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Podrá dársele óxigeno a un paciente de coronavirus llamado República Dominicana?

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La República Dominicana ha sido golpeada durante toda su vida republicana por la peste conocida como corrupción administrativa a tal extremo que no pocos  creen que con lo robado por la clase política y la empresarial se pudiera construir otro país de igual dimensión.

La corrupción generalizada desde el Estado y desde todos los sectores que conforman la vida nacional  forma parte consustancial de la existencia de los dominicanos, es decir, ya constituye una cultura.

Sin embargo, este país ha tenido la suerte de tener un crecimiento sostenido admirado por una serie de instituciones internacionales, pero lo penoso del fenómeno es que no se expresa mediante un desarrollo nacional, porque todo va a determinados grupos, incluidos algunos  fácticos, que no les preocupa la consecuencia que esto podría tener en la estabilidad política y social de la nación.

No ha habido forma de detener una política de endeudamiento para financiar la corrupción, lo cual quita la posibilidad de que el país pueda superar una peste que impacta hasta a los dominicanos por nacer.

El endeudamiento, acompañado de una política tributaria que se ha convertido en un sostén para coger préstamo y pagar altos intereses, tiene postrada la nación frente a una realidad que no está lejos de lo ocurrido con países hermanos como Gracia y Puerto Rico, cuya mayor limitación para recurrir a cualquier rejuego es la carencia de una moneda propia para contrarrestar los fenómenos cíclicos que sufre su economía, lo cual no pasa con la República Dominicana.

Pero al final de la jornada el destino de la nación no está lejos de lo ocurrido en un país del continente europeo y otro que no es más que una colonia de la principal potencia del mundo, pero que esa condición no los libera de la debacle que representa el hecho de tener comprometido más de un 50 por ciento y hasta un setenta por ciento de su Producto Interno Bruto.

Sin embargo, al margen de esas realidades que representan la corrupción administrativa y el edeudamiento público, el principal reto de todos los países, incluida la República Dominicana, son los estragos a la economía y a la vida social del coronavirus, cuyas consecuencias podrían ser muy lamentables y pesar mucho  para su recuperación.

Todo dependerá de la forma como como se articule un plan nacional  de recuperación, antes de que pase la tormenta, para crear las herramientas y salir de una crisis que podría poner en peligro la propia existencia de la nación, sobre todo porque el principal padecimiento del tercer mundo y de naciones como la dominicana es no planificar los pasos a seguir.

Dos buenos ejemplos de este síndrome de la improvisación es el medio ambiente y las amenazas sísmicas que penden sobre la República Dominicana, cuyas políticas al respecto son tan pobres y preocupantes que podría verse el país en medio de una gran tragedia nacional, ya que no existe voluntad por parte del Estado para apoyarse  nisiquiera  de las pequeñas herramientas legales creadas para contrarrestar lo que les espera a los dominicanos.

El coronavirus llegó para ser una carga más pesada que el endeudamiento externo y la corrupción generalizada, porque con esta enfermedad también está amenazada  lo que le da sentido a la nación que es la vida de la gente, amén de que todo el aparato productivo ha tenido que ser detenido no sabe hasta cuándo.

Lo poco o mucho que ha logrado el país fue encontrado hecho por  el actual y los pasados gobiernos de la historia más reciente, pero lo más difícil y duro es ser lo suficientemente creativo para iniciar después del coronavirus un proceso de recuperación económica mediante iniciativas idóneas y eficientes que permitan que se recupere lo perdido, lo cual es lograble no sólo con buena voluntad, sino con planificación y muchas horas de sacrificio con buenos frutos.

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Posición de R.D. sobre Venezuela es acomodamiento a su condición de sometida a nuevos requerimientos de Trump.

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Lo planteado por el Gobierno de Luis Abinader de que no comparte la elección de Delcy Rodríguez como presidenta transitoria de Venezuela tras el apresamiento de Nicolás Maduro,  revela que República Dominicana quiere incluso superar lo impuesto por Estados Unidos, pero siempre ajustada a los intereses de la potencia del norte.

La realidad es que la pregunta que se impone es y hasta dónde y quién ha dicho que el país tiene la facultad de objetar a una mandataria provisional escogida por el órgano competente y supuestamente sugerida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque el restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas conlleve algunos requerimientos democráticos.

Sin embargo, la posición dominicana implica la violación del derecho internacional, entre los que se encuentran el de soberanía y autodeterminación de los pueblos, así como la Carta de la ONU.

Evidentemente que el ingrediente introducido por el Gobierno dominicano resulta gracioso para los intereses foráneos que convergen en Venezuela, máxime los que están asociados a los Estados Unidos.

La contradicción dominicana con lo planteado en la Organización de Estados Americanos (OEA) y su práctica en política exterior, ya que el presente Gobierno siempre se inclina por la intromisión en los asuntos internos de otros países, no deja la naci0n buen parada en la comunidad internacional.

Resulta poco entendible que la República Dominicana no haya apoyado abiertamente la incursión ilegal de Estados Unidos en Venezuela, pero que preste su territorio para el apoyo logístico de la acción.

Es una especie de doble moral, pese a que en su lugar debió mantener una posición aparentemente neutral, aunque de cualquiera manera ya estaba involucrada en una intervención armada que viola los principios fundamentales del derecho internacional

De lo que no queda ninguna duda es que el crédito internacional en política exterior del país ha quedado seriamente comprometido con una causa de la que ha sido una víctima en una diversidad de ocasiones como en el 1916 y el 1965.

