El Gobierno del presidente Luis Abinader y del Partido Revolucionario Moderno (PRM) tiene dos direcciones que podría llevarlos a un fracaso total en la administración del Estado, ya que mientras el jefe de Estado promueve una política exterior muy conservadora y que pretende vender una imagen muy diferente en el orden interno, sus funcionarios sólo se preocupan por unos intereses que no sobrepasan sus aspiraciones muy personales.

El Cambio como mucho llaman a la nueva administración pública no pasa de una simple sustitución de un nombre y un rostro por otro, es decir, de un funcionario peledeísta a uno perremeísta, pero ambos con la misma visión en lo que respecta al manejo del Estado.

Una cosa que ha caracterizado a Abinader como presidente de la República es un nivel de movilización que le lleva por todo el país con ofrecimientos de obras públicas, mientras miles de empleados del Estado llevan meses sin cobrar y  titulares de órganos oficiales que dicen carecer de presupuestos para  trabajar,   sin que nadie tenga la seguridad de si el mandatario  podrá cumplir sus promesas por la falta de recursos económicos, lo cual podría quedar en el marco de una demagogia muy vieja en la política criolla.

Esos movimientos del jefe de Estado promueven la idea de que el Gobierno se acerca mucho a lo que muy bien se puede definir como un barco sin brújula, ya que vende la imagen de que carece de un plan para llevar por un rumbo diferente al país.

Muchas veces Luis Abinader da la impresión de que el zapato del Estado le ha quedado grande, aunque los desfalcos y las inconductas de los peledeístas lo legitiman y fortalecen en la presidencia de la República, máxime frente a la gran crisis de liderazgo que se observa en el escenario nacional.

El PRM no ha traído nada nuevo a la ciudadanía, a menos que no sea el estilo de Abinader de hablarle a la gente que difiere del pasado presidente  Danilo Medina, pero que en el fondo no representa un giro sustancial en la forma de hacer política partidista en la República Dominicana.

Sin embargo, a los funcionarios del Gobierno, principalmente a los ministros, muy poco les importa la visión distorsionada del cambio que promueven con su conducta, lo cual se explica con la famosa expresión popular de que no se le puede pedir peras al olmo.

La cuestión es que el PRM se dirige a un fracaso total en la administración del Estado, dado que sus principales cuadros tienen una mirada tan corta que se han encerrado en sus círculos más estrechos, están incomunicados entre sí y se han olvidado de los compromisos asumidos con los partidos aliados, la sociedad  y con todo aquel que hizo un pequeño aporte para el llamado cambio y que  no ha tenido la suerte de caer en gracia en una administración que parece que no va a llevar a buen camino al país.

El Gobierno de Abinader y del PRM es una repetición de los que encabezó el hoy natimuerto Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el cual ha terminado en un descrédito total con pocas posibilidades de recuperación, cuya conducta es reproducida por los dirigentes y funcionarios del llamado cambio.

La mayor parte de los funcionarios, sobre todo los ministros, se comportan como si hubieran sido escogidos para el puesto por toda su existencia, lo cual refleja las pocas posibilidades de que eso pueda cambiar, aunque podrían simular una rectificación cuando llegue nuevamente la campaña electoral para captar el voto de los incautos que no logran entender que ese tipo de comportamiento está asociado a su formación y el mismo no augura nada bueno para la nación.

La gran contradicción que caracteriza al Gobierno de Luis Abinader en algún momento lo ha proyectado como ultraconservador y en otros casos como medianamente liberal, lo cual sólo explica que no tiene una trayectoria clara que pueda generar credibilidad.

Hasta ahora en los cerca de seis meses que lleva en el poder el PRM no parece que pueda mantenerlo más allá del 2024, lo cual no es sólo por la existencia de la pandemia que quita o disminuye las posibilidades de éxito en la conducción de los destinos nacionales, sino también por la carencia de un plan estratégico nacional.

De lo que todo el mundo debe estar plenamente seguro es de que es muy difícil que se pueda operar un cambio en la conducta de los perremeistas, en razón de que no conocen de lealtad como resultado de su escasa formación política y de lo poco que entienden de la gran necesidad nacional de que las cosas sean diferentes.