La verdad que pretender una conducta diferente de la nación frente a la irracionalidad de Trump sería mucho pedir, sobre todo cuando otros países pertenecientes a la Unión Europea y otras superpotencias como Rusia y China también son tolerantes con la agresividad e intromisión del principal imperio del mundo.

 No obstante, desde cualquier perspectiva que sea vea el asunto la conclusión no puede ser otra que en la situación pesa más el miedo que la vergüenza y la dignidad del pueblo dominicano.

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La República Dominicana inhabilitada en política exterior en el nuevo escenario imperial de Trump

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La República Dominicana con una ocupación militar parcial de Estados Unidos, se proyecta como una presa sin libertad para expresarse libremente en política exterior.

La ocupación militar, aunque sólo se observa en el Aeropuerto Internacional de las Américas, abarca otros entornos que no son necesariamente visibles.

Pero la agresividad o poco disimulada intervención, deja el país y de igual modo a prácticamente toda Latinoamérica, a merced del capricho y la voluntad de los intereses de la nueva cara del imperio.

La República Dominicana ni por asomo se atreve a pronunciarse libremente sobre política exterior sin que esté a tono con la linea trazada o impuesto por la administración Trump.

La pregunta que subyace es si ese nuevo cuadro no implica también un trastorno del régimen legal, porque se podría estar en un escenario en el que los derechos fundamentales pasen a un segundo plano en el que el Estado Social Democrático de Derecho sea una expresión vacía y sin sentido.

Por razones geopolíticas y factores muy particulares, el país se asoma a un resquebrajamiento del proceso de constitucionalización del derecho a nivel interno y retroceder  la nación a épocas ya superadas.

La pregunta que se impone es si prevalecerá en el mundo el pregonado derecho internacional cuando las instituciones que lo enarbolan pierden autoridad moral frente a las violaciones provenientes de potencias como los Estados Unidos que ya ni siquiera guarda las apariencias

El problema, que tiene una dimensión mundial, pero impacta más severamente a los países del tercer mundo y que propicia la posibilidad del surgimiento de regímenes de fuerza, aunque con simulaciones democráticas.

La preocupación tiene que ver con el hecho de graves violaciones del derecho internacional en una época en que éste forma parte consustancial del derecho interno y entonces qué se puede esperar como resultado.

El retroceso de la línea trazada por Donald Trump representa una amenaza mundial contra los logros del derecho contemporáneo, no sólo en favor de las personas físicas, sino también de los Estados más pequeños y débiles.

Hay precedentes en esta materia cuando predominaba en el mundo el llamado constitucionalismo clásico, que dio paso a dictaduras como las Adolfo Hitler en Alemania y la de Benito Mussoline en Italia, cuyos resultados fueron realmente catastróficos para la humanidad.

La interrogante que permanece en el nuevo panorama mundial es si va a pesar más el miedo que la vergüenza y la dignidad de los pueblos del mundo.

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Donald Trump cumple su sueño de ser dictador aunque sea por un día.

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Por Elba García

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cumple su sueño de ser dictador hemisférico, aunque sea por un día.

La vocación dictatorial de Trump se ha expresado con mayor contundencia tras la entrada ilegal en territorio venezolano y apresar al jefe de Estado de ese país Nicolás Maduro y su esposa  Cilia Flores.

Tras este acontecimiento en momentos que se habla de la época del derecho constitucional, el cual incluye el derecho internacional, Trump ha anunciado su pretensión de convertir a Venezuela en una nueva colonia del imperio norteamericano.

El gobernante de los Estados Unidos ha adelantado que busca manejar la riqueza petrolera de Venezuela, una de las principales del mundo.

Pero la violación de Trump llega todavía más lejos al advertir a los demás países latinoamericanos a verse en el espejo de Venezuela.

Tromp hizo una alusión directa contra el presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien dice podría correr la misma suerte de Maduro.

Anteriormente lo hizo con Brasil a propósito de la condena por conspiración del expresidente Bolsonoro.

Pero de igual modo se ha comportado con Honduras, donde en sus recientes elecciones presidenciales auspició uno de los candidatos y presionó con advertencias de actuar duramente contra los que estén en contra de sus designios.

Al fin impuso su voluntad, sin que haya reacción fuerte de rechazo a la vocación imperial del presidente de Estados Unidos.

No sé entiende por qué los países latinoamericanos no se unen en un bloque para rechazar la política de dominación y dictatorial de Donald Trump.

Incluso en el rechazo a la violación del derecho internacional por parte de los Estados Unidos pueden incluirse los países de la Unión Europea, que son permanentemente asediados y amenazados de imponerles aranceles y otros castigos como parte de la vocación dictatorial del mandatario norteamericano.

El chantaje de los Estados Unidos incluye también el otorgamiento de visados para ingresar al territorio de la potencia del norte.

La conducta de Trump es como si su administración haya borrado del mapa la supuesta clase gobernante que existe allí.

El problema se torna tan grave que la violación de derechos no solo se produce en Estados Unidos, sino en todo el mundo que parece haber retornado el derecho constitucional clásico, que fue sustituido por el derecho constitucional moderno en que los Estados grandes aplastan a los pequeños.

La época Trump prácticamente ha borrado el legado establecido por Estados Unidos a través del derecho constitucional difuso y sobre el equilibrio de los poderes.

Lo sorprendente de la era Tromp es que hasta la Suprema Corte de Justicia de los Estados  Unidos luce sometida a una cierta tolerancia del jefe de Estado de la potencia del norte.

Si la mayoría de los países no reaccionan a la política represiva y de dominación de Trump difícilmente pueda sobrevivir el sistema democrático, lo que puede crear serias tensiones y confrontaciones sociales y políticas en todo el planeta.

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