El PRM para que cambie habría que hacerlo de nuevo y lamentablemente en el seno de esa organización no existe ninguna posibilidad de que sus actuaciones estén regidas por el respeto a la palabra empeñada, la lealtad y los sentimientos fundamentados en un profundo nivel de espiritualidad, sino que su forma de ver la vida siempre será extremadamente individualista en la que la solidaridad sólo existe cuando de demagogia y engaño ciudadano se trata.

En este caso es aplicable la expresión que dice que árbol que nace torcido, nadie, absolutamente nadie ni nada, lo endereza.

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Pretensiones imperiales toman tanto impulso en era trumpista que borra del mapa derecho internacional

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El mundo atraviesa por grandes tensiones como resultado de las no disimuladas acciones de la administración Trump de retornar el planeta a una selva en la que no se respetan derechos, no sólo de las personas físicas, sino también de los Estados.

Hablar después de lo ocurrido en Venezuela con la incursión militar de EE.UU. para la aparente aprehensión de Maduro, cuyo real  trasfondo es apropiarse de sus riquezas naturales, principalmente del petróleo,  implica tocar un tema que se pensaba superado sin que existan argumentos válidos para justificar   esa conducta al margen de la ley y de la civilización.

En pleno siglo 21 que un Estado ocupe el territorio de otro es una medida al margen del derecho internacional contenido en tratados y convenciones y muy concretamente en la Carta de la ONU, pero lo que ha importado muy poco para la administración Trump.

Y ello crea una situación que pone en peligro los territorios soberanos que conforman el mundo y que justificarla o tolerarla mínimamente conlleva que las diferentes sociedades se rijan por la Edad de Piedra en la que el más grande se traga al más chiquito, cuya opción parece predominar en los Estados Unidos, donde luce que se impone  la irracionalidad y la falta de razonabilidad.

La vulneración de las fronteras toma tanta fuerza que ahora la administración Trump habla de que por razones de seguridad debe tomar por la fuerza a Groenlandia, isla autónoma de Dinamarca y de igual manera amenaza a  Colombia y México mediante la excusa de combatir el narcotráfico.

Lo preocupante del fenómeno es que los medios de comunicación y una serie de gobiernos justifiquen el apresamiento de Maduro y en consecuencia den luz verde a la intervención de un Estado en contra de otro que se supone que debe tener sus propios mecanismos de solución de cualquier distorsión del Estado Social Democrático  de Derecho.

Las acciones ilegales del imperio del norte toman tanta fuerza que ya el tema se aborda como si se hablara de una acción legal y legítima, lo cual lleva a la normalidad decir que ahora funcionarios estadounidenses tendrán el control de Venezuela.

Este peligro no sólo se observa en los actuales momentos en que Maduro, un presidente seriamente cuestionado por la comunidad internacional, pero cuyo apresamiento es ilegal desde cualquier perspectiva que se vea, esta recluido en una cárcel de Nueva York tras un secuestro de una Estado que no es el suyo, el cual se supone que, es en todo caso, es el que debe enjuiciarle.

De manera, que una o varias acciones ilegales no pueden generar otras de igual naturaleza las cuales no se apoyan en derechos, porque entonces se entra en una violación y contradicción con el derecho internacional.

Hay una famosa expresión muy popular que dice que se amuela cuchillo para su propia garganta, la cual es aplicable en el presente caso,  lo que pone en una situación muy difícil a los gobiernos que se prestan a ese juego como la República Dominicana y otras naciones de los hemisferios occidental y oriental, cuyas soberanías están hoy muy mancilladas.

Son  tantos los controles imperiales de la era trumpista, que la sola amenaza de violar la soberanía de los territorios de paises que se suponen libres, surten unos efectos que no disminuyen con la presión mediática o a través de organismos de concertación pública de carácter internacional.

Inexplicablemente este comportamiento hegemónico ilegal se empodera, mientras el derecho internacional muere sin que los países víctimas den una respuesta en bloques como una forma de sustentarse en la herramienta que lo salvaría de la barbarie como lo constituye el derecho internacional.

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Posición de R.D. sobre Venezuela es acomodamiento a su condición de sometida a nuevos requerimientos de Trump.

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Lo planteado por el Gobierno de Luis Abinader de que no comparte la elección de Delcy Rodríguez como presidenta transitoria de Venezuela tras el apresamiento de Nicolás Maduro,  revela que República Dominicana quiere incluso superar lo impuesto por Estados Unidos, pero siempre ajustada a los intereses de la potencia del norte.

La realidad es que la pregunta que se impone es y hasta dónde y quién ha dicho que el país tiene la facultad de objetar a una mandataria provisional escogida por el órgano competente y supuestamente sugerida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque el restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas conlleve algunos requerimientos democráticos.

Sin embargo, la posición dominicana implica la violación del derecho internacional, entre los que se encuentran el de soberanía y autodeterminación de los pueblos, así como la Carta de la ONU.

Evidentemente que el ingrediente introducido por el Gobierno dominicano resulta gracioso para los intereses foráneos que convergen en Venezuela, máxime los que están asociados a los Estados Unidos.

La contradicción dominicana con lo planteado en la Organización de Estados Americanos (OEA) y su práctica en política exterior, ya que el presente Gobierno siempre se inclina por la intromisión en los asuntos internos de otros países, no deja la naci0n buen parada en la comunidad internacional.

Resulta poco entendible que la República Dominicana no haya apoyado abiertamente la incursión ilegal de Estados Unidos en Venezuela, pero que preste su territorio para el apoyo logístico de la acción.

Es una especie de doble moral, pese a que en su lugar debió mantener una posición aparentemente neutral, aunque de cualquiera manera ya estaba involucrada en una intervención armada que viola los principios fundamentales del derecho internacional

De lo que no queda ninguna duda es que el crédito internacional en política exterior del país ha quedado seriamente comprometido con una causa de la que ha sido una víctima en una diversidad de ocasiones como en el 1916 y el 1965.

La verdad que pretender una conducta diferente de la nación frente a la irracionalidad de Trump sería mucho pedir, sobre todo cuando otros países pertenecientes a la Unión Europea y otras superpotencias como Rusia y China también son tolerantes con la agresividad e intromisión del principal imperio del mundo.

 No obstante, desde cualquier perspectiva que sea vea el asunto la conclusión no puede ser otra que en la situación pesa más el miedo que la vergüenza y la dignidad del pueblo dominicano.

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La República Dominicana inhabilitada en política exterior en el nuevo escenario imperial de Trump

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La República Dominicana con una ocupación militar parcial de Estados Unidos, se proyecta como una presa sin libertad para expresarse libremente en política exterior.

La ocupación militar, aunque sólo se observa en el Aeropuerto Internacional de las Américas, abarca otros entornos que no son necesariamente visibles.

Pero la agresividad o poco disimulada intervención, deja el país y de igual modo a prácticamente toda Latinoamérica, a merced del capricho y la voluntad de los intereses de la nueva cara del imperio.

La República Dominicana ni por asomo se atreve a pronunciarse libremente sobre política exterior sin que esté a tono con la linea trazada o impuesto por la administración Trump.

La pregunta que subyace es si ese nuevo cuadro no implica también un trastorno del régimen legal, porque se podría estar en un escenario en el que los derechos fundamentales pasen a un segundo plano en el que el Estado Social Democrático de Derecho sea una expresión vacía y sin sentido.

Por razones geopolíticas y factores muy particulares, el país se asoma a un resquebrajamiento del proceso de constitucionalización del derecho a nivel interno y retroceder  la nación a épocas ya superadas.

La pregunta que se impone es si prevalecerá en el mundo el pregonado derecho internacional cuando las instituciones que lo enarbolan pierden autoridad moral frente a las violaciones provenientes de potencias como los Estados Unidos que ya ni siquiera guarda las apariencias

El problema, que tiene una dimensión mundial, pero impacta más severamente a los países del tercer mundo y que propicia la posibilidad del surgimiento de regímenes de fuerza, aunque con simulaciones democráticas.

La preocupación tiene que ver con el hecho de graves violaciones del derecho internacional en una época en que éste forma parte consustancial del derecho interno y entonces qué se puede esperar como resultado.

El retroceso de la línea trazada por Donald Trump representa una amenaza mundial contra los logros del derecho contemporáneo, no sólo en favor de las personas físicas, sino también de los Estados más pequeños y débiles.

Hay precedentes en esta materia cuando predominaba en el mundo el llamado constitucionalismo clásico, que dio paso a dictaduras como las Adolfo Hitler en Alemania y la de Benito Mussoline en Italia, cuyos resultados fueron realmente catastróficos para la humanidad.

La interrogante que permanece en el nuevo panorama mundial es si va a pesar más el miedo que la vergüenza y la dignidad de los pueblos del mundo.

